El cuento del domingo



Italo Calvino
El jardín encantado
Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. 0 bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel, jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo seguía siempre sin discutir.
      ¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse.
      —Está a punto de llegar un tren —dijo Giovannino.
      Serenella no se movió de la vía.
      —¿Por dónde?—preguntó.
      Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.
      —Por allí —dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.
      —¿Dónde vamos, Giovannino?
      Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.
      —Por ahí.
      Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.
      —¡Dame la mano, Giovannino!
      Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.
      Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?
      Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado?
      Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.
      Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señoras y señores aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.
      —Esa —decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.
      Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.
      Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.
      —¿Nos zambullimos? —preguntó Giovannino a Serenella.
      Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: “¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no vela mas que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.
      Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping—pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon.
      Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas.
      Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.
      A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa.
      El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas’51 y Cómodas, como una antigua injusticia.
      El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.
Italo Giovanni Calvino Mameli más conocido como Italo Calvino (Santiago de Las Vegas, Provincia de La Habana, Cuba, 15 de octubre de 1923 - Siena, Italia, 19 de septiembre de 1985). Escritor importante del siglo XX. Nació en Cuba, de padres italianos, toda su etapa formativa se desarrollo en Italia, donde también desarrolló la mayor parte de su carrera como escritor.


Italo Calvino siendo entrevistado en 1958.
Italo Calvino nació en Santiago de las Vegas cerca de La Habana en Cuba,1 donde trabajaba su padre Mario, agrónomo, quien dirigía una estación experimental de agronomía. Su madre, Evelina Mameli, oriunda de Cerdeña, se había licenciado en ciencias naturales.
En 1925, sin embargo, volvieron a San Remo donde los padres dirigen una estación experimental de floricultura, dos años después, en 1927, nació su hermano, Floriano, quien más tarde llegaría a ser un geólogo de fama internacional, además de docente universitario.
Durante su infancia, Calvino recibió una educación laica y antifascista, de acuerdo con la actitud de sus padres que se proclamaban librepensadores. Fue a la escuela infantil St. George College. Después, durante la elemental, a la Scuole Valdesi, e hizo la secundaria en el regio Ginnasio-Liceo G.D. Cassini. Tras ello, en 1941, se matriculó en la facultad de agronomía de la Universidad de Turín, donde su padre enseñaba agricultura tropical.
Sin embargo, al poco tiempo estalla la Segunda Guerra Mundial y Calvino interrumpe sus estudios. En 1943, fue llamado al servicio militar por la República Social Italiana. Calvino desertó y se unió a las Brigadas Partisanas Garibaldi junto con su hermano. Mientras sus padres quedaban como rehenes de los alemanes.
Una vez acabada la guerra, se mudó a Turín, donde colaboró en unos cuantos periódicos, se matriculó en Letras (se graduaría con una tesis sobre Joseph Conrad) y se afilió al Partido Comunista Italiano (PCI). Fue durante este período de su vida que entró en contacto con Cesare Pavese, quien hizo que fuese contratado por la editorial Einaudi, donde ya trabajaba Elio Vittorini.
El ambiente de la editorial fue fundamental en la formación cultural de Calvino. Ya en 1947 publicó su primera novela: Il sentiero dei nidi di ragno, basada en sus experiencias como partisano. Y en 1949, un volumen de cuentos: Ultimo viene il corvo. Las dos obras fueron escritas dentro de la estética del neorrealismo italiano, a pesar de que, especialmente la primera, tiene un tono de fábula. De esta misma época, y también de temática neorrealista y obrera, con influencias visibles de Pavese, es una novela inconclusa que se tendría que haber titulado I giovani del Po. Calvino buscaba entonces una escritura objetiva e intentaba definir la condición del hombre de nuestra época.
En 1952, siguiendo el consejo de Vittorini, abandonó la literatura realistico-social y picaresca para dedicarse a una especie de narración aparentemente fantástica pero que podía ser leída en diferentes niveles interpretativos. Se trata de la trilogía llamada I nostri antenati, una representación alegórica del hombre contemporáneo. Forman parte de ella tres novelas: El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente. La segunda, quizás la más famosa, es fruto de la decepción ideológica del autor que, tras la Invasión de Hungría por la URSS (1956), había abandonado el PCI y apartado el compromiso político.
Aparte de esto, durante los primeros años sesenta, Calvino publicó dos artículos (Il mare dell'oggetività y La sfida al labirinto) en los que enunciaba una poética ético-cognoscitiva que intentaba definir la situación del hombre contemporáneo dentro de un mundo cada vez más complejo y difícil de descifrar. Entraba así en contacto con una corriente naciente de neo-vanguardia, en cuya poética Calvino veía una profundización en las razones de la tecnología y la industria.
En 1963 publicó La giornata d'uno scrutatore, un libro que, de alguna manera, apareció fuera de lugar y a destiempo. Mientras el llamado Gruppo 63 proponía textos rupturistas, Calvino publicó un texto que era todo lo contrario a los ideales neo-vanguardistas del citado grupo: una novela sociológica, psicológica e ideológica.
Aquel mismo año publicó Marcovaldo, ovvero le stagioni in città una recopilación de fábulas modernas en las cuales se evidencia el contraste entre naturaleza y progreso.
En 1964 hizo un viaje a Cuba que le permitió visitar la casa donde había vivido con sus padres y realizar diversos encuentros, uno de los cuales fue con Ernesto Che Guevara. El 19 de febrero, en La Habana, se casaba con la argentina Esther Judit Singer, Chichita. Juntos se fueron a vivir a Roma, donde un año después nacerá su hija Giovanna. La atmósfera cultural italiana había cambiado mucho. La neo-vanguardia había consolidado sus posiciones de prestigio y el estructuralismo y la semiología se habían convertido en las ciencias sociales a las que todos se referían. De estos años son Le Cosmicomiche (1965), una recopilación de cuentos aparentemente de ciencia-ficción pero que en realidad se basan en una corriente fantástica y surreal. Y Ti con zero (Tiempo cero) de 1967 que comparte muchas de estas características.
En 1967 se trasladó a París, incrementó su interés por las ciencias naturales y la sociología y entró en contacto con el grupo Oulipo. Il castello dei destini incrociati (1969), La taverna dei destini incrociati (1973), Le città invisibili (1972) y Se una notte d'inverno un viaggiatore (1979), las obras que pertenecen a su llamada época combinatoria, son una muestra de como influyeron en Italo Calvino estos contactos. El método de construcción de estas obras se basa en la utilización de las diferentes combinaciones de un cierto número de elementos (como las figuras del tarot en Il castello...), que dan origen potencialmente a innumerables acontecimientos.
En 1980 volvió a Roma junto con su familia. En 1983 publicó Palomar, en el cual la anécdota se reduce al máximo, en favor de las reflexiones metafísicas y las descripciones.
Italo Calvino padeció un ataque de ictus cerebral en 1985, en Roccamare de Castiglione della Pescaia donde pasaba las vacaciones. Estaba trabajando en una serie de conferencias que tenía que impartir en la Universidad Harvard (y que serían publicadas póstumamente con el título de Lezioni americane, o en español Seis propuestas para el próximo milenio). Fue llevado al hospital de Santa Maria della Scala, pero no pudo superar la noche del 18 al 19 de septiembre y murió.
Póstumamente se publicaron, entre otros libros: Sotto il sole giaguaro, La strada di San Giovanni y Prima che tu dica pronto.
