El cuento del domingo

D.H. Lawrence


El caballito de madera


Era una mujer hermosa. Había reunido todos los atributos que puede deparar la vida, y sin embargo, la suerte no la acompañó. Se casó por amor, y el amor se hizo añicos.

Tuvo hermosos hijos, y siempre creyó que la obligaron a tenerlos. Entonces no pudo amarlos. Ellos la miraban con frialdad, como si la culparan de algo. Y ella pronto sintió que tenía que ocultar alguna falta. Sin embargo, nunca supo cuál fue la culpa que debía encubrir. Y cuando sus hijos estaban presentes, se le endurecía el corazón. Esto la inquietaba, y en su inquietud trataba de mostrarse afectuosa y siempre predispuesta a ellos, como si los amara. Sólo ella sabía que en su corazón conservaba un rincón duro por el que no podía sentir amor, no podía amar a nadie. Todos decían: "Es una buena madre.

Adora a sus hijos". Sólo ella y sus propios hijos sabían que eso no era verdad. En sus miradas se podía cristalizar la verdad.

Tenía un varón y dos niñas. Vivían en una casa confortable, con jardín, con criados discretos, y se sentían superiores a todos los vecinos.

Aunque no sacaban a relucir las apariencias, en el hogar reinaba siempre cierta ansiedad.

El dinero nunca era suficiente. La madre cobraba una pequeña renta, y el padre tenía otra pequeña renta, y eso no alcanzaba para conservar la posición social que debían simular.

El padre trabajaba en una oficina de la ciudad. Tenía expectativas interesantes, pero esas expectativas nunca se concretaban. Y aunque conservaran las apariencias, la temible sensación de la escasez de dinero persistía siempre.

Por fin dijo la madre:

-Veré si yo puedo hacer algo.

Aunque no sabía por dónde empezar. Se devanó los sesos, probó esto y aquello sin encontrar nada satisfactorio. El fracaso grabó en su rostro profundos surcos. Sus hijos crecían y pronto irían a la escuela. Hacía falta dinero, más dinero. Y el padre, siempre muy elegante y generoso para satisfacer sus gustos, nunca podría hacer nada que valiese la pena. Y la madre, con mucha fe en sí misma, no logró mejores resultados; y por otra parte, era tan derrochadora como el padre.

Y así fue como en la casa dominó aquella frase: "¡Hace falta más dinero! ¡Hace falta más dinero!". Los niños la oían en Navidad, cuando los juguetes caros y espléndidos llenaban su cuarto. Detrás del espectacular caballito de madera y detrás de la elegante casa de muñecas, una voz, de pronto, susurraba: "¡Hace falta más dinero! ¡Hace falta más dinero!". Y los niños interrumpían sus juegos para escuchar la voz. Se miraban entre ellos para comprobar si todos la habían oído. Y cada uno veía en los ojos de los otros que también habían oído la frase fatídica: "¡Hace falta más dinero! ¡Hace falta más dinero!".

Las palabras salían, en forma de murmullo, de los resortes del caballito de madera, que aún se mecía, y el caballo también las oía, bajando su cabeza de madera. Y la muñeca grande, tan rosada, hundida en su cochecito nuevo, también la oía con toda claridad. Y al oírla acentuaba una sonrisa de lástima. Y aun el perrito bobo, que ocupaba el lugar que antes era del oso de paño, tenía ahora una expresión estúpida muy peculiar, por el hecho de que acababa de oír el secreto que deambulaba por la casa: "¡Hace falta más dinero!".

Sin embargo, nadie se animaba a decirlo en voz alta. El rumor estaba en todas partes, y por lo tanto, nadie lo expresaba abiertamente, así como nadie dice: "Estamos respirando", a pesar de que lo hacemos diariamente.

-Mamá –dijo un día Paul-, ¿por qué no tenemos automóvil propio? ¿Por qué usamos siempre el de tío o tomamos un taxi?

-Porque somos los parientes pobres -dijo la madre.

-¿Y por qué somos los parientes pobres, mamá?

-Bueno..-dijo la madre tranquila y amargada-, supongo que es porque tu padre no tiene suerte.

El niño estuvo un rato en silencio.

-¿La suerte es dinero, mamá? -preguntó, al rato, con timidez.

-¡No, Paul! No es exactamente lo mismo. La suerte es lo que hace que uno tenga dinero.

-¡Oh! -dijo Paul algo confundido-. Yo pensé que cuando tío Oscar decía "sucio lucro" se refería al dinero.

-Lucro quiere decir dinero -dijo la madre-. Pero es lucro y no suerte.

-¡Oh! -exclamó el niño-. Entonces, ¿qué es la suerte, mamá?

-Es lo que hace que uno tenga dinero -repitió la madre-. Si tienes suerte, tienes dinero.

Es mejor nacer con suerte que nacer rico. Si eres rico, en algún momento puedes perder tu dinero. En cambio, si tienes suerte, siempre ganarás más dinero.

-¡Oh! ¿En serio? ¿Y papá no tiene suerte?

-No, para nada -respondió ella con amargura.

El niño la miró con una expresión vacilante.

-¿Por qué? -preguntó.

-No sé. Nadie sabe por qué algunos tienen suerte y otros no.

-¿No? ¿Nadie pero nadie? ¿No hay nadie que sepa?

-¡Quizá lo sepa Dios! Pero Él nunca lo dice.

-Oh, pero debería decirlo. ¿Tú tampoco tienes suerte, mamá?

-No puedo tenerla, recuerda que estoy casada con un hombre sin suerte.

-Pero tú por sí sola, ¿no tienes suerte?

-Antes de casarme creo que sí. Pero ahora veo que soy una desdichada.

-¿Por qué?

-¡Bueno, basta de preguntas! Quizá no sea desdichada en realidad…

El niño la miró para ver si lo que decía era cierto. Pero advirtió por la expresión de su boca, que algo estaba tratando de ocultar.

-Bueno, de todas maneras -erijo con firmeza-, yo soy una persona de suerte.

-¿Por qué? -preguntó su madre echándose a reír.

Él la miró. Ni siquiera sabía por qué había dicho tal afirmación.

-Dios me lo confesó -repuso, para no retroceder en su afirmación.

-¡Ojalá sea así, querido! -contestó la madre, riendo nuevamente, con algo de resentimiento.

-¡Es cierto, mamá!

-¡Excelente! -dijo la madre, utilizando una exclamación típica de su marido.

El niño se dio cuenta de que ella no le creía, que no le hacía caso a sus afirmaciones.

Esto lo ofuscó. Deseó castigarla para que le prestara atención.

Se marchó, solo, con su andar infantil, buscando la clave de la suerte. Absorto, sin reparar en los demás, iba y venía, con cierta prudencia, buscando interiormente la suerte.

Quería encontrar la suerte, quería encontrarla sí o sí. Cuando las dos niñas jugaban a las muñecas, en el cuarto de juegos, él montaba en su gran caballo de madera y se lanzaba al espacio en una arremetida salvaje, con un impulso que inquietaba y distraía a sus hermanas. El caballo galopaba impetuoso, los cabellos oscuros y ondulados del niño flameaban y en sus ojos había un extraño fulgor. Las chiquillas no se animaban a hablarle.

Cuando su alocado viaje finalizaba, ponía pie a tierra y se plantaba ante el caballo de madera, observando fijamente su cabeza gacha. La boca roja del animal estaba apenas abierta, y sus grandes ojos vidriosos resplandecían.

-¡Vamos! -ordenaba quedamente al impetuoso caballo-. ¡Llévame a donde está la suerte! ¡Anda, llévame!

Con la fusta que le había pedido al tío Oscar, azotaba al caballo en el pescuezo. Sabía que el animal, si él lo obligaba, lo llevaría hasta el lugar de la suerte. Y montaba de nuevo, reanudando su furioso galope, con el deseo y la firmeza de llegar, por fin, a donde estaba la suerte.

-¡Romperás el caballo, Paul! -decía la institutriz.

-¡Siempre cabalga así! -aclaraba Joan, su hermana mayor-. ¿Por qué no se queda tranquilo?

Y él se limitaba a mirarlas con odio y en silencio. La institutriz se resignó a corregirlo. Imposible sacar algo interesante de él. Al fin y al cabo, ya era bastante grande para que ella lo cuidase.

Un día, su madre y su tío Oscar entraron en mitad de uno de sus galopes impetuosos.

El chico no les dirigió la palabra.

-¡Hola, mi pequeño jinete! -dijo el tío-. ¿Corres una carrera?

-¿No eres demasiado grande para un caballito de madera? Ya no eres una criatura – dijo su madre.

Pero Paul tan sólo la miró irritado, con sus ojos azules, grandes, más bien hundidos.

No quería hablar con nadie cuando estaba en plena carrera. Su madre lo observó ansiosa, con cierta preocupación.

Por fin, bruscamente, el niño dejó de espolear el mecánico galope del caballo y bajó a tierra.

-¡Bueno, llegué! -anunció con entusiasmo, con los ojos azules todavía brillosos, bien separadas las piernas largas y robustas.

-¿A dónde llegaste? -preguntó su madre.

-A donde quería llegar -replicó.

-Muy bien, hijo -aprobó el tío Oscar-. Nunca hay que detenerse hasta llegar a la meta. ¿Cómo se llama el caballo?

-No tiene nombre.

-¿Se las arregla sin un nombre? -preguntó el tío.

-Bueno, en verdad tiene varios nombres. La semana pasada se llamaba Sansovino.

-Sansovino, ¿eh? El ganador del Ascot. ¿Cómo sabes su nombre?

-Siempre habla de carreras de caballos con Bassett -aportó Joan.

El tío se quedó maravillado al descubrir que su sobrinito estaba informado de las noticias sobre las carreras. Bassett, el jardinero -herido en un pie durante la guerra y que había conseguido su empleo por recomendación de Oscar Cresswell, su antiguo patronera un verdadero sabio en cosas del turf. Vivía en el ambiente de las carreras. El niño lo acompañaba.

Oscar Cresswell lo supo todo por medio de Bassett:

-El niño viene y me pregunta, y yo no tengo más remedio que contestarle, señor -dijo

Bassett con total solemnidad, como si hablara de temas religiosos.

-¿Y alguna vez apuestas algo al caballo que te ha aconsejado él?

-Bueno… No quisiera delatarlo. Es un jovencito muy discreto, un buen camarada, señor. Preferiría que se lo preguntara usted mismo. En cierto modo, le produce placer nuestro secreto y por lo tanto, perdóneme, pensaría que yo lo he traicionado.

Bassett seguía tan serio que parecía en misa.

El tío fue a buscar al sobrino y lo llevó a dar una vuelta en su automóvil.

-Dime, Paul -le preguntó-, ¿alguna vez apostaste a un caballo?

El niño observó atentamente a su tío.

-¿Por qué? ¿Acaso no debería hacerlo? -replicó, poniéndose a la defensiva.

-¡No, nada de eso! Pero se me ocurrió que tal vez podrías ofrecerme un "dato" para el

Lincoln.

El automóvil ingresaba en la campiña, por el camino a la casa que el tío Oscar tenía en Hampshire.

-¿De veras? -preguntó el sobrino.

-¡De veras, hijo! -replicó el tío.

-Bueno, entonces, juégale a Daffodil.

-¡Daffodil! Difícil que gane. ¿Qué opinas de Mirza?

-Sólo sé cuál será el ganador -dijo el niño-. Y el ganador será Daffodil.

-¿Daffodil, eh?

Hubo una pausa. Daffodil era un caballo bastante mediocre.

-¡Tío! -¿Sí, hijo?

-No lo dirás a nadie, ¿verdad? Se lo he prometido a Bassett.

-¡Al diablo con Bassett, hombre! ¿Qué tiene que ver él con esto?

-¡Somos socios! ¡Desde el primer momento hemos sido socios! Tío, él me prestó los primeros cinco chelines, y los perdí. Y yo entonces le prometí, bajo palabra de honor, que esto quedaría entre nosotros. Entonces tú me diste ese billete de diez chelines, con el que comencé a ganar, y pensé que tal vez tú tenías suerte. Pero no se lo dirás a nadie, ¿verdad?

El niño miró a su tío con sus ojos enormes, ardientes, azules, que parecían demasiado próximos. El tío, incómodo, se encogió de hombros y se echó a reír.

-¡Quédate tranquilo, muchacho! No diré nada a nadie. ¿Daffodil, eh? ¿Cuánto piensas apostarle?

-Todo menos veinte libras -dijo el chico-. Las mantengo en reserva.

El tío pensó que era sólo un' chiste del niño.

-¿Así que reservas veinte libras, joven embustero? ¿Y cuánto apuestas?

-Trescientas -dijo el chico con cierta adultez-. Por favor, tío Oscar, esto queda, entre tú y yo. ¿Palabra de honor?

El tío lanzó una carcajada.

-Pierde cuidado, mi pequeño Nat Gould -contestó sin parar de reír-, guardaré el secreto.

Pero ¿y tus trescientas libras dónde están?

-Las tiene Bassett. Somos socios.

-¡Ah, ya veo! ¿Y Bassett cuánto apostará a Daffodil?

-No creo que le juegue tanto como yo. Ciento cincuenta, quizá.

-¿Ciento cincuenta peniques? -dijo el tío en tono de broma.

-No, ciento cincuenta libras -repuso el chico, mirando a su tío sorprendido-. Bassett tiene un ahorro más grande que yo.

Entre divertido e inquieto, Oscar guardó silencio. No volvió a hablar del tema, pero decidió llevar a su sobrino a las carreras de Lincoln.

-Bueno, muchacho -le dijo-, yo apostaré veinte libras a Mirza, y cinco son para ti, para el caballo que elijas. ¿Cuál te gusta?

-¡Daffodil, tío!

-¡No, no desperdicies esas cinco libras apostando por Daffodil!

-Es lo que yo haría si el dinero fuese mío -dijo el niño.

-¡Bien! ¡Bien! ¡Tienes razón! Diez libras a Daffodil: cinco para ti y cinco para mí.

El niño nunca había presenciado una carrera. Sus ojos eran llamitas azules y su boca estaba tensa. Delante de él había un francés, que había apostado a Lancelot, subía y bajaba los brazos, efusivo, gritando con su acento particular: "¡Lancelot! ¡Lancelot!".

Daffodil llegó primero, Lancelot segundo, Mirza tercero. El niño, a pesar de su sonrojo y sus ojos encendidos, se mantuvo tranquilo. Su tío le trajo cinco billetes de cinco libras. El caballo había pagado a razón de cuatro a uno.

-¿Qué hago con ellos? -preguntó, sacudiéndolos frente a los ojos del muchacho.

-Creo que tendremos que hablar con Bassett aclaró el chico-. Si no hice mal las cuentas, ahora tengo mil quinientas libras; y veinte de reserva; y estas veinte.

Su tío lo observó unos instantes.

-¡Vamos, muchacho! -exclamó-. ¿En serio pretendes que Bassett deba tener tus mil quinientas libras?

-Sí, en serio. ¡Pero no se lo digas a nadie! ¿Palabra de honor?

-¡Palabra de honor, sí, amiguito! Aunque debo hablar con Bassett.

-Si quieres, tío, puedes sumarte a nuestra sociedad. Pero deberás prometer, bajo palabra de honor, que no dirás nada a nadie. Bassett y yo tenemos suerte, y tú también debes tenerla, recuerda que fue con tus diez chelines que yo empecé a ganar…

El tío Oscar se llevó a Bassett y a Paul a pasar la tarde en Richmond Park, y allí conversaron.

-Le diré cómo fue, señor -dijo Bassett-. A Paul le gustaba escucharme hablar de carreras, contarle anécdotas…, en fin, señor, usted sabe lo que son esas cosas. Y siempre quería saber con mucho interés si yo había ganado o perdido. Hará un año, me pidió que le apostara cinco chelines a Blush of Dawn. Y perdimos. Después, con esos diez chelines que usted le regaló, la suerte se puso de nuestro lado y la mayoría de las veces nos ha sido bastante buena. ¿Qué piensa usted, niño?

