El cuento del domingo

Stanislaw Lem
Los tres electroguerreros
Erase una vez un inventor que continuamente ideaba y construía extraordinarios aparatos. Construyó una máquina pequeñísima que cantaba maravillosamente y a la que dio el nombre de pajarolezna. Se hizo un sello con un corazón y ponía esta marca a cada átomo que salía de sus manos, que luego para asombro de los sabios que en sus análisis espectrales atómicos descubrieron aquel reluciente corazoncito.
Este gran inventor construyó muchas máquinas muy útiles, grandes y pequeñas, y hasta se le ocurrió la idea realmente insólita de asociar en una sola cosa la muerte y la vida para así conseguir lo inalcanzable. Decidió crear unos seres racionales a partir del agua, pero nada de espantosos cuerpos blandos y húmedos. Lo que deseaba era crear con el agua unos seres realmente hermosos e inteligentes, es decir, cristalinos.
Buscó un planeta, muy alejado de todos los soles, de cuyo helado océano extrajo unos enormes bloques de hielo con los cuales esculpió a los Criónidas, los nuevos seres por él imaginados.
Pero estos seres solamente podían existir en el frío más espantoso y en el vacío sin sol. Los Criónidas no tardaron en edificar ciudades y palacios de hielo, pero el más mínimo calor representaba su perdición, de manera que se las arreglaron para atrapar las auroras boreales, meterlas en unos utensilios transparentes e iluminar con ellas sus viviendas. Cuanto más poderosos eran los Criónidas, tenían más auroras boreales amarillas y plateadas, y vivían muy felices con sus luces y sus famosas joyas, extraídas de los gases congelados. Adornaban con sus vivos colores su noche eterna en la que, al igual que espíritus - cautivos, aquellas joyas resplandecían bajo la tenue luz de las auroras boreales como mágicas nebulosas en bloques de cristal.
Muchos del cosmos codiciaban aquel tesoro, pues Crionia podía divisarse desde una distancia enorme, centelleante como una joya girando lentamente sobre un oscuro terciopelo.
Así que varios aventureros llegaron a Crionia para probar fortuna. El primero fue el electroguerrero Cupricio. Comenzó a caminar y sus pasos resonaban sobre el hielo como campanadas, pero al instante el hielo se derritió bajo sus plantas, cayó al océano glacial y las olas se lo tragaron. Y desde entonces sigue Cupricio en el fondo de los mares de Crionia, encerrado como un gusano de seda en su capullo, en su tumba de hielo.
Sin embargo, el fracaso de Cupricio no desanimó a otros osados conquistadores. Tras él llegó a Crionia el electroguerrero Ferricio. Se llenó de helio líquido, que borboteaba dentro de su cuerpo de acero, y la escarcha, al formarse sobre su armadura, lo hacía parecer un enorme copo de nieve. Pero al volar sobre la superficie del planeta, se inflamó debido al rozamiento con la capa atmosférica, el helio líquido se evaporó y se le escapó del cuerpo y Ferricio, reluciente como una flecha al rojo, cayó sobre las rocas heladas, que se abrieron de pronto. Salió de allí en medio de nubes de vapor, como de un géiser hirviente; pero todo cuanto tocaba se convertía en una nube blanca de la que caía la nieve. Así que, se sentó y esperó hasta enfriarse y tan pronto como los copos de nieve dejaron de derretirse sobre los guardabrazos de su armadura, quiso levantarse y lanzarse al combate, pero la grasa de sus articulaciones se había endurecido y no podía ni siquiera enderezarse. Así quedó Ferricio hasta nuestros días y la nieve lo ha convertido en un monte blanco del que sólo asoma la aguda punta de su yelmo. El monte se llama desde entonces Monte de Ferricio.
El tercero de los electroguerreros, Cuarciano, se enteró del destino de los otros dos. De día se parecía Cuarciano a una lente pulida, mientras que de noche semejaba el reflejo de una estrella. Este atrevido conquistador no temía que el aceite que lubrificaba sus miembros se helara, puesto que no tenía, ni que el hielo se rompiera bajo sus plantas, ya que podía permanecer tan frío como quisiera. Solamente debía evitar una cosa: pensar frenéticamente, pues ello recalentaba su cerebro de cuarzo y podía ser su perdición. Sin embargo, decidió intentarlo, seguro de salvar la vida y triunfar de los Criónidas.
Voló hasta el planeta a través de la eterna noche helada de las galaxias, mientras los meteoros metálicos que durante su vuelo rozaban su pecho estallaban en pedazos, sonando como el vidrio. Llegó por fin sobre las blancas nieves de Crionia, bajo su velo negrísimo.
Cuarciano reflexionó sobre lo que iba a hacer pero la nieve empezó a derretirse a su alrededor.
- ¡Vaya, vaya - dijo para sí Cuarciano -, esto no me gusta! Bien, con tal de no pensar, todo irá bien.
Y el electroguerrero decidió repetir esa frase Por si acaso, puesto que no requería ningún esfuerzo mental, y, gracias a ello, no se recalentaría su cerebro. Cuarciano empezó a marchar por el desierto nevado, sin pensar en nada para conservarse totalmente frío. Caminó largo rato hasta llegar a las murallas de hielo de Frigidia, la capital de los Criónidas. Sin pensárselo dos veces, se lanzó de cabeza contra las blancas almenas, hasta que la gente escondida se mostró, pero sin resultado.
- Probemos de otra manera - dijo para sí el electroguerrero, y pensó cuánto eran dos por dos. Tan pronto como se le ocurrió esta idea, su cabeza se calentó un poquito y peor segunda vez embistió como un ariete contra las murallas refulgentes, pero así tampoco logró nada.
- No basta - se dijo Cuarciano -. Probemos con algo más difícil. ¿Cuánto son tres por tres?
