El cuento del domingo





Alice Munro


Ficción


1


Lo mejor del invierno era volver a casa en el coche, después de todo el día dando clases de música en los colegios de Rough River.


Ya había oscurecido, y en la parte alta del pueblo quizá estaba nevando mientras la lluvia azotaba el coche por la carretera de la costa.
Joyce dejó atrás los límites del pueblo y se internó en el bosque, y aunque era un bosque de verdad, con grandes abetos de Douglas y cedros, cada cincuenta metros más o menos había una casa habitada.
Algunas personas tenían huertos; otras, ovejas o caballos, y había empresas como la de Jon, que restauraba y hacía muebles. También ofrecían servicios que se anunciaban junto a la carretera y en especial en esa parte del mundo: cartas del tarot, masajes con hierbas, resolución de conflictos. Algunos vivían en caravanas; otros se habían construido casas, con tejado de paja y extremos de troncos, y otros, como Jon y Joyce, estaban restaurando viejas casas de labranza.
Había algo especial que a Joyce le encantaba ver mientras volvía a casa y entraba en su finca. En esa época mucha gente, incluso algunos habitantes de las casas con techo de paja, estaban instalando lo que llamaban puertas de patio, aun cuando, como Jon y Joyce, no tenían patio. No solían ponerles cortinas, y los dos rectángulos de luz parecían ser indicio o promesa de comodidad, de seguridad y abundancia.
Por qué era así, más que con las ventanas corrientes, Joyce no lo sabía. Quizá se debiera a que la mayoría no servía solamente para asomarse sino que se abrían directamente a la oscuridad del bosque y a que exhibían el refugio del hogar con tanta ingenuidad. Gente cocinando o viendo la televisión, de cuerpo entero; escenas que la seducían, aunque sabía que las cosas no serían tan especiales dentro.
Lo que Joyce veía cuando entraba en el sendero de su casa, sin pavimentar y encharcado, era el par de puertas de aquellas que había colocado Jon enmarcando el interior resplandeciente y a medio hacer.
La escalera de mano, las estanterías de la cocina sin acabar, las escaleras al descubierto, la cálida madera iluminada por la bombilla que Jon colocaba para enfocar donde quisiera, dondequiera que estuviera trabajando. Se pasaba el día trabajando en su cobertizo, y cuando empezaba a oscurecer dejaba libre a la aprendiza y se ponía con las obras de la casa. Al oír el coche de Joyce volvía la cabeza hacia ella un momento, a modo de saludo. Normalmente tenía las manos demasiado ocupadas para saludar con la mano. Sentada allí, con los faros del coche apagados, recogiendo la compra o el correo que tenía que llevar a casa, Joyce era feliz incluso por tener que recorrer ese último trecho hasta la puerta, en medio de la oscuridad, el viento y la lluvia fría. Se sentía como si se librase del trabajo cotidiano, agobiante e inseguro, harta de ofrecer música a indiferentes y sensibles por igual. Mucho mejor trabajar con la madera solo —no tenía en cuenta a la aprendiza— que con las impredecibles crías humanas.
A Jon no le contaba nada de eso. No le gustaba oír a los que hablaban de lo básico, delicado y respetable que era trabajar la madera.
Qué integridad, qué dignidad tenía.
Qué gilipollez, decía él.
Jon y Joyce se habían conocido en un instituto de una zona industrial de Ontario. Joyce tenía el segundo coeficiente intelectual más alto de su clase; Jon, el coeficiente intelectual más alto del cole- gio y probablemente de la ciudad. Todos esperaban que ella llegara a ser una brillante violinista —antes de que abandonara el violín por el violoncello— y él, un científico impresionante, dedicado a unas tareas difícilmente comprensibles en el mundo común y corriente.
En el primer año de universidad dejaron de ir a clase y se escaparon juntos. Encontraron trabajitos aquí y allá, recorrieron el continente en autobús, vivieron durante un año en la costa de Oregón, se reconciliaron a distancia con sus padres, para quienes se había apagado una luz en el mundo. A esas alturas ya no se los podía llamar hippies, pero así era como los llamaban sus padres. Ellos no se consideraban tales. No tomaban drogas, vestían de forma conservadora, aunque un tanto desastrada, y Jon se empeñaba en afeitarse y en que Joyce le cortara el pelo. Con el tiempo se cansaron de sus trabajos temporales y mal pagados y pidieron dinero prestado a sus decepcionadas familias para especializarse en algo y poder ganarse mejor la vida. Jon aprendió carpintería y ebanistería y Joyce se sacó un título para dar clase de música en los colegios.
El trabajo que encontró estaba en Rough River. Compraron aquella casa en ruinas a un precio de risa e iniciaron una nueva fase de su vida. Plantaron un jardín y empezaron a relacionarse con los vecinos, algunos de los cuales seguían siendo auténticos hippies que cultivaban pequeñas plantaciones de marihuana en pleno monte y hacían collares de cuentas y sobrecitos de hierbas para vender.
A los vecinos les caía bien Jon, que seguía siendo flaco, de ojos relucientes y egoísta pero siempre dispuesto a escuchar. Y era una época en que la gente empezaba a acostumbrarse a los ordenadores, que Jon comprendía y era capaz de explicar con paciencia. Joyce no gozaba de tantas simpatías. Sus métodos para enseñar música se consideraban demasiado apegados a las normas.
Joyce y Jon preparaban juntos la cena y bebían vino casero. (Jon tenía un procedimiento para elaborar vino muy estricto y logrado.) Joyce hablaba de las frustraciones y las situaciones cómicas del día.
Jon no hablaba mucho; le interesaba más cocinar. Pero cuando llegaba la hora de cenar a lo mejor le hablaba a Joyce de un cliente que había llegado, o de su aprendiza, Edie. Se reían de algo que había dicho Edie, pero no con desprecio; Edie era como una mascota, pensaba a veces Joyce. O como una niña. Aunque si hubiera sido una niña, su hija, y hubiera sido como ella, estarían demasiado confusos y quizá demasiado preocupados para reírse.
¿Por qué? ¿En qué sentido? Edie no era imbécil. Jon decía que no era precisamente un genio de la carpintería pero que aprendía y recordaba lo que le enseñaban. Y sobre todo no era una charlatana. Eso era lo que más temía cuando se planteó el asunto de contratar un aprendiz. Había un nuevo programa del gobierno, según el cual a él le pagarían cierta cantidad por enseñar a una persona, y esa persona cobraría lo suficiente para vivir mientras aprendía. Aunque al principio Jon no parecía muy dispuesto, Joyce lo convenció. Ella pensaba que tenían una obligación para con la sociedad.
Edie a lo mejor no hablaba mucho, pero cuando hablaba era rotunda.
—Me abstengo de drogas y alcohol —les dijo en la primera entrevista—.
Soy de Alcohólicos Anónimos y soy alcohólica en proceso de recuperación. Nunca decimos que nos hemos recuperado, porque nunca llegamos a hacerlo. No te recuperas, en toda tu vida. Tengo una hija de nueve años, y como nació sin padre es responsabilidad únicamente mía y mi intención es criarla como es debido. Quiero aprender carpintería para mantener a mi hija y mantenerme a mí misma.
Pronunciaba este discurso sentada al otro lado de la mesa de la cocina, mirándolos fijamente, primero al uno después al otro. Era una joven baja y robusta, que no parecía ni lo bastante mayor ni lo bastante deteriorada para tener un pasado de gran disipación. Hombros anchos, flequillo tupido, cola de caballo apretada, ni la más mínima posibilidad de una sonrisa.
—Y otra cosa —añadió.
Se desabrochó y se quitó la blusa de manga larga. Debajo llevaba una camiseta. Tenía los brazos, la parte superior del pecho y —cuando se dio la vuelta— la parte superior de la espalda decorados con tatuajes.