-Todo va muy bien cuando estamos seguros -dijo Paul-. Pero cuando no estamos del todo seguros, solemos perder.

-Sí, entonces ahí tomamos recaudos -dijo Bassett.

-¿Y cuándo están seguros? -preguntó, sonriendo, el tío Oscar.

-Es Paul, señor -dijo Bassett con voz secreta, religiosa-. Es como si recibiera una señal del cielo. Ya vio usted qué sucedió con Daffodil. Ése era ciento por ciento seguro.

-¿Tú apostaste a Daffodil? -preguntó Oscar Cresswell.

-Sí, señor. Hice mi ganancia.

-¿Y mi sobrino?

Bassett miró a Paul y guardó un silencio prudente.

-Gané mil doscientas libras, ¿verdad Bassett? Le dije a tío que había apostado trescientas a Daffodil.

-Eso es -afirmó Bassett.

-Pero ¿dónde está el dinero? -preguntó el tío.

-Lo tengo yo, señor, bien guardado. El niño puede pedírmelo cuando quiera.

-¿Mil quinientas libras?

-¡Mil quinientas veinte! Es decir, mil quinientas cuarenta, con las veinte que ganó en el hipódromo.

-¡Es increíble! -dijo el tío.

-Si el niño le ofrece entrar en la sociedad, señor, perdóneme, yo en su lugar aceptaría.

Oscar Cresswell reflexionó. -Quiero ver el dinero -dijo.

Los llevó a la casa. Al rato, Bassett regresaba al invernadero donde lo esperaba Oscar

Cresswell, trayendo mil quinientas libras en billetes. Las veinte libras que faltaban las había dejado a Joe Glee, en la reserva de la comisión de carreras.

-Ya ves, tío-{lijo el niño-, todo marcha perfecto cuando yo estoy seguro. Entonces apostamos fuerte, todo lo que tenemos. ¿No es así, Bassett?

-Así es, niño.

-¿Y cuándo estás seguro? -preguntó otra vez el tío, echándose a reír.

-Oh, bueno, a veces estoy completamente seguro, como en el caso de Daffodil -dijo

el niño-. Otras veces tengo una corazonada; otras, ni siquiera eso, ¿no es así, Bassett? Entonces tomamos recaudos, porque en esos casos, la mayoría de las veces perdemos.

-¡Oh, entiendo! Y cuando estás seguro, como en el caso de Daffodil, ¿por qué estás tan seguro, hijo mío?

-Oh, bueno, no lo sé -respondió el niño, confundido-. Estoy seguro, tío, eso es todo.

-Es como si recibiera una señal divina, señor -reiteró Bassett.

-¿Será posible? erijo el tío.

El tío ingresó en la sociedad. Y cuando el premio Leger se acercaba, Paul se sintió "seguro" de que ganaría Lively Spark, caballo de muy pocos antecedentes. Paul insistió en jugarse con mil libras. Bassett le jugó quinientas y Oscar Cresswell otras doscientas.

Lively Spark ganó y pagó a razón de diez a uno. Paul había ganado diez mil libras.

-Ya ves dijo-, yo estaba completamente seguro. Hasta tú mismo has ganado dos mil libras.

-Mira, muchacho -le dijo-, esta clase de cosas me perturban un poco.

-¿Por qué, tío? Quizá no volveré a estar "seguro" durante mucho tiempo.

-Pero ¿qué vas a hacer con el dinero?

-Empecé a jugar luego de escuchar a mamá -repuso el niño-. Ella dijo que no tenía suerte porque papá no la tenía, y pensé que si yo tenía suerte, quizá dejaría de murmurar.

-¿Quién dejaría de murmurar?

-¡Nuestra casa! Odio nuestra casa porque nunca deja de murmurar.

-¿Qué murmura?

-Bueno… pues -vaciló el chico-… en realidad, no estoy seguro, pero tú sabes, tío, que siempre falta dinero.

-Lo sé, hijo, lo sé.

-Y sabes, tío, que mamá siempre tiene algo que pagar, ¿verdad?

-Me temo que sí.

-Y entonces la casa empieza a murmurar, y parece que hubiera alguien que se ríe de nosotros, a nuestras espaldas. ¡Es terrible! Y yo pensé que si tenía suerte…

-Podrías acabar con eso, ¿no es cierto? -concluyó el tío.

El niño lo miró con sus grandes ojos azules; parecía un fuego frío y extraño. Pero observó y no dijo nada.

-¡Bueno! -dijo el tío-. ¿Qué hacemos?

-No quiero que mi madre sepa que tengo suerte -dijo el chico.

-¿Por qué no?

-Porque no me lo permitiría. -Creo que te equivocas.

-¡Oh! -exclamó el chico, agitándose con movimientos raros-. No quiero que ella lo sepa, tío.

-¡Está bien, hijo! Arreglaremos todo para que ella no se entere.

Y así fue como lo arreglaron, sin complicaciones. Paul, por consejo de su tío, le entregó cinco mil libras; se las dio al abogado de la familia, quien debía decir a la madre de Paul que un pariente suyo le había entregado ese dinero, con la idea de pagarle mil libras anuales, el día de su cumpleaños, durante los próximos cinco años.

-De esa manera -dijo el tío Oscar-, durante los cinco años próximos, ella recibirá un regalo de cumpleaños de mil libras. Espero que eso le alivie la vida luego que deje de recibirlas.

La madre de Paul cumplía años en noviembre. En los últimos tiempos, la casa había estado "murmurando" más que nunca. A pesar de su buena suerte, Paul no podía hacerle frente. Estaba ansioso por ver qué resultados causaría, el día del cumpleaños de su madre, la carta con la noticia y con las mil libras.

Cuando no había visitas, Paul comía con sus padres. Ya se había independizado del cuidado de la institutriz. Su madre iba al centro casi todos los días. Había redescubierto su gran capacidad para dibujar telas y pieles, y trabajaba en secreto en el estudio de una amiga, que era una de las "artistas" más prestigiosas de las principales modistas. Dibujaba, para los anuncios periodísticos, figurines de damas cubiertas con pieles y sedas. Aquella joven artista ganaba millares de libras al año. La madre de Paul sólo pudo ganar unos centenares, por lo que volvió a sentirse insatisfecha. Tenía muchas ganas de sobresalir en alguna tarea, y no podía conseguirlo… ni siquiera dibujando anuncios de modas.

La mañana de su cumpleaños bajó a tomar el desayuno. Paul observaba su rostro cuando leía las cartas. Sabía cuál era la carta del abogado. Advirtió que, a medida que su madre la iba leyendo, su rostro se volvía duro e inexpresivo. Después, un gesto frío y firme deformó sus labios. Ubicó la carta debajo de las otras y no dijo nada.

-¿No recibiste nada satisfactorio para tu cumpleaños, mamá? -preguntó Paul.

-Sí, algo bastante agradable -respondió ella con su voz fría y ausente.

Y se fue al centro, sin agregar palabra.

A la tarde llegó el tío Oscar. Y contó que la madre de Paul había tenido una larga entrevista con su abogado, preguntándole si podía adelantarle todo el dinero de una vez, pues debía saldar algunas deudas.

-¿Tú qué piensas, tío? -dijo el chico. -Es cosa tuya, hijo.

-¡Oh, entonces dale el dinero! Con lo que resta, podemos ganar más.

-Mas vale pájaro en mano que ciento volando, amigo mío -dijo el tío Oscar.

-Oh, no hay dudas de que sabré quién ganará el Gran Premio Nacional; o el Lincolnshire, o el Derby. Alguno de ellos tengo que saber.

El tío Oscar firmó los papeles para el dinero y la madre de Paul cobró las cinco mil libras. Entonces ocurrió algo muy extraño. De un momento a otro, las voces de la casa parecieron enloquecer, como un griterío de ranas en una tarde de primavera. Se habían comprado algunos muebles, Paul tenía un preceptor particular, y el próximo otoño iría a Eton, el colegio donde había estudiado su padre. Aun en invierno, había flores en la casa.

El lujo al que había estado acostumbrada la madre de Paul, parecía renacer en toda su casa. A pesar de eso, las voces de la casa, detrás de los ramilletes de mimosas y flores de almendro, y debajo de las pilas de almohadones celestes, parecían aullar y gritar en una especie de éxtasis: "¡Hace falta más dinero! ¡Oh! ¡Hace falta más dinero! ¡Ahora, a-hora!

¡A-ho-ra hace falta más dinero! ¡Más que nunca! ¡Más que nunca!"

Aquello atemorizó y horrorizó a Paul, mientras intentaba estudiar latín y griego con sus preceptores. Pero sus horas más intensas las vivía con Bassett. Ya se había corrido el Nacional. Paul no estuvo "seguro" y perdió cien libras. Llegó el verano. Mientras aguardaba la competencia del Lincoln, la impaciencia lo consumía. En esta ocasión tampoco estuvo "seguro" y perdió cincuenta libras. Entonces se convirtió en un chico extraño, de ojos extraviados. Parecía que algo convulsionaba el interior del niño.

-¡No te preocupes más, hijo mío! -insistía su tío Oscar-. Olvídate de todo eso.

Pero el muchacho no le hizo caso.

-¡Tengo que saber para el Derby! ¡Tengo que saber para el Derby! -repetía, con sus ojos azules encendidos, dominado por la locura.

Su madre advirtió esa obsesión que lo acosaba.

-Será mejor que te llevemos a veranear a la playa. ¿No quieres ir al mar ahora, en vez de esperar? Me parece que te haría bien -dijo mirándolo con ansiedad, con el corazón consternado a causa del niño.

Pero el chico alzó sus nerviosos ojos azules.

-¡No puedo ir antes del Derby, mamá! -respondió-. ¡No puedo!

-¿Por qué no? -preguntó ella, enojada ante el rechazo de la propuesta-. ¿Por qué no?

Nadie te negará ir a ver el Derby con tu tío Oscar, si eso es lo que quieres. No tienes necesidad de esperar aquí. Además, creo que estás muy interesado por esas carreras de caballos. Es un mal síntoma. Toda mi familia ha sido de jugadores. Cuando seas grande, tal vez entiendas los daños que eso nos ha causado. Lo cierto es que nos ha perjudicado.

Tendré que despedir a Bassett y advertirle a tu tío Oscar que no te hable más de carreras, a menos que te conduzcas en forma más coherente. Ve a veranear a la playa y olvídate de todo eso. ¡Eres un cuerpo dominado por los nervios!

-Haré lo que tú quieras, mamá, siempre que no me hagas perder la competencia del

Derby ni salir de esta casa.

-¿No salir de esta casa?

-Sí -dijo Paul, mirándola con firmeza.

-¡Pues estás muy extraño! ¿De dónde sacaste tanto cariño por esta casa? Jamás me imaginé que pudieras quererla.

Él miró a su madre, sin hablar. Ocultaba un secreto dentro de otro secreto, algo que no había confesado ni siquiera a Bassett ni a su tío Oscar.

Su madre, después de un momento, inerte, indecisa e irritada, dijo:

-¡Está bien! No vayas a la playa hasta que se corra el Derby, si eso es lo que quieres.

Pero prométeme dominar tus nervios. ¡Prométeme no preocuparte tanto por las carreras de caballos ni por sus "programas", como tú los llamas!

-¡Claro que no! -dijo el chico, sin prestar atención-. No me interesaré más por eso, mamá. En tu lugar, yo no me preocuparía.

-¡Si tú estuvieras en mi lugar, y yo en el tuyo -dijo la madre-, vaya a saber cómo terminaría esto!

-Tú sabes que no debes preocuparte, mamá, ¿verdad? -repitió el niño.

-Me gustaría saberlo -respondió ella, ya cansada de tanto rogarle.

-Bueno, puedes saberlo, mamá. ¡Quiero decir, debes saber que no tienes nada por qué preocuparte!

-¿De verdad? Bueno, ya veremos.

El máximo secreto de Paul era su caballo de madera, que no tenía nombre. Desde que se independizó de institutrices, llevó el caballito a su dormitorio, en el piso de arriba.

-¡Eres demasiado grande para jugar con un caballito de madera! -le había reprochado su madre.

-Oh, mamá, hasta que pueda tener un caballo verdadero, me conformo con cualquiera -fue la extraña respuesta.

-¿Así te sientes acompañado? -preguntó la madre, echándose a reír.

-¡Oh, sí! Es muy bueno, siempre me acompaña.

Así fue como el caballo, bastante arruinado y maltratado, permaneció en el dormitorio del niño.

Se acercaba el Derby y Paul parecía cada vez más concentrado. Casi no prestaba atención a lo que le decían, tenía un aspecto muy frágil y sus ojos se mostraban muy nerviosos. Su madre experimentaba bruscas reacciones de desasosiego. A veces, por lapsos de media hora o más, sentía por él una ansiedad angustiante. Entonces la atacaba el impulso de correr hacia el chico, para comprobar que estaba sano y salvo.

Dos noches antes del Derby, estando en una gran fiesta en el centro, su corazón fue convulsionado por uno de esos ataques de ansiedad por su hijo, el primogénito, y fue tan intenso que apenas pudo hablar. Luchó con todas sus fuerzas contra ese sentimiento, porque era una mujer coherente. Pero fue inútil. Tuvo que abandonar el baile y bajó para telefonear a su casa. La institutriz de los niños se mostró terriblemente sorprendida y alarmada por aquel llamado a la madrugada.

-¿Los niños están bien, Miss Wilmot?

-Oh, sí, perfectamente.

-¿Y Paul? ¿Está bien?

-Se acostó enseguida. ¿Quiere que suba a echarle un vistazo?

-¡No! -interpuso la madre, a pesar de sus nervios-. No, no se moleste. Está bien. No se quede despierta. Volveremos enseguida.

No quería que la criada interrumpiese la intimidad de su hijo.

Era cerca de la una cuando los padres de Paul regresaron a la casa. Todo estaba en silencio. La madre subió a su cuarto y se quitó su blanco abrigo de pieles. Había ordenado a la criada que no la esperase. Oyó a su esposo en la planta baja, que se preparaba un whisky con soda.

Después, impulsada por la fatal ansiedad que sentía en el corazón, subió, a escondidas, al cuarto de su hijo. Se deslizó en silencio a lo largo del corredor. Creyó oír un ruido pequeño. ¿Qué era?

Permaneció junto a la puerta, escuchando, los músculos tensos. Se oía un ruido pequeño y extraño. Su corazón se paralizó. Era un rumor sordo, y a la vez impetuoso y fuerte. Como si algo enorme se moviera con una violencia secreta. ¿Qué era? ¿Qué era, en nombre de Dios? Ella debía saberlo. Tuvo la corazonada de que reconocía aquel ruido.

Sabía lo que era.

Y sin embargo, no podía ubicarlo, y menos aún nombrarlo. El rumor continuaba a un ritmo delirante.

Suavemente, paralizada de miedo y ansiedad, giró el picaporte.

El cuarto estaba oscuro. Sin embargo, junto a la ventana, oyó y vio que algo se balanceaba de un lado a otro. Se quedó mirándolo, temerosa y extrañada.

De pronto, encendió la luz. Descubrió a su hijo, con su pijama verde, cabalgando alocadamente en su caballito de madera. La luz de pronto lo dejó al descubierto, mientras espoleaba a su corcel. Alumbró también a la mujer rubia inmóvil en la puerta, con su pálido vestido verde y plata.

-¡Paul! -exclamó angustiada-. ¿Qué estás haciendo?

-¡Es Malabar! -gritaba el chico con voz fuerte y extraña-. ¡Es Malabar!

Sus ojos encendidos la observaron por unos segundos, extraño e irracional, mientras dejaba de espolear a su caballo de madera. Después cayó estrepitosamente al piso, y ella, atormentada como toda madre, corrió para socorrerlo. El niño estaba inconsciente. Y así permaneció hasta el día siguiente, atacado de fiebre cerebral. Hablaba y se agitaba.

Su madre aún sentada a su lado, inmóvil, semejaba una piedra.