Esta vez su cabeza se rodeó de una nube de chispas y con el calor de tan intenso pensamiento, la nieve se derritió en el acto. De manera que Cuarciano retrocedió para coger carrerilla, y se lanzó contra la muralla con tal fuerza que la traspasó, y tras ella dos palacios y tres casas de los grafistas helados; fue a caer sobre unas grandes escalinatas, agarrándose a la baranda de carámbanos, pero los peldaños parecían una pista de patinaje. Se incorporó rápidamente, pues a su alrededor todo estaba derritiéndose y - corría el riesgo de rodar hacia el fondo y hundirse en el abismo glacial, donde quedaría congelado por los siglos de los siglos.
«¡Calma, calma! Con tal de no pensar, todo saldrá bien - pensó el electroguerrero -.
Dejaremos que las cosas se enfríen.»
Salió del túnel de hielo que se había abierto bajo su calor y se encontró en medio de una gran plaza, profusamente iluminada por auroras boreales, que parpadeaban con su luz esmeralda y plateada en lo alto de unas columnas de cristal.
Le salió al encuentro, centelleante como una estrella, un gigantesco caballero, llamado
Bóreo, jefe de los Criónidas. Cuarciano, sin inmutarse, se lanzó al ataque, imitado por su adversario. Se oyó un estruendo espantoso, como cuando dos icebergs chocan en el Mar del Norte. La refulgente diestra de Bóreo rodó por el suelo, separada del tronco; pero no se amilanó éste; valientemente, siguió peleando y se volvió, presentando su pecho, tan ancho. como un auténtico iceberg a enemigo. Este volvió a tomar carrerilla y nuevamente embistió como un ariete.
El cuarzo era mucho más duro y compacto que el hielo, de manera que Bóreo se desmoronó estrepitosamente, como un alud rodando por las rocas, y pulverizado, quedó tendido bajo la luz de las auroras boreales.
- ¡Victoria! - gritó Cuarciano, y despojó a su enemigo de sus maravillosas joyas: anillos incrustrados de hidrógeno, broches refulgentes, parecidos a los diamantes, pero tallados en tres gases nobles: argón, criptón y xenón. Pero ante aquellas joyas tan hermosas se inflamó de emoción y los brillantes, con un silbido, se le evaporaron entre los dedos, hasta que nada le quedó, salvo unas gotas de rocío, que a su vez muy pronto se volatizaron.
- ¡Vaya! Está visto que tampoco hay que emocionarse. ¡Bueno, con tal de no calentarse la cabeza, todo saldrá bien!
El electroguerrero siguió adelante por el terreno conquistado. De pronto divisó a lo lejos una forma enorme. Era el general - mineral Albucio, cuyo ancho pecho estaba cubierto de varias hileras de condecoraciones parecidas a carámbanos, atravesadas por la glacial faja de la Gran Estrella de la Escarcha. El general, guardián de los tesoros reales, cerró el paso a Cuarciano, que se lanzó a su encuentro como un huracán, y los dos adversarios chocaron con estruendo de témpanos. Acudió en ayuda de Albucio el príncipe Asteroido, que gobernaba el país del hielo negro.
Cuarciano no podía con este nuevo enemigo, pues el príncipe llevaba una costosa armadura nitrogenada templada en helio, y de ella salía tanto hielo que el ímpetu de Cuarciano se debilitó y las auroras boreales palidecieron al reinar..por doquier el cero absoluto.
Cuarciano se detuvo, pensando: «¡Socorro! ¿Qué pasa?»
A causa de su asombro, se le recalentó el cerebro, con lo que el cero absoluto dejó de existir al calentarse la atmósfera y el electroguerrero cómo el príncipe Asteroido empezaba a  esmoronarse, en medio de un gran fragor, hasta que en el campo de batalla sólo quedó un monde hielo negro del que el agua manaba como lágrimas.
«¡Bravo! - pensó Cuarciano -. Con tal de calentarse la cabeza solamente en caso de apuro, todo saldrá bien; mío es el triunfo...»
Y siguió adelante; sus pasos sonaban como si, un gigantesco martillo golpeara el hielo cristalino; pisaba fuerte por las calles de Frigidia, y sus habitantes, angustiados, espiaban sus movimientos desde las ventanas bajo los níveos aleros. Iba Cuarciano volando por la Vía Láctea como un enfurecido meteoro cuando, de pronto, divisó a lo lejos una pequeña figura solitaria. Era la de Barión, el sabio más grande de Crionia, por todos conocido con el nombre de Hielodio.
Cuarciano se lanzó como un rayo para aplastarle. de un golpe, pero el otro se limitó a dar un paso de lado y sin inmutarse no hizo más que un signo con dos dedos levantados hacia su enemigo. Este, sin hacer caso de aquel signo que no entendía, se volvió y arremetió con más furia su adversario; pero nuevamente Hielodio se apartó, evitando el golpe del electroguerrero y rápidamente le hizo otra seña con un solo dedo levantado.
Cuarciano se extrañó un poco esta vez, disminuyó su empuje, pero volvió a lanzarse al tiempo que reflexionaba sobre aquella aparición tan rara; al calentarse la cabeza, el agua comenzó a chorrear de los edificios más cercanos, pero no se dio cuenta de ello al fijarse en Hielodio, que ahora le mostraba un círculo formado con los dedos de una mano, mientras que con el pulgar de la otra atravesaba el círculo una y otra vez.
Tremendamente intrigado, Cuarciano estaba pensando y pensando en lo que esos gestos podían significar, y se hizo el vacío bajo sus plantas, un agua negra manó del abismo que acababa de abrirse y el electroguerrero cayó como una piedra, hundiéndose en las profundidades, pensando por última vez: «¡Con tal de no pensar, todo saldrá bien!»
Pero su suerte ya estaba echada.
Luego, los Criónidas agradecidos le preguntaron a su salvador lo que significaban aquellas señales que le había hecho al terrible electroguerrero.
- La cosa no puede ser más sencilla - contestó el sabio Hielodio -. Los dos dedos levantados querían decir que éramos dos, él y yo. Un dedo solo significaba que de nosotros dos solamente iba a quedar uno. Luego le enseñé el círculo, con lo que le avisaba de que el hielo se abriría a su alrededor y el negro océano se lo tragaría para siempre. Pero nuestro enemigo no supo entender esta señal, lo mismo que no comprendió las otras dos.