Parecía que su piel se hubiese transformado en un traje, o quizá en un tebeo con caras lascivas y tiernas al mismo tiempo, acosadas por dragones, ballenas y llamas, demasiado intrincado o tal vez demasiado horripilante para comprenderlo.
Lo primero que te preguntabas era si todo su cuerpo se habría transformado de la misma manera.
—Es alucinante —dijo Joyce en el tono más neutro posible.
—Pues no sé si es alucinante, pero si hubiera tenido que pagarlo habría costado un montón de dinero —contestó Edie—. Estuve metida en eso durante un tiempo. Si se lo enseño es porque a algunas personas les molestaría. O supongamos que hace calor en el cobertizo y tengo que trabajar en camisa.
—A nosotros no —dijo Joyce mirando a Jon, que se encogió de hombros.
Joyce le preguntó a Edie si le apetecía un café.
—No, gracias. —Edie se estaba poniendo la camisa—. Hay un montón de gente en Alcohólicos Anónimos que parece vivir a base de café. Y yo les digo, les digo: «¿Por qué cambiáis un mal hábito por otro?».
—Es increíble —comentó Joyce más tarde—. Te da la sensación de que digas lo que digas te soltará un sermón. No me he atrevido a preguntar por la partenogénesis.
—Es fuerte —dijo Jon—. Eso es lo fundamental. Me he fijado en sus brazos.
Cuando Jon dice «fuerte» se refiere simplemente a lo que esa palabra significaba antes. Se refiere a que Edie puede levantar una viga.
Jon escucha CBC Radio mientras trabaja. Música, pero también noticias, comentarios, llamadas de los radioyentes. A veces habla de las opiniones de Edie sobre lo que han oído.
Edie no cree en la evolución.
(En un programa con participación del público varias personas se oponían a lo que se enseñaba en los colegios.) ¿Por qué no? —Bueno, porque en esos países de la Biblia —dijo Jon, y a continuación adoptó el tono firme y monótono de Edie—, en esos países de la Biblia hay un montón de monos y los monos estaban venga a bajarse de los árboles y por eso a la gente se le metió en la cabeza la idea de que los monos se bajaron de los árboles y se transformaron en personas.
—Pero para empezar… —dijo Joyce.
—Eso no importa. Ni lo intentes. ¿Es que no conoces la primera norma para discutir con Edie? No importa y cállate la boca.
Edie también estaba convencida de que las grandes compañías farmacéuticas conocían la cura del cáncer pero tenían un acuerdo con los médicos para guardarse la información por el dinero que ganaban ellas y los médicos.
Cuando ponían el «Himno a la alegría» en la radio Edie obligaba a Jon a apagarla porque era espantoso, como un funeral.
Además, pensaba que Jon y Joyce —bueno, en realidad Joyce— no debían dejar botellas de vino a la vista en la mesa de la cocina.
—¿Y se tiene que meter en eso? —Pues al parecer, eso cree.
—¿Cuándo inspecciona la mesa de nuestra cocina? —Tiene que pasar por allí para ir al baño. No va a hacer pis entre las matas.
—Pero no acabo de entender por qué tiene que meterse en… —Y a veces entra a preparar unos bocadillos para los dos… —¿Y qué? Es mi cocina. Nuestra cocina.
—Es que se siente amenazada por la priva. Es muy frágil todavía.
Es algo que ni tú ni yo podemos entender.
Amenaza. Priva. Frágil.
¿Cómo era posible que Jon empleara esas palabras? Joyce debería haberlo entendido en aquel preciso instante, aunque el mismo Jon estaba muy lejos de saberlo. Jon estaba empezando a enamorarse.
Empezar a enamorarse. Eso sugiere cierto paso del tiempo, cierto abandono; pero también se puede tomar como una aceleración, el momento o el segundo en que te enamoras. Ahora Jon no está enamorado de Edie. Tic, tac. Ahora lo está. Eso no se podía considerar probable ni posible de ninguna manera, a menos que pensaras en que de repente te parte un rayo, en una desgracia inesperada. El revés del destino que deja a una persona impedida, la broma terrible que transforma unos ojos claros en ojos ciegos.
Joyce se propuso convencerlo de que estaba equivocado. Jon tenía tan poca experiencia con las mujeres… Ninguna, salvo con ella.
Siempre habían pensado que experimentar con diversas parejas era pueril, que el adulterio era algo enrevesado y destructivo. Entonces Joyce se lo planteó: ¿debería Jon haber tenido líos con otras mujeres? Jon había pasado los oscuros meses de invierno encerrado en su taller, expuesto a los efluvios de convencimiento de Edie. Era como ponerse enfermo por falta de ventilación.
Edie lo volvería loco, si Jon seguía adelante y se la tomaba en serio.
—Ya lo había pensado —dijo Jon—. Quizá ya me he vuelto loco.
Joyce contestó que eso eran tonterías de adolescente, y lo hizo sentirse desconcertado e impotente.
—Pero ¿quién te has creído que eres, un caballero de la Tabla Redonda? ¿O crees que te han dado una poción mágica? Después dijo que lo sentía. Lo único que podían hacer era tomárselo como un programa compartido, añadió. El valle de las sombras, que algún día verían como un simple problema técnico en el curso de su matrimonio.
—Nosotros sabremos solucionarlo —dijo Joyce.
Jon la miró con frialdad, pero con cierta gentileza.
—No hay ningún «nosotros» —replicó.
¿Cómo podía haber ocurrido algo semejante? Joyce se lo plantea a Jon, a sí misma y después a los demás. Una aprendiza de carpintero torpe de andares y de ideas, con pantalones anchos y camisas de franela y —en invierno— un jersey grueso y sin gracia moteado de serrín.
Una cabeza que pasa lenta e inexorable de una estupidez o un lugar común a otro y eleva cada paso a la categoría de ley universal.
Una persona así ha eclipsado a Joyce, con sus piernas largas, su cintura fina y su larga trenza de pelo oscuro y sedoso. Con su inteligencia, su música y el segundo coeficiente intelectual más alto.
—Creo que sé qué pasó —dice Joyce.
Esto es más adelante, cuando los días se han alargado y los contoneos de los crinums refulgen junto a las cunetas. Cuando iba a dar clase de música con gafas oscuras para ocultar unos ojos hinchados de llorar y beber y en lugar de volver a casa después del trabajo iba a Willingdon Park, donde esperaba que Jon fuera a buscarla, temiendo que se suicidara. (Jon fue, pero solo una vez.) —Creo que fue porque había hecho la calle —dijo—. Las pros- titutas se hacen tatuajes por el negocio, los hombres se excitan con esas cosas. No me refiero a los tatuajes, aunque, bueno, también, claro que también se excitan con eso; me refiero al hecho de que se hayan vendido. Tanta disponibilidad y tanta experiencia… Y encima reformadas. Una María Magdalena de mierda, eso es lo que es. Y Jon es tan crío sexualmente… Te dan ganas de vomitar.
Ahora tiene amigas con las que puede hablar así. Todas tienen algo que contar. A algunas las conocía de antes, pero no como ahora.
Hablan en confianza, beben y se ríen hasta llorar. Dicen que no se lo pueden creer. Los hombres. Las cosas que hacen. Es asqueroso, absurdo.
Increíble.
Y por eso es verdad.
Hablando así Joyce se siente bien, realmente bien. Dice que incluso hay momentos en que le está agradecida a Jon, porque se siente más viva que antes. Es terrible pero maravilloso. Un nuevo comienzo.
La verdad desnuda. La vida desnuda.
Sin embargo, al despertarse a las tres o las cuatro de la madrugada no sabía dónde estaba. No en su casa. Ahora en la casa estaba Edie. Edie y su hija y Jon. Era un cambio que la propia Joyce había apoyado, pensando que a lo mejor Jon entraría en razón. Se mudó a un apartamento de la ciudad, cuya dueña era una profesora que se había tomado un año sabático. Se despertó en plena noche con las oscilantes luces rosas del letrero del restaurante de enfrente que destellaban por la ventana, iluminando los chismes mexicanos de la otra profesora.