-¡Es Malabar! ¡Es Malabar! ¡Bassett, Bassett, ya sé: es Malabar! -gritaba el niño, tratando de levantarse para volver a espolear el caballo de madera, su fuente de inspiración.

¿Quién es Malabar? -preguntó la madre, azorada.

-No sé -dijo el padre, hecho una piedra.

-¿Quién es Malabar? -insistió ella, preguntándole a su hermano Oscar.

-Es uno de los caballos que corren el Derby -respondió.

A pesar de sí mismo, Oscar Cresswell habló con Bassett, y él mismo apostó un millar de libras a Malabar. Pagó a razón de catorce a uno. El tercer día de la enfermedad fue crítico. Se esperaba una reacción. El niño, con sus largos y ensortijados cabellos, se agitaba en forma nerviosa sobre la almohada. No dormía ni recobraba el conocimiento.

Sus ojos eran como piedras azules. Y su madre, descorazonada, también acabó por convertirse en piedra. Durante la noche, Oscar no los visitó, pero Bassett mandó preguntar si podía subir un momento, sólo un momento. La intromisión molestó mucho a la madre de Paul; pero, pensándolo otra vez, consintió. El niño seguía igual. Quizá Bassett podría hacerle recobrar el conocimiento. El jardinero, un hombre bajo, de bigotito oscuro y ojos también oscuros, pequeños y penetrantes, entró sigilosamente en el cuarto, se llevó la mano a un imaginario sombrero a modo de saludo y después se encaminó a la cama, mirando fijamente con sus ojos brillosos al niño, agitado y moribundo.

-¡Paul! -susurró-. ¡Paul! Malabar entró primero, ganó de punta a punta. Hice lo que usted me dijo. Ha ganado más de setenta mil libras. Sí, ha ganado más de ochenta mil.

Malabar llegó primero.

-¡Malabar! ¡Malabar! ¿Yo dije Malabar, mamá? ¿Dije Malabar? ¿Crees que tengo suerte? Sabía que Malabar ganaría, ¿verdad? ¡Más de ochenta mil libras! Eso es suerte, ¿no es así, mamá? ¡Más de ochenta mil libras! Yo sabía, ¿acaso no lo sabía? Ganó Malabar. Yo cabalgo en mi caballo hasta sentirme seguro, Bassett, yo sé lo que te digo: puedes apostar todo lo que tengas a mano. ¿Apostaste todo lo que tenías, Bassett?

-Jugué mil libras, Paul.

-¡Nunca te dije, mamá, que si puedo cabalgar en mi caballo, y llegar, entonces estoy seguro… oh, completamente seguro! Mamá, ¿te lo dije alguna vez? ¡Yo tengo suerte!

-No, nunca me lo dijiste -respondió la madre.

Pero el niño murió esa noche. Aún yacía en su cama cuando la madre escuchó la voz de su hermano, que decía:

-Dios mío, Hester, has ganado ochenta mil libras y has perdido a un hijo. Pobrecito, pobrecito, más le vale haberse ido de una vida donde debía montar en su caballito de madera para hallar un ganador.

David Herbert Richards Lawrence (11 de septiembre de 1885 – 2 de marzo de 1930) fue un escritor inglés autor de novelas, cuentos, poemas, obras de teatro, ensayos, libros de viaje, pinturas, traducciones y crítica literaria.

Su literatura expone una extensa reflexión acerca de los efectos deshumanizadores de la modernidad y la industrialización,2 y abordó cuestiones relacionadas con la salud emocional, la vitalidad, la espontaneidad, la sexualidad humana y el instinto.3 4 Las opiniones de Lawrence sobre todos estos asuntos le causaron múltiples problemas personales: además de una orden de persecución oficial, su obra fue objeto en varias ocasiones de censura; por otra parte, la interpretación sesgada de aquella a lo largo de la segunda mitad de su vida fue una constante. Como consecuencia de ello, hubo de pasar la mayor parte de su vida en un exilio voluntario, que él mismo llamó "peregrinación salvaje".

Aunque en el momento de su muerte su imagen ante la opinión pública era la de un pornógrafo que había desperdiciado su considerable talento, E. M. Forster, en un obituario, defendió su reputación al describirlo como "el novelista imaginativo más grande de nuestra generación".5 Más adelante, F. R. Leavis, un crítico de Cambridge de notoria influencia, resaltó tanto su integridad artística como su seriedad moral, lo que situó a buena parte de su ficción dentro de la "gran tradición" canónica de la novela en Inglaterra. Con el tiempo, la imagen de Lawrence se ha afianzado en la de un pensador visionario y un gran representante del modernismo en el marco de la literatura inglesa, pese a que algunas críticas feministas deploran su actitud hacia las mujeres, así como la visión de la sexualidad que se percibe en sus obras.6 7

Infancia

Lawrence era el cuarto hijo de Arthur John Lawrence, un minero que casi no sabía leer, y de Lydia Beardsall, que había ejercido la docencia. Pasó buena parte de sus años de formación en el pueblo minero de Eastwood, Nottinghamshire. Su lugar de nacimiento, en Victoria Street 8a, Eastwood, funciona hoy como un museo. Su entorno obrero y las tensiones entre sus padres le aportaron material de primera mano para muchas de sus obras. Lawrence regresaría literariamente en varias ocasiones a su pueblo natal, al que llamó "el campo de mi corazón", al hacer de él el escenario para buena parte de sus obras de ficción.8

El joven Lawrence asistió al Beauvale Board School (llamado en su honor hoy en día Greasley Beauvale D. H. Lawrence Infant School) de 1891 a 1898, convirtiéndose en el primer alumno local en obtener una beca por el consejo condal para estudiar en la Nottingham High School, en las proximidades de Nottingham (hay una sección de la escuela de primaria que recibe su nombre).

Dejó los estudios en 1901 y consiguió un empleo de tres meses como dependiente en una fábrica de aparatos quirúrgicos en Haywood, antes de que un brote de neumonía pusiera fin a este trabajo. Mientras permanecía convaleciente, solía desplazarse a la granja Haggs, el hogar de la familia Chambers, donde entabló amistad con Jessie Chambers. Un aspecto importante de esta relación con Jessie y otros adolescentes fue la pasión que todos ellos sentían por la literatura.

De 1902 a 1906, Lawrence se desempeñó como maestro en la British School de Eastwood. También dedicó la casi totalidad de su tiempo a los estudios y recibió un diploma de docencia por la Universidad de Nottingham en 1908.

Durante estos primeros años, comenzó a trabajar en poemas, algunos relatos breves y el bosquejo de una novela, Laetitia (finalmente titulada The White Peacock -El pavo real blanco).

A finales de 1907 ganó un concurso de relatos breves en el Nottingham Guardian, siendo la primera vez que se le reconoció su capacidad literaria.9 8

Juventud

En otoño de 1908, Lawrence dejó el hogar de su juventud para trasladarse a Londres. Mientras enseñaba en el colegio de Davidson Road en Croydon, continuó escribiendo.10

Algunas muestras de su primera poesía, enviadas por Jessie Chambers, llamaron la atención de Ford Madox Ford, editor del entonces influyente The English Review. El mismo Madox Ford le encargó después el cuento titulado Odour of Chrysanthemums, el cual, una vez publicado en la revista, llevó a Heinemann, un editor londinense, a pedir nuevos trabajos a Lawrence. Su carrera como autor profesional había comenzado ahora en serio, aunque aún siguió trabajando como profesor unos años más.

Su madre, Lydia, murió poco tiempo después de que hiciese las últimas correcciones de su primera novela, El pavo real blanco, que se publicaría en 1910. Su muerte, que marcó profundamente la vida de Lawrence, se debió a un cáncer. El impacto fue tan grande, que el propio autor describió los siguientes meses como su "año enfermo". Es evidente que Lawrence mantenía una relación muy cercana con su madre, por lo que la pena que sintió tras su fallecimiento supuso un giro en su vida, del mismo modo que la muerte de la Sra. Morel provoca un giro crucial en su novela autobiográfica Hijos y amantes, un trabajo que reúne muchos elementos de la vida provinciana del autor.11

En 1911 Lawrence conoció a Edward Garnett, un editor que actuó como su mentor, le incentivó a seguir y se convirtió en un amigo valioso. A lo largo de estos meses, el joven autor revisó Paul Morel, el primer bosquejo de lo que luego sería Hijos y amantes. Asimismo, una profesora colega suya, Helen Corke, le ofreció libre acceso a sus diarios íntimos sobre una triste aventura amorosa, que sirvió de fundamento para El intruso, su segunda novela.

Tras recuperarse de un segundo ataque de neumonía a finales de 1911, Lawrence decidió dejar la enseñanza para dedicarse de lleno a su actividad como escritor. También terminó una relación con Louie Burrows, un viejo amigo de sus días en Nottingham y Eastwood.

En marzo de 1912, el autor conoció a Frieda Weekley, cuyo apellido de soltera era von Richthofen, y con quien compartiría el resto de su vida. Frieda era seis años mayor que él, estaba casada y tenía tres hijos pequeños.12 Entonces era la esposa de un antiguo profesor de lenguas modernas de Lawrence en la Universidad de Nottingham, Ernest Weekley. De este modo, ambos comenzaron una aventura y huyeron a la casa de los padres de Frieda en Metz, que en ese entonces era una fortificación alemana próxima a la frontera disputada con Francia. Su estancia en Metz supuso el primer encuentro de Lawrence con el militarismo, cuando fue arrestado y acusado de ser un espía británico, antes de ser liberado gracias a la intervención de su futuro suegro. Tras esta experiencia, Lawrence se desplazó a una pequeña aldea al sur de Múnich, acompañado de Weekley en la que fue su "luna de miel", más tarde inmortalizada en la serie de poemas titulada ¡Mira! Hemos cruzado hasta aquí (1917).13

Desde Alemania, la pareja partió rumbo al sur, hacia los Alpes, en Italia. Este trayecto fue registrado en el primero de sus libros de viaje, una colección de trabajos interrelacionados llamada Crepúsculo en Italia, y la novela inacabada, Sr. Noon. Durante su estancia en la península itálica, Lawrence completó la versión final de Hijos y amantes que, cuando se publicó en 1913, fue reconocida como un vívido retrato de la realidad de las clases obreras en el ámbito provincial.

Tanto él como su esposa, Frieda, volvieron a Inglaterra en 1913 para una breve visita. Lawrence conoció y afianzó su amistad con John Middleton Murry y la escritora de cuentos cortos neozelandesa Katherine Mansfield. Lawrence y Weekley pronto regresaron a Italia y buscaron asilo en una cabaña en Fiascherino, en el Golfo de Spezia. Aquí comenzó a escribir el primer borrador de una obra de ficción, que luego se convertiría en una de sus dos novelas más reconocidas, El arco iris y Mujeres enamoradas. Finalmente, Weekley obtuvo su divorcio. La pareja optó por regresar a Inglaterra con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, y contrajo matrimonio el 13 de julio de 1914.14

La nacionalidad alemana de Weekley, así como el rechazo abierto de Lawrence por el militarismo, levantaron sospechas hacia ellos en una Inglaterra sumida en la guerra, por lo que casi tuvieron que vivir en la indigencia.15

El arco iris (1915) fue censurado, tras una investigación, por su supuesta obscenidad. Más tarde, la pareja fue incluso acusada de espionaje y apoyo a los submarinos alemanes en las proximidades de la costa de Cornualles, donde vivían en Zennor.

Durante este período, Lawrence terminó una secuela de El arco iris, titulada Mujeres enamoradas. En ella, el autor estudia los rasgos destructivos de la civilización contemporánea, a través de las relaciones evolutivas entre cuatro personajes principales, reflejados en el valor de las artes, la política, la economía, la experiencia sexual, la amistad y el matrimonio. Este libro representa una visión dura y contundente de la humanidad, que no resultó apto para su publicación durante el tiempo de la guerra pero que ulteriormente ha sido ampliamente reconocida como una novela inglesa de gran ímpetu dramático y delicadeza intelectual.

A finales de 1917, tras un acoso constante por parte de las autoridades militares, Lawrence se vio obligado a dejar Cornualles al recibir un aviso de que se le daba un plazo de tres días para hacerlo en virtud del Acta de Defensa del Reino (Defence of Realm Act). Esta persecución fue descrita más adelante en un capítulo autobiográfico de su novela australiana Canguro, publicada en 1923.

Pasó algunos meses a comienzos de 1918 en el pequeño pueblo rural de Hermitage, en las proximidades de Newbury. Luego, vivió alrededor de un año (de mediados de 1918 a comienzos de 1919) en Mountain Cottage, Middleton-by-Wirksworth, Derbyshire, donde compuso uno de sus relatos breves más poéticos, The Wintry Peacock. Hasta 1919 la pobreza le obligó a cambiar de domicilio en reiteradas ocasiones, y casi sucumbió a una fuerte gripe.16

Comienzos de la peregrinación salvaje

Después de la experiencia traumática de los años de guerra, Lawrence comenzó lo que él mismo llamó su "peregrinación salvaje", un tiempo de exilio voluntario. Huyó de Inglaterra en cuanto tuvo oportunidad y regresó solamente en dos ocasiones, por un breve período, por lo que pasó el resto de su vida viajando en compañía de su esposa.

Esta peregrinación lo llevó a recorrer Australia, Italia, Sri Lanka (entonces conocida como Ceilán), Estados Unidos, México y el sur de Francia.17

Lawrence abandonó el Reino Unido en 1919 y puso rumbo al sur; primero, a la región de los Abruzos, en la Italia central, y de ahí en adelante a Capri y a la Fontana Vecchia en Taormina, Sicilia. Desde Sicilia, realizó breves excursiones a Cerdeña, Montecassino, Malta, Italia septentrional, Austria y el sur de Alemania.18 Muchos de estos lugares aparecen en sus obras, algunas de ellas escritas durante este intervalo de tiempo, como, por ejemplo, La chica perdida (por la cual fue merecedor del Premio Memorial James Tait Black de ficción), La vara de Aaron y el fragmento titulado Sr. Noon (la primera parte del cual publicó en la antología de Phoenix, y la obra completa en 1984, de forma póstuma). Experimentó con novelas cortas, como La muñeca del Capitán, El zorro, y La mariquita. Asimismo, algunos de sus relatos fueron impresos en la colección Inglaterra, mi Inglaterra y otras historias. Durante estos años, escribió también una serie de poemas sobre la naturaleza que luego aparecerían en Aves, bestias y flores.

Lawrence es reconocido como uno de los escritores de viaje más prolíficos en lengua inglesa. El mar y Cerdeña, un libro que describe un breve viaje desde Taormina en enero de 1921, es una recreación de la vida de los habitantes de esta parte del Mediterráneo. Menos conocido es su recuerdo de Mauricio Magno (Memoirs of the Foreign Legion), en el cual Lawrence cita su visita al monasterio de Monte Cassino.

Otros libros que no pertenecen al género de ficción son dos estudios del psicoanálisis de Freud y Movements in European History, un libro de texto escolar publicado bajo pseudónimo, que reflexiona sobre su malograda reputación en Inglaterra.19

Últimos años

Durante los últimos días de febrero de 1922, Lawrence y su esposa dejaron Europa con la intención de emigrar a los Estados Unidos. Zarparon en dirección este, primero a Ceilán y después a Australia. Una breve residencia en Darlington, en el oeste australiano, que incluyó un encuentro con el escritor local Mollie Skinner, fue seguida por una corta estancia en el pequeño pueblo costero de Thirroul, Nueva Gales del Sur, durante la cual Lawrence completó Canguro, una novela sobre asuntos políticos locales que también reveló mucho sobre sus experiencias en tiempos de guerra en Cornualles.

Los Lawrence llegaron finalmente a los Estados Unidos en septiembre de 1922. Allí conocieron a Mabel Dodge Luhan, una figura pública, y pensaron en establecer una comunidad utópica en lo que, por ese entonces, era Kiowa Ranch, cerca de Taos, Nuevo México. Adquirieron la propiedad, hoy conocida como D. H. Lawrence Ranch, en 1924, como intercambio por el manuscrito de Hijos y amantes. Estuvieron en Nuevo México durante dos años, con visitas que incluyeron el Lago de Chapala y Oaxaca, en México.