- ¡Qué gran sabio eres! - exclamaron los Criónidas estupefactos -. Pero ¿por qué hiciste esas señales al espantoso agresor? ¿Qué hubiera ocurrido si hubiese comprendido y no se hubiera asombrado? Está claro que en tal caso no se hubiera calentado los sesos y no se hubiera abierto el abismo insondable bajo sus pies...
- ¡Ja, ja! Sabía que eso no iba a ocurrir - contestó sonriendo el sabio Hielodio -, pues daba por supuesto que no iba a entender nada. Si nuestro enemigo hubiese tenido una pizca de inteligencia, no habría llegado hasta aquí. ¿Cómo puede venir a nosotros un ser que vive bajo el sol? ¿Qué podía hacer con joyas talladas congeladas y plateadas estrellas de hielo?
Quienes le escuchaban se asombraron del ingenio del sabio y se volvieron tranquilos a sus casas, donde les esperaba su querido hielo.
A partir de entonces, ya nadie intentó llegar a Crionia pues no había tales tontos en el cosmos, aunque hay quien asegura que todavía quedan bastantes, pero no conocen el camino.
Stanisław Lem. (12 de septiembre de 1921 - 27 de marzo de 2006). Escritor polaco cuya obra se ha caracterizado por su tono satírico y filosófico. Sus libros, entre los cuales se encuentran Ciberíada y Solaris, se han traducido a 40 lenguas y ha vendido 27 millones de ejemplares. Es considerado como uno de los mayores exponentes del género de la ciencia ficción y uno de los pocos escritores que siendo de habla no inglesa ha alcanzado fama mundial en el género.
Sus libros exploran temas filosóficos que involucran especulaciones sobre nuevas tecnologías, la naturaleza de la inteligencia, las posibilidades de comunicación y comprensión entre seres racionales; asimismo propone algunos elementos de las limitaciones del conocimiento humano y del lugar de la humanidad en el universo. Su encasillamiento como escritor de ciencia ficción se debe a que ocasionalmente, a lo largo de su carrera como escritor, prefirió presentar sus trabajos como obras de ficción o fantasía, para evitar los atavíos del rigor en el estilo académico de escritura y las limitaciones del número total de lectores al que llegarían sus libros si fueran textos "científicos"; no obstante, algunas de sus obras están en la forma de ensayos científicos o de libros filosóficos, tales como Summa Technologiae y Microworlds (ambas sin traducción al castellano), en las que expresa con rigor sus posturas científicas.
Stanisław Lem nació en Leópolis, que hasta 1939 formaba parte de Polonia (ahora Ucrania). Hijo de Sabina Woller y Samuel Lem, otorrino que había sido médico del ejército austrohúngaro, Stanisław terminaría también interesándose por la medicina, e iniciaría sus estudios en la Universidad de Leópolis, pero la Segunda Guerra Mundial le obligaría a interrumpirlos.

Casa de Leópolis en la que vivió Stanisław Lem.
Durante la guerra fue miembro de la resistencia. Su familia, católica pero de ascendencia judía, se salvó del Holocausto en parte por suerte. Con el inicio de la gran guerra empezó trabajar de soldador y mecánico, puesto desde el cual realizaba algunas acciones de sabotaje. Sobre esto, él mismo argumentaba que su cualidad como soldador era más bien pésima, por lo cual no le suponía ningún esfuerzo el sabotaje. Además, colaboró en el tráfico de armas y municiones para la resistencia polaca. Durante 1942 su familia se salvó de las cámaras de gas de Belzec, gracias a documentación falsa y por huir justo a tiempo del gueto de la ciudad. Dos años después, el ejército de la URSS tomó la ciudad y Stanisław fue "repatriado" en 1946 a Cracovia, donde retomó sus estudios de medicina en la especialidad de psicología. Ese mismo año publicó su primera obra, El hombre de Marte, en una revista juvenil.
En 1948, abandonó la carrera de medicina por sus discrepancias ideológicas, evitando así la incorporación forzosa a filas como médico militar. A pesar de ser socialista, disentía de las ideas de Trofim Lysenko, favorecidas por el dogma oficial, acerca de la herederabilidad de los rasgos adquiridos. Sólo recibió un certificado de finalización de estudios.
Más tarde recibiría graduaciones honorarias del Politécnico de Breslau y de las universidades de Opole, Lwów y Jagiellonian. Trabajó como ayudante de investigación en una institución científica y comenzó a escribir narraciones breves en su tiempo libre.
En 1948, acaba su primera novela, El hospital de la transfiguración, que no publicará hasta 1955 por problemas con la censura comunista. Su primera obra publicada es Los astronautas (1951), de estilo utópico. Temas e influencias como la cibernética, que defiende Lem, se prohíben por considerarse una influencia negativa originada por el capitalismo. Dos años después se casa con Bárbara, una estudiante de medicina.
Lem escribió principalmente sobre el contacto entre humanos y civilizaciones extraterrestres (Diarios de las estrellas, La voz de su amo, Fiasco), entre humanos y medios extraterrestres, sean en parte obra de culturas (Edén, Diarios de las estrellas), o extraños ecosistemas (El Invencible o Solaris, su novela más conocida), y sobre el futuro tecnológico (Fábulas de robots, Ciberíada, Paz en la Tierra).
Lem fue miembro honorario de la SFWA (escritores norteamericanos de ciencia ficción y fantasía) en 1973, pero fue expulsado en 1976 tras declarar que la ciencia-ficción estadounidense era de baja calidad literaria y estaba más interesada en aventuras que en desarrollar nuevas ideas o formas literarias. En 1977, fue reconocido como ciudadano honorario de Cracovia.
Con el colapso del comunismo en 1989, abandona en cierto modo la ciencia ficción y se dedica a escribir informes de análisis para algunos gobiernos y organizaciones sobre el futuro más cercano. Con el desarrollo de internet en la década de los años 90 también planteará en su obra ciertos problemas éticos y tecnológicos causados por esta nueva revolución industrial.