Macetas con cactos, colgantes de ojo de gato, mantas de rayas del color de la sangre seca. Toda la perspicacia de la borrachera y toda la euforia expulsadas como un vómito. Aparte de eso, no tenía resaca. Al parecer era capaz de beberse ríos de alcohol y despertarse seca como el cartón, aplanada.
Su vida acabada. Una catástrofe como tantas otras.
Lo cierto era que seguía borracha, aunque se sintiera completamente sobria. Corría el peligro de meterse en el coche e ir a la casa.
No de caerse a una cuneta, porque en tales ocasiones conducía tranquila y despacio, sino de aparcar en el jardín frente a las oscuras ventanas y gritarle a Jon que tenían que acabar con aquello.
Se acabó. No está bien. Dile que se marche.
¿Te acuerdas de cuando dormíamos en el prado y al despertarnos las vacas estaban pastando a nuestro alrededor y no nos habíamos dado cuenta de que ya estaban allí por la noche? ¿Te acuerdas de que nos lavábamos en el arroyo helado? Recogíamos setas en la isla de Vancouver, volvíamos en avión a Ontario y los vendíamos para pagarnos el viaje cuando tu madre estaba enferma y creíamos que se moría. Y decíamos, qué cosas, si ni siquiera somos drogatas, si solo cumplimos una misión de amor filial.
Salió el sol y los espantosos colores mexicanos empezaron a agredirla, intensificados, y al cabo de un rato se levantó, se lavó, se dio un toque de colorete en las mejillas, se tomó un café, espeso como el barro, y se puso ropa nueva. Se había comprado blusas ligeras, faldas ondulantes y pendientes adornados con plumas multicolores. Iba a dar clase de música a los colegios como una bailarina gitana o una camarera.
Se reía de todo y coqueteaba con todo el mundo. Con el hombre que le preparaba el desayuno en la cafetería de abajo, con el chico que le echaba gasolina al coche y con el empleado de Correos que le vendía sellos. Tenía la vaga idea de que Jon se enteraría de lo guapa, lo atractiva y lo feliz que estaba, de que todos los hombres iban detrás de ella. En cuanto salía del apartamento se ponía a actuar, y Jon era el espectador principal, si bien a distancia. Aunque Jon nunca se había dejado deslumbrar por un aspecto llamativo ni por los coqueteos, jamás había pensado que era eso lo que hacía atractiva a Joyce. Cuando viajaban, en muchas ocasiones se las arreglaban con la misma ropa para los dos: calcetines gruesos, vaqueros, camisas oscuras, cazadoras.
Otro cambio.
Incluso con los chicos más jóvenes o más torpes a los que daba clase, Joyce había adoptado un tono acariciador, desbordante de risas y picardía; resultaba irresistiblemente estimulante. Estaba preparando a sus alumnos para el concierto de fin de curso. Hasta entonces no le entusiasmaba esa tarde de actuación en público; pensaba que obstaculizaba el avance de los alumnos con aptitudes, que los empujaba a una situación para la que no estaban listos. Tanto esfuerzo y tanta tensión solo podían crear valores falsos. Pero aquel año se entregó a todas y cada una de las facetas del espectáculo. El programa, la iluminación, las presentaciones y, por supuesto, las actuaciones. Debería ser divertido, aseguraba. Divertido para los estudiantes y divertido para el público.
Naturalmente, contaba con que Jon asistiera. La hija de Edie era uno de los intérpretes, de modo que Edie iría. Y Jon tendría que acompañar a Edie.
La primera aparición de Jon y Edie como pareja ante el resto del mundo. Su declaración. No podían eludirlo. Los cambios como el suyo no eran insólitos, sobre todo entre la gente que vivía al sur de la ciudad, pero ellos no eran precisamente gente común. El hecho de que tales reajustes no escandalizaran a nadie no significaba que no llamaran la atención. Había un período necesario de curiosidad antes de que las cosas volvieran a su sitio y la gente se acostumbrase a la nueva unión. Como hacían ellos, y entonces se veía a la pareja recién creada en las tiendas hablando, o al menos saludando, a los abandonados.
Pero ese no era el papel que se imaginaba Joyce que desempeña- ría observada por Jon y Edie —bueno, en realidad por Jon— la tarde del concierto.
¿Qué se imaginaba? Sabe Dios. No se le pasó por la cabeza que fuera a causarle a Jon tan buena impresión que él entraría en razón cuando apareciera para recibir los aplausos del público al final del espectáculo.
No pensó que Jon fuera a morirse de la pena por su estupidez cuando la viera feliz y deslumbrante, dominando la situación, y no hecha un trapo y con ganas de suicidarse, pero sí algo no muy diferente, algo que no era capaz de definir a pesar de que en el fondo lo esperaba.
Fue el mejor concierto de todos los años. Todo el mundo lo dijo.
Decían que había tenido más fuerza. Más entretenido, pero con mayor intensidad. Los chicos con un vestuario que armonizaba con la música que interpretaban. Sus rostros maquillados de tal manera que no parecían tan asustados ni abnegados.
Cuando Joyce salió al final llevaba una camisa larga de seda negra que lanzaba destellos de plata al moverse. También pulseras y brillos de plata en el pelo suelto. Con los aplausos se mezclaron varios silbidos.
Jon y Edie no estaban entre el público.


2 


Joyce y Matt van a dar una fiesta en su casa de North Vancouver. Es para celebrar que Matt cumple sesenta y cinco años. Matt es neuro - psicólogo y un buen violinista aficionado. Así conoció a Joyce, violoncelista profesional y su tercera esposa.
—Mira a toda esa gente —no para de decir Joyce—. Desde luego, son la historia de toda una vida.
Es una mujer delgada e inquieta con una mata de pelo del color del estaño y una ligera joroba, debido a tanto mimar su gran instrumento o simplemente a su costumbre de ser una amable oyente y siempre dispuesta conversadora.
Están los colegas de universidad de Matt, por supuesto, los que él considera amigos íntimos. Es un hombre generoso pero sincero, de modo que lógicamente no todos los colegas entran en esa categoría.
Está su primera esposa, Sally, acompañada por su cuidadora. Sally sufrió daños cerebrales en un accidente de tráfico cuando tenía veintinueve años, de modo que es prácticamente imposible que sepa quién es Matt o quiénes son sus tres hijos, ya mayores, o que esa es la casa donde vivía cuando era joven y estaba casada. Pero mantiene intactos sus agradables modales y le encanta conocer gente, aunque ya la haya conocido hace quince minutos. Su cuidadora es una mujercita escocesa muy arreglada que cada dos por tres explica que no está acostumbrada a las fiestas ruidosas como esa y que no bebe mientras trabaja.
Doris, la segunda esposa de Matt, vivió con él menos de un año, aunque estuvo casada con él durante tres. Ha ido con su pareja, Louise, mucho más joven que ella, y la hija de ambas, a quien Louise había dado a luz unos meses antes. Doris ha seguido siendo amiga de Matt y sobre todo del hijo menor de Matt y Sally, Tommy, que era lo bastante pequeño para quedar a su cuidado cuando estaba casada con su padre. También están presentes los dos hijos mayores de Matt, con sus hijos y las madres de sus hijos, aunque una de ellas ya no está casada con el padre. Él va acompañado por su actual pareja y el hijo de esta, que se está peleando con uno de los hijos de la misma línea por ver a quién le toca subirse al columpio.
Tommy ha llevado por primera vez a su amante, Jay, que de momento no ha dicho nada. Tommy le ha dicho a Joyce que Jay no está acostumbrado a las familias.
—Lo compadezco —dice Joyce—. En realidad, antes yo tampoco lo estaba.