Durante su permanencia en los Estados Unidos, Lawrence reescribió y publicó Studies in Classic American Literature (Estudios sobre literatura clásica estadounidense), un grupo de ensayos críticos que comenzó en 1917, y más tarde descrito por Edmund Wilson como "uno de los libros de alta calidad que jamás se han escrito sobre la materia". Estas interpretaciones, con sus perspectivas sobre el simbolismo, el trascendentalismo y la sensibilidad puritana, constituyeron un factor importante para el resurgimiento de la reputación de Herman Melville en la década de 1920.

Asimismo, Lawrence completó varias obras de ficción, entre las que cabe incluir El chico en el arbusto, La serpiente emplumada, St Mawr, La mujer cabalgante, La princesa y un surtido de relatos breves. También tuvo tiempo para escribir algunos libros de viaje, tales como la colección de excursiones relacionadas que dio a conocer como Mañanas en México.

Un breve viaje a Inglaterra a finales de 1923 resultó ser un fracaso y pronto regresó a Taos, convencido de que su vida como autor estaba en América. No obstante, en marzo de 1925 sufrió un grave ataque de malaria y tuberculosis mientras realizaba su tercera visita a México. Pese a que consiguió recuperarse parcialmente, el diagnóstico de su estado le obligó a volver a Europa. El avance de su enfermedad y su frágil salud limitaron su capacidad de desplazamiento durante los últimos años de su vida.

La familia se afincó en una villa al norte de Italia, en las proximidades de Florencia. Durante este tiempo, Lawrence escribió La Virgen y el Gitano y varias versiones de El amante de Lady Chatterley (1928). Esta, su última novela de importancia, se publicó inicialmente en versiones privadas en Florencia y París e incrementó su tamaño. Lawrence respondió con firmeza a aquellos que decían sentirse ofendidos, y publicó una serie de poemas satíricos, con el título de "Pensamientos" y "Ortigas", así como un tratado sobre Pornografía y obscenidad.

La vuelta a Italia le permitió a Lawrence renovar sus viejas amistades; durante estos años se mantuvo cercano a Aldous Huxley, quien publicaría la primera colección de las epístolas de Lawrence tras su muerte, junto con una nota biográfica. Con el artista Earl Brewster, Lawrence visitó un conjunto de sitios arqueológicos locales en abril de 1927. Los ensayos resultantes que describen estas visitas a las antiguas tumbas fueron escritos y agrupados con el nombre de Sketches of Etruscan Places (Bocetos de lugares etruscos), un libro que contrapone el vívido pasado al fascismo de Benito Mussolini.



Tumba de D. H. Lawrence, en una capilla en las proximidades de Taos, Nuevo México.

Lawrence continuó trabajando en ficción, tanto en relatos breves como en una obra como El gallo fugitivo (también publicada como El hombre que murió), un repaso inusual a la historia de la resurrección de Jesucristo.20

A lo largo de estos últimos años, Lawrence revivió un viejo interés por la pintura con acuarela.

El acoso oficial se hizo persistente y una exhibición de algunas de estas pinturas en la Warren Gallery de Londres fue confiscada por la policía británica a mediados de 1929, así como algunos de sus trabajos. Nueve de las pinturas de Lawrence permanecieron en exposición permanente en el hotel La Fonda, en Taos, desde poco antes de su fallecimiento. Fueron colgadas en una pequeña oficina detrás del escritorio frontal del hotel y expuestas al público.

Muerte

Lawrence siguió escribiendo hasta poco antes de su muerte. En sus últimos meses compuso numerosas piezas poéticas, revisiones y ensayos, así como una contundente defensa de su última novela contra aquellos que buscaron su censura. Su último trabajo importante fue una reflexión sobre el libro de la revelación, el Apocalipsis.

Tras haber recibido el alta del sanatorio, falleció en Villa Robermond, en Vence, Francia, debido a complicaciones por la tuberculosis. Frieda Weekley regresó al rancho de Taos y, más tarde, su tercer marido recogió las cenizas de Lawrence y las trasladó a una pequeña capilla en las inmediaciones de las montañas de Nuevo México.21

Sexualidad

Cuando escribió Mujeres enamoradas en Cornualles, entre 1916-17, Lawrence desarrolló una fuerte relación romántica con un granjero local llamado William Henry Hocking.22 Aunque no está del todo claro si su relación fue sexual, Frieda Weekley sí lo sostuvo. La fascinación de Lawrence por la temática de la homosexualidad también puede estar relacionada con su propia orientación sexual.23 Este tema también se manifiesta abiertamente en Mujeres enamoradas. De hecho, en una carta escrita en 1913, el autor expuso: "Me gustaría saber por qué casi todo hombre que se aproxima a la grandeza tiende a la homosexualidad, más allá de que lo admita o no."24 También se le cita diciendo: "Yo creo que lo más cerca que estuve del amor perfecto fue con un joven minero cuando tenía cerca de 16 años."25

Su inclinación homosexual se ve reforzada por la creencia que siempre mantuvo de la eterna guerra entre hombres y mujeres. Para Lawrence, la mujer ejercía una influencia nada positiva sobre el hombre que conseguía destruir su personalidad y acapar su libertad. Este aparente dominio sobre lo viril es lo que, según el autor, ponía en peligro la integridad del hombre y su masculinidad.26

Reputación póstuma

Los obituarios que siguieron a la muerte de Lawrence fueron, con la excepción destacada de E. M. Forster, indiferentes u hostiles.27 Sin embargo, también hubo quien contribuyó a un reconocimiento más favorable de la importancia de la vida del autor y su obra. Por ejemplo, su vieja amiga Catherine Carswell resumió su vida en una carta para el periódico Time and Tide, publicada el 16 de marzo de 1930, en la que respondía a las diversas críticas al escritor:

Frente a las grandes desventajas iniciales y su siempre delicada vida, la pobreza en que se mantuvo durante las tres cuartas partes de su vida y la hostilidad que sobrevive a su muerte, él no hizo nada que realmente no quisiera hacer, y todo lo que más quiso hacer lo hizo. Viajó por todo el mundo, fue dueño de un rancho, vivió en los rincones más hermosos de Europa, y conoció a quien quería conocer y les dijo que estaban equivocados y que él estaba en lo correcto. Pintó e hizo cosas, y cantó, y cabalgó. Escribió alrededor de tres docenas de libros, de los cuales incluso la peor página baila con una vida que podría ser equivocada para cualquier otro hombre, mientras que las mejores son reconocidas, incluso por aquellos que lo odian, como insuperables. Sin vicios, con muchas virtudes humanas, el marido de una mujer, escrupulosamente honesto, este estimable ciudadano aun así consiguió ser libre de los grilletes de la civilización y del no de las camarillas literarias. Se hubiera reído suavemente y maldecido vehemente al pasar por los búhos solemnes - uno tras otro por su propio pie - que ahora lo investigan. Para hacer su trabajo y llevar adelante su vida a pesar de que le supusieron algún esfuerzo, lo hizo, y tiempo después de que sean olvidadas, la gente sensible e inocente - si queda alguna - volverá a las páginas de Lawrence y sabrá a partir de ellas qué tipo de hombre excepcional fue.

Aldous Huxley también defendió a Lawrence en su introducción a una colección de cartas publicada en 1932. Sin embargo, el defensor más influyente de la contribución de Lawrence a la literatura fue el crítico literario de Cambridge F. R. Leavis, que sostuvo que el autor había hecho una importante contribución a la tradición de la ficción inglesa. Leavis puso énfasis en que El arco iris, Mujeres enamoradas, y los relatos e historias breves fueron grandes obras de arte. Más tarde, el juicio por El amante de Lady Chatterley en 1960, y la consiguiente publicación del libro, reafirmó la popularidad y notoriedad de Lawrence por la gran acogida que tuvo, y su trabajo comenzó a ser incluido en muchas cátedras de literatura inglesa, tanto en los institutos como en la universidad.28

Un buen número de críticas feministas, en especial Kate Millett, han cuestionado la política sexual de Lawrence, y este cuestionamiento ha dañado su reputación en algunos aspectos desde entonces. Por otro lado, Lawrence aún atrae a los lectores, y la futura publicación de una nueva edición académica de sus cartas y escritos demuestra el grado de interés por su obra y su persona.

El peso del chovinismo masculino tiende a presentar un cierto desequilibrio en relación a otros temas. El autor mantuvo ideas aparentemente contradictorias referentes al feminismo. La evidencia de su obra escrita muestra una abrumadora tendencia a representar mujeres fuertes, independientes y complejas. Produjo grandes trabajos en los que los personajes femeninos eran centrales. En una carta destinada a Huxley, el escritor declara que:

No me preocupa demasiado lo que la mujer siente - en el uso ordinario del término (...) Sólo me importa lo que la mujer es - lo que ella es - de forma inhumana, psicológica, material.26

Por otro lado, se ha estudiado también la presencia del sadismo en la obra de Lawrence.29

Obra

Su obra refleja su oposición a una época marcada por las consecuencias de la industrialización, y luego por la primera guerra mundial. Lawrence se opone mediante una exaltación del instinto sobre la razón, de la pasión sobre el intelecto, y de la espontaneidad frente al convencionalismo. Este pensamiento lo lleva a un retorno a lo primordial e instintivo, cuyo centro se halla en la vida sexual, concebida como única forma de conocimiento inmediato.30

La descripción de la sexualidad de sus personajes es muy detallada y directa. Es uno de los aspectos más polémicos de su obra, y le ocasionó varios conflictos con la censura. Así, sus novelas El arco iris y El amante de Lady Chatterley, fueron prohibidas bajo la acusación de obscenas.31

Sin embargo, los años 20 en Europa se destacaron por una progresiva liberación de las prácticas sexuales (sobre todo en las mujeres), y con este cambio Lawrence se ganó la venia de algunos intelectuales liberales de la época, como Lady Ottoline Morrell, Aldous Huxley o Bertrand Russell.

Otro aspecto destacable de la obra de Lawrence es la capacidad de dar vida a situaciones y personajes, y la profundidad psicológica con que aborda estos últimos.

Su producción literaria comprende novelas, historias cortas, volúmenes de poemas, libros de viajes y ensayos filosóficos y críticos, además de algunos dramas. También destaca el epistolario publicado por Aldous Huxley en 1932.32

Novelas

Lawrence es quizás más conocido por sus novelas Hijos y amantes (1913), El arco iris (1915), Mujeres enamoradas (1920) y El amante de Lady Chatterley (1928).33 Dentro de este marco, Lawrence explora las posibilidades de la vida y del vivir en un entorno industrial. Su interés se vuelca en la naturaleza de las relaciones que pueden tener lugar en dicho ambiente. Pese a que suele ser considerado como un realista, el sentido de sus personajes se puede comprender en relación a su filosofía. Su uso de la actividad sexual, si bien estaba mal visto en la época, tiene sus orígenes en su forma altamente personal de pensar y de ser.34 Cabe destacar que Lawrence demostraba interés en la conducta del contacto humano y es precisamente por ello que este interés en la intimidad física tiene sus raíces en la necesidad de restaurar un énfasis en nuestro cuerpo, y darle equilibrio y magnitud ante lo que él consideró un proceso lento de la civilización occidental que daba mayor importancia a lo racional.35 4 36

Algunas de sus novelas más destacadas, como es el caso de Hijos y amantes, se consideran dentro del género de bildungsroman, un término alemán que significa "novela de desarrollo". Esta clasificación tiene su origen en que la trama o el tenor del argumento giran en torno a la vida de un personaje principal que va evolucionando conforme transcurre la novela. Un antecesor del género fue, en el caso de la producción literaria inglesa, Daniel Defoe, cuya obra, Moll Flanders, suele ser considerada una de las primeras novelas escritas en inglés.37 La melancolía, lo espiritual y el aprendizaje moral del héroe -o heroína- son temáticas todas ellas presentes en la novela de Lawrence. La contradicción y la situación personal de impotencia ante la vida son características que se pueden encontrar en sus personajes, como, por ejemplo, "Paul" - en Hijos y amantes -, prisionero de su propio sentimiento y de su condición de hombre. El conflicto de la relación hombre/mujer y la representación de lo femenino en contraposición a los valores masculinos, hacen que las novelas del autor planteen una serie de rasgos negativos y sensuales adjudicados a la figura femenina en casi todos sus aspectos: esposa, amante y madre.

Asimismo, los valores religiosos y el tono autobiográfico de muchos de sus trabajos se ven marcados por su experiencia personal en época de guerra y censura. En este aspecto, Lawrence se rebeló contra la sociedad, quiso salir de ella, -de hecho llegó a exiliarse-, y llegó a considerarla como el infierno o el karma del ser humano. De este modo, sus novelas despiertan la curiosidad por lo erótico, lo instintivo y lo sexual, arraigado a la naturaleza innata del hombre como un animal más. Lawrence fue uno de los primeros novelistas de Occidente en adentrarse y abordar cuestiones consideradas tabú hasta entonces; es por ello que el sexo es uno de los giros principales de su narrativa.38

El arco iris, criticada en su época, es la primera parte de una historia que culmina con la publicación de Mujeres enamoradas en 1920.26 En ella se percibe el realismo del siglo XIX, presente en la obra de T. S. Eliot y Thomas Hardy. Ambas introducen un panorama de una sociedad inglesa en transición, donde existe un movimiento abrupto del campo a la ciudad. "Ursula", la protagonista de la novela, es el prototipo de mujer moderna que busca un lugar en el mundo y que es, por tanto, atrevida y desafiante. El argumento, que gira en torno al redescubrimiento de la mujer, con tintes lésbicos, supone su ruptura con los conceptos tradicionales de castidad y matrimonio, motivo por el cual fue retirada del mercado ni bien salió publicada.39

Mujeres enamoradas, que continúa en la misma línea, se enfoca más en la contraposición que existe entre los deseos de las mujeres y las pretensiones de los hombres. La obra está ambientada en los Alpes, y "Ursula", acompañada de su hermana "Gudrun", son ahora mujeres independientes que mantienen relaciones con hombres de diversa condición, generalmente de clases sociales diferentes, lo que le permitió a Lawrence reflejar la situación contemporánea junto con las virtudes y defectos de la organización de aquel momento. El éxito matrimonial de "Ursula" y su esposo, "Rupert Birkin", recaería, pues, en el rechazo a lo moderno y lo civilizado, con todo lo que eso conllevaba. Se ha sugerido que Rupert y Ursula son el retrato de Lawrence y su esposa Frieda, respectivamente.26

Dos de sus otras novelas más reconocidas, Hijos y amantes y El amante de Lady Chatterley, también fueron censuradas en su día. En el caso de esta última, el argumento gira en torno a los defectos y porvenires de la vida moderna. "Constance Chatterley", la protagonista de esta obra en prosa, se enamora del criado de su marido. Sin embargo, su atracción es meramente sexual, ya que su esposo, "Clifford", es impotente y no puede satisfacer sus deseos carnales. En resumen, el sexo, el instinto y el rechazo a la lógica son patentes en esta novela.

Hijos y amantes, que también parte de la experiencia del autor, lleva el plano sexual a nivel familiar. "Paul", el protagonista y alter ego de Lawrence, es prisionero, junto con su hermano "William", de los deseos de una madre posesiva y sobreprotectora, la señora "Morel". De este modo, Paul no consigue el amor verdadero hasta la muerte de su madre y su consiguiente libertad. Aun así, el personaje, que atraviesa un período de transición espiritual, tendrá problemas amorosos y varios desengaños en sus relaciones sexuales con mujeres. Lo poético y el simbolismo que deja entrever la novela se funden en un camino errático, lleno de dolor y sufrimiento.26

Además de las novelas ya mencionadas, Lawrence compuso una serie de obras en prosa de menor relevancia, que se resumen a continuación:

  • El pavo real blanco (1911): su primera novela en ser publicada.
  • El orgullo es una forma de egoísmo (1927): novela surrealista.
  • El muñeco del capitán (1921): novela corta.
  • El zorro (1921): novela corta.
  • The Ladybird (1923) novela corta.
  • La serpiente emplumada (1926): novela que escribe en su admiración de la civilización azteca, durante su estadía en México.
  • La Virgen y el Gitano (1930).
  • St. Mawr.