El neorrealismo más que una escuela fue una manera de sentir común a los jóvenes escritores que después de la Segunda Guerra Mundial se sentían depositarios de una realidad social nueva. Fue en este clima intelectual que Italo Calvino concibió una breve novela Il sentiero dei nidi di ragno y un cierto número de cuentos que aparecerían agrupados bajo el título de Ultimo viene il corvo. Los dos libros revelan un escritor con una singular capacidad para representar la realidad, conjugando el compromiso político y la literatura de una manera espontánea y ligera. Según contaba el propio escritor, después de la guerra había intentado contar su experiencia partisana en primera persona, pero sin obtener resultados satisfactorios. Cuando, en cambio, empezó a escribir las historias que no le afectaban personalmente y adoptó un punto de vista objetivo consiguió un trabajo a la altura de sus propósitos. Sus recuerdos de adolescente y las luchas partisanas se convirtieron en oportunidades para el conocimiento del mundo: cada gesto intenta desvelar su significado.
En Il sentiero dei nidi di ragno, la adopción del punto de vista de Pin —el adolescente protagonista de la narración— hace posible el carácter fabuloso y fantástico del libro. Mediante esta técnica el escritor puede describir la realidad como si se tratase de un sueño pero sin hacerle perder consistencia. Le permite, además, escribir una novela sobre la resistencia sin caer en una retórica excesiva.
Con este libro, Calvino inicia un modo de trabajar que se convertirá en una de sus características intrínsecas: la simplificación de la forma narrativa de manera que toda la obra se convierte en algo legible por diferentes tipos de lector, incluso por lectores no demasiado atentos.
Calvino siempre se había sentido atraído por la literatura popular, especialmente por el mundo de las fábulas.
I nostri antenati: Con Il visconte dimezzato va un poco más allá en su camino de la invención fantástica. Ahora se instala completamente dentro del campo de la fábula y de la fabulación. Si eso permite una primera lectura en cierta manera superficial, pero agradable, la novela tiene, además, otra lectura más alegórica y simbólica, ésta, cargada de significados históricos y políticos, públicos y privados (demediamiento como división entre ética e ideología, entre bloques políticos y como división entre ilusión y realidad). La conclusión de la novela sería, pues, una invitación a la moderación y al equilibrio, ya que nadie es depositario de la verdad absoluta.
Muchas de estas características se encuentran también en las otras dos novelas que completan la trilogía. El protagonista de Il barone rampante (El barón rampante) es el alter ego del autor que acaba de abandonar el Partido Comunista y la idea de la literatura como mensaje político. El hombre, a su entender, se ha de desvincular de los condicionamientos ideológicos y políticos, de las ideas preconcebidas y de las imposiciones intelectuales. La novela, ambientada en la Italia del siglo XVIII es al mismo tiempo una reivindicación ilustrada de la realidad.
En Il cavaliere inesistente (El caballero inexistente) esta fe en la realidad, sin embargo, ha entrado en crisis. La realidad parece algo irracional. Y el pesimismo de Calvino se hace más profundo.
Aparte de la producción alegórica y simbólica, Calvino también produce una narrativa que tiene como objeto, a pesar de mantener la contaminación proveniente del mundo de lo fabuloso y a menudo del absurdo, la realidad contemporánea al autor. Reexamina la sociedad y el lugar que el intelectual (a quien niega unas posibilidades reales de intervención) ocupa en ella. Este dualismo narrativa-literatura ideológica no sólo se encuentra en Calvino. Es igualmente presente en otros autores italianos de la época. Un ejemplo de ello es Elio Vittorini. Sin embargo, Calvino resuelve el dilema aceptando una literatura en la cual sólo un lector atento sea capaz de percibir más de un nivel de lectura. Vittorini, en cambio, no conseguirá resolver esta contradicción y acabará por no aceptar una literatura no-ideológica y renunciará a la escritura (1956).
Aparte de la trilogía también pertenecen a este periodo dos libros más: Marcovaldo y La giornata d'uno scrutatore
Marcovaldo ovvero Le stagioni in città se articula en dos series publicadas en dos fechas diferentes (1958 y 1963), lo que permite apreciar la evolución del autor. La primera serie se acerca más al terreno de la fábula, mientras que la segunda trata los mismos temas —los temas de la sociedad urbana— pero llevándolos, en cambio, de manera irónica hacia el absurdo. En cierta manera, además, se puede decir que el personaje central de Marcovaldo prefigura el de Palomar y su peculiar mirada sobre la realidad.
En 1963 Calvino acaba con una fase de su producción literaria que coincide, aunque sea de manera aproximada, con la década de los cincuenta. Su despedida de esta década es La giornata d'uno scrutatore. Un militante comunista actúa como interventor electoral (scrutatore) del Partido Comunista de Italia en un manicomio. Este hecho le hará entrar en crisis cuando se enfrente con la irracionalidad. Según dijo el propio autor, los temas tratados en el libro, la infelicidad, el dolor o la responsabilidad de la procreación nunca se había atrevido a tocarlos hasta entonces. La giornata supondrá, además, una suerte de relación de su propio recorrido ideológico.
Después vendrá Sfida al labirinto (dell'esistenza) donde Calvino toma posición el debate sobre el lugar a ocupar por el intelectual que, según él, ha de individuar los modelos teóricos éticos y cognoscitivos que nos puedan permitir entender, aunque sea de manera parcial, el caos de la realidad y dar así un sentido a nuestra existencia.
Sin embargo, dos libros, en los que se aprecia el influjo de diferentes ciencias, Le cosmicomiche y Ti con zero (Tiempo cero) abrirán una nueva fase de ciencia-ficción. En verdad, no obstante, no nos encontramos delante de libros de ciencia-ficción. Lo que Calvino hace es reflejar una peculiar proyección de su análisis humano y social. De hecho, en los últimos cuentos de Ti con zero, los protagonistas ya no son los mismos que en el resto del libro o en Le cosmicomiche, por decirlo de alguna manera, ya no son tan de ciencia-ficción, sino que son personas normales que buscan una solución científica a sus problemas. Calvino se pregunta hasta qué punto la razón y la ciencia pueden modificar la relación concreta del hombre con el mundo. La búsqueda existencial, aunque frustrada, no se interrumpirá nunca.
En los años sesenta, Calvino se apunta a una nueva manera de hacer literatura, entendida ya como artificio, ya como un juego combinatorio. A su entender, hay que hacer visible la estructura de la narración para el lector y así aumentar su complicidad. Es en esta época cuando Calvino se acerca a una clase de escritura que podría ser definida como combinatoria porque el mismo mecanismo que permite escribir asume un papel central en el interior de la obra. Calvino, de hecho, se ha convencido de que el universo lingüístico ha suplantado a la realidad y concibe la novela como un mecanismo que juega con las posibles combinaciones de las palabras. A pesar de que este aspecto puede ser considerado como el más cercano a la neo-vanguardia, Calvino se distancia de ella tanto por su estilo como por su lenguaje, extremadamente compresibles ambos.
Esta nueva concepción de Calvino es fruto de numerosas influencias: el estructuralismo y la semiología, las lecciones impartidas por Roland Barthes sobre el ars combinatoria, el acercamiento al Oulipo de Raymond Queneau, la escritura laberíntica de Jorge Luis Borges, además de la relectura del Tristram Shandy de Laurence Sterne a quien definirá como el padre de todas la novelas de vanguardia de nuestro siglo.