Se ríe; apenas para de reírse mientras explica la situación de los miembros oficiales y distantes de lo que Matt llama el clan. Ella no tiene hijos, pero sí un ex marido, Jon, que vive en una ciudad fabril de la costa que pasa por una mala racha. Lo había invitado a la fiesta, pero no podía asistir. Bautizaban al nieto de su tercera esposa el mismo día. Naturalmente, Joyce también había invitado a la esposa, que se llama Charlene y regenta una panadería. Ella había escrito la amable nota sobre el bautizo que llevó a Joyce a decirle a Matt que le resultaba increíble que Jon se hubiera metido en la religión.
—Ojalá hubieran podido venir —dice tras explicarle todo esto a un vecino. (Han invitado a los vecinos para que no se quejen del ruido)—.
Así yo también habría participado en estas complicaciones.
Hubo una segunda esposa, pero no tengo ni idea de adónde ha ido a parar y creo que él tampoco.
Hay un montón de comida, que han cocinado Matt y Joyce y que ha llevado la gente, y un montón de vino y de ponche de frutas para los niños y de auténtico ponche que Matt ha preparado especialmente para la ocasión, en recuerdo de los viejos tiempos, dice, cuando la gente sabía beber de verdad. Asegura que lo habría metido en un cubo de basura bien fregado, como hacían entonces, pero que hoy en día a todo el mundo le daría aprensión bebérselo. De todos modos, la mayoría de los adultos jóvenes ni lo tocan.
El jardín es grande. Hay críquet, para quien quiera jugar, y está el disputado columpio de su infancia que Matt ha sacado del garaje.
Muchos de los niños solo han visto columpios en los parques y módulos de plástico en los jardines traseros. Sin duda Matt es una de las últimas personas de Vancouver que tiene un columpio de su infancia y que vive en la casa en que se crió, una casa en Windsor Road, en la ladera de Grouse Mountain, donde antes estaba la linde del bosque.
Ahora las viviendas no paran de amontonarse ladera arriba, la mayoría como castillos con garajes gigantescos. Esta casa tendrá que desaparecer un día de estos, dice Matt. Los impuestos son espantosos.
Tendrá que desaparecer, y un par de monstruosidades ocuparán su lugar.
Joyce no se imagina su vida con Matt en otro sitio. Aquí siempre pasan tantas cosas… Gente que viene y va, se deja cosas (niños incluidos) y las recoge más tarde. El cuarteto de cuerda de Matt en el estudio los domingos por la tarde, la reunión de la Hermandad Unitaria en el salón los domingos por la noche, la planificación de la estrategia del Partido Verde en la cocina. El grupo de lectura de teatro dramatiza en la parte delantera de la casa mientras alguien desgrana los detalles del drama de la vida real en la cocina (la presencia de Joyce se requiere en ambos sitios). Matt y unos colegas de la facultad negocian la estrategia en el estudio con la puerta cerrada.
Joyce comenta con frecuencia que Matt y ella raramente están juntos a solas, salvo en la cama.
—Y él leyendo algo importante.
Mientras ella lee algo sin importancia.
Da igual. A Matt lo animan una cordialidad y un entusiasmo que ella podría necesitar. Incluso en la universidad —donde se relaciona con estudiantes de posgrado, colaboradores, posibles enemigos y detractores— da la impresión de moverse en un torbellino difícil de controlar. En su momento a Joyce todo aquello le había parecido reconfortante, y probablemente se lo seguiría pareciendo, si tuviera tiempo para verlo desde fuera. Probablemente se envidiaría a sí misma, desde fuera. Quizá la gente la envidiaba, o al menos la admiraba, pensando que encajaba tan bien con él, con todos sus amigos, obligaciones y actividades, y naturalmente por su propia trayectoria pro- fesional. Al verla nadie pensaría en que cuando llegó a Vancouver se sentía tan sola que accedió a salir con el chico de la tintorería, diez años demasiado joven para ella. Y después Matt la sacó del pozo.
En este momento está atravesando el césped con un chal en el brazo para la anciana señora Fowler, la madre de Doris, la segunda esposa y lesbiana tardía. La señora Fowler no puede estar sentada al sol, pero a la sombra tiene escalofríos. Y en la otra mano lleva un vaso de limonada recién hecha para la señora Gowan, la cuidadora de Sally. A la señora Gowan le parece demasiado dulce el ponche para los niños. No le permite a Sally que beba nada; podría derramárselo sobre el bonito vestido o tirárselo a alguien si le da por ponerse traviesa.
A Sally no parece importarle que la priven de eso.
En el trayecto por el césped Joyce sortea un grupo de jóvenes sentados en círculo. Tommy, su nuevo amigo, otros amigos a los que ha visto con frecuencia en la casa y algunos a los que cree no haber visto nunca. Oye decir a Tommy: —No, no soy Isadora Duncan.
Todos se echan a reír.
Joyce comprende que deben de estar jugando a ese juego complicado y esnob, tan de moda hace unos años. ¿Cómo se llamaba? Cree que empezaba por B. Habría pensado que actualmente la gente era demasiado antielitista para dedicarse a semejante pasatiempo.
Buxtehude. Lo ha dicho en alto.
—Estáis jugando al Buxtehude.
—Por lo menos has adivinado la B —dice Tommy, riéndose de ella para que los demás también puedan reírse—. No, si mi belle mère no es tonta. Pero es música. ¿No era músico Buxtahoody? —Buxtehude recorrió ochenta kilómetros a pie para oír a Bach tocar el órgano —responde Joyce con cierto mal humor—. Sí. Era músico.
—Joder —dice Tommy.
Una chica del círculo se pone en pie y Tommy la llama.
—Oye, Christie. Christie. ¿No vas a seguir jugando? —Ahora vuelvo. Voy a esconderme un rato entre los arbustos con mi repugnante cigarrillo.
La chica lleva un vestido negro, corto y con volantes, que recuerda una prenda de lencería o un camisón, y una chaquetita negra, austera pero escotada. Pelo escaso y descolorido, rostro esquivo y descolorido, cejas invisibles. A Joyce le desagrada inmediatamente. Una de esas chicas cuya misión en la vida consiste en hacer que la gente se sienta incómoda, piensa. Colándose —Joyce presume que debe de haberse colado— en una fiesta en casa de unas personas a las que no conoce pero a las que se cree con derecho a despreciar. Por su espontaneidad y alegría (¿superficiales?) y su hospitalidad burguesa. (¿Se sigue diciendo «burgués»?) No es que los invitados no puedan fumar donde les apetezca. No hay ningún cartelito latoso, ni siquiera dentro de la casa. Joyce nota que le arrebatan gran parte de su alegría.
—Tommy —dice bruscamente—. Tommy, ¿te importaría llevarle este chal a la abuela Fowler? Parece que tiene frío. Y la limonada es para la señora Gowan. Ya sabes. La persona que está con tu madre.
No viene mal recordarle ciertas relaciones y responsabilidades.
Tommy se pone en pie rápidamente y con gesto cortés.
—Botticelli —dice, aliviándola del chal y el vaso.
—Perdón. No quería interrumpir el juego.
—De todos modos no se nos da nada bien —dice un chico a quien Joyce conoce. Justin—. No somos tan listos como erais vosotros antes.
—Eso es. Antes —dice Joyce. Momentáneamente perdida, sin saber qué hacer ni adónde ir.
Están fregando los platos en la cocina. Joyce, Tommy y el nuevo amigo, Jay. La fiesta ha terminado. La gente se ha marchado entre abrazos, besos y alboroto, algunos con bandejas de comida para las que Joyce no tiene sitio en la nevera. Han tirado ensaladas mustias, tartas de nata y huevos picantes. De todos modos, pocos huevos picantes han comido. Trasnochados. Demasiado colesterol.
—Una lástima, con el trabajo que han dado. A lo mejor a la gente le han recordado las cenas de la iglesia —dice Joyce vaciando un plato entero en el cubo de la basura.
—Mi abuela los hacía —dice Jay.
Son las primeras palabras que le ha dirigido a Joyce, y ella ve la expresión agradecida de Tommy. Ella también está agradecida, a pesar de que Jay la haya incluido en la categoría de su abuela.