Poesía

Pese a ser más conocido por sus novelas, Lawrence compuso cerca de ochocientos poemas, la mayoría de los cuales son relativamente cortos. Los primeros fueron escritos en 1904 y dos de ellos, Dreams Old y Dreams Nascent, fueron incluidos entre sus primeras publicaciones en The English Review. Su obra temprana lo posiciona en la escuela de los poetas georgianos, un grupo que se llamó así no sólo en alusión al monarca, sino también debido a su conexión con los poetas románticos del periodo anterior, conocido como la época georgiana.40 En efecto, los poetas georgianos intentaban emular a sus predecesores. Lo que caracterizó al movimiento en su conjunto y a los poemas de Lawrence, fue el decoro con tropos y un lenguaje arcaico. Muchas de estas obras englobaban lo que John Ruskin denominó como "falacia patética", que es la tendencia de adjudicar emociones humanas a animales e incluso a objetos inanimados.41 42

Era el costado de mi esposa
¡Lo toqué con mi mano, lo agarré con mi mano,
erigiéndose, del nuevo despertar desde la tumba!
Era el costado de mi esposa
con la que me casé años atrás
a cuyo lado me he recostado durante cerca de mil noches
y durante todo ese tiempo, ella era yo, ella era yo;
La toqué, fui yo quien tocó y fue tocado.
-- fragmento, Nuevo paraíso y Tierra (New Heaven and Earth)

Así como la Primera Guerra Mundial influyó en el trabajo de muchos de los poetas que presenciaron el servicio en las trincheras, la obra de Lawrence también sufrió un cambio brusco durante sus años en Cornualles. En esta época, escribió en verso libre bajo la influencia del escritor estadounidense Walt Whitman. Estableció su manifiesto, para lo que sería la mayor parte de su futura obra, en la introducción a Nuevos Poemas (New Poems). En palabras de Lawrence:

Podemos deshacernos de los movimientos estereotípicos y de las viejas asociaciones trilladas del sonido y el sentido. Podemos romper con esos conductos y canales artificiales a través de los cuales queremos forzar nuestro enunciado. Podemos romper el cuello tieso del hábito (...). Pero no podemos prescribir de forma positiva ningún movimiento, ningún ritmo.

Muchos de estos últimos trabajos tomaron la idea del verso libre a tal extremo que llegaron a carecer de rima y metro, de modo que en poco se diferenciaban de ideas breves o memorandos, que bien podrían haber sido escritos en prosa. Lawrence reescribió varias veces muchas de sus novelas para perfeccionarlas, del mismo modo que volvió a muchos de sus primeros poemas cuando éstos fueron coleccionados en 1928. Uno de los motivos por los cuales llevó a cabo esta empresa fue para darles un toque de ficción, pero también para quitar algunos de los artífices de sus obras más tempranas. Así dejaría constancia el autor:

Un hombre joven tiene miedo de su demonio y a veces pone su mano sobre la boca del demonio y habla por él.

Sus poemas más conocidos son probablemente aquellos que tratan con la naturaleza, como los de Aves, Bestias y flores, y Tortugas (1923) (Birds, Beasts and Flowers and Tortoises), escritos durante su permanencia en el sudeste de los Estados Unidos. Serpiente (Snake), uno de los que suelen estar incluidos en las antologías, refleja algunas de sus preocupaciones más frecuentes como, por ejemplo, el distanciamiento del hombre moderno respecto a la naturaleza y algunos ápices de temas religiosos.43 44

En la profunda, e inusualmente perfumada sombra del gran algarrobo oscuro
bajé los escalones con mi jarra
y debí esperar, debí detenerme y esperar, porque ahí estaba él en el abrevadero ante mí.
-- fragmento, Serpiente

¡Mira! Hemos cruzado hasta aquí (1917) es otra de las obras que compuso al término de la guerra y revela otro elemento importante, común en muchos de sus trabajos: su inclinación a desnudarse en sus escritos. Si bien Lawrence puede ser considerado como un escritor de poemas amorosos, el aspecto que resalta de este sentimiento es precisamente el menos frecuente, como la frustración o el mismo acto sexual. Ezra Pound, en sus Literary Essays, pone de manifiesto el interés de Lawrence en sus propias "sensaciones desagradables", pero al mismo tiempo lo elogia por su "narrativa de los bajos fondos". Esta es una referencia al dialecto de Lawrence similar al de los poemas escoceses de Robert Burns, en los que el autor reflejó el idioma y las preocupaciones del pueblo de Nottinghamshire desde su juventud.

Pound fue uno de los mayores, sino el mayor, exponente de la poesía modernista y, aunque los poemas de Lawrence posteriores a la era georgiana siguen este modelo, solían diferenciarse bastante respecto a los de otros autores contemporáneos. Las obras modernistas eran, por lo general, austeras, y cada palabra estaba muy trabajada y lograda. Lawrence sentía que todos los poemas debían enseñar los sentimientos personales y que la espontaneidad era de vital importancia para cada obra. Le dio el nombre de Pensamientos (Pansies) a una de sus colecciones de poemas, en parte por la naturaleza efímera del verso pero también como una paranomasia de la palabra francesa panser, que significa "vendar o cubrir una herida". De hecho, "sus heridas" aún necesitarían cerrarse, pues la recepción que normalmente tuvo en Inglaterra con El noble inglés y No me mires, provocó que las retirara de la versión oficial de Pensamientos, ya que se le calificaba de obsceno. Pese a haber vivido sus últimos diez años en el extranjero, sus pensamientos aún estaban en Inglaterra. Su última obra, Ortigas (Nettles), publicada en 1930, once días después de su muerte, representó una crítica y un ataque a la moral inglesa.45

Ah, los perros añejos que fingen proteger
la moral de las masas,
cuán apestoso dejan el patio trasero
orinando a todo el que pasa.
-- fragmento, El joven y sus guardianes morales

Dos manuscritos de versos de Lawrence fueron publicados de forma póstuma con el título de Últimos poemas y Más pensamientos. Otro compendio de obras líricas es el de Poemas de amor y otros poemas, publicado hacia 1913.

Finalmente, Esteban Pujals en su Historia de la literatura inglesa (1984) destaca una serie de poemas del autor, incluidos en los volúmenes de Collected Poems (1932) y Last Poems (1933). Según Pujals, entre las piezas más representativas de la poesía del autor se encuentran Figs (Higos), Grapes (Uvas), Almond Flowers (Almendras en flor), The Hostile Sun (El sol hostil), In a Spanish Tram Car (En un tranvía español) y The Food of the North (Manjares del Norte). El autor también sostiene que la trayectoria de Lawrence como poeta se vio injustamente eclipsada por su reconocimiento como novelista.46

Relatos y libros de viajes

Además de ser un reconocido novelista y poeta, Lawrence también escribió una serie de vivencias personales en prosa, la mayor parte de las cuales tuvieron lugar durante su exilio en el extranjero. Así, por ejemplo, sus relatos, a diferencia de las demás obras, tratan exclusivamente de parajes exóticos y de un acervo cultural que distaba mucho del de la sociedad británica de su tiempo.

Dentro de los más reconocidos, El oficial prusiano y otras historias muestra un panorama de las inquietudes de Lawrence, así como su actitud hacia la Primera Guerra Mundial. Su volumen estadounidense La mujer que se marchó y otras historias desarrolla la temática del liderazgo, idea que también exploran tres de sus obras Canguro, La serpiente emplumada y Fanny y Annie.47 La temática de lo internacional y el gusto por lo inusual caracterizan esta etapa de la creación literaria de Lawrence, donde revive un género en desuso desde la época isabelina. No obstante, esta práctica lo aproxima a su contemporáneo, el autor norteamericano Henry James, quien siguió de cerca el tema del ciudadano del mundo.48

El escritor, como observador pasivo en un mundo muy distinto al suyo, trasladó esas vicisitudes a obras como Canguro (1923), ambientada en su experiencia como viajero en Australia, El mar y Cerdeña (1921), que resume su estancia en Italia antes y durante el estallido de la Guerra Mundial, y La serpiente emplumada, que, aunque es una novela, está basada en sus días en México. Por último, La vara de Aarón (1922) destaca por la presencia de elementos característicos de la filosofía de Friedrich Nietzsche. Otros relatos y libros de viajes incluyen La niña perdida (1920) y El trasgresor (1912), que cuestiona las normas y costumbres de la época.26

Crítica literaria

La crítica que hace Lawrence a otros autores a menudo proporciona una perspectiva de su forma de pensar y de escribir. En este sentido, destaca su Estudio de Thomas Hardy y otros ensayos y Estudios en literatura clásica estadounidense. En esta última, Lawrence responde a Walt Whitman, Herman Melville y Edgar Allan Poe, lo cual deja entrever la naturaleza del propio autor.



Virginia Woolf encabezó la lista de las autoras feministas que arremetieron duramente contra D. H. Lawrence, acusándole, en algunas ocasiones, de misoginia.

Respecto a la crítica que otros autores han hecho de Lawrence, cabría destacar la feminista.26 Virginia Woolf, contemporánea del autor, puso de relieve el aparente ataque de Lawrence a la figura de la mujer en muchas de sus obras. Según Woolf, se saca a relucir una faceta negativa del sexo femenino, de modo que se presenta a una mujer acaparadora, superficial e infiel a sus votos matrimoniales. Un ejemplo es el de El amante de Lady Chatterley, donde la protagonista, como adelanta el título, tiene una relación con un caballero que no es su marido. Esta temática se retoma en Hijos y amantes, donde los niños son prisioneros de su madre, que los oprime, los absorbe y los protege hasta un extremo que resulta poco menos que desagradable, ya que recién a su muerte, uno de sus hijos, el que aún no ha fallecido, consigue rehacer su vida al lado de otra mujer.49 Lo irónico radica en que la ausencia de la figura maternal causa un revés en el argumento, al mismo tiempo que adelanta el comienzo de una nueva etapa de libertad para el protagonista. Sin embargo, el que su madre haya muerto genera en él sentimientos opuestos, pues incluso cuando gana libertad es incapaz de sobrevivir sin el calor de su progenitora.50

Algunos autores han coincidido en señalar que la interpretación de la mujer en las obras de Lawrence gira en torno a la figura de su madre y es, por lo tanto, biográfica.51 Otros incluso han llegado más lejos al asegurar que el aparente desprecio o desapego de Lawrence hacia el sexo opuesto se debería en parte a su presunta homosexualidad, ya que en vida hubo rumores de relaciones sentimentales con ciertos allegados de su misma condición. Lo cierto es que existe un acuerdo general en afirmar que sus obras guardan un profundo y variado entramado personal, donde se reflejan las relaciones de clase, la opresión de las clases obreras, la explotación del proletariado - su propio padre era minero -, la dejadez del ser humano, el vicio, la corrupción, la censura, la opresión y la superficialidad del emergente sistema capitalista.52 Las relaciones familiares también se encuentran en entredicho, pues de pequeño fue testigo directo de los problemas de su padre con el alcohol y de los conflictos de aquel con su madre, de una clase social superior y con un nivel de educación más alto, ya que, como Lawrence afirma en reiteradas ocasiones, "su [mi] padre era analfabeto".53 Como resultado, y por el creciente apego que Lawrence sentía por su madre, a quien tampoco dejó indiferente en cuanto a las críticas, el autor retrató a su padre como una "bestia", carente de razón, como el típico prototipo de hombre machista, inculto, violento y retrógrado que la aristocracia trataba como a poco más que un animal, expuesto a los peligros de un arriesgado trabajo que le aportaba tan solo los medios necesarios para subsistir y mantener a su familia.54 Existe también evidencia de que Lawrence llegó a reconocer, más adelante en su vida, que fue quizás un tanto injusto con la descripción de su padre, a lo que también añadió que hubo cierto sesgo por parte de su madre.55

La última etapa de su carrera como escritor se caracterizó por el exilio en el extranjero, por las reiteradas amenazas por parte de su propio gobierno, que primero sospechó de su lealtad como ciudadano, al ser acusado junto con su esposa, Frieda Weekley, de espía de los alemanes, y luego censuró parte de su producción artística y literaria, viéndose obligado a emprender un peregrinaje por el mundo, en un intento por buscar la libertad, la paz y el conocimiento cultural que su país no supo darle. Es precisamente por ello que algunos de sus libros de viajes hablan de paisajes y entornos exóticos, producto de su experiencia en Italia, Francia, Australia, México, Estados Unidos y otros países alrededor del globo. Esta moda, más propia de la era isabelina, con los viajes de conquista europeos, vuelve a ver la luz con Lawrence, que no sólo describe civilizaciones diferentes, sino que también aprovecha su propia lejanía para criticar al gobierno británico y a su forma de vida.56

Filosofía

Lawrence continuó desarrollando su filosofía a lo largo de casi toda su vida, y muchos de sus supuestos filosóficos se verían reflejados en la contracultura de los años 1960. Su introducción impresa a Hijos y amantes estableció la dualidad común a la mayor parte de su ficción y tomó como referencia la Trinidad cristiana. Según palabras de Lawrence: "Primero que nada soy un hombre religioso...mis novelas deben ser escritas desde la profundidad de mi experiencia religiosa".44 Con el progreso de su filosofía, el autor pasa de analogías cristianas al misticismo, el budismo y la teología pagana. En algunos aspectos, Lawrence fue precursor del creciente interés por el ocultismo que tuvo lugar en el siglo XX, pese a que él mismo se identificó como cristiano.57

La ideología del autor le llevó a confiar en el arte como medio autónomo de expresión y que por sí mismo tenía valor. Fiel opositor del realismo material, Lawrence mostró su rechazo a la escuela realista francesa, pero creía en un realismo con base espiritual, algo que la novela rusa le supo dar:

...no creo que deba menospreciar a los rusos. Han significado mucho para mí; Turgénev, Tolstói, Dostoyesvski - me han influido más que nadie, y a ellos considero como los escritores más grandes de todos los tiempos.26

Lawrence, al igual que Thomas Hardy, concebía al hombre en unidad con la naturaleza, pero su mayor preocupación, a diferencia de la de este último, era la industria y la sociedad urbana y el efecto que ambas ejercían sobre el ser humano. Esta particular concepción del hombre como un elemento más del sistema es lo que precisamente le lleva a cuestionar al racionalismo, en detrimento de una perspectiva hedonista en la que el instinto juega un papel preponderante. En otras palabras, la "consciencia sanguínea" es lo que le llevó a afirmar que "la mente puede equivocarse pero lo que la sangre siente, cree, y dice, siempre es verdadero".26

El inconsciente, lo surrealista y lo efímero también son recurrentes en la obra de Lawrence. Como buen entendedor de la obra de Sigmund Freud que era, retrató la batalla del hombre contra la autoridad y las imposiciones de la civilización. Pese a que el escritor no era defensor del canibalismo ni del estado primitivo, sí sostenía que el hombre tenía un pasado inmaculado que había sido "corrompido" por el pecado y que, por tanto, su degradación ulterior se debía en mayor parte a la tentación que sintió una vez por la mujer, Eva. Esta forma de pensar se traduce en su concepción de la femineidad como un ente negativo y dominante que anula la voluntad de los hombres. De ahí parten muchos de los rasgos de sus personajes femeninos, como la Sra. Morel en Hijos y amantes.26

Pintura

D. H. Lawrence también pintó una serie de obras eróticas.58 Fueron exhibidas en la Galería de Dorothy Warren en el Mayfair de Londres en 1929. Esta exhibición, que fue polémica en su tiempo y causó estupor entre los visitantes, incluyó Una historia de Boccaccio, Primavera y Pelea con una Amazonas. El Daily Express informó que el cuadro Pelea con una Amazonas «presenta a un hombre horrible y barbudo sosteniendo a una mujer rubia en una postura lasciva mientras los lobos babean expectantes, lo que es francamente indecente».59