Cristalización de esta nueva concepción de la literatura será Il Castello dei destini incrociati (1969) al que se añadirá en 1973 La Taverna dei destini incrociati y donde el recorrido narrativo es confiado a la combinación de las cartas del tarot. Un grupo de viajeros se encuentran en un castillo. Cada uno de ellos tendrá una aventura que contar pero no pueden porque han perdido la voz. Para comunicarse, por tanto, utilizan las cartas del tarot y así reconstruyen, gracias a las cartas, los sucesos que les han ocurrido. En este libro, Calvino utiliza las cartas del tarot como un sistema de señales, como un auténtico lenguaje propio. Cada figura impresa depende del contexto en el que es pronunciada. El intento de Calvino consiste en quitar la máscara de los mecanismos que están en la base de todas las narraciones. La novela, pues, va más allá de sí misma, ya que es una reflexión sobre su propia naturaleza y configuración.
Este juego combinatorio también ocupa un lugar central en su siguiente libro, Le città invisibili (1972) (Las ciudades invisibles), una especie de reescritura del Libro de las maravillas de Marco Polo, en el que es el veneciano quien describe a Kublai Khan las ciudades de su imperio. Estas ciudades, sin embargo, no existen en otro lugar que en la imaginación de Marco Polo, viven nada más que dentro de sus palabras. Por tanto, para Calvino, la narración puede crear mundos, pero no pude destruir «el infierno de los vivos» que está a nuestro alrededor y para combatirlo, como se sugiere en la conclusión de la novela, no se puede hacer otra cosa que no sea dar valor a aquello que no es infierno.
En Las ciudades invisibles la exhibición de los mecanismos combinatorios de la narración todavía es más explicita que el El Castillo..., lo es incluso en la estructura misma de la novela, segmentada en textos breves que se suceden dentro de un estructura de marco.
Las ciudades..., de hecho, está compuesta por nueve capítulos, cada uno dentro de un marco en cursiva en el cual sucede el diálogo entre el emperador de los tártaros, Kublai Khan, y Marco Polo. Dentro de los capítulos se narra la descripción de cincuenta ciudades, según unos núcleos temáticos. Esta construcción arquitectónica compleja está indudablemente dirigida a la reflexión del lector sobre las modalidades compositivas de la obra. En este sentido, Las ciudades invisibles es una novela fuertemente metatextual, ya que induce a la producción de reflexiones sobre sí mismo y sobre el funcionamiento de la narrativa en general.
Sin embargo, la obra más metanarrativa de Calvino es seguramente Se una notte d'inverno un viaggiatore (1979). En esta novela, más que en ninguna otra, Calvino desnuda los mecanismos de la narración, desencadenando una reflexión sobre la práctica de la escritura y sobre las relaciones entre el escritor y el lector. El libro lo forman diez capítulos insertos en un marco: en verdad los capítulos son diez incipit de otras tantas novelas. En el marco, sin embargo, se narra la historia entre el Lector y la Ludmilla, la Lectora, una aventura tradicional a la que no le falta el final feliz. La narración empieza con el Lector que va a comprar un ejemplar de la novela de Calvino Se una notte d'inverno... pero que después de unas cuantas páginas descubre que el libro está defectuoso, está compuesto por cuentos todos iguales. Vuelve entonces a la librería y allí encuentra a Ludmilla (a quien le ha ocurrido lo mismo). Así empieza una historia compuesta sólo con principios de novelas. Cada vez que Ludmilla y el Lector se sumergen en una novela por la que se apasionan, la narración se interrumpe por los más diversos motivos. Al final el Lector no conseguirá completar la lectura de las novelas, pero se casará con la Lectora a quien, en la cama, antes de apagar la luz, dirá que está acabando de leer Se una notte d'inverno un viaggiatore de Italo Calvino. Los diez principios de que se compone el libro corresponden cada uno a un tipo diferente de narración. Con este ejercicio de estilo a la manera de Queneau, Calvino ejemplifica cuales son los modelos y los estilos de la novela moderna (desde el de neo-vanguardia hasta en neo-realista, desde el existencial al fantástico y surreal). En la base de la narración está encajado el esquema de las Mil y una noches, dentro del que Calvino coloca las sugerencias y las solicitudes provenientes de la novela contemporánea.
Se una notte d'inverno... es substancialmente un juego en el que Calvino, casi de manera provocativa, hace gala de sus trucos de narrador. Pero es un juego serio, casi dramático, porque quiere mostrar la imposibilidad de conseguir el conocimiento de la realidad. La novela tuvo un éxito considerable, tanto en Italia, como en otros países, especialmente en los Estados Unidos, donde fue leído de manera inmediata como un ejemplo de literatura posmoderna. Obras. Orlando furioso. 2013.Un misterio en el laberinto.2013.Seis propuestas para el próximo milenio 2012.El camino de San Giovanni 2012.La hormiga argentina. 2012.La entrada en guerra 2011.Correspondencia (1940-1985) 2010.Por qué leer a los clásicos 2009.Mundo escrito y mundo no escrito 2006.Cuentos populares italianos 2003.Ermitaño en París. Páginas autobiográficas 2001 (2004).La gran bonanza de las antillas 1991.(2012).Bajo el sol jaguar 1988 (2010).Cuentos fantásticos del siglo XIX 1985 (2005).Seis propuestas para un nuevo milenio 1985.Palomar 1983 (2001). Colección de arena 1980 (2001).De fábula 1980. Punto y aparte. Ensayos sobre literatura y sociedad 1980 (2013).Si una noche de invierno un viajero 1979.La taberna de los destinos cruzados 1973.Las ciudades invisibles 1972 (2013).Los amores difíciles 1970 (2009). El castillo de los destinos cruzados 1969. Irene, la prostituta más grande del mundo 1968.Tiempo cero 1966.Las cosmicómicas 1965 (2011).La jornada de un interventor electoral 1963 (2012).Marcovaldo 1963 Nuestros antepasados 1960. El caballero inexistente 1959.La nube de smog1958.El barón rampante 1957.La especulación inmobiliaria.1957 (2010).El vizconde demediado.1952 (2010).Los jóvenes del Po. 1951. Por último, el cuervo.1949.El sendero de los nidos de araña 1947. (2010).
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto:El cuento del día. Bibliografía:lecturalia.com. Foto:internet

El cuento del domingo


Elsa Bornemann

Mil grullas

Naomi Watanabe y  Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos.
Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.
 Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah… y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…
Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.
-No tengo hambre –le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía. -Te dejo mi vianda –y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.
Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún…
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque…
Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque…
Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! –pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima (1). Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.
 Ya no  vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas, -Para cuando termine la guerra… –decía el abuelo-. Todo acaba algún día… –comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo.
Abandonó el tatami (2),  se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus (3):
Lento se apaga
El verano
Enciendo
Lámpara y sonrisas.
Pronto
Florecerán los crisantemos.
Espera,
Corazón.
Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó  ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar!
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca…
Y los  dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes…
Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta el obi (4)   de su kimono (5) y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora?
“Ahora”, Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.
Un  repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.
En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: “Donguri-Koro Koro- Donguri Ko…” (6)  por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos mandados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un  sol estallando.
Recién en diciembre logró Toshiro averiguar donde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima. Como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro  de ellos, en su misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
-Voy a morirme, Toshiro… –susurró. No bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama. –Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta…
Mil grullas…o “Semba-Tsuru” (7), como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita, sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.
-Te vas a curar, Naomi –le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporalmente alojados) entendieron aquella noche el por qué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con  sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera la llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, El muchacho se encontraba pasando  hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos pasmados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de sufuroshiki (8)  y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos.
No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
-Prohibidas las visitas a esta hora- le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, Por favor…
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasibilidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.
Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando
Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
Son hermosas, Tosí-can…(9) Gracias…
-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas –y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?
Febrero de 1976.
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.
Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquina de calcular.
Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes…
Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa
-Algún día completará las mil… –cuchicheaban entre risas– ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?
Ninguno sospechaba, siquiera , la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.
1) Miyashima: pequeña isla situada en las proximidades de la ciudad de Hiroshima
2) Tatami: estera que se coloca sobre pisos, en las casas japonesas tradicionales
3) Haiku: breve poema de diecisiete sílabas, típico de la poesía japonesa.
4) Obi: faja que acompaña al kimono.
5) Kimono: vestimenta tradicional japonesa, de amplías mangas, largas hasta los pies y que se cruza por delante, sujetándose con una especie de faja llamada obi.
6) Donguri-Koro Koro- Donguri Ko: verso de una popular canción infantil japonesa.
7) Semba-Tsuru: Mil grullas. Una creencia popular japonesa, asegura que haciendo mil de esas aves –según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel)– se logra alcanzar la larga vida y felicidad.
8 ) Furoshiki: tela cuadrangular que se usa para formar una bolsa, atándola por sus cuatro puntas después de colocar el contenido.
9) Tosí-can: diminutivo de Toshiro.
Elsa Isabel Bornemann (Buenos Aires, Argentina, 15 de febrero de 1952 - 24 de mayo de 2013)1. Escritora de cuentos, canciones, novelas y piezas teatrales para niños y jóvenes. Se graduó como profesora en Letras en Universidad Nacional de Buenos Aires.
Elsa Bornemann, nació en el barrio porteño de Parque Patricios. Maestra Normal Nacional, obtuvo su título en el Normal Nro. 11 Ricardo Levene. Se recibió de Licenciada en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, se doctoró y obtuvo varios diplomas de estudio en medicina y en idioma inglés, alemán, italiano, latín, griego clásico y hebreo.
Durante la última dictadura militar que gobernó Argentina, autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, su libro "Un elefante ocupa mucho espacio" fue censurado y pasó a integrar la lista de autores prohibidos. Ese mismo cuento fue galardonado con la Lista de Honor del Premio Internacional Hans Christian Andersen otorgado por IBBY (International Board on Books for Young People) por primera vez para un escritor argentino, al considerárselo un ejemplo de la literatura de importancia internacional. Más tarde, sus libros El último Mago o Bilembambudín y Disparatario fueron seleccionados para integrar la lista The White Ravens, distinción que otorga la Internationale Jugendbibliothek de Múnich, Alemania.
Ha realizado numerosos cursos y talleres sobre literatura tanto en Argentina como en otros países de América, de Europa y Japón. Muchas de sus obras han sido reproducidas en libros de lectura para la escuela primaria, en manuales de Literatura para distintos niveles, y en antologías argentinas y del exterior.
El 24 de mayo de 2013, la editorial Alfaguara infantil informó por las redes sociales su fallecimiento.2Participó en un libro llamado Caramelos surtidos de la editorial "Ediciones Orión" con el cuento Uno más uno (cuento para chicos enamorados). Esta obra es una recopilación de cuentos de varios escritores/as populares, ellos son: Juan Jacobo Bajarlía, Poldy Bird, Aarón Cupit, Marco Denevi, Laura Devetach, Beatriz Ferro, Fernando Flores, Sara Gallardo, Neli Garrido de Rodríguez, Marta Giménez Pastor, Eduardo Gudiño Kieffer, María Hortensia Lacau, Silvina Ocampo, María Elena Togno y Álvaro Yunque. Algunas de sus obras.Un elefante ocupa mucho espacio. La edad del pavo. El libro de los chicos enamorados. Queridos monstruos. Los desmaravilladores. Disparatario. Los Grendelines. Sol de noche. Corazonadas. No hagan olas. Socorro: doce cuentos para caerse de miedo. El último mago. Lisa de los paraguas. El niño envuelto. Mil grullas. Un amor disparatado. Cuadernos de un delfín. Con el sol entre los ojos. ¡Nada de tucanes!.Tinke-Tinke. Lobo Rojo y Caperucita FerozPremios y distinciones. Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, 5.699. Premio San Francisco de Asís 1977. Premio «Alicia Moreau de Justo», 1985. Mención Especial en el Premio Nacional de Literatura Infantil 1986. Cuadro de Honor del Premio Internacional "Hans Christian Andersen", Suiza, 1976. Premio Konex de Platino 1994. Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) por "El espejo distraído". Buenos Aires, 1972. Lista de Honor del IBBY (International Board on Books for young people), por “Un elefante ocupa mucho espacio” , recibido en XV Congreso Internacional de Literatura Infantil y Juvenil. Atenas (Grecia), 1976. Premio "San Francisco de Asís", por "toda su obra en beneficio de la infancia", otorgado por la Sociedad Misionera de Escritores. 1977. Inclusión de El libro de los chicos enamorados en la Lista de los Cinco Mejores Libros Escritos en Idioma Castellano. Caracas (Venezuela), Banco del Libro, 1982. Mención Especial en el Premio Nacional de Literatura para Niños, por su producción publicada entre 1982-1985. Buenos Aires, Secretaría de Cultura y Educación de la Nación, 1986. Lista de Honor de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina) por Puro ojos. Buenos Aires, 1987. Cuadro de Honor para “El último mago o Bilembambudin”, en la selección The White Ravens. Múnich (Alemania) 1988. Cuadro de Honor para Disparatario, en la selección The White Ravens. Múnich (Alemania), Internationale Jugendbibliothek, 1989. Integración entre "Los cinco mejores escritores argentinos" incluidos en la guía "Who is Who", editada por la Feria de Bologna/Italia, 1993. Diploma al Mérito, correspondiente a la Literatura Infantil-Juvenil Argentina, por "considerársela una de los mejores escritores de esa especialidad". Buenos Aires, Fundación Konex, 1994. Premio Konex de Platino, por toda su obra literaria, al ser elegida como "la escritora más relevante en la última década". Buenos Aires, Fundación Konex, 1995. Cuadro de Honor de Literatura Infantil Argentina por Palabracadabra Tucumán (Argentina), Secretaría de Cultura de la Municipalidad, 1997. Premio Edenor y Radio Clásica de Buenos Aires, "por su aporte a la Literatura Infantil". Buenos Aires, 2000.
Semblanza biográfica: Wikipedia.Texto: El cuento del día. Foto: internet

El cuento del domingo

Natalia Ginzburg
La madre
La madre era pequeña y flaca, algo cargada de hombros; llevaba siempre una falda azul y una blusa de lana roja. Tenía un pelo negro crespo y corto, lo untaba siempre con aceite para que no abultara tanto; todos los días se depilaba las cejas, convirtiéndolas en dos pececillos negros que serpenteaban hacia las sienes; se empolvaba el rostro con unos polvos amarillos. Era muy joven; ellos no sabían cuántos años tenía, pero parecía mucho más joven que las madres de sus compañeros de escuela; los muchachos siempre se asombraban al ver a las madres de sus compañeros, lo gordas y viejas que eran. Fumaba mucho y tenía los dedos manchados de tabaco; fumaba incluso por la noche, en la cama, antes de dormirse. Dormían los tres juntos, en el gran lecho matrimonial con el edredón amarillo; la madre estaba al lado de la puerta, en la mesilla de noche tenía una lámpara con la pantalla envuelta en un trapo rojo, porque de noche leía y fumaba; a veces regresaba muy tarde, los chicos se despertaban entonces y le preguntaban dónde había estado; ella contestaba casi siempre: «En el cine», o bien: «Con una amiga mía». No sabían quién era esa amiga porque nunca había venido a casa ninguna amiga a buscar a la madre. Ella les decía que tenían que volverse del otro lado mientras se desnudaba, oían el roce veloz de los trajes, en las paredes bailaban sombras; se metía en la cama a su lado, un flaco cuerpo en el frío camisón de seda, y se apartaban de ella porque siempre se quejaba de que se le echaban encima y le daban patadas en sueños; a veces apagaba la luz para que ellos se durmieran y fumaba en silencio en la sombra.