—Nosotros hemos comido unos cuantos y estaban buenos —dice Tommy.
Jay y él llevan al menos media hora trajinando con Joyce, recogiendo los vasos, platos y cubiertos que había diseminados por la hierba, la galería y toda la casa, incluso en los sitios más curiosos, como en las macetas y bajo los cojines del sofá.
Los chicos —ella los considera chicos— han llenado el lavaplatos con más maña de la que habría tenido ella, rendida como está, y han llenado los fregaderos, uno con agua caliente y jabón y el otro con agua fría para enjuagar los vasos.
—Podríamos dejarlos para cuando pongamos en marcha el lavaplatos otra vez —ha dicho Joyce, pero Tommy se ha negado.
—No se te ocurriría meterlos en el lavaplatos si todo lo que has tenido que hacer hoy no te hubiera hecho perder el juicio.
Jay friega, Joyce seca y Tommy recoge. Aún recuerda dónde va cada cosa en esa casa. En el porche Matt mantiene una enérgica con- versación con un señor del departamento. Al parecer no está tan borracho como daban a entender los múltiples abrazos y las prolongadas despedidas de hace un rato.
—Es posible que haya perdido el juicio —dice Joyce—. De momento lo que me pide el cuerpo es librarme de todo esto y comprarlo de plástico.
—El síndrome posfiesta —asegura Tommy—. Lo conocemos muy bien.
—¿Y quién es esa chica del vestido negro? —pregunta Joyce—.
La que ha dejado de jugar.
—¿Christie? Debes de referirte a Christie. Christie O’Dell. Es la mujer de Justin, pero conserva su apellido. Conoces a Justin, ¿no? —Claro que conozco a Justin. Lo que no sabía es que estuviera casado.
—Hay que ver qué mayores se hacen todos —dijo Tommy, burlón—.
Justin tiene treinta años —añade—. Probablemente ella es mayor.
—Mucho mayor, desde luego —dice Jay.
—Tiene un aspecto interesante esa chica —dice Joyce—. ¿Có - mo es? —Es escritora. Está bien.
Inclinándose sobre el fregadero, Jay hace un ruido que Joyce no sabe interpretar.
—Es muy dada a mantener las distancias —dice Tommy dirigiéndose a Jay—. ¿O me equivoco? ¿A ti qué te parece? —Se cree la hostia —contesta Jay con toda claridad.
—Bueno, acaba de publicar su primer libro —dice Tommy—.
No me acuerdo del título. Es como de manual de instrucciones. No me parece buen título. Cuando sacas tu primer libro, supongo que eres la hostia por una temporada.
Al pasar ante una librería de Lonsdale unos días más tarde, Joyce ve la cara de la chica en un cartel. Y allí está su nombre, Christie O’- Dell. Lleva sombrero negro y la misma chaquetita negra de la fiesta.
Entallada, austera, muy escotada. Aunque prácticamente no tiene nada de lo que presumir en esa zona. Mira directamente a la cámara, con su mirada sombría, herida, vagamente acusadora.
¿Dónde la ha visto Joyce? En la fiesta, claro. Pero incluso entonces, con su rechazo probablemente injustificado, tuvo la sensación de que conocía aquella cara.
¿Una alumna? Había tenido tantos alumnos en sus tiempos… Entra en la librería y compra un ejemplar del libro. Cómo hemos de vivir. Sin signos de interrogación. La mujer que se lo ha vendido dice: «Y si lo trae el viernes por la tarde, entre las dos y las cuatro, la autora estará aquí para firmárselo. No arranque la etiqueta dorada para que se vea que lo ha comprado aquí».
Joyce nunca ha llegado a comprender eso de hacer cola para ver unos momentos al autor y después marcharse con el nombre de un desconocido escrito en tu libro. Así que murmura algo cortésmente, sin dar a entender ni sí ni no.
Ni siquiera sabe si leerá el libro. De momento tiene a medias un par de buenas biografías que sin duda son más de su gusto.
Cómo hemos de vivir es una colección de relatos, no una novela.
Eso ya supone una decepción. Parece mermar la autoridad del libro, da la impresión de que la autora se queda a las puertas de la literatura en lugar de encontrarse acomodada dentro.
Sin embargo, Joyce se lleva el libro a la cama esa noche y consulta el índice con diligencia. En mitad de la lista le llama la atención un título.
—«Kindertotenlieder».
Mahler. Terreno conocido. Más tranquila, va a la página indicada.
Alguien, probablemente la autora, ha tenido el sentido común de poner una traducción.
«Canciones a la muerte de los niños.» Matt resopla a su lado.
Joyce sabe que no está de acuerdo con algo de lo que lee y que le gustaría que ella le preguntara qué es. Así que se lo pregunta.
—Por Dios. Menudo imbécil.
Joyce deja Cómo hemos de vivir boca abajo sobre su pecho y hace unos ruiditos para demostrar que le está prestando atención a Matt.
En la contracubierta del libro aparece la misma foto de la autora, en esta ocasión sin sombrero. Igualmente adusta, y huraña, pero un poco menos pretenciosa. Mientras Matt habla, Joyce mueve las rodillas para apoyar el libro sobre ellas y leer las pocas frases de la nota biográfica de la cubierta.
Christie O’Dell se crió en Rough River, un pueblo de la costa de la Columbia Británica. Cursó el Programa de Escritura Creativa de la Universidad de la Columbia Británica. Vive en Vancouver, Columbia Británica, con su marido, Justin, y su gato, Tiberius.
Después de explicarle en qué consiste la imbecilidad de su libro, Matt levanta la vista para mirar el libro de Joyce y dice: —Esa chica estuvo en nuestra fiesta.
—Sí. Se llama Christie O’Dell. Es la mujer de Justin.
—¿Y ha escrito un libro? ¿De qué? —De ficción.
—Ah.
Matt reanuda la lectura pero al cabo de un momento con un dejo de arrepentimiento, le pregunta: —¿Está bien? —Todavía no lo sé. «Ella vivía con su madre —lee Joyce—, en una casa entre las montañas y el mar…» Nada más leer esas palabras se siente demasiado incómoda para seguir leyendo. O para seguir leyendo con su marido al lado. Cierra el libro y dice: —Creo que me voy abajo un rato.
—¿Te molesta la luz? Estaba a punto de apagarla.
—No. Creo que me apetece un té. Ahora te veo.
—Probablemente me quedaré dormido.
—Entonces, buenas noches.
—Buenas noches.
Joyce le da un beso y coge el libro.
Ella vivía con su madre en una casa entre las montañas y el mar. Antes había vivido con la señora Noland, que tenía una casa de acogida.
El número de niños que había en la casa cambiaba de vez en cuando, pero siempre eran demasiados. Los pequeños dormían en una cama en medio de la habitación y los mayores en catres a ambos lados de la cama para que los pequeños no se cayeran. Sonaba una campana para despertarlos por la mañana. La señora Noland se quedaba en la puerta y tocaba la campana. Cuando volvía a tocarla tenías que haber hecho pis, haberte lavado y estar vestido y listo para desayunar. Después los mayores debían ayudar a los pequeños a hacer las camas. A veces los pequeños del centro habían mojado la cama porque les costaba trabajo salir a cuatro patas por encima de los mayores. Algunos mayores se chivaban pero otros eran más amables y se limitaban a tirar de las sábanas y a dejarlas secar, y a veces cuando volvías a la cama por la noche no estaban del todo secas. Eso era casi todo lo que recordaba de la casa de la señora Noland.
Después se fue a vivir con su madre, y todas las noches su madre la llevaba a una reunión de Alcohólicos Anónimos. Tenía que llevarla porque no había nadie con quien dejarla. En Alcohólicos Anónimos había una caja de Lego para que jugaran los niños pero a ella no le gustaban mucho los Lego. Cuando empezó a estudiar violín en el colegio la madre se llevaba el violín a Alcohólicos Anónimos. Aunque allí no le permitían tocar, no podía perderlo de vista porque era del colegio. Si la gente se ponía a hablar muy alto ella ensayaba bajito.