La censura marcó la mayor parte de la producción artística de Lawrence. Según la crítica posterior, y en concreto, la manifestada en el periódico británico The Guardian, se considera que la represión a comienzos del siglo XX tenía reminiscencias del periodo isabelino, es decir, el que marcó en buena parte la vida y obra del dramaturgo William Shakespeare, entre otros autores contemporáneos de igual renombre. Sabido es que una de sus obras más conocidas, El amante de Lady Chatterley, fue censurada y retirada del mercado en el periodo de entreguerras. No es extraño, pues, que sus trabajos fueran muy influyentes durante los años 1960, cuando diversos sindicatos y grupos revolucionarios velaban por una contracultura en desacuerdo con la escasez en la libertad de prensa en esos días. Uno de estos movimientos fue el que en Estados Unidos se conoció como hippie.60

Como pintor, Lawrence no destacó demasiado, no sólo por la relativa sencillez -y pobreza- de sus obras, sino también porque el repertorio no fue tan amplio, quizás a causa de la censura que en esos días recibían sus pensamientos. Las formas inacabadas, la falta de límites precisos, las figuras amorfas, el mal manejo de los colores y el paisaje hedonista que describía el autor, le valieron numerosos críticos y enemigos. El sexo cobra nuevamente intensidad en el plano plástico, pero esta vez es llevado a un extremo natural, con reminiscencias bíblicas, pero lleno de imágenes paganas y, hasta cierto punto, obscenas y promiscuas, por lo que la censura de la Iglesia y del Estado fue inminente en su tiempo. Por estos y por otros motivos, Lawrence nunca se consideró a sí mismo como un artista de talento, algo de lo que deja constancia en su ensayo Introduction to These Paintings, publicado en 1929.61

Adaptaciones al cine

Décadas despues de la muerte del escritor, sus obras comienzan a ser llevadas a la pantalla. Las primeras en hacerlo son versiones suavizadas tanto moral como eróticamente y por ello, aparte de por su escasa capacidad de trasladar siquiera el espíritu del autor, resultan un fracaso de crítica y público: "El amante de Lady Chatterley", estrenada en los cines franceses en 1955 es un buen ejemplo. La siguiente película importante data de 1960 y es una adaptación más lograda en cuanto que refleja la intención crítica del autor con bastante mas empeño y eficacia dramática: "Hijos y amantes" ("Son and lovers", Jack Cardiff).

A finales de los 60, con la mayor permisividad social y artística que promueven los movimientos sociales frente al capitalismo, la revolución sexual, etc. el cine europeo se suma con diversas tendencias, entre las que sobresale una célebre película de Ken Russell que devuelve la obra del escritor a la actualidad. Se trata de "Mujeres enamoradas" ("Women in love", 1969, donde se plasman algunas de las obsesiones del autor que enlazan con la ética y estética del director de la cinta, considerado uno de los "enfant terrible" del cine británico del momento. El gran éxito critico-comercial del film (Oscar para Glenda Jackson como mejor actriz, consagración para los actores Oliver Reed y Alan Bates), no se traduce sin embargo en ningun aluvión de adaptaciones del escritor. Solo un título sigue a este: "La virgen y el gitano" (1970, Christopher Miles), y pasa totalmente desapercibida en su estreno en todo el mundo pese a las buenas intenciones del director y a las interpretaciones de Franco Nero y Joanna Shimkus, quizá porque no posee ningún morbo o erotismo explícito.

En 1975 se estrena en Gran Bretaña una película casi mítica basada en un relato del escritor: "La zorra" (Mark Rydell), donde se aborda con enorme sutileza una relación entre dos mujeres y la tensión que provoca en la comunidad que las rodea, sin eludir ningun aspecto moral, que fue considerada una de las películas del año.

A falta de ver las últimas versiones filmicas estrenadas en 2008, solo cabe reseñar una versión de "El amante de Lady Chatterley" en 1981, famosa en España pero de flojos resultados artísticos al no saber trasladar ni un ápice del universo de la novela o autor, obra del director y la actriz protagonistas de la famosa cinta erótica de los 70 "Emmanuelle".

Foto:internet. Semblanza Biográfica:Wikipedia. Texto:El cuento del día.

El cuento del domingo


Haruki Murakami

El pueblo de los gatos


El joven viajaba solo, a su gusto, con una única maleta como equipaje. No tenía un destino. Se subía al tren, viajaba y, cuando encontraba un lugar que le atraía, se apeaba. Buscaba alojamiento, visitaba el pueblo y permanecía allí cuanto quería. Si se hartaba, volvía a subirse al tren. Así era como pasaba siempre sus vacaciones.

Desde la ventana del tren se veía un hermoso río serpenteante, a lo largo del cual se extendían elegantes colinas verdes. En la falda de aquellas colinas había un pueblecillo en el que se respiraba un ambiente de calma. Tenía un viejo puente de piedra. Aquel paisaje lo cautivó. Allí quizá podría probar deliciosos platos de trucha de arroyo. Cuando el tren se detuvo en la estación, el joven se apeó con su maleta. Ningún otro pasajero se bajó allí. El tren partió inmediatamente después de que se hubiera bajado.

En la estación no había empleados. Debía ser una estación poco transitada. El joven atravesó el puente de piedra y caminó hasta el pueblo. Estaba completamente en silencio. No se veía a nadie. Todos los comercios tenían las persianas bajadas y en el ayuntamiento no había ni un alma. En la recepción del único hotel del pueblo tampoco había nadie. Llamó al timbre, pero nadie acudió. Parecía un pueblo deshabitado. A lo mejor todos estaban echando la siesta. Pero todavía eran las diez y media de la mañana. Demasiado temprano para echar una siesta. O quizá, por algun motivo, la gente había abandonado el pueblo y se había marchado. En cualquier caso, hasta la mañana siguiente no llegaría el próximo tren, así que no le quedaba más remedio que pasar allí la noche. Para matar el tiempo, se paseó por el pueblo sin rumbo fijo.

Pero en realidad aquél era el pueblo de los gatos. Cuando el sol se ponía, numerosos gatos atravesaban el puente de piedra y acudían a la ciudad. Gatos de diferentes tamaños y diferentes especies. Aunque más grandes que un gato normal, segúian siendo gatos. Sorprendido al ver aquello, el joven subió deprisa al campanario que había enmedio del pueblo y se escondió. Como si fuera algo rutinario, los gatos abrieron las persianas de las tiendas, o se sentaron delante de los escritorios del ayuntamiento, y cada uno empezó su trabajo. Al cabo de un rato, un grupo aún más numeroso de gatos atravesó el puente y fue a la ciudad. Unos entraban en los comercios y hacían la compra, iban al ayuntamiento y despachaban papeleo burocrático o comían en el restaurante del hotel. Otros bebían cerveza en las tabernas y cantaban alegres canciones gatunas. Unos tocaban el acordeón y otros bailaban al compás. Al poseer visión nocturna, apenas necesitaban luz, pero gracias a que aquella noche la luna llena iluminaba hasta el último rincón del pueblo, el joven pudo observarlo todo desde lo alto del campanario. Cerca del amanecer, los gatos cerraron las tiendas, ultimaron sus respectivos trabajos y ocupaciones y fueron regresando a su lugar de origen atravesando el puente.

Al amanecer los gatos ya se habían ido y el pueblo se había quedado desierto de nuevo, entonces el joven bajó, se metió en una cama del hotel y durmió todo cuanto quiso. Cuando le entró el hambre, se comió el pan y el pescado que habían sobrado en la cocina del hotel. Luego, cuando a su alrededor todo empezó a oscurecer, volvió a esconderse en lo alto del campanario y observó hasta el albor el compartamiento de los gatos. El tren paraba en la estación antes del mediodía y antes del atardecer. Si se subía en el de la mañana, podría continuar su viaje, y si se subía en el de la tarde, podría regresar al lugar del que procedía. Ningún pasajero se apeaba ni nadie cogía el tren en aquella estación. Y sin embargo el ferrocarril siempre se detenía cumplidamente y partía un minuto después. Por lo tanto, si así lo deseara, podría subirse al tren y abandonar el pueblo de los gatos en cualquier momento. Pero no quiso. Era joven, sentía una profunda curiosidad y estaba lleno de ambición y de ganas de vivir aventuras. Deseaba seguir observando aquel enigmático pueblo de los gatos. Quería saber, si era posible, desde cuándo habían ocupado los gatos aquel pueblo, cómo funcionaba el pueblo y qué demonios hacían ahí aquellos animales. Nadie más, aparte de él, debía haber sido testigo de aquel misterioso espectáculo.

A la tercera noche, se armó cierto revuelo en la plaza que había bajo el campanario. «¿Qué es eso ¿No os huele a humano?», soltó uno de los gatos. «Pues ahora que lo dices, últimamente tengo la impresión de que huele raro», asintió olfateando uno de ellos. «La verdad es que yo también lo he notado», añadió otro. «¡Qué raro! Porque no creo que haya venido ningún ser humano», comentó otro de los gatos. «Si, tienes razón. No es posible que un ser humano haya entrado en el pueblo de los gatos». «Pero no cabe duda de que huele a uno de ellos.»

Los gatos formaron varios grupos e inspeccionaron hasta el último rincón del pueblo, como una patrulla vecinal. Cuando se lo toman en serio, los gatos tienen un olfato excelente. No tardaron mucho en darse cuenta de que el olor procedía de lo alto del campanario. El joven oía cómo sus blandas patas subían ágilmente por las escaleras del campanario. «¡Esto es el fin!», pensó. Los gatos parecían muy excitados y enfadados por el olor a humano. Tenían las uñas grandes y aguzadas y los dientes blancos y afilados. Además, aquel era un pueblo en el que los seres humanos no debían adentrarse. No sabía qué suerte le esperaría cuando lo encontraran, pero no creía que fueran a permitirle irse de allí habiendo descubierto el secreto.

Tres de los gatos subieron hasta el campanario y se pusieron a olfatear. «¡Qué extraño!», dijo uno sacudiendo sus largos bigotes. «Aunque huele a humano, no hay nadie». «¡Sí que es raro», comentó otro. «En todo caso, aquí no hay nadie. Busquemos en otra parte».«¡Esto es de locos!». Movieron extrañados la cabeza y se fueron. Los gatos bajaron las escaleras sin hacer ruido y se esfumaron en medio de la oscuridad nocturna. El joven soltó un suspiro de alivio; a él también le parecía de locos. Los gatos y él habían estado literalmente a un palmo de distancia en un lugar angosto. No habría podido escapárseles. Y sin embargo, parecían no haberlo visto. El joven examinó sus manos. «Las estoy viendo. No me he vuelto invisible. ¡Qué raro! En cualquier caso, por la mañana iré hasta la estación y me marcharé de este pueblo en el primer tren. Quedarme aquí es demasiado peligroso. La suerte no puede durar siempre».

Pero al dia siguiente, el tren de la mañana no se detuvo en la estación. Pasó delante de sus ojos sin disminuir siquiera la velocidad. Lo mismo ocurrió con el tren de la tarde. Se veía al conductor en su asiento y los rostros de los pasajeros al lado de las ventanillas. Pero el tren no dio señales de que fuera a pararse. Era como si la silueta del joven que esperaba el tren no se reflejara en los ojos de la gente. O como si fuera la estación la que no se reflejara. Cuando el tren de la tarde desapareció a lo lejos, a su alrededor se hizo un silencio absoluto, como nunca antes había sentido. Entonces, el sol empezó a ponerrse. «Va siendo hora de que los gatos aparezcan.» El joven supo que se había perdido. «Este no es el pueblo de los gatos», se dio cuenta al fin. Aquel era el lugar en el que debía perderse. Un lugar ajeno a este mundo que habían dispuesto para él. Y el tren jamás volvería a detenerse en aquella estación para llevarlo a su mundo de origen.


Haruki Murakami. (村上 春樹 Murakami Haruki?), (Kioto, 12 de enero de 1949) es un escritor y traductor japonés que escribe novelas y relatos.A pesar de nacer en Kioto, vivió la mayor parte de su juventud en Kōbe. Su padre era hijo de un sacerdote budista. Su madre, hija de un comerciante de Osaka. Ambos enseñaban literatura japonesa.

Estudió literatura y teatro griegos en la Universidad de Waseda (Soudai), en donde conoció a su esposa, Yoko. Su primer trabajo fue en una tienda de discos (tal como uno de sus personajes principales, Toru Watanabe de Norwegian Wood). Antes de terminar sus estudios, Murakami abrió el bar de jazz "Peter Cat" ('El Gato Pedro') en Tokio, que funcionó entre 1974 y 1982.

En 1986, con el enorme éxito de su novela Norwegian Wood, abandonó Japón para vivir en Europa y América, pero regresó a Japón en 1995 tras el terremoto de Kobe, donde pasó su infancia, y el ataque de gas sarín que la secta Aum Shinrikyo ('La Verdad Suprema') perpetró en el metro de Tokio. Más tarde Murakami escribiría sobre ambos sucesos.

La ficción de Murakami, que a menudo es tachada de literatura pop por las autoridades literarias japonesas, es humorística y surreal, y al mismo tiempo refleja la soledad y el ansia de amor en un modo que conmueve a lectores tanto orientales como occidentales. Dibuja un mundo de oscilaciones permanentes, entre lo real y lo onírico, entre el gozo y la obscuridad, que ha seducido a Occidente. Cabe destacar la influencia de los autores que ha traducido, como Raymond Carver, F. Scott Fitzgerald o John Irving, a los que considera sus maestros.

Muchas novelas suyas tienen además temas y títulos referidos a una canción en particular, como Dance, Dance, Dance (de The Dells), Norwegian Wood (los Beatles), y South of the Border, West of the Sun (La primera parte es el título de una canción de Nat King Cole). Esta afición -la música- recorre toda su obra.

A finales del 2005, Murakami publica una colección de cuentos llamada Tōkyō Kitanshū, traducido libremente como "Misterios Tokiotas". Recientemente ha editado una antología de relatos llamada Historias de Cumpleaños, que incluye historias por escritores angloparlantes, e incluyendo una suya, preparada especialmente.

Tusquets (Barcelona) ha publicado en castellano: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Tokio blues: (Norwegian Wood), Kafka en la orilla, Sputnik, mi amor, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Sauce ciego mujer dormida, El Fin del Mundo y un despiadado país de las maravillas, After dark y "De qué hablo cuando hablo de correr". Anagrama ha traducido su obra La caza del carnero salvaje.

Foto:archivo.Reseña biográfica: Wikipedia.Texto:El cuento del día.

El cuento del domingo

Truman Capote

Miriam

Desde hacía varios años Mrs. H. T. Miller vivía sola en un agradable apartamento (dos habitaciones y una cocina pequeña) de un viejo edificio de piedra recién rehabilitado, cerca del río Este. Era viuda: el seguro de Mr. H. T. Miller le garantizaba una cantidad razonable. Le interesaban pocas cosas, no tenía amigos dignos de mención y rara vez se aventuraba más allá del colmado de la esquina. Los otros habitantes del edificio parecían no reparar en ella: sus ropas eran anodinas; sus facciones, simples, discretas; no usaba maquillaje; llevaba el pelo gris acerado corto y ondulado sin mayor esmero, y en su último cumpleaños había cumplido sesenta y uno. Sus actividades rara vez eran espontáneas: mantenía inmaculados los dos cuartos, fumaba algún cigarrillo de vez en cuando, cocinaba ella misma y cuidaba del canario.

Entonces conoció a Miriam. Nevaba aquella noche. Después de secar los platos de la cena, hojeó un periódico vespertino y dio con el anuncio de una película en un cine de barrio. El título sonaba bien. Le costó trabajo ponerse su abrigo de castor, se anudó las botas impermeables y salió del apartamento. Dejó una luz encendida en el vestíbulo: nada le molestaba tanto como la sensación de oscuridad.