En sus últimos años, fue miembro fundador de la Sociedad Polaca de Astronáutica, y trabajó en áreas como las matemáticas, cibernética y filosofía. Desde 1973 hasta sus últimos años, enseñó literatura polaca en la Universidad de Cracovia. Falleció el 27 de marzo del 2006 en Cracovia a los 84 años de edad, después de una larga enfermedad coronaria.
Los temas principales de Lem giran alrededor de la cibernética (de la cual es un apasionado) y de la comunicación, tanto entre humanos como con otras formas de vida. Aunque muchas de sus obras tienen un tono humorístico innegable, en la mayoría de ellas se encierra un profundo pesimismo respecto a la condición humana.
En sus primeras obras sigue la pauta de otros autores socialistas con sendas utopías: Los astronautas (1951) y La nebulosa de Magallanes (1955). Sin embargo, desencantado cada vez más del socialismo, su popularidad le protegería frente a la censura, a la que cada vez desafía más (aunque de forma velada). Con Diarios de las estrellas (1957) comienza su vena de escritor satírico, aunque siempre guardando un profundo sentido filosófico en sus obras. Además, en ella se introduce el personaje de Ijon Tichy, ese astronauta embarcado en maravillosas (y absurdas) aventuras por todo el espacio y el tiempo, y que repetiría protagonismo en otras obras posteriores.
Tras Edén (1959), vendrá su obra maestra Solaris (1961), novela que le aupará a la fama gracias al premio recibido en 1972 en el festival de Cannes por la adaptación cinematográfica realizada por Andrei Tarkovsky. Otra novela destacable es El Invencible (1964), que también trata sobre los problemas de comunicación (y comprensión) con otras formas de vida (o simplemente de existencia).
Con Retorno de las estrellas (1961) se introduce en otro subgénero: el psicológico. Ésta novela trata sobre las implicaciones del aislamiento, y de la necesidad que tiene de adaptarse a una sociedad totalmente distinta un astronauta que retorna a la Tierra tras un viaje a la velocidad de la luz. Otros relatos como los recogidos en Relatos del piloto Pirx y Más relatos del piloto Pirx también se adentran en la psicología de sus personajes ante diversas situaciones a cual más desazonante.
Vuelve a la sátira más esperpéntica con Fábulas de robots (1964) y su continuación, Ciberíada (1965), que son como una especie de cuentos o fábulas en los que los protagonistas son robots, y de los que Lem se vale para criticar (veladamente) nuestra sociedad actual. En ella aparecerán también otros dos esperpénticos personajes de su obra humorística: los constructores Trurl y Clapaucio, que a su vez son robots.
La voz de su amo (1968) habla sobre la llegada de un mensaje extraterrestre que intenta ser descifrado por un grupo de científicos. A partir de ahí el autor construye una trama rocambolesca que sirve como ácida crítica del mundo científico actual.
Dentro de su estilo satírico-reflexivo, Lem ha escrito algunas obras, como Vacío perfecto (1971) y Un valor imaginario (1973), consistentes en críticas o prólogos de libros imaginarios. Aparte de considerarse casi "experimentales", tienen el interés de descubrirnos a un Lem no sólo como gran conocedor de la ciencia, sino con unas sólidas cultura y formación filósofica.
En Congreso de futurología (1971) retoma a Tichy para situarlo en un congreso de futurólogos. En Memorias encontradas en una bañera (1971) prosigue con su estilo humorístico, especialmente en la introducción, mientras que en La investigación (1959) y en La fiebre del heno (1976) toma elementos de la novela de misterio. Finalmente, Fiasco (1986) se considera su novela más reflexiva y madura.
La disponibilidad de la obra de Lem en castellano es irregular. Prácticamente el grueso de su obra fue publicado durante finales de los 70 y la primera mitad de los 80 por Carlo Frabetti en la hoy desaparecida Editorial Bruguera, añadiendo unos cuantos títulos más Ediciones Minotauro. Por otro lado, Alianza Editorial publicó un puñado de ellos, (algunos reediciones o nuevas ediciones de obras ya publicadas por Bruguera). Las traducciones de sus trabajos de libro general (ensayos científicos y textos filosóficos), escritos entre las décadas de los ochenta y noventa, son escasas en nuestro idioma, por lo cual es más conocido por los hispanohablantes como escritor de ficción.
Hoy Lem está siendo recuperado. Minotauro ha reeditado libros famosos, como Solaris. Por su parte, Alianza ha iniciado una Biblioteca Lem que consta aún de pocos títulos. Y se han traducido textos suyos inéditos en castellano; en 2005, Editorial Funambulista publicó Provocación, un ensayo de metaficción, y en 2006 su autobiografía intelectual El castillo alto, que trata de sus primeros años de infancia. El sello español Editorial Impedimenta ha afrontado la publicación del resto de su obra inédita y en 2008 ha publicado su primera novela, El hospital de la transfiguración, ambientada en la Polonia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, a la que ha seguido la reedición en octubre de 2008 de Vacío perfecto y en 2010 de Magnitud imaginaria, que antes había sido publicada como Un Valor Imaginario. En 2011, sale a la luz La investigación, seguida por la primera traducción directa del polaco de Solaris. Recientemente ha sido publicada Golem XIV, para completar así la llamada Biblioteca del Siglo XXI.