La madre no era importante. Eran importantes la abuela, el abuelo, la tía Clementina, que vivía en el campo y llegaba de vez en cuando con castañas y harina amarilla; era importante Diomira, la criada, era importante Giovanni, el portero tísico que hacía sillas de paja; todas estas personas eran muy importantes para los dos chicos porque eran gente fuerte en la que se podía confiar, gente fuerte al permitir y al prohibir, muy listos en todas las cosas que hacían y siempre llenos de sabiduría y de fuerza; gente que podía defender de las tormentas y de los ladrones. Pero si estaban solos en casa con su madre, los niños tenían tanto miedo como si hubieran estado solos; en cuanto a lo de permitir o prohibir, ella no permitía ni prohibía nunca nada, como mucho se quejaba con una voz cansada: «No hagáis tanto ruido, que me duele la cabeza», y si le pedían permiso para hacer algo, contestaba al instante: «Pedídselo a la abuela», o bien decía primero que no y después que sí y después que no, y era un lío. Cuando salían solos con su madre se sentían inseguros, porque ella siempre se equivocaba de calles y había que preguntarle al guardia, y además tenía un modo tan grotesco y tímido de entrar en las tiendas y pedir las cosas que iba a comprar, y en las tiendas siempre se le olvidaba algo, los guantes o el bolso o la bufanda, y había que regresar a buscarlo y a los chicos les daba vergüenza.
La madre tenía desordenados los cajones y dejaba todas las cosas tiradas, y Diomira, por la mañana, cuando arreglaba la habitación, refunfuñaba contra ella. Llamaba incluso a la abuela para que lo viese y juntas recogían medias y trajes y barrían la ceniza que estaba diseminada por todas partes. La madre iba a hacer la compra por la mañana; volvía y arrojaba la bolsa de red sobre la mesa de mármol de la cocina, cogía su bicicleta y corría a la oficina donde estaba empleada. Diomira miraba todo lo que había en la red, tocaba las naranjas una a una y la carne, refunfuñaba y llamaba a la abuela para que viera lo mala que era la carne. La madre regresaba a casa cuando todos ellos habían comido ya y comía a toda prisa con el periódico apoyado en el vaso, y después se marchaba de nuevo a la oficina y volvían a verla un momento a la hora de cenar, pero después de cenar casi siempre se iba.
Los chicos hacían sus deberes en el dormitorio. Había un retrato del padre, grande, en la cabecera de la cama, con una cuadrada barba negra y cabeza calva y gafas con montura de concha, y además otro retratito en la mesa, con el niño menor en brazos. Su padre había muerto cuando eran muy pequeños, no recordaban nada de él; mejor dicho, en la memoria del chico mayor quedaba la sombra de una tarde remotísima, en el campo, en casa de tía Clementina: el padre lo empujaba por el prado en una carretilla verde; luego había encontrado un trozo de aquella carretilla, un mango y la rueda, en el desván de tía Clementina; de nueva era una carretilla preciosa y él estaba encantado de tenerla; su padre lo empujaba corriendo y su larga barba revoloteaba. No sabían nada del padre, pero pensaban que debía ser del tipo de los que son fuertes y sabios al permitir y al prohibir; la abuela, cuando el abuelo o Diomira se enfadaban con la madre, decía que había que tener compasión de ella porque había sido muy desgraciada, y decía que si hubiera estado Eugenio, el padre de los chicos, habría sido una mujer muy distinta, pero que había tenido la desgracia de perder a su marido cuando aún era muy joven. Hubo durante cierto tiempo una abuela materna, pero nunca la vieron porque vivía en Francia, pero escribía y mandaba regalitos por Navidad; después acabó muriéndose, porque era muy vieja.
De merienda comían castañas, o pan con aceite y vinagre, y después, si habían acabado los deberes, podían bajar a jugar a la plazuela o entre las ruinas de los baños públicos, destrozados por un bombardeo. En la plazuela había muchas palomas y ellos les llevaban pan o hacían que Diomira les diera un cucurucho de restos de arroz. Allí se encontraban con todos los chavales del barrio, los compañeros de la escuela y otros que veían también el domingo en el centro parroquial, cuando jugaban un partido de pelota con el padre Vigliani, que se subía la sotana negra y daba patadas. También en la plazuela jugaban a veces a la pelota o jugaban a policías y ladrones. La abuela se asomaba de vez en cuando al balcón y les gritaba que no se lastimaran; era bonito ver desde la plaza oscura las ventanas iluminadas de la casa, allá en el tercer piso, y saber que se podía regresar allí, calentarse junto a la estufa y defenderse de la noche. La abuela se sentaba en la cocina con Diomira y remendaban las sábanas; el abuelo se quedaba en el comedor y fumaba su pipa con el gorro en la cabeza. La abuela era muy gorda, vestida de negro, y llevaba en el pecho un medallón con el retrato de tío Oreste que había muerto en la guerra; era estupenda haciendo pizzas y guisando otras cosas. La abuela los ponía a veces en sus rodillas, incluso ahora que eran bastante mayores; era gorda, tenía un gran pecho muy blando; debajo del escote del traje negro se veía la gruesa camiseta de lana blanca con bordes de festón que se había hecho ella misma. Los ponía en sus rodillas y les decía en su dialecto palabras tiernas y un poco compasivas; y después se sacaba del moño una horquilla de hierro y les limpiaba las orejas; ellos chillaban y querían escapar y aparecía en la puerta el abuelo con su pipa.
El abuelo era antes profesor de latín y griego en el instituto. Ahora estaba retirado y escribía una gramática griega; muchos de sus antiguos alumnos venían a verlo de vez en cuando, y Diomira tenía entonces que hacer café; en el retrete había hojas de cuadernos con versiones del latín y del griego, con sus correcciones en rojo y azul. El abuelo tenía una barbita blanca, algo así como la de una cabra, y no había que hacer ruido porque tenía los nervios cansados por tantos años de enseñanza; siempre estaba un poco asustado por las subidas de los precios y la abuela tenía que discutir con él por la mañana, porque se asombraba del dinero que se necesitaba; decía que quizá Diomira robaba el azúcar y se hacía café a escondidas, y Diomira entonces lo oía y corría junto a él a gritar, el café era para los estudiantes que venían siempre; pero se trataba de pequeños incidentes que se calmaban en seguida y los chicos no se asustaban, aunque sí se asustaban cuando había una pelea entre el abuelo y la madre; ocurría algunas veces si su madre regresaba muy tarde por la noche, y entonces él salía de su cuarto con el abrigo encima del pijama y descalzo, y gritaban él y la madre. Él decía:
—Sé dónde has estado, sé dónde has estado, sé muy bien quién eres.
Y la madre decía:
—¡Qué me importa! —y decía— ¡Mira, ya me has despertado a los niños!
Y él decía:
—¡Para lo que te importan tus hijos! No hables, porque sé muy bien quién eres. Eres una perra. Vagabundeas toda la noche como una perra loca que eres.