La nieve era fina, caía con suavidad, se disolvía en el pavimento. El viento del río sólo dejaba sentir su filo en las esquinas. Mrs. Miller se apresuró, abstraída, la cabeza inclinada, como un topo que cavara un camino ciego. Se detuvo en una farmacia y compró una caja de pastillas de menta.

Había bastante cola frente a la taquilla; se puso al final. Tendrían que esperar un poco (gruñó una voz cansada). Mrs. Miller hurgó en su bolso de cuero hasta que reunió el importe exacto de la entrada. La cola parecía que iba para largo; miró a su alrededor, buscando algo que la distrajera; de repente descubrió a una niña bajo el borde de la marquesina.

Su pelo era el más largo y extraño que había visto jamás: de un blanco plateado, como el de un albino; le caía hasta la cintura en franjas sueltas y uniformes. Era delgada, frágil. Su postura —los pulgares en los bolsillos de un abrigo de terciopelo ciruela hecho a medida— tenía una elegancia natural, peculiar.

Sintió una curiosa emoción, y cuando sus miradas se cruzaron, sonrió afectuosamente.

La niña se le acercó:

—¿Podría hacerme un favor?

—Con mucho gusto, si está en mi mano —dijo Mrs. Miller.

—Oh, es bastante sencillo. Sólo quiero que me compre una entrada; si no, no me dejarán entrar. Tome. Tengo el dinero.

Y le tendió graciosamente dos monedas de diez centavos y una de cinco.

Entraron juntas en el cine. Una acomodadora las llevó al vestíbulo; faltaban veinte minutos para que terminara la película.

—Me siento como una auténtica delincuente —dijo Mrs. Miller en tono alegre; se sentó—. Quiero decir que esto es ilegal, ¿no? Espero no haber hecho nada malo. ¿Tu madre sabe que estás aquí, amor? Lo sabe, ¿no?

La niña guardó silencio. Se desabrochó el abrigo y lo dobló sobre su regazo. Llevaba un cursi vestidito azul oscuro; una cadena de oro pendía de su cuello; sus dedos, sensibles, como los de un músico, jugaban con ella. Al examinarla con mayor atención, Mrs. Miller decidió que su verdadero rasgo distintivo no era el pelo, sino los ojos: color avellana, firmes, nada infantiles, tan grandes que parecían consumirle el rostro.

Mrs. Miller le ofreció una pastilla de menta:

—¿Cómo te llamas?

—Miriam —dijo, como si, de un modo extraño, repitiera una información conocida.

—¡Vaya, qué curioso!, yo también me llamo Miriam. Y no es precisamente un nombre común. ¡No me digas que tu apellido es Miller!

—Sólo Miriam.

—¿No te parece curioso?

—Medianamente. —Miriam presionó la pastilla con su lengua.

Mrs. Miller se ruborizó. Se sentía incómoda; cambió de conversación.

—Tienes un vocabulario extenso para ser tan pequeña.

—¿Sí?

—Pues sí. —Cambió de tema precipitadamente—. ¿Te gustan las películas?

—No sé —dijo Miriam—, no había venido nunca.

El vestíbulo se empezó a llenar de mujeres. Las bombas del noticiario explotaron a lo lejos. Mrs. Miller se levantó, presionando el bolso bajo su brazo.

—Más vale que me apresure a encontrar asiento —dijo—. Encantada de haberte conocido.

Miriam asintió apenas.

Nevó toda la semana. Las ruedas y los pies pasaban silenciosos sobre la calle; la vida era como un negocio secreto que perduraba bajo un velo tenue pero impenetrable. En aquella caída sosegada no había cielo ni tierra, sólo nieve que giraba al viento, congelando los cristales de las ventanas, enfriando los cuartos, mitigando, amortiguando la ciudad. Había que tener una luz encendida a todas horas. Mrs. Miller perdió la cuenta de los días: imposible distinguir el viernes del sábado; el domingo fue al colmado: cerrado, por supuesto.

Esa noche hizo huevos revueltos y un tazón de sopa de tomate. Luego, tras ponerse una bata de franela y desmaquillarse la cara, se acostó y se calentó con una bolsa de agua caliente bajo los pies. Leía el Times cuando sonó el timbre. Seguramente se trataba de un error; quienquiera que fuese enseguida se iría. Pero el timbre sonó y sonó hasta convertirse en un zumbido insistente. Miró el reloj: poco más de las once. No era posible; siempre se dormía a las diez.

Le costó trabajo salir de la cama; atravesó la sala con premura, descalza.

—Ya voy, ¡paciencia!

El cerrojo se había trabado, trató de moverlo a uno y otro lado, el timbre no paraba.

—¡Basta! —gritó.

El pasador cedió. Abrió la puerta unos centímetros.

—Por el amor de Dios, ¿qué...?

—Hola —dijo Miriam.

—Oh..., vaya, hola. —Mrs. Miller dio unos pasos inseguros en el recibidor—. Si eres aquella niña.

—Pensé que no iba a abrir nunca, pero no he soltado el botón. Sabía que estaba en casa. ¿No se alegra de verme?

No supo qué decir. Vio que Miriam llevaba el mismo abrigo de terciopelo ciruela y una boina del mismo color. Su cabello blanco había sido peinado en dos trenzas brillantes con enormes moños blancos en las puntas.

—Ya que me he esperado tanto, al menos déjeme entrar —dijo.

—Es tardísimo...

Miriam la miró inexpresivamente:

—¿Y eso qué importa? Déjeme entrar. Hace frío aquí fuera y llevo un vestido de seda. —Con un gracioso ademán hizo a un lado a Mrs. Miller y entró en el apartamento.

Dejó su abrigo y su boina en una silla. Era verdad que llevaba un vestido de seda. De seda blanca. Seda blanca en febrero. Mangas largas y una falda hermosamente plisada que producía un susurro mientras ella se paseaba por la habitación.

—Me gusta este sitio —dijo—, me gusta la alfombra, mi color favorito es el azul. —Tocó una rosa de papel en el florero de la mesa de centro—: Imitación —comentó con voz lánguida—, qué triste. ¿Verdad que son tristes las imitaciones? —Se sentó en el sofá, extendiendo su falda con delicadeza.

—¿Qué quieres? —preguntó Mrs. Miller.

—Siéntese —dijo Miriam—, me pone nerviosa ver a la gente de pie.

Se dejó caer en un taburete.

—¿Qué quieres? —repitió.

—¿Sabe?, creo que no se alegra de verme.

Por segunda vez carecía de respuesta; su mano se movió en un vago ademán. Miriam rió y se arrellanó sobre una pila de cojines lustrosos. Mrs. Miller advirtió que la niña no era tan pálida como recordaba; sus mejillas estaban encendidas.

—¿Cómo has sabido dónde vivía?

Miriam frunció el entrecejo.

—Eso es lo de menos. ¿Cuál es su nombre?, ¿cuál es el mío?

—Pero si no estoy en la guía telefónica.

—Ah. ¿No podemos hablar de otra cosa?

—Tu madre debe de estar loca para dejar que una niña como tú vaya por ahí a cualquier hora de la noche, y con esa ropa tan ridícula. Le debe faltar un tornillo.

Miriam se levantó y fue a un rincón donde colgaba de una cadena una jaula encapuchada. Atisbo bajo la cubierta.

—Es un canario —dijo—. ¿Puedo despertarlo? Me gustaría oírlo cantar.

—Deja en paz a Tommy —contestó ansiosa—. No te atrevas a despertarlo.

—De acuerdo —dijo Miriam—, aunque no veo por qué no puedo oírlo cantar. —Y luego—: ¿Tiene algo de comer? ¡Me muero de hambre! Aunque sólo sea pan con mermelada y un vaso de leche.

—Mira —Mrs. Miller se levantó del taburete—, mira, si te hago un buen bocadillo, ¿te portarás bien y te irás corriendo a casa? Seguro que es más de medianoche.

—Está nevando —le echó en cara Miriam—. Hace frío y está oscuro.

Mrs. Miller trató de controlar su voz:

—No puedo cambiar el clima. Si te preparo algo de comer, prométeme que te irás.

Miriam se frotó una trenza contra la mejilla. Sus ojos estaban pensativos, como si sopesaran la propuesta. Se volvió hacia la jaula.

—Muy bien —dijo—. Lo prometo.

¿Cuántos años tiene? ¿Diez? ¿Once? En la cocina, Mrs. Miller abrió un frasco de mermelada de fresa y cortó cuatro rebanadas de pan. Sirvió un vaso de leche y se detuvo a encender un cigarrillo. ¿ Y por qué ha venido? Su mano tembló al sostener la cerilla, fascinada, hasta que se quemó el dedo. El canario cantaba. Cantaba como lo hacía por la mañana y a ninguna otra hora.

—¿Miriam? —gritó—, Miriam, te he dicho que no molestes a Tommy.

No hubo respuesta. Volvió a llamarla; sólo escuchó al canario. Inhaló el humo y descubrió que había encendido el filtro... Atención, tenía que dominarse.

Entró la comida en una bandeja y la colocó en la mesa de centro. La jaula aún tenía puesta la capucha. Y Tommy cantaba. Tuvo una sensación extraña.

No había nadie en el cuarto. Atravesó el gabinete que daba a su dormitorio; se detuvo en la puerta a tomar aliento.

—¿Qué haces? —preguntó.

Miriam la miró; sus ojos tenían un brillo inusual. Estaba de pie junto al buró, y tenía delante un joyero abierto. Examinó a Mrs. Miller unos segundos, hasta que sus miradas se encontraron, y sonrió.

—Aquí no hay nada de valor —dijo—, pero me gusta esto. —Su mano sostenía un camafeo—. Es precioso.

—¿Y si lo dejas en su sitio...? —De pronto sintió que necesitaba ayuda. Se apoyó en el marco de la puerta. La cabeza le pesaba de un modo insoportable; sentía la presión rítmica de sus latidos. La luz de la lámpara parecía a punto de desfallecer.

—Por favor, niña..., es un regalo de mi marido...

—Pero es hermoso y lo quiero yo —dijo Miriam—. Démelo.

Se incorporó, esforzándose en formular una frase que de algún modo pusiera el broche a salvo; entonces se dio cuenta de algo en lo que no había reparado desde hacía mucho: no tenía a quien recurrir, estaba sola. Este hecho, simple y enfático, la aturdió completamente; sin embargo, en esa habitación de la silenciosa ciudad nevada había algo que no podía ignorar ni (lo supo con alarmante claridad) resistir.

Miriam comió vorazmente; cuando se terminó el pan con mermelada y la leche, sus dedos se movieron sobre el plato como telarañas en busca de migajas. El camafeo refulgía en su blusa, el rubio perfil parecía un falso reflejo de quien lo llevaba.

—Estaba buenísimo —asintió—, ahora sólo faltaría un pastel de almendra o de cereza. Los dulces son deliciosos, ¿no cree?

Mrs. Miller se mantenía en precario equilibrio sobre el taburete, fumando un cigarrillo. La red del pelo se le había ido ladeando y le asomaban mechones hirsutos. Tenía los ojos estúpidamente concentrados en nada; las mejillas con manchas rojas, como si una violenta bofetada le hubiera dejado marcas perdurables.

—¿No hay dulce, un pastel?

Mrs. Miller sacudió el cigarrillo; la ceniza cayó en la alfombra. Ladeó la cabeza levemente, tratando de enfocar sus ojos.

—Has prometido que te irías si te daba de comer —dijo.

—¿En serio? ¿Eso he dicho?

—Fue una promesa, estoy cansada y no me encuentro nada bien.

—No se altere —dijo Miriam—. Es broma.

Cogió su abrigo, lo dobló sobre su brazo y se colocó la boina frente al espejo. Finalmente se inclinó muy cerca de Mrs. Miller y murmuró:

—Déme un beso de buenas noches.

—Por favor..., prefiero no hacerlo.

Miriam alzó un hombro y arqueó un ceja:

—Como guste. —Fue directamente a la mesa de centro, tomó el florero que tenía unas rosas de papel, lo llevó a donde la dura superficie del piso yacía al descubierto y lo dejó caer. Ella pisoteó el ramo después que el cristal reventara en todas direcciones. Luego, muy despacio, se dirigió a la puerta. Antes de cerrarla se volvió hacia Mrs. Miller con una mirada llena de curiosidad y estudiada inocencia.

Mrs. Miller pasó el día siguiente en cama. Se levantó una vez para dar de comer al canario y tomar una taza de té. Se tomó la temperatura: aunque no tenía fiebre, sus sueños respondían a una agitación febril, a una sensación de desequilibrio, presente incluso cuando miraba el techo con los ojos muy abiertos. Un sueño se colaba entre los otros como el esquivo y misterioso tema de una compleja sinfonía; le traía escenas de precisa nitidez que parecían trazadas por una mano de intensidad virtuosa: una niña pequeña, vestida de novia y ataviada con una guirnalda, encabezaba una procesión, una hilera gris que descendía por una montaña; había un silencio inusual hasta que una mujer preguntaba desde atrás: «¿Adonde nos lleva?» «Nadie lo sabe», respondía un viejo que caminaba delante. «Pero ¿verdad que es hermosa?», intervenía un tercero. «¿Acaso no es como una flor congelada..., tan blanca y deslumbrante?»

El martes por la mañana ya se encontraba mejor. El sol se colaba por las persianas en haces incisivos, arrojando una luz que desbarataba sus nocivas fantasías. Abrió la ventana y descubrió un día de deshielo, templado como en primavera; una hilera de nubes limpias, nuevas, se arrugaba contra el inmenso azul de un cielo fuera de temporada, y más allá de la línea de azoteas podía ver el río, el humo de las chimeneas de los remolcadores que se curvaba en un viento tibio. Un enorme camión plateado cepillaba la nieve amontonada en la calle; el aire propagaba el ronroneo del motor.

Después de arreglar el apartamento fue al colmado, hizo efectivo un cheque y siguió hacia Schrafft's, donde desayunó y conversó alegremente con la camarera. Ah, era un día maravilloso —casi como un día festivo—, hubiera sido una tontería regresar a casa.

Tomó un autobús que iba por la Avenida Lexington hasta la calle Ochenta y seis. Había decidido ir de compras.

No tenía idea de lo que quería o necesitaba; caminó sin rumbo fijo, atenta sólo a la gente que pasaba; se fijó en que iban con prisa y tensos, hasta que se sumió en una incómoda sensación de aislamiento.

Aguardaba en la esquina de la Tercera Avenida cuando le vio. Era viejo, patizambo, iba agobiado por una carga de paquetes a reventar. Llevaba un desleído abrigo color café y una gorra de cuadros. De repente se dio cuenta de que intercambiaban una sonrisa: nada amistoso, sólo dos fríos destellos de reconocimiento. Sin embargo, estaba segura de no haberlo visto antes.

El hombre estaba junto a una columna del tren elevado. Cuando atravesó la calle, él se volvió y la siguió. Se le acercó bastante; de reojo, ella veía su reflejo vacilante en los escaparates.

Luego, a mitad de una manzana, se detuvo y lo encaró. También él se detuvo, irguió la cabeza, sonriendo. ¿Qué podía decirle? ¿Qué podía hacer allí, a plena luz del día, en la calle Ochenta y seis? Era inútil; aceleró el paso, despreciando su propia identidad.

La Segunda Avenida se ha vuelto una calle deprimente, hecha de restos y sobras, parte asfalto, parte adoquines, parte cemento; su atmósfera de abandono es permanente. Caminó cinco manzanas sin encontrar a nadie, seguida por el incesante crujido de las pisadas en la nieve. Cuando llegó a una floristería el sonido seguía a su lado. Se apresuró a entrar. Le miró a través de la puerta de cristal: el hombre siguió de largo, sin aminorar el paso, la mirada fija hacia el frente, pero hizo algo extraño y revelador: se alzó la gorra.

—¿Seis de las blancas, dice? —preguntó la florista.

—Sí —dijo ella—, rosas blancas.