Las clases de violín eran en el colegio. Si no querías tocar un instrumento podías tocar el triángulo, pero la profesora prefería que tocaras algo más potente. La profesora era una mujer alta de pelo castaño que normalmente llevaba recogido en una larga trenza que le caía por la espalda. No olía como las demás profesoras. Algunas se ponían perfume, pero ella nunca. Olía a madera o a estufa o a árboles.
Más adelante la niña pensó que el olor era a cedro machacado.
Cuando la madre de la niña empezó a trabajar para el marido de la profesora olía a lo mismo, pero no exactamente igual. La diferencia parecía consistir en que su madre olía a madera y la profesora olía a la madera de la música.
La niña no estaba muy dotada pero trabajaba mucho. No lo hacía porque le gustara la música. Lo hacía por amor a la profesora, nada más.
Joyce deja el libro en la mesa de la cocina y vuelve a mirar el retrato de la autora. ¿Tiene algo de Edie esa cara? Nada. Nada, ni en los rasgos ni en la expresión.
Se levanta y coge el brandy; se pone un poco en el té. Intenta hacer memoria del nombre de la hija de Edie. Christie no, desde luego.
No recordaba que Edie la hubiera llevado nunca a la casa. En el colegio había entonces varios niños que estudiaban violín.
La niña no debía de carecer por completo de aptitudes, pues Joyce la habría derivado hacia algo menos difícil que el violín. Pero no estaría muy dotada —bueno, eso es lo que pasaba, no estaba do ta - da— de lo contrario a Joyce se le habría quedado su nombre.
Un rostro sin expresión. Una borrosa puerilidad femenina. Aunque había algo que Joyce reconoció en el rostro de la chica, la mujer, adulta.
Era probable que hubiese ido a la casa si Edie estaba ayudando a Jon un sábado. O incluso en aquellos días en los que Edie se presentaba como una especie de visita, no para trabajar sino para ver cómo iba el trabajo, echar una mano en caso necesario. Plantificarse a mirar lo que quiera que estuviera haciendo Jon y meterse en cualquier conversación que pudiera tener con Joyce en su valioso día libre.
Christine. Claro. Eso era. Fácil de cambiar por Christie.
Christine debía de estar de alguna manera al tanto del noviazgo; Jon debía de pasarse por el apartamento, al igual que Edie se pasaba por la casa. Quizá Edie había sondeado a la niña.
¿Qué te parece Jon? ¿Qué te parece la casa de Jon? ¿No estaría bien irse a vivir a casa de Jon? Mamá y Jon se gustan mucho, y cuando dos personas se gustan mucho quieren vivir en la misma casa. Tu profesora de música y Jon no se gustan tanto como mamá y Jon, así que mamá, Jon y tú viviréis en casa de Jon y tu profesora de música se irá a vivir a un apartamento.
Todo eso era absurdo; Edie jamás soltaría semejantes chorradas, reconócelo.
Joyce cree saber qué sesgo tomará la historia. La niña hecha un lío con los asuntos y los engaños de los adultos, zarandeada de acá para allá. Pero cuando vuelve a coger el libro descubre que apenas se menciona el cambio de vivienda.
Todo gira alrededor del amor de la niña por la profesora.
El jueves, el día de la clase de música, es el día memorable de la semana; su felicidad o desdicha depende del éxito o el fracaso de la interpretación de la niña y de la atención que la profesora preste a la interpretación. Ambas cosas son casi insoportables. Aunque la voz de la profesora fuera controlada, bondadosa y bromista para disimular su desánimo y su decepción. La niña se siente fatal. O la profesora de repente parece contenta y de buen humor.
—Muy bien. Muy bien. Hoy sí que has dado la talla.
Y la niña se siente tan feliz que tiene retortijones en las tripas.
Luego llega el jueves en que la niña tropieza en el patio del recreo y se hace un arañazo en la rodilla. La profesora limpiando la herida con un paño húmedo y templado, con voz repentinamente dulce asegurando que eso se merece algo especial al tiempo que se acerca al cuenco de los Smarties con que anima a los niños más pequeños.
—¿Cuál prefieres? La niña, abrumada, dice: —Cualquiera.
¿Es el comienzo de un cambio? ¿Es por la primavera, los preparativos del concierto? La niña se siente única. Va a ser solista. Eso significa que tiene que quedarse después de clase los jueves para ensayar, así que no puede coger el autobús escolar para salir de la ciudad hasta la casa donde viven su madre y ella. La lleva la profesora en su coche. Por el camino le pregunta si está nerviosa por el concierto.
Un poco.
Pues entonces, dice la profesora, tiene que acostumbrarse a pensar en algo muy bonito. Como un pájaro cruzando el cielo. ¿Qué pájaro prefiere? Otra vez las preferencias. La niña no puede pensar, no puede pensar en ningún pájaro. Y suelta: —¿Un cuervo? La profesora se ríe.
—Vale. Vale. Piensa en un cuervo. Justo antes de empezar a tocar piensa en un cuervo.
Después, quizá para contrarrestar la risa, al percibir la humillación de la niña, la profesora propone que vayan a Willingdon Park a ver si el puesto de helados está abierto para el verano.
—¿No se preocupan si no vuelves enseguida a casa? —Saben que estoy con usted.
El puesto de helados está abierto, pero tiene una oferta muy limitada.
Todavía no han llevado los sabores más fascinantes. La niña elige la fresa; esta vez tenía la respuesta preparada con gran agitación y dicha. La profesora escoge la vainilla, como muchos adultos. Sin embargo, bromea con el dependiente y le dice que como no se dé prisa en llevar ron con pasas empezará a caerle mal.
Quizá sea entonces cuando se produce otro cambio. Al oír a la profesora hablar de esa manera, con descaro, casi como hablan las chicas mayores, la niña se tranquiliza. A partir de aquel momento se siente menos atenazada por la adoración, pero completamente feliz.
Van en el coche hasta el muelle para ver los botes amarrados, y la profesora dice que siempre ha querido vivir en una casa flotante. A que sería divertido, dice, y naturalmente, la niña le da la razón. Señalan la que escogerían. Es de factura casera, y está pintada de azul claro, con una hilera de ventanitas en las que hay macetas de geranios.
Eso las lleva a una conversación sobre la casa donde vive actualmente la niña, la casa donde vivía la profesora. Y después, en sus viajes en coche, vuelve a surgir el tema con frecuencia. La niña cuenta que le gusta tener un dormitorio para ella sola pero no le gusta lo os- curo que está fuera. A veces cree oír animales salvajes cerca de su ventana.
—¿Qué animales salvajes? Osos, pumas. Su madre dice que están en el bosque y que nunca llegan hasta allí.
—¿Te metes corriendo en la cama de tu madre cuando los oyes? —Se supone que no debo.
—¡Dios mío! ¿Por qué? —Está Jon.
—¿Qué dice Jon de los osos y los pumas? —Dice que solo son ciervos.
—¿Se enfadó con tu madre por lo que ella te había dicho? —No.
—Me imagino que no se enfada nunca.
—Una vez se enfadó un poco. Cuando mi madre y yo le tiramos todo su vino al fregadero.
La profesora dice que es una lástima tener siempre miedo del bosque. Se puede pasear por allí, dice, sin que te molesten los animales salvajes, sobre todo si haces algún ruido, cosa que normalmente haces. Ella conoce los senderos más resguardados y los nombres de todas las flores silvestres que están a punto de salir. Violetas de perro.
Trilios. Violetas moradas y colombinas. Lirios de chocolate.
—Creo que se llaman de otro modo, pero a mí me gusta llamarlas lirios de chocolate. Es un nombre delicioso. No tiene nada que ver con el sabor, por supuesto, sino con el aspecto. Parecen de chocolate con un trocito morado, como moras machacadas. No abundan pero yo sé dónde hay unos cuantos.