Resaltan como traductores de la obra de Lem al español Jadwiga Maurizio, Matilde Horne y Joanna Orzechowska. Obras. El hombre de Marte (1946). Człowiek z Marsa. El hospital de la transfiguración (1948). Szpital przemienienia. Impedimenta, 2008. Los astronautas (1951). Astronauci. La nebulosa de Magallanes (1955). Obłok Magellana. Sésamo (1955). Sezam.Tiempo no derrochado o aprovechado (1955). Czas nieutracony. Diálogos (1957). Dialogi. La invasión de Aldebarán (1959). Inwazja z Aldebarana. La investigación (1959). Śledztwo. Bruguera, 1979; Impedimenta, 2011. Edén (1959). Eden. Alianza, 1991. Alianza, 2005. Retorno de las estrellas (1961). Powrót z gwiazd. Barcelona, Bruguera, 1983; Alianza. Memorias encontradas en una bañera (1961). Pamiętnik znaleziony w wannie. Barcelona, Bruguera, 1983.Solaris (1961). Solaris. Barcelona, Minotauro, 1977. Impedimenta, 2011. Versión directa del polaco. Fábulas de robots (1964). Bajki robotów. Bruguera, 1981.Summa Technologiae (1964). El Invencible (1964). Niezwyciężony. Buenos Aires, Minotauro, 1978. El castillo alto (1966). Wysoki zamek. Trad. del inglés, Funambulista, 2006. ISBN 978-84-96601-18-5.Ciberíada (1967). Cyberiada. Barcelona, Bruguera, 1980; Alianza, 1988. Relatos del piloto Pirx (1968). Opowiesci o pilocie Pirxie, 1. Madrid, Alianza, 1991. Más relatos del piloto Pirx (1968). Opowiesci o pilocie Pirxie, 2. Madrid, Alianza, 1991. Aventuras estelares del piloto Pirx (antología de los dos volúmenes originales). Madrid, Alianza, 2005. La voz de su amo (1968). Głos Pana. Diarios de las estrellas. Viajes (1971). Dzienniki gwiazdowe. Barcelona, Bruguera, 1979; Madrid, Alianza, Barcelona, Edhasa, 2012. Diarios de las estrellas. Viajes y memorias (1971). Dzienniki gwiazdowe. Barcelona, Bruguera, 1979. Vacío perfecto (1971). Doskonała Próżnia. Barcelona, Ediciones B, 1988; Impedimenta, 2008.Congreso de futurología(1971). Ze wspomnień Ijona Tichego; Kongres futurologiczny. Barcelona, Bruguera, 1981.Un valor imaginario (1973). Wielkość urojona. Barcelona, Bruguera, 1983; también como Magnitud imaginaria. Impedimenta, 2010. Rozprawy i szkice (1974). La fiebre del heno (1976). Katar. Bruguera, 1979; Ediciones B, 2000. Punto de lectura, 2002. Golem XIV (1981). Golem XIV. Impedimenta, 2012. Regreso a Entia (1982). Wizja Lokalna. Barcelona, Edhasa, 1990. Provocación (1982). Provokationen. Funambulista, 2005. Fiasco (1986). Fiasko. Alianza, 1991. Alianza, 2005. Paz en la tierra (1987). Pokój na Ziemi. Ediciones Cátedra, 2012. Cine y televisión. Der Schweigende Stern / Primer viaje a Venus (Alemania Oriental y Polonia, 1959). Przekładaniec por Andrzej Wajda (1968). IKARIA-XB1 / Planeta blanco (República Checa, 1968-70). Un si joli village por Étienne Périer (Francia, 1973). La investigación por Marek Piestrak (1973). Solaris por Andrei Tarkovsky (Unión Soviética y Japón, 1972). Szpital przemienienia por Edward Zebrowski (Polonia, 1979). Test pilota Pirxa por Marek Piestrak (Polonia y Unión Soviética, 1979). Victim of the Brain por Piet Hoenderos (Países Bajos, 1988). Marianengraben por Achim Bornhak (Alemania, 1994). Solaris por Steven Soderbergh (Estados Unidos, 2002). Ijon Tichy: Raumpilot, serie que comenzó a emitir la televisión pública alemana en su segunda cadena (ZDF), en concreto en el canal dedicado a las artes escénicas (ZDFtheaterkanal) el 26 de marzo del 2007. The Congress, por Ari Folman es una adaptación libre de la novela Congreso de Futurología que, al igual que su celebrado filme Vals con Bashir, recurre a una mezcla de acción real así como a técnicas mixtas de animación. Robin Wright y Kodi Smit-McPhee han sido confirmados para su participación en el filme y más recientemente se agregaron los nombres de Harvey Keitel, Danny Huston y Paul Giamatti [1]. La cuenta de Robin Wright en YouTube —donde muestra un avance de la película— señala que el filme estará en producción por dos años hasta su lanzamiento en 2013 [2]. Cómic.Érase una vez en el futuro por Carlos Giménez, España: álbum de ciencia ficción que reúne cuatro historietas en blanco y negro, de las que dos son adaptaciones de pasajes de Diarios de las estrellas: se titulan El misionero y Agonalia. Las historietas de este álbum fueron publicadas previamente, en 1979, en la revista española 1984.
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: El cuento del día. Foto: internet.

El cuento del domingo

Ben Okri
En la sombra de la guerra
Esa tarde llegaron al pueblo tres soldados. Ahuyentaron cabras y gallinas, luego fueron hasta el bar de la palmera y pidieron una marmita de vino de palma. Allí bebieron entre las moscas.
Omovo los observaba desde la ventana mientras esperaba que su padre saliera. Ambos escuchaban la radio. Su padre le había comprado barata esa vieja Grundig a una familia que tuvo que huir de la ciudad cuando estalló la guerra. La radio estaba cubierto con un trapo blanco que lo hacía parecer un objeto de culto doméstico. Escuchaban las noticias sobre bombardeos y ataques aéreos en el interior del país. Su padre se peinó, dividiéndose cuidadosamente el cabello a la mitad, enseguida se dio algunas palmaditas de loción para afeitar sobre la cara sin rasurar. Luego luchó hasta ponerse un gastado abrigo que hacía tiempo le quedaba pequeño.
Omovo miraba por la ventana, fastidiado con la presencia de su padre. A esa hora, durante los últimos siete días, una extraña mujer con un velo negro en la cabeza había estado pasando frente a la casa. Subía por los caminos del pueblo, cruzaba la autopista para luego perderse en el bosque. Omovo esperaba que la mujer apareciera.
Ya habían concluido las noticias del día y el locutor dijo que esa noche habría un eclipse de luna. El padre de Omovo se enjugó el sudor de la cara con la palma de la mano y dijo con cierta amargura: “Como si un eclipse fuera a detener esta guerra”.