Y entonces salían la abuela y Diomira en camisón y lo empujaban a su cuarto y decían: «¡Chist! ¡Chist!», y la madre se metía en la cama y sollozaba bajo las sábanas, con altos sollozos que resonaban en la habitación oscura; los chicos pensaban que el abuelo tenía toda la razón, pensaban que la madre hacía mal en ir al cine o con sus amigas de noche. Se sentían muy infelices, asustados e infelices, se quedaban acurrucados uno junto a otro en la cálida cama blanda y profunda, y el chico mayor, que dormía en el centro, se echaba hacia el otro lado para no tocar el cuerpo de la madre; le parecía que en el llanto de la madre había algo asqueroso, así como en la almohada mojada; pensaba: «A un chico le da asco de su madre cuando ella llora.» Nunca hablaban entre sí de estas peleas de la madre con el abuelo, evitaban cuidadosamente hablar de ellas; pero se querían mucho uno al otro y se abrazaban muy apretadamente por la noche cuando la madre lloraba; por la mañana se avergonzaban un poco uno del otro, porque se habían abrazado tanto, como para defenderse, y porque se trataba de algo de lo que no querían hablar; por otra parte, pronto olvidaban que habían sido infelices, el día empezaba e irían a la escuela, y por el camino encontrarían a sus compañeros y jugarían un momento a la puerta de la escuela.
La madre se levantaba con la luz gris de la mañana; con la combinación enrollada en la cintura, se enjabonaba el cuello y los brazos inclinada sobre la palangana; trataba de que ellos no la vieran, pero divisaban en el espejo sus hombros morenos y delgados y las pequeñas tetas desnudas; con el frío, los pezones se ponían oscuros y salientes, levantaba los brazos y se empolvaba las axilas; en las axilas tenía pelos rizados y espesos. Cuando estaba toda vestida empezaba a arrancarse las cejas, mirándose de cerca en el espejo y apretando mucho los labios; después se extendía una crema por la cara y sacudía el cisne de color rosa fuerte y se empolvaba; su cara se volvía entonces amarilla. A veces estaba bastante alegre por la mañana y quería hablar con los chicos, les preguntaba por la escuela y por sus compañeros y contaba algo de cuando ella iba a la escuela: tenía una maestra que se llamaba «señorita Dirce» y era una vieja solterona que quería hacerse la joven. Después se ponía el abrigo y cogía la red de la compra, se inclinaba a besar a los chicos y salía corriendo con la bufanda envuelta al cuello y su rostro todo perfumado y empolvado con polvos amarillos.
A los chicos les resultaba extraño el haber nacido de ella. Habría sido mucho menos extraño nacer de la abuela o de Diomira, con aquellos grandes cuerpos calientes que protegían del miedo, que defendían de las tormentas y de los ladrones. Era muy extraño pensar que su madre era aquélla, que los había contenido cierto tiempo en su pequeño vientre. Desde que supieron que los niños están en la barriga de la madre antes de nacer, se habían sentido muy asombrados y algo avergonzados de que aquel vientre los hubiera contenido en tiempos. Y también les había dado leche con sus tetas, y esto aún era más inverosímil. Pero ahora ya no tenía hijos pequeños que amamantar, y todos los días la veían marcharse en bicicleta, con un arrebato libre y feliz del cuerpo. Ella no les pertenecía a ellos, desde luego; no podían contar con ella. No podían pedirle nada; había otras madres, las madres de sus compañeros, a las que estaba claro que se les podía pedir un montón de cosas; sus compañeros corrían hacia sus madres cuando había acabado la escuela y les pedían un montón de cosas, se hacían sonar las narices o abrochar el abrigo, les enseñaban los deberes y los tebeos; esas madres eran bastante viejas, con sombreros o con velitos o con cuellos de piel, y casi todos los días iban a hablar con el maestro; eran gente como la abuela y como Diomira, grandes cuerpos mansos e imperiosos de gente que no se equivocaba, gente que no perdía las cosas, que no dejaba los cajones desordenados, que no regresaba tarde por la noche. Pero su madre se marchaba, libre, después de la compra, y además hacía mal la compra, la engañaba el carnicero, a veces hasta le daban la vuelta equivocada; se marchaba y no era posible reunirse con ella allí donde estaba, ellos en el fondo la admiraban mucho cuando se marchaba; a saber cómo era su oficina, no hablaba a menudo de ella; debía escribir a máquina y redactar cartas en francés y en inglés; quién sabe, quizá en eso fuera bastante experta.
Un día que fueron a dar un paseo con el padre Vigliani y otros chicos del centro parroquial, al regreso vieron a su madre en un café del extrarradio. Estaba sentada dentro de un café, la vieron por los cristales, y había un hombre sentado con ella. La madre había dejado en la mesa la bufanda escocesa y el viejo bolso de cocodrilo que conocían perfectamente; el hombre llevaba un ancho abrigo claro y tenía bigotes castaños y hablaba con ella sonriendo; la madre tenía una cara feliz, relajada y feliz, como nunca la tenía en casa. Miraba al hombre y se cogían de las manos, y ella no vio a los chicos; los chicos siguieron andando al lado del padre Vigliani, que les decía a todos que se apresuraran porque había que coger el tranvía; cuando estuvieron en el tranvía, el chico más pequeño se acercó a su hermano y le dijo:
—¿Has visto a mamá?
Y su hermano le dijo:
—No, no la he visto.
El más pequeño se rió bajito y dijo:
—Claro que la has visto, era mamá, y había un señor con ella.
El chico mayor volvió la cabeza; era mayor, tenía casi trece años; su hermano menor lo irritaba porque le daba pena, no comprendía por qué pero le daba pena, tenía también pena de sí mismo y no quería pensar en lo que había visto, quería hacer como si no hubiera visto nada.
No le dijeron nada a la abuela. Por la mañana, mientras la madre se vestía, el chico pequeño dijo:
—Ayer, cuando fuimos a dar un paseo con el padre Vigliani, te vimos y también estaba contigo un señor.
La madre se volvió de golpe, con cara de mal humor; los pececitos negros de la frente se escurrieron y se unieron al mismo tiempo. Dijo:
—No era yo. Imagínate. Tengo que estar en la oficina hasta muy tarde, por la noche, ya lo sabes. Está visto que te has equivocado.
El mayor dijo entonces, con una voz cansada y tranquila:
—No, no eras tú. Era alguien que se te parecía.
Y los dos muchachos comprendieron que aquel recuerdo debía desaparecer; y ambos respiraron con fuerza para expulsarlo.
Pero el hombre del abrigo claro vino una vez a casa. No traía el abrigo porque era verano, tenía gafas azules y un traje de tela clara, pidió permiso para quitarse la chaqueta mientras comían. El abuelo y la abuela habían ido a Milán a ver a unos parientes y Diomira se había ido a su pueblo, de modo que ellos estaban solos con su madre. Y entonces vino aquel hombre. Tenían una comida bastante buena; la madre lo había comprado casi todo en la cafetería: había pollo con patatas fritas y eso venía de la cafetería; la madre había hecho la pasta, estaba buena, sólo que la salsa se había quemado un poco. También había vino. La madre estaba nerviosa y alegre, quería decir muchas cosas juntas; quería hablarle al hombre de los chicos y a los chicos del hombre. El hombre se llamaba Max y había vivido en África, tenía muchas fotografías de África y las enseñaba; había una fotografía de una mona, los chicos le preguntaron mucho sobre la mona; era muy inteligente y lo quería mucho, y tenía modales grotescos y simpáticos cuando quería un caramelo. Pero la había dejado en África porque estaba enferma y tenía miedo de que muriese en el barco. Los chicos entablaron amistad con este Max. Les prometió llevarlos al cine una vez. Le enseñaron sus libros, no tenían muchos; él preguntó si habían leídoSaturnino Parándola y ellos dijeron que no y dijo que se lo regalaría, y después también Robinsn de las praderas porque era muy bonito. Después de comer, su madre les dijo que fueran a jugar al centro parroquial. Les habría gustado quedarse otro rato con Max. Protestaron un poco, pero la madre y también Max les dijeron que debían irse; y por la noche, cuando volvieron a casa, ya no estaba Max. La madre preparó a toda prisa la cena, café con leche y ensaladilla de patatas; ellos estaban tan contentos, querían hablar de África y de la mona, estaban extraordinariamente contentos y no entendían muy bien por qué; y también su madre parecía contenta y contaba cosas, una mona que había visto bailar una vez al son de un organillo. Después les dijo que se acostaran y dijo que saldría un momentito, no debían tener miedo, no había motivos; se inclinó a besarlos y dijo que era inútil hablarle de Max al abuelo y a la abuela, porque nunca les gustaba que se invitara a gente.