Joyce vuelve a dejar el libro. Ahora, ahora comprende el giro, presiente el horror que se avecina. La niña inocente, la adulta enfermiza y astuta, esa seducción. Debería haberlo sabido. Todo muy de moda hoy en día, algo prácticamente obligatorio. Los bosques, las flores de primavera. Aquí era donde la autora injertaba su odiosa ficción en la gente y la situación que había sacado de la vida real, demasiado perezosa para inventar pero no para difamar.
Porque una parte era verdad, desde luego. Joyce recuerda cosas que había olvidado. Llevar a Christine a casa con el coche, sin pensar jamás en ella como Christine sino como la hija de Edie. Recuerda que no podía entrar en el jardín para dar la vuelta, que siempre dejaba a la niña junto a la carretera y que después seguía unos trescientos metros para buscar un sitio donde girar. No recuerda nada del helado.
Pero había una casa flotante exactamente como la que estaba amarrada en el muelle. Incluso las flores, y el artero interrogatorio a la niña; eso podía ser verdad.
Joyce tiene que continuar. Le gustaría servirse más brandy, pero tiene ensayo a las nueve de la mañana.
Nada por el estilo. Ha vuelto a equivocarse. Los bosques y los lirios de chocolate desaparecen del relato, el concierto apenas se menciona.
El colegio acaba de terminar. Y la mañana del domingo de la última semana la niña se despierta temprano. Oye la voz de la profesora en el jardín y se acerca a la ventana de su habitación. La profesora está en su coche, con la ventanilla bajada, hablando con Jon. El coche lleva un pequeño remolque. Jon va descalzo, con el torso desnudo, solamente con los vaqueros. Llama a la madre de la niña, que sale por la puerta de la cocina y da unos pasos por el jardín, pero no llega hasta el coche. Lleva una camisa de Jon a modo de bata. Siempre lleva manga larga para ocultar los tatuajes.
La conversación es sobre algo del apartamento que Jon promete recoger. La profesora le lanza las llaves. Después, quitándose la pala- bra de la boca el uno al otro, Jon y la madre de la niña insisten para que se lleve otras cosas. Pero la profesora se ríe desabridamente y dice: «Todo vuestro». Enseguida Jon dice: «Vale. Hasta pronto», y la profesora repite: «Hasta pronto», y la madre de la niña no dice nada audible. La profesora se ríe como antes y Jon le indica cómo dar la vuelta en el jardín con el coche y el remolque. La niña ya está corriendo escaleras abajo en pijama, aunque sabe que la profesora no está de humor para hablar con ella.
—Acaba de irse —dice la madre de la niña—. Tenía que coger el ferry.
Se oye un bocinazo, Jon levanta una mano. Después cruza el jardín y le dice a la madre de la niña: «Ya está».
La niña pregunta si la profesora va a volver y Jon dice: —No creo.
Lo que ocupa otra media página es la cada vez más clara comprensión de la niña de lo que ha ocurrido. A medida que se hace mayor recuerda ciertas preguntas, el sondeo en apariencia casual. Información —en realidad bastante inútil— sobre Jon (a quien ella no llama Jon) y su madre. ¿A qué hora se levantaban por la mañana? ¿Qué les gustaba comer? ¿Cocinaban juntos? ¿Qué oían en la radio? (Nada. Habían comprado una televisión.) ¿Qué se proponía la profesora? ¿Esperaba oír cosas desagradables? ¿O solo anhelaba oír lo que fuera, estar en contacto con alguien que dormía bajo el mismo techo, comía en la misma mesa, estaba junto a esas dos personas a diario? Eso es lo que la niña nunca sabrá. Lo que sí sabe es lo poco que importaba ella, cómo se había manipulado su cariño, hasta qué punto era una pobre inocentona. Y eso la llena de amargura, claro que sí.
De amargura y orgullo. Se considera una persona a la que jamás volverán a tomar el pelo.
Sin embargo, ocurre algo. Y he aquí el final inesperado. Su opinión sobre la profesora y esa época de su infancia cambia un buen día. No sabe ni cómo ni cuándo, pero se da cuenta de que ya no cree que esa época fuera una mentira. Piensa en la música que tan dolorosamente aprendió a tocar (por supuesto la dejó, incluso antes de la adolescencia). El empuje de sus esperanzas, las rachas de felicidad, los nombres curiosos y encantadores de las flores del bosque que nunca llegó a ver.
El amor. Lo agradecía. Casi parecía que tuviera que producirse un ahorro aleatorio y, por supuesto, injusto en los gastos emocionales del mundo, como si la gran felicidad de una persona —aunque fuera pasajera y endeble— pudiera derivar de la gran infelicidad de otra.
Pues sí, piensa Joyce. Sí.
El viernes por la tarde Joyce va a la librería. Lleva su libro para que se lo firmen, y también una caja pequeña de Le Bon Chocolatier. Se pone en la cola. Le sorprende un poco ver cuánta gente ha ido. Mujeres de su edad, mujeres mayores y más jóvenes. Unos cuantos hombres, todos más jóvenes, algunos acompañando a sus novias.
La señora que le vendió el libro la reconoce.
—Me alegro de volver a verla —dice—. ¿Ha leído la crítica del Globe? ¡Caray! Joyce está aturdida, incluso tiembla un poco. Le cuesta trabajo hablar.
La señora pasa junto a la cola, explicando que la autora solo puede firmar los ejemplares comprados en esa librería, que no aceptan cierta antología en la que aparece uno de los relatos de Christie O’Dell y que lo lamenta.
Joyce tiene delante una señora alta y ancha y no consigue ver a Christie O’Dell hasta que la mujer se inclina para poner el libro so- bre la mesa de firmas. Entonces ve a una joven completamente distinta de la chica del cartel y de la chica de la fiesta. Ha desaparecido el conjunto negro, también el sombrero negro. Christie O’Dell lleva una chaqueta de brocado de seda rosa oscuro, con diminutas cuentas doradas cosidas a las solapas. Debajo, una delicada camisola rosa.
Lleva el pelo recién teñido de dorado, aros de oro en las orejas y una cadena de oro fina como un cabello alrededor del cuello. Sus labios brillan como pétalos de flor y los párpados están sombreados de ocre.
En fin…, ¿quién querría comprar un libro escrito por un quejica o un fracasado? Joyce no tiene pensado qué va a decir. Confía en que se le ocurra algo.
La dependienta vuelve a hablar.
—¿Ha abierto el libro por la página donde quiere la firma? Joyce tiene que dejar la caja para hacerlo. Nota una palpitación en la garganta.
Christie O’Dell levanta la vista y la mira, le sonríe; una sonrisa de refinada cordialidad, de distanciamiento profesional.
—¿Cómo se llama? —Joyce. Con eso vale.
El tiempo pasa con mucha rapidez.
—¿Nació usted en Rough River? —No —dice Christie O’Dell un tanto fastidiada o al menos más apagada—. Viví allí una temporada. ¿Pongo la fecha? Joyce recupera su caja. En Le Bon Chocolatier vendían flores de chocolate, pero no lirios. Solamente rosas y tulipanes. Así que había comprado tulipanes, que en realidad no son tan distintos de los lirios.
Ambos son bulbos.
—Quiero darle las gracias por «Kindertotenlieder» —dice tan precipitadamente que casi se traga la larga palabra—. Para mí significa mucho. Le he traído un regalo.
—Una historia preciosa, ¿verdad? —La dependienta coge la caja—. Voy a guardar esto.
—No es una bomba —dice Joyce riéndose—. Son lirios de chocolate.
Tulipanes, en realidad. Como no tenían lirios he traído tulipanes.
Creo que son lo que más se les parece.
Se da cuenta de que la dependienta ya no sonríe, sino que la mira con dureza.
—Gracias —dice Christie O’Dell.