“¿Qué es un eclipse?” preguntó Omovo.
“Es cuando el mundo se oscurece y suceden cosas extrañas”.
“¿Como qué?”
Su padre encendió un cigarrillo.
“Los muertos salen a caminar y a cantar. Así que no te quedes fuera hasta tarde. ¿Oíste?” Omovo asintió.
“Los jeclipses odian a los niños. Se los comen”.
Omovo no le creyó. Su padre sonrió, le dio sus diez kobos de paga, y dijo:
“Apaga la radio. No es bueno que un niño escuche noticias de guerra”.
Omovo la apagó. Su padre vertió una libación en la puerta y oró a sus ancestros. Cuando terminó, tomó su maleta y salió pavoneándose deprisa.
Omovo lo observó dibujar su camino hasta la parada del bus en la avenida.
Cuando llegó un bus danfo (1) y su padre se fue en él, Omovo volvió a encender la radio. Se sentó en el marco de la ventana y esperó a que la mujer apareciera.
La última vez que la vio, ella había pasado como un fantasma agitando los pliegues de su bata amarilla. Los niños dejaron lo que estaban haciendo y se quedaron mirándola. Le habían dicho que ella no tenía sombra. Le habían dicho que sus pies nunca tocaban el suelo. Mientras pasaba, los niños empezaron a arrojarle cosas. No se inmutó, no aceleró el paso, ni miró hacia atrás.
El calor era sofocante. Los ruidos se desvanecían y perdían sus contornos. La gente del pueblo caminaba como sonámbula entre sus quehaceres. Los tres soldados bebían vino de palma y jugaban damas chinas bajo la agobiante luz del sol. Omovo se dio cuenta de que cada vez que los niños pasaban por el bar los soldados los llamaban, les hablaban y les daban algún dinero. Omovo bajó corriendo las escaleras y cruzó por el bar lentamente.
Los soldados se quedaron mirándolo.
Cuando regresaba uno de ellos lo llamó.
“¿Cómo te llamas?” Le preguntó.
Omovo vaciló, sonrió traviesamente, y dijo:
“Jeclipse”
El soldado soltó una carcajada salpicando a Omovo de saliva en la cara.
Se le veían las venas de la cara. Sus compañeros parecían desinteresados. Se espantaban las moscas mientras se concentraban en el juego. Tenían las armas sobre la mesa. Omovo se dio cuenta de que estaban numeradas El hombre dijo:
“¿Tu papá te puso ese nombre porque tienes labios gruesos?”
Sus compañeros observaron a Omovo y rompieron en risas.
Omovo asintió.
“Eres un buen chico”. Dijo el hombre. Se quedó en silencio por un momento. Luego le preguntó, con otro tono de voz:
“¿Has visto a la mujer que se cubre la cara con un trapo negro?”
“No”.
El hombre le dio a Omovo diez kobos y dijo:
“Es una espía que ayuda al enemigo. Si la ves, ven a decirnoslo inmediatamente, ¿entendiste?”
Omovo rechazó el dinero y subió de nuevo las escaleras. Se volvió a acomodar en el marco de la ventana.
Cada tanto, los soldados lo miraban.
Omovo sucumbió al calor, y pronto se durmió sentado. Los gallos lo despertaron con su canto desanimado. Sintió como la tarde lánguidamente se transformaba en noche. Los soldados dormitaban en el bar. Empezaron las noticias.
Omovo escuchaba sin entender acerca de las bajas del día. El locutor se rindió al estupor, bostezó, se disculpó, y dio más detalles sobre los enfrentamientos.
Cuando Omovo levantó la mirada vio que la mujer ya había pasado. Los hombres habían dejado el bar. Los vio abrirse paso zigzagueando entre los aleros de las casas de paja, tropezándose entre nubes de calor. La mujer iba más adelante en el camino. Omovo bajó las escaleras corriendo y siguió a los hombres. Uno de ellos se había quitado la camisa del uniforme. El soldado de atrás tenía el trasero tan grande que se le habían empezado a descoser los pantalones. Omovo los siguió por la autopista. Cuando entraron al bosque, los hombres dejaron de seguir a la mujer y tomaron una ruta diferente. Parecía que sabían lo que hacían. Omovo se apresuró para no perder de vista a la mujer.
La siguió entre la espesa vegetación. Llevaba puesta una bata desteñida y un chal gris, el velo negro le cubría el rostro. Llevaba una canasta roja sobre la cabeza. Omovo olvidó por completo fijarse si la mujer tenía sombra o si sus pies tocaban el suelo.
Cruzó por propiedades a medio construir con ostentosos carteles y cercas desbaratadas. Atravesó una fábrica de cemento abandonada donde los ladrillos desmoronados estaban dispuestos en montones y las barracas de los trabajadores estaban desoladas.
Pasó por un árbol de baobab, bajo el cual yacía completo el esqueleto de un animal grande.
Una serpiente se descolgó de una rama y se deslizó entre la maleza. A lo lejos, más allá del acantilado, oyó una música fuerte y gente vitoreando consignas de guerra que se oían por encima del ruido.
Siguió a la mujer hasta llegar a un rústico campamento en el fondo del valle.
En la media luz de una cueva siluetas iban y venían. La mujer se les aproximó. Las siluetas la rodearon y la tocaron para luego conducirla hacia la cueva. Escuchó sus voces fatigadas agradeciéndole.
Cuando la mujer volvió a aparecer, ya no tenía consigo la canasta. Niños con los estómagos hinchados de hambre y mujeres vestidas con harapos la acompañaron hasta la mitad de la colina.
Luego, sin quererse separar de ella, tocándola como si nunca más fueran a volverla a ver, regresaron.