De modo que se quedaron solos con la madre durante unos días; comían cosas insólitas porque la madre no tenía ganas de cocinar, jamón y mermelada y café con leche y cosas fritas de la cafetería. Después lavaban los platos todos juntos. Pero cuando volvieron el abuelo y la abuela los chicos se sintieron aliviados; de nuevo había un mantel en la mesa y vasos y todo lo preciso; de nuevo estaba la abuela sentada en la mecedora con su cuerpo manso y con su olor; la abuela no podía marcharse, era demasiado vieja y demasiado gorda, era estupendo tener alguien que estaba en casa y que nunca podía marcharse.
Los niños no le dijeron nada a la abuela de Max. Esperaban el libro de Saturnino Parándola y esperaban que Max los llevase al cine y les enseñara más fotografías de la mona. Una vez o dos le preguntaron a su madre que cuándo irían al cine con el señor Max. La madre respondió duramente que el señor Max ahora se había ido. El chico más pequeño preguntó si había ido a África. La madre no respondió nada. Pero él pensaba que con toda seguridad había ido a África a recoger la mona. Se imaginaba que un día cualquiera iría a con buscarlos a la escuela, con un criado negro y con la mona en brazos. Volvió a empezar la escuela y vino tía Clementina a estar un poco con ellos; había traído un saco de peras y manzanas que se ponían a asar en el horno con marsala y azúcar. La madre estaba de muy mal humor y se peleaba continuamente con el abuelo. Volvía tarde por la noche y se quedaba despierta, fumando. Había adelgazado mucho y no comía nada. Su rostro se empequeñecía cada vez más, se hacía más amarillo; ahora también se echaba negro en las pestañas, escupía en una cajita y con un cepillito cogía el negro de allí donde había escupido; se ponía muchísimos polvos, la abuela quería quitárselos con un pañuelo y ella apartaba la cara. Casi nunca hablaba, y cuando hablaba parecía que se fatigaba, la voz le salía muy débil. Un día volvió a casa por la tarde, hacía las seis; era muy extraño, normalmente regresaba mucho después; se encerró con llave en el dormitorio. El chico más pequeño fue a llamar porque necesitaba un cuaderno; la madre contestó desde dentro con una voz furiosa, que quería dormir y que la dejara en paz; el chico explicó tímidamente que le hacía falta el cuaderno; entonces vino a abrir y tenía la cara hinchada y mojada; el chico comprendió que estaba llorando, volvió junto a la abuela y dijo:
—Mamá llora.
Y la abuela y tía Clementina hablaron mucho tiempo entre ellas, en voz baja, y hablaban de la madre pero no se entendía lo que decían.
Una noche la madre no volvió a casa. El abuelo fue muchas veces a mirar, descalzo, con el abrigo sobre el pijama; vino también la abuela y los chicos durmieron mal, sentían a la abuela y al abuelo que andaban por la casa, abriendo y cerrando ventanas. Los chicos tenían mucho miedo. Después, por la mañana, telefonearon de la comisaría: habían encontrado muerta a la madre en un hotel, había tomado un veneno, había dejado una carta; fueron el abuelo y la tía Clementina, la abuela chillaba, a los chicos los mandaron al piso de abajo, a casa de una anciana señora que decía continuamente:
—No tiene corazón, dejar dos criaturas así.
A la madre la trajeron a casa. Los chicos fueron a verla cuando la tendieron en la cama; Diomira le había puesto los zapatos de charol y la había vestido con el traje de seda roja de cuando se casó; era pequeña, una pequeña muñeca muerta.
Resultaba extraño ver flores y velas en el cuarto de siempre. Diomira y la tía Clementina y la abuela estaban arrodilladas rezando; habían dicho que tomó el veneno por equivocación, porque si no el cura no vendría a bendecirla si sabia que lo había hecho adrede. Diomira les dijo a los chicos que la tenían que besar; se avergonzaban terriblemente y la besaron uno tras otro en la fría mejilla. Después fue el entierro, duró mucho, atravesaron toda la ciudad y se encontraban muy cansados; también estaba el padre Vigliani y ademas muchos niños de la escuela y del centro parroquial. Hacía frío, en el cementerio soplaba un fuerte viento. Cuando volvieron a casa, la abuela empezó a llorar y a gritar ante la bicicleta, en el zaguán, porque parecía justo verla cuando se marchaba, con su cuerpo libre y la bufanda que revoloteaba en el viento. El padre Vigliani decía que ahora estaba en el Paraíso, porque quizá no sabía que lo había hecho adrede, o lo sabía y fingía que no; pero los chicos no sabían muy bien si existía de verdad el Paraíso, porque el abuelo decía que no, y la abuela decía que sí, y la madre dijo una vez que no había Paraíso con angelitos y hermosas músicas sino que los muertos van a un sitio donde no se esta ni bien ni mal, y donde no se desea nada, y como no se desea nada y se descansa se está muy en paz.
Los chicos fueron al campo durante algún tiempo, con la tía Clementina. Todos eran muy buenos con ellos, y los besaban y los acariciaban, y a ellos les daba mucha vergüenza. Nunca hablaron entre sí de la madre, ni tampoco el señor Max, en el desván de tía Clementina encontraron el libro de Saturnino Parándola y lo leyeron y les pareció bonito. Pero el chico mayor pensaba muchas veces en su madre en como la había visto aquel día en el café, cuando Max le cogía las manos, con un rostro tan relajado y feliz- pensaba entonces que quizá su madre se había envenenado porque Max quizá hubiera regresado a África para siempre. Los chicos jugaban con el perro de tía Clementina, un bonito peno que se llamaba Bubi, y aprendieron a trepar a los arboles porque antes no eran capaces. También iban a bañarse al no, y era estupendo regresar por la tarde junto a tía Clementina y hacer los crucigramas todos juntos. Los chicos estaban muy contentos de vivir con tía Clementina. Después volvieron a casa de la abuela y estuvieron muy contentos. La abuela se sentaba en la mecedora, y quería limpiarles las orejas con sus horquillas. El domingo iban al cementerio, venía también Diomira, compraban flores y al regreso se paraban en el bar a tomar un ponche caliente. Cuando estaban en el cementerio, ante la tumba, la abuela rezaba y lloraba, pero era muy difícil pensar que las tumbas, las cruces y el cementerio tenían nada que ver con su madre, la que se dejaba engañar por el carnicero y se marchaba en bicicleta, y fumaba y se equivocaba de calles y sollozaba por la noche. La cama era ahora muy grande para ellos, y tenían una almohada para cada uno. No solían pensar en su madre porque les hacía un poco de daño y les daba vergüenza pensar en ella. A veces trataban de recordar cómo era, en silencio, y cada uno por su lado; y resultaba que cada vez les costaba más trabajo juntar el pelo corto y rizado y los pececitos negros sobre la frente y los labios; se ponía muchos polvos amarillos, eso lo recordaban perfectamente; poco a poco no hubo más que un punto amarillo, imposible recuperar la forma de las mejillas o de la cara. Además, ahora comprendían que no la habían querido mucho, quizá tampoco ella los quisiera mucho, si los hubiera querido no habría tomado el veneno, eso se lo habían oído a Diomira y al portero y a la señora del piso de abajo y a otra mucha gente. Pasaban los años y los chicos crecían y sucedían muchas cosas y aquel rostro que no habían querido mucho se desvanecía para siempre.