De ahí fue a una cristalería y escogió un florero, presunto sustituto del que había roto Miriam, aunque el precio era desmedido y el florero mismo (pensó) de una vulgaridad grotesca. Sin embargo, había iniciado una serie de adquisiciones inexplicables, como quien obedece a un plan trazado de antemano, del que no tiene el menor conocimiento ni control.

Compró una bolsa de cerezas escarchadas, y en una confitería llamada Knickerbocker se gastó cuarenta centavos en seis pastelillos de almendra.

En la última hora había vuelto a hacer frío; las nubes ensombrecían el sol como lentes borrosas y el cielo se teñía con la osamenta de una penumbra anticipada; una bruma húmeda se mezcló con la brisa; las voces de los últimos niños que corrían sobre la nieve sucia amontonada en la calle sonaban solitarias y desanimadas. Pronto cayó el primer copo. Cuando Mrs. Miller llegó al edificio de piedra, la nieve caía como una cortina y las huellas de las pisadas se desvanecían nada más impresas.

Las rosas blancas quedaron muy decorativas en el florero. Las cerezas escarchadas brillaban en un plato de cerámica. Los pastelillos de almendra, espolvoreados de azúcar, aguardaban una mano. El canario aleteaba en su columpio y picoteaba una barra de alpiste.

A las cinco en punto sonó el timbre. Sabía quién era. Recorrió el apartamento arrastrando el dobladillo de su bata.

—¿Eres tú? —preguntó.

—Claro. —La palabra resonó aguda desde el vestíbulo—. Abra la puerta.

—Vete —dijo Mrs. Miller.

—Dése prisa, por favor..., que traigo un paquete pesado.

—Vete.

Regresó a la salita, encendió un cigarrillo, se sentó y escuchó el timbre con toda calma: una y otra y otra vez.

—Más vale que te vayas, no tengo la menor intención de dejarte entrar.

Al poco rato el timbre dejó de sonar. Mrs. Miller permaneció inmóvil unos diez minutos. Luego, al no oír sonido alguno, pensó que Miriam se habría ido. Caminó de puntillas; abrió un poquito la puerta. Miriam estaba apoyada en una caja de cartón, acunando una bonita muñeca francesa entre sus brazos.

—Creí que ya no vendría —dijo de mal humor—. Tome, ayúdeme a meter esto, pesa muchísimo.

Más que a una fascinación sucumbió a una curiosa pasividad. Entró la caja y Miriam la muñeca. Miriam se arrellanó en el sofá; no se molestó en quitarse el abrigo ni la boina; miró distraídamente a Mrs. Miller, quien dejó caer la caja y se detuvo, vacilante, tratando de recuperar el aliento.

—Gracias —dijo Miriam. A la luz del día parecía agotada y afligida; su pelo, menos luminoso. La muñeca a la que hacía mimos tenía una exquisita peluca empolvada, sus estúpidos ojos de cristal buscaban consuelo en los de Miriam—. Tengo una sorpresa —continuó—. Busque en la caja.

Mrs. Miller se arrodilló, destapó el paquete y sacó otra muñeca, luego un vestido azul, seguramente el que Miriam llevaba aquella primera noche en el cine; sobre el resto dijo:

—Sólo hay ropa, ¿por qué?

—Porque he venido a vivir con usted —dijo Miriam, doblando el rabillo de una cereza—. ¡Qué amable, me ha comprado cerezas!

—¡Eso no puede ser! Vete, por el amor de Dios, ¡vete y déjame en paz!

—¿... y las rosas y los pastelillos de almendra? ¡Qué generosa, de verdad! ¿Sabe? Las cerezas están deliciosas. El último lugar donde viví era la casa de un viejo tremendamente pobre; jamás teníamos cosas buenas de comer. Creo que aquí seré feliz. —Hizo una pausa para estrechar a su muñeca—. Bueno, dígame dónde puedo poner mis cosas...

La cara de Mrs. Miller se disolvió en una máscara de arrugas rojizas; empezó a llorar: un llanto artificial, sin lágrimas, como si, no habiendo llorado en mucho tiempo, hubiera olvidado cómo se hacía. Retrocedió cautelosamente. Siguiendo el contorno de la pared hasta sentir la puerta.

Atravesó el vestíbulo y corrió escaleras abajo hasta un descansillo. Golpeó frenéticamente la puerta del primer apartamento a su alcance. Le abrió un pelirrojo de baja estatura. Entró haciéndolo a un lado.

—Oiga, ¿qué coño es esto?

—¿Pasa algo, amor? —Una mujer joven salió de la cocina, secándose las manos. Mrs. Miller se dirigió a ella:

—Escúchenme —gritó—, me avergüenza comportarme de este modo, pero..., bueno, soy Mrs. Miller y vivo arriba y... —Se cubrió la cara con las manos—. Resulta tan absurdo...

La mujer la condujo a una silla mientras el hombre, nervioso, revolvía las monedas en su bolsillo.

—¿Y bien?

—Vivo arriba. Una niña ha venido a verme, creo que le tengo miedo. No quiere irse y yo no puedo..., va a hacer algo horrible. Ya me ha robado un camafeo, pero está a punto de hacer algo peor, ¡algo horrible!

—¿Es pariente suya? —preguntó el hombre.

Mrs. Miller negó con la cabeza:

—No sé quién es. Se llama Miriam, pero en realidad no la conozco.

—Tiene que calmarse, guapa —le dijo la mujer, dándole golpecitos en el brazo—. Harry se encargará de la niña. Date prisa, amor.

Ella dijo:

—La puerta está abierta: es el 5 A.

El hombre salió, la mujer trajo una toalla y le humedeció la cara.

—Es usted muy amable —dijo—. Lamento comportarme como una tonta, pero esa niña perversa...

—Claro, guapa —la consoló la mujer—. Más vale tomárselo con calma.

Mrs. Miller apoyó la cabeza en la curva de su brazo; estaba tan quieta que parecía dormida. La mujer puso la radio: un piano y una voz rasposa llenaron el silencio. La mujer zapateó con excelente ritmo:

—Tal vez deberíamos subir nosotras también —dijo.

—No quiero volver a verla. No quiero ir a ningún sitio del que ella pueda estar cerca.

—Vamos, vamos, ¿sabe qué debería haber hecho? Llamar a la policía.

Precisamente entonces oyeron al hombre en las escaleras. Entró a zancadas, rascándose la nuca con el ceño fruncido.

—Ahí no hay nadie —dijo, sinceramente embarazado—. Debe haberse largado.

—Eres un imbécil, Harry —exclamó la mujer—. Hemos estado aquí todo el tiempo y habríamos visto... —Se detuvo de golpe; la mirada del hombre era penetrante.

—He buscado por todas partes —dijo—, y la verdad es que no hay nadie. Nadie. ¿Entendido?

—Dígame —Mrs. Miller se incorporó—, dígame, ¿ha visto una caja grande?, ¿o una muñeca?

—No. No, señora.

La mujer, como si pronunciara un veredicto, dijo:

—Bueno, para haber pegado ese alarido...

Mrs. Miller entró despacito en su apartamento y se detuvo en medio de la salita. No, en cierto modo no había cambiado: las rosas, los pastelillos y las cerezas estaban en su sitio. Pero era una habitación vacía, más vacía que un espacio sin muebles ni familiares, inerte e inanimado como un salón fúnebre. El sofá emergía frente a ella con una extrañeza nueva: su vacuidad tenía un significado que hubiera sido menos agudo y terrible de haber estado Miriam allí hecha un ovillo. Fijó la mirada en el lugar donde recordaba haber dejado la caja. Por un momento, el taburete giró angustiosamente. Se asomó a la ventana; no había duda: el río era real, la nieve caía. Pero a fin de cuentas uno nunca podía ser testigo infalible: Miriam, allí de un modo tan vivo, y, sin embargo, ¿dónde estaba? ¿Dónde, dónde?

Como en sueños, se hundió en una silla. El cuarto perdía sus contornos; estaba oscuro y no había manera de impedir que se hiciera más oscuro; no podía alzar la mano para encender una lámpara.

Cerró los ojos y sintió un impulso ascendente, como un buzo que emergiera de profundidades más oscuras, más verdes. En momentos de terror o de enorme tensión sobrevienen instantes de espera; la mente aguarda una revelación mientras la calma teje su madeja sobre el pensamiento; es como un sueño, o como un trance sobrenatural, un remanso en el que se atiende a la fuerza del razonamiento tranquilo: bueno, ¿y qué si no había conocido nunca a una niña llamada Miriam? ¿Se había asustado como una estúpida en la calle? A fin de cuentas, igual que todo lo demás, eso tampoco importaba. Miriam la había despojado de su identidad, pero ahora recobraba a la persona que vivía en ese cuarto, que se hacía su propia comida, que tenía un canario, alguien en quien creer y confiar: Mrs. H. T. Miller.

En medio de esa sensación de contento, se percató de un doble sonido: el cajón del buró que se abría y se cerraba. Le parecía estar escuchándolo con mucho retraso: abrirse, cerrarse. Luego, a este ruido áspero le siguió un susurro tenue, delicado; el vestido de seda se aproximaba más y más, se volvía tan intenso que hasta las paredes vibraban. El cuarto cedía bajo una ola de murmullos. Mrs. Miller se puso rígida, y abrió los ojos ante una mirada hueca y fija:

—Hola —dijo Miriam.

[Traducción de Juan Villoro]

Truman Capote (nacido Truman Streckfus Persons y tras ser adoptado por su padrastro cubano llamado Joe García Capote) (*Nueva Orleans, 30 de septiembre de 1924 - Los Ángeles, 25 de agosto de 1984) fue un periodista y escritor estadounidense, principalmente conocido por su novela-documento A sangre fría (1966) y por Desayuno en Tiffany's (1958).

Nacido como Truman Streckfus Persons, adoptaría el nombre del segundo marido de su madre, un cubano llamado Joe García Capote. En su infancia vivió en las granjas del sur de los Estados Unidos y, según sus propias palabras, empezó a escribir para mitigar el aislamiento sufrido durante su infancia. Estudió en el Trinity School y en la St. John's Academy de Nueva York. A los 17 años ya era un consumado periodista: trabajaba para la revista The New Yorker. Con 21 años abandona la revista y publica un relato –Miriam- en la revista Mademoiselle, que se hace acreedor al Premio O'Henry. La crítica lo aplaude sin reservas y lo considera un discípulo de Poe. En 1948, a los 23 años, publica su primera novela, Otras voces, otros ámbitos, una de las primeras en las que se plantea de forma abierta el tema de la homosexualidad. Otras novelas suyas serían: El arpa de hierba (1951) y Se oyen las musas (1956), además de la famosa Desayuno en Tiffany's (1958), que también sería adaptada al cine por Blake Edwards, con Audrey Hepburn en el papel de Holly Golightly.

En 1966 crea A sangre fría que será su trabajo más celebrado. Con ella acuñaría el término non-fiction-novel, creando un referente para lo que luego sería el nuevo periodismo estadounidense. La novela, publicada tras 5 años de intensa investigación, cuenta el suceso real del asesinato de la familia Clutter, y es llevada al cine en 1967 por Richard Brooks. Del libro se venderían más de trescientos mil ejemplares, permaneciendo en la lista de los libros más vendidos del New York Times durante treinta y siete semanas.

Sus relaciones con el cine se extendieron además a la escritura de guiones, entre los que destaca el de ¡Suspense!, de Jack Clayton (1961). Incluso interpretó un papel en Un cadáver a los postres (Robert Moore, 1976).

En la década de 1950 reanudó su actividad periodística, realizando entrevistas para la revista Playboy.

Uno de los más excéntricos personajes de Truman Capote fue él mismo. Su éxito literario fue acompañado de un gran éxito social, lo que le permitió tratar con intimidad a buena parte de la aristocracia neoyorquina de su época. Sus relaciones con la alta sociedad se rompieron definitivamente cuando publicó algunos capítulos de su novela inconclusa Plegarias atendidas, en la que aireaba vivencias íntimas de algunos de sus amigos más famosos apenas disfrazados de personajes de ficción. Él hablaba de esta novela como de su gran obra, para la que había tomado como modelo al libro En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

En el desgarrador autorretrato del autor y su imaginario gemelo, de su libro Música para camaleones, decía de sí mismo: "Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio.", frase que desde entonces se asocia con él. Este libro, último de su bibliografía, es una brillantísima colección de entrevistas, con un relato central, Handcarved Coffins, una clara representación del espíritu periodístico del autor. Es también conocido por la semblanza que realiza de Marilyn Monroe en la entrevista titulada Una adorable criatura.

También escribió, entre otros: la colección de cuentos Un árbol de noche y otros cuentos (1949), el libro de viajes Color local, el cuento Una Navidad y la colección de entrevistas El duque en sus dominios.
Su depresión lo llevó a un proceso de autodestrucción, dependiendo cada vez más de los psicofármacos que, combinados con el alcohol, deterioraron su salud y sus relaciones con todos sus amigos, hasta morir por sobredosis en 1984. Sus restos se encuentran en el Cementerio Westwood Village Memorial Park de Los Ángeles, California.

Obra

Año Título Notas
aprox. 1943 Crucero de verano Novela póstuma publicada en 2005
1945 "Miriam" historia corta, publicada en la revista Mademoiselle
1948 Otras voces, otros ámbitos Novela
1949 Árbol de noche y otras historias Cuentos
1951 El arpa de hierba Novela
1952 El arpa de hierba Obra de teatro
1953 Beat the Devil Guion
1954 Casa de flores (musical) Musical
1956 The Muses Are Heard No ficción
1956 Un recuerdo navideño Cuento publicado en la revista Mademoiselle
1957 El Duque en su territorio Retrato de Marlon Brando publicado en The New Yorker; publicado nuevamente en New Yorker Profiles 1925-1992: A Bibliography (2001)
1958 Desayuno en Tiffany's Novela
1961 ¡Suspense! Guion basado en la novela Una vuelta de tuerca, de Henry James.
1963 Escritos selectos de Truman Capote Antología retrospectiva; ficción y no ficción.
1964 Un breve cuento aparecido en la revista Seventeen
1966 A sangre fría Novela no ficción; Premio Edgar (1966), por mejor libro de crímenes.
1968 El invitado del Día de Acción de Gracias Cuento publicado como libro de regalo
1971 El gran Gatsby Guion basado en la novela de F. Scott Fitzgerald, rechazado por Paramount Pictures.
1973 Los perros ladran Colección de artículos de viaje
1975 Mojave y La Costa Vasca, 1965 Cuentos de Answered Prayers, publicados en la revista Esquire.
1976 Unspoiled Monsters y Kate McCloud Cuentos de Answered Prayers, publicados en la revista Esquire.
1980 Música para camaleones Colección de trabajos cortos que mezclan ficción y no ficción,
1983 Una Navidad Cuento navideño publicado como libro de regalo
1987 Plegarias atendidas Publicación póstuma
2005 Crucero de verano Primera novela perdida — publicada en el número del 24-10-2005 de The New Yorker

En el 2005 se realiza la película Capote, bajo la dirección de Bennet Miller, en la cual se narra el período de su vida transcurrido durante la investigación de su libro A sangre fría, sobre el asesinato de una familia en Kansas, y cómo el escritor desarrolla una estrecha relación con Perry Smith, uno de los asesinos. Philip Seymour Hoffman ganó el premio Óscar por su interpretación de Truman Capote. La película tuvo, además, cuatro nominaciones: Mejor película, Mejor director, Mejor actriz de reparto y Mejor guion adaptado.

En el año 2006 se estrena Infamous(en España, bajo el título Historia de un Crimen), donde actúan: Toby Jones, como Capote; Sigourney Weaver, en el papel de Babe Paley, y Sandra Bullock como Harper Lee. Se trata de una adaptación de la novela de George Plimpton Capote: In Which Various Friends, Enemies, Acquaintances and Detractors Recall His Turbulent Career (1997). El guionista y director Douglas McGrath ofrece un contraste entre el Capote en Kansas y sus aventuras posteriores en medio de la alta sociedad neoyorquina.

Foto y semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: Cuentos completos, traducidos por Juan Villoro.