La siguió hasta llegar aun río fangoso. Ella se movía como si una fuerza invisible tratara de arrastrarla. Omovo vio canoas volcadas y montones de ropa empapada flotando en el agua turbia. Vio flotando algunos víveres desperdiciados: lonchas de pan en envolturas de polietileno, recipientes de comida, latas de Coca-Cola. Al mirar de nuevo hacia donde estaban las canoas, vio cadáveres hinchados de animales. En la orilla del río, vio algunos billetes fuera de circulación. Notó el nauseabundo hedor del aire. Entonces, escuchó una pesada respiración detrás suyo, después, alguien tosiendo y escupiendo.
Reconoció la voz de uno de los soldados apresurando a los otros para ir más rápido. Omovo se agazapó a la sombra de un árbol. Los soldados pasaron de largo. Poco después escuchó un grito.
Los hombres habían alcanzado a la mujer. La rodearon.
“¿Dónde están los demás?” gritó uno de ellos.
La mujer no respondió.
“¡Maldita bruja! ¿Quieres morir, no? ¿Dónde están?”
Permanecía callada. Tenía la cabeza agachada. Uno de los soldados tosió y escupió al río.
“¡Habla! ¡Habla!” le dijo mientras la abofeteaba.
El soldado gordo le rasgó el velo y lo arrojó al suelopiso. Ella se agachó a recogerlo y se quedo arrodillada, aun mantenía la cabeza abajo. Era calva y tenía una profunda cicatriz que le desfiguraba la cara.
Tenía una herida abierta a un lado del rostro. El soldado sin camisa la empujó.
Cayó de bruces y permaneció inmóvil. La luz del bosque cambió y por primera vez Omovo vio que los animales muertos en el río eran en realidad cadáveres de hombres. Sus cuerpos estaban enredados en algas de río y tenían los ojos hinchados. Antes de que pudiera reaccionar, escuchó otro grito. La mujer se puso de pie, con el velo en la mano, se dio vuelta hacia el soldado gordo, se estiró cuan larga era, y le escupió a la cara. Empezó a aullar como loca, mientras ondeaba el velo en el aire. Los otros dos soldados retrocedieron. El soldado gordo se limpió la cara y levantó el arma hasta la altura del estomago de la mujer. Un segundo antes de que Omovo escuchara el disparo, un violento aletear sobre su cabeza lo asustó haciéndolo salir de su escondite. Corrió por el bosque gritando.
Los soldados lo persiguieron. Corrió entre una neblina que parecía salir de las rocas.
Mientras corría vio un búho que lo miraba desde una covacha de hojas. Se tropezó con las raíces de un árbol y se desmayó al golpearse la cabeza contra el suelo.
Cuando volvió en si estaba muy oscuro. Agitó los dedos frente a la cara sin poder ver nada. Gritó al confundir la oscuridad con ceguera, dio tumbos y chocó con la puerta. Cuando se recuperó de la conmoción escuchó voces afuera y la radio murmurando noticias sobre la guerra. Logró llegar al balcón anhelando haber recobrado la vista, pero al llegar allí se sorprendió al encontrar a su padre sentado en la silla de mimbre, bebiendo vino de palma con los tres soldados.
Omovo corrió hacia su padre y frenéticamente señaló a los tres hombres.
“Debes agradecerles”, dijo su padre. “Te trajeron del bosque”.
Omovo, invadido por el delirio, empezó a decirle a su padre lo que había visto. Pero su padre, disculpándose con una sonrisa nerviosa, tomó a su hijo y lo llevó a la cama.
Ben Okri (Minna, 15 de marzo de 1959). Poeta y novelista nigeriano en lengua inglesa.De padre urhobo y madre igbo, emigró con su familia a Inglaterra, donde pasó su infancia. En 1965 su familia regresó a Nigeria y se instaló en Lagos. Poco después tendría lugar la Guerra Civil de Nigeria (1967-1970)
Comenzó a escribir en 1976. Poco después se trasladó de nuevo a Inglaterra y estudió Literatura Comparada en la Universidad de Essex. En 1980 publicó en Inglaterra su primera novela, Flowers and Shadows, que narra la decepción que un joven siente ante la corrupción imperante en Nigeria, en la que su propio padre está implicado.
Desde la publicación de su primera novela, Okri se ha convertido en uno de los escritores más respetados de África. Su obra más conocida, El camino hambriento, recibió en 1991 el Premio Booker. Otros premios conseguidos por Okri son el Commonwealth Writers Prize para África, el Aga Khan Prize de ficción, y el Crystal Award del Foro Económico Mundial. Es miembro de la Real Sociedad de Literatura.
Ha recibido doctorados honorarios de las universidades de Westminster (1997) y Essex (2002). En 2001 fue galardonado con la Orden del Imperio Británico.
Aunque se ha relacionado su obra con el realismo mágico, Okri rechaza esta etiqueta. Muchas de sus obras han sido inspiradas por su directa experiencia de la guerra civil en Nigeria. Premios. 1987 Commonwealth Writers Prize (Africa Region, Best Book) - Incidents at the Shrine. 1987 Paris Review/Aga Khan Prize for Fiction - Incidents at the Shrine.1988 The Guardian Fiction Prize - por Stars of the New Curfew.. 1991 Booker Prize for Fiction - por El camino hambriento.. 1993 Chianti Ruffino-Antico Fattore International Literary Prize - El camino hambriento.. 1994 Premio Grinzane Cavour (Italia) - por El camino hambriento.. 1995 Crystal Award (Foro Económico Mundial). 2000 Premio Palmi (Italia) - por Amor peligroso. Novelas. Flowers and Shadows (1980). The Landscapes Within (1981). Incidents at the Shrine (1986). El camino hambriento (The Famished Road, 1991). Traducción de Ana Gómez de Cárdenas. Barcelona: La otra orilla, 2008. Anteriormente traducido como: La carretera hambrienta. Traducción de José Luis López Muñoz. Madrid: Espasa Calpe, 1994. Canciones del encantamiento (Songs of Enchantment, 1993). Traducción de Hernán D. Caro A. Barcelona: La otra orilla, 2008. Astonishing the Gods (1995). Birds of Heaven (1995). Amor peligroso (Dangerous Love, 1996). Traducción de Nuria Lago Jaraiz. Barcelona: Ediciones del Bronce, 1998. Riquezas infinitas (Infinite Riches, 1998). Traducción de Juanjo Estrella. Barcelona: El Cobre, 2005. In Arcadia (2002). El mago de las estrellas (Starbook, 2007). Traducción de Ramon González Férriz. Barcelona: La otra orilla, 2007.