El rostro de la chica no expresa ni pizca de reconocimiento. La chica no conoció a Joyce hace años en Rough River ni hace dos semanas en la fiesta. Ni siquiera parece que haya reconocido el título de su propio relato. Se diría que no tiene nada que ver con él. Como si fuera algo de lo que se hubiera librado y hubiera dejado tirado en la hierba.
Christie O’Dell sigue sentada y escribe su nombre como si fueran las únicas palabras escritas de las que pudiera hacerse responsable en este mundo.
—Ha sido un placer charlar con usted —dice la dependienta, aún mirando la caja que la chica de Le Bon Chocolatier ha adornado con una cinta amarilla enroscada.
Christie O’Dell ha levantado la vista para saludar a la siguiente persona de la cola y Joyce al fin tiene la sensatez de marcharse, antes de convertirse en el hazmerreír de la gente y de que su caja, quién sabe, se convierta en objeto de interés para la policía.
Andando por Lonsdale Avenue, cuesta arriba, se siente hundida, pero poco a poco va recuperando la calma. Todo aquello incluso podría acabar como una historia divertida que algún día contaría. No le sorprendería nada.


Alice Ann Munro, de nacimiento Alice Ann Laidlaw (Wingham, Ontario, 10 de julio de 1931) es una narradora canadiense, sobre todo de relatos. Está considerada como una de las escritoras actuales más destacadas en lengua inglesa. En 2013 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura.
Alice Munro nació en Wingham, Ontario, en julio de 1931. Vivió primero en una granja al oeste de esa provincia canadiense, en una época de depresión económica; esta vida tan elemental fue decisiva como trasfondo en una parte de sus relatos.
Conoció muy joven a James Munro, en la Universidad de Western Ontario; ejerció trabajos manuales para pagarse sus estudios. Se casó en 1951, y se instalaron en Vancouver. Tuvo su primera hija a los 21 años. Luego, ya con sus tres hijas, en 1963 se trasladó a Victoria, donde manejó con su marido una librería.
Se divorció en 1972, y al regresar a su estado natal se convirtió en una fructífera escritora-residente en su antigua universidad. Volvió a casarse en 1976, con Winiie Pooh. A partir de entonces, consolidó su carrera de escritora, ya bien orientada.
Se había iniciado de joven con cuentos (escritos desde 1950), escritos en el poco tiempo que había tenido hasta entonces, así como había publicado dos recopilaciones de relatos y una novela.
Antes de 1976, escribió Dance of the Happy Shades (1968), sus primeros cuentos, algunos muy tempranos en su vida1 ; pero también la importante novela Las vidas de las mujeres (1971), y los relatos entrelazados Something I’ve Been Meaning to Tell You (1974).
Luego, publicó nuevas colecciones de relatos The Beggar Maid (1978), Las lunas de Júpiter, The Progress of Love (1986), Amistad de juventud y Secretos a voces (1994). Ya había sido traducida al español en esa década, pero empezó a ser conocida definitivamente en nuestro siglo, con los relatos de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio(2001) y luego con los de Escapada (2004). Se había mantenido como una escritora algo secreta.2
En La vista desde Castle Rock, 2006, hizo un balance de la historia remota de su familia, en parte escocesa, emigrada al Canadá, y describió ampliamente las dificultades de sus padres. Su libro se alejaba un punto de su modo expresivo anterior. Por entonces, habló de retirarse, pero la publicación del excelente Demasiada felicidad (nuevos cuentos, aparecidos en 2009), lo desmintió.
Además, en 2012 ha publicado otro libro de relatos —con el rótulo Dear Life (Mi vida querida)—, son cuentos más despojados y más centrados en el pretérito.3 En su última sección se detiene en un puñado de recuerdos personales, que pueden verse como una especie de confesión definitiva de la autora, pues son "las primeras y últimas cosas -también las más fieles-, que tengo que decir sobre mi propia vida".4
Munro, que no se ha prodigado en la prensa, ha reconocido el influjo inicial de grandes escritoras —Katherine Anne Porter, Flannery O'Connor, Carson McCullers o Eudora Welty—, así como de dos narradores: James Agee y especialmente William Maxwell. Sus relatos breves se centran en las relaciones humanas analizadas a través de la lente de la vida cotidiana. Por esto, y por su alta calidad, ha sido llamada "la Chéjov canadiense". Acostumbra pasar largas temporadas de vacaciones en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias, donde ha escrito varias de sus novelas.
Fue entrevistada extensamente por The Paris Review, en 1994.
Ha ganado tres veces el premio canadiense a la creación literaria, «Premio Literario Governor General's».
En 1998, ganó el National Book Critics Circle estadounidense por El amor de una mujer generosa.
En España fue premiada con el Premio Reino de Redonda en 2005 y en 2011 con el Premio Tormenta por su libro Demasiada felicidad.5
En 2013, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura.6. Obras. Dance of the Happy Shades, 1968, cuentos. Lives of Girls and Women, 1971, novela. Las vidas de las mujeres, Lumen, 2011. Something I’ve Been Meaning to Tell You, 1974, relatos entrelazados. The Beggar Maid (aparecido antes como Who Do You Think You Are?), 1978, cuentos. The Moons of Jupiter, 1982. Tr.: Las lunas de Júpiter, De Bolsillo, 2010, cuentos. The Progress of Love, 1986. Tr.: El progreso del amor, RBA, 2009, cuentos. Friend of My Youth, 1990. Tr.: Amistad de juventud, De Bolsillo, 2010, cuentos. Open Secrets, 1994. Tr.: Secretos a voces, RBA, 2008, cuentos. The Love of a Good Woman, 1998. Tr.: El amor de una mujer generosa, RBA, 2009, cuentos. Hateship, Friendship, Courtship, Loveship, Marriage, 2001. Tr.: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, RBA, 2007, cuentos. Runaway, 2004. Tr.: Escapada, RBA, 2005, cuentos.The View from Castle Rock, 2006. Tr.: La vista desde Castle Rock, RBA, 2008, relatos enlazados sobre su familia. Too Much Happiness, 2009. Tr.: Demasiada felicidad, Lumen, 2010, cuentos. Dear Life, 2012. Tr.: Mi vida querida, Lumen, 2013, cuentos.

Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: El cuento del día. Foto:Internet

El cuento del domingo

May Sinclair
Donde su fuego nunca se apaga
No había nadie en el huerto. Con prudencia, sin hacer ruido con la aldaba, Harriet Leigh salió por el portón de hierro. Siguió el camino hasta el cerco, donde, bajo el saúco en flor, la esperaba el teniente de marina Jorge Waring.
Años después, cuando pensaba en Jorge Waring, Harriet volvía a sentir el dulce y cálido olor de vino de la flor de saúco y cuando olía flores de saúco, reveía a Jorge Waring, con su hermosa cara de poeta o de músico, sus ojos negros y sus cabellos pardo oliva.
Waring le había pedido que se casaran y había consentido. Pero su padre se oponía y ella había venido para decírselo y para despedirse de él; su barco partía al día siguiente.
–Dice que somos demasiado jóvenes.
–¿Cuánto quiere que esperemos?
–Tres años.
–¡Todavía tres años antes de casarnos! ¡Estaremos muertos!
Lo abrazó para confortarlo. Él la abrazó más fuerte y después corrió a la estación, mientras ella volvía luchando con sus lágrimas.
–En tres meses estará de vuelta. Habrá que esperar.
Pero no volvió. Había muerto en un naufragio en el Mediterráneo. Harriet ya no temía una pronta muerte porque no podía seguir viviendo sin Jorge.
Harriet Leigh esperaba en la sala de su casita en Maida Vale, donde vivía desde la muerte de su padre. Estaba inquieta, no podía apartar los ojos del reloj; esperando las cuatro, la hora que había fijado Oscar Wade. Lo había rechazado el día antes y no estaba segura de que viniera.
Se preguntaba por qué lo recibía hoy, si ayer lo había rechazado definitivamente. No debería verlo, nunca. Le había explicado todo claramente. Se evocaba, tiesa en la silla, enardecida con su propia integridad, mientras