Natalia Levi, conocida como Natalia Ginzburg por el apellido de su primer marido (Palermo, 14 de julio de 1916 — Roma, 7 de octubre de 1991). Novelista, ensayista, dramaturga y política italiana.
Hija de Giuseppe Levi y Lidia Tanzi, nació en Palermo en el seno de una familia acomodada de origen triestino, pero buena parte de su vida la pasó en Turín, adonde su padre, profesor universitario de anatomía, fue trasladado en 1919, cuando ella tenía tres años. Tanto él como sus hermanos fueron apresados y procesados por sus ideas antifascistas. Su madre era hija de un abogado socialista. Hija de un librepensador (además, la familia paterna era judía) y de una mujer de educación católica, tuvo una formación laica: ninguno de ellos eran practicantes. La enseñanza media la hizo en el instituto Alfieri.
En 1933 publicó su primer cuento, I bambini (Los niños), en la revista Solaria.
Cinco años más tarde se casó con Leone Ginzburg, un intelectual antifascista de origen ruso y profesor de literatura rusa que había estado en la cárcel en 1934 y 1936 por sus ideas. El matrimonio se relaciona con los intelectuales antifascistas turineses, especialmente con los relacionados con la editorial Einaudi, de la que Leone Ginzburg era cofundador desde 1933. Mantendrán gran amistad con Cesare Pavese y con Carlo Levi, entre otros.
En 1940 el matrimonio se muda a Pizzoli, un pueblo de los Abruzzos, donde su marido había sido desterrado por el gobierno de Mussolini y en el que permanecerá hasta 1943. Con él tendrá tres hijos: Carlo (Turín, 15.04.1939), futuro famoso historiador, Andrea (Turín, 09.04.1940) y Alessandra (Pizzoli, 20.03.1943).
Con el seudónimo de Alessandra Tornimparte publicó en 1942 su primera novela, El camino que va a la ciudad, que reeditará en 1945 ya con su firma definitiva, Natalia Ginzburg.
Después del comienzo de la deportación sistemática de los judíos, y tras varias vicisitudes, su marido fue detenido y torturado hasta la muerte en la cárcel de Regina Coeli de Roma, en 1944.
Natalia Ginzburg, poco después de liberada ese mismo año, llega en octubre a Roma, donde comienza a trabajar en Einaudi, la editorial donde publicará sus novelas. En otoño del año siguiente regresó a Turín, adonde habían ya retornado sus padres y sus hijos, quienes durante los meses de la ocupación alemana se habían refugiado en Toscana.
En 1947 aparece su segunda novela È stato cosí, con el que gana el premio Tempo. Se trata de un libro desesperado, violento y lleno de tristeza. La tristeza se combinará en sus obras posteriores con una original comicidad.
Se casa en 1950 con el profesor universitario Gabriele Baldini, especialista en literatura inglesa que fue director del Instituto Italiano de Cultura en Londres. El matrimonio tendrá dos hijos: Susanna (04.09.1970) y Antonio (06.01.1959–03.03.1960).
En 1952 publica Todos nuestros ayeresi; cinco años más tarde salen el libro de cuentos Valentino (premio Viareggio) y la novela Sagitario; y en 1961 lanza su importante novela Las palabras de la noche, que en 2003 será llevada al cine por el español Salvador García Ruiz con el título de Las voces de la noche.
Natalia Levi gana luego el prestigioso premio Strega, en 1963, con Léxico familiar, novela autobiográfica con la que consiguió también un gran éxito de ventas. Ese mismo año hizo su único papel en el cine, en la película de Pier Paolo Pasolini: El Evangelio según San Mateo, en la que interpretó a María de Betania.
En 1969 muere su segundo marido. Ella continúa con su escritura, cada vez más interesada en el microcosmos de las relaciones familiares: Querido Miguel (1973), Familia (1977), otra novela epistolar La ciudad y la casa (1984), y un libro inclasificable y extenso, La famiglia Manzoni (1983), sobre la esfera doméstica del gran escritor italiano.
Al mismo tiempo, después de la muerte de Baldini, Natalia Ginzburg, como la mayoría de los intelectuales de izquierda italianos de aquella época, comienza a participar cada vez más activamente en política y en 1983 es elegida diputada del Parlamento por el Partido Comunista Italiano.
Otras facetas en las que destacó fue como autora de comedias teatrales y traductora: entre las primeras, destacan Ti ho sposato per allegria (1970) o Paese di mare (1972). Sus traducciones más celebradas son las que realizó del francés (Marcel Proust, Gustave Flaubert) y Maupassant).
Murió en Roma la noche de 6 al 7 de octubre de 1991. Su obra apareció en Einaudi, editorial de Turín con la que tuvo lazos amistosos y de asesoramiento a lo largo de toda su vida. Numerosas polémicas cívicas, recogidas en ensayos, pudo canalizarlas finalmente con su participación en el Parlamento durante sus últimos años. Obras.Narrativa y ensayo.La strada che va in città, novela corta, 1942 — El camino que va a la ciudad, Bassarao, 1997. È stato così, novela corta, 1947. Tutti i nostri ieri, novela, 1952 — Todos nuestros ayeres, Compañía General Fabril Editora, 1962 (Nuestros ayeres, Círculo de Lectores, 1996. Valentino, novela corta, 1957. Sagittario, novela corta, 1957 — Sagitario, Espasa-Calpe, 2002. Le voci della sera, novela corta, 1961 — Las palabras de la noche, Pre-Textos, 2001. Le piccole virtù, ensayo, 1962 — Las pequeñas virtudes, El Acantilado, 2002. Lessico famigliare, novela, 1963 — Léxico familiar, Lumen, Barcelona, 2007. Mai devi domandarmi, ensayo, 1970 — Nunca me preguntes, trad.: Jaume Fuster, Dopesa, 1974.Caro Michele, novela, 1973 — Querido Miguel, Ediciones Librerías Fausto, 1974 (trad.: Carmen Martín Gaite, El Acantilado, 2003. Famiglia, 1977, con dos novelas cortas, la de ese título y Borghesia — Familia, trad.: Mario Merlino, Alfaguara, Madrid, 1982. La famiglia Manzoni, biografía literaria, 1983. La città e la casa, 1984 — La ciudad y la casa, trad.: Mercedes Corral Corral, Debate, 2003. Non posiamo saperlo, saggi 1973-1990, 2001, ensayos — No podemos saberlo.Familias, Lumen, Barcelona, 2008; contiene tres novelas cortas: El camino que va a la ciudad, Familia y Burguesía. Ensayos, Lumen, Barcelona, 2009. Con prólogo de Flavia Company, contiene dos libros: Nunca me preguntes y No podemos saberlo; extractos en Google Books.Serena Cruz o la vera giustizia, ensayo, 1990 — Serena Cruz o la verdadera justicia, El Acantilado, 2010. Antón Chéjov, El Acantilado, 2006. 
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto:El cuento del día. Foto:internet.