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: El cuento del día. Foto: Internet.

El cuento del domingo

Leonora Carrington
Conejos blancos
 
Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de Pest Street. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.
Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada con sudor.
La luz nunca era muy fuerte en Pest Pret. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.
Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento; pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de Pest Street. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.
Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego metió la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.
La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.
−¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? −me gritó. 
−¿Un poco de qué? −grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.
−De carne en mal estado. Carne en descomposición.
−En este momento, no −contesté, preguntándome si no estaría bromeando.
−¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.
A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.
Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.
Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.
Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.
Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de ésas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.
La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.
−¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? −murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.
−Es usted muy amable −prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente−. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.
Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.
El último tramo de escalones daba a un “boudoir” decorado con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.
−Tenemos visita muy pocas veces −sonrió la mujer−. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.
Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautelosamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.
−¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! −canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.
Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.
−Una acaba encariñándose con ellos −prosiguió la mujer−. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.
Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.
−Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.
Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención; entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.
La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes.
−Ése es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro...
Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.
−¿Ethel? −preguntó con voz bastante débil−. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.
−Vamos, Laz; no empecemos −su voz era quejumbrosa−. No me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.
La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.
−Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? −de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.
−Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.
El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.
La mujer acercó tanto su cara a la mía que creí que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
−¿No quiere quedarse, y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan sólo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.
 
Leonora Carrington (Lancashire, Inglaterra, 6 de abril de 1917 – Ciudad de México, 25 de mayo de 20111 ) fue una pintora surrealista y escritora mexicana de origen inglés. Nace el 6 de abril de 1917 en el pueblo de Chorley, en Lancashire, Inglaterra. En el año 1936 ingresa en la academia Ozenfant de arte, en la ciudad de Londres. Al año siguiente conoce a quien la introdujo indirectamente en el movimiento surrealista: el pintor alemán Max Ernst, a quien vuelve a encontrar en un viaje a París y con quien no tarda en establecer una relación sentimental. Durante su estancia en esa ciudad entra en contacto con el movimiento surrealista y convive con personajes notables del movimiento como Joan Miró y André Breton, así como con otros pintores que se reunían alrededor de la mesa del Café Les Deux Magots, como por ejemplo el pintor Pablo Picasso y Salvador Dalí.
En 1938 escribe una obra de cuentos titulada La casa del miedo y participa junto con Max Ernst en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam.
Previamente a la ocupación nazi de Francia, varios de los pintores del movimiento surrealista, incluida Leonora Carrington, se vuelven colaboradores activos del Kunstler Bund, movimiento subterráneo de intelectuales antifascistas.
Leonora Carrington tenía solo 20 años cuando conoció a Max Ernst en Londres. Entonces el pintor ya contaba con 47 años y con bastante fama como surrealista. La gran diferencia de edad, el hecho de que Ernst además estaba casado, así como sus posiciones surrealistas radicales hacían que esta relación no contara con la anuencia del padre de Leonora. A pesar de ello, la pareja se reencontró en París y pronto se fueron a vivir a la provincia, al poblado de Saint-Martin-d'Ardèche, en una casa de campo que adquirieron en 1938. Hasta hoy se conserva en la fachada de esta casa un relieve que representa a la pareja y su juego de roles: «Loplop», el alter ego de Max Ernst, un animal alado fabuloso entre pájaro y estrella de mar y su «Desposada del Viento»: Leonora Carrington.2
La vida tranquila y feliz de la pareja en este sitio duró solo un año. En septiembre de 1939 Max Ernst fue declarado enemigo del régimen de Vichy. Tras su detención y prisión en el campo de Les Milles, Leonora sufre una desestabilización psíquica. Ante la inexorable invasión nazi, se ve además obligada a huir a España. Por gestión de su padre es internada en un hospital psiquiátrico de Santander. De este período la pintora guardará una marca indeleble, que afectará de manera decisiva su obra posterior. Leonora describe, en su obra autobiográfica (En bas) los pormenores de esta dramática historia.
En 1941 escapa del hospital y arriba a la ciudad de Lisboa, donde encuentra refugio en la embajada de México. Allí conoce al escritor Renato Leduc, quien terminará ayudándola a emigrar. Ese mismo año contraen matrimonio y Leonora viaja a Nueva York. En 1942 emigra a México y en 1943 se divorcia de Renato Leduc. En México, la pintora restablece sus lazos con varios de sus colegas y amigos surrealistas en el exilio, quienes también se encuentran en ese país, tales como André Breton, Benjamin Péret, Alice Rahon, Wolfgang Paalen y la pintora Remedios Varo, con quien mantendrá una amistad particularmente duradera.
Fue ganadora del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes, otorgado por el gobierno de México en el 2005.3
Falleció a los 94 años en la Ciudad de México el 25 de mayo del 2011.4. Prosa. La Maison de la Peur (1938). En español: La casa del miedo.Une chemise de nuit de flanelle (1951). En español: Una camisa de dormir de franela. El mundo mágico de los mayas (1964), con ilustraciones de la autora. La dame ovale (1939). En español: La Señora Oval: Historias surrealistas.The Hearing Trumpet (1976). En español: La trompeta acústica. La puerta de piedra. El séptimo caballo y otros cuentos. Conejos blancos. En bas (1940). Autobiografía. La invención del mole (1960). Cuadros. The Temptation of Saint Anthony (1946). Óleo sobre tela..El mundo mágico de los mayas. Retrato de Max Ernst.Arca de Noé.Temple of the world. El baño de los pájaros. Autorretrato en el albergue del caballo de Alba.. Torre de la memoria. El Adivino (1966). Óleo sobre tela.
Semblanza biografica: Wikipedia. Texto: El cuento del día. Foto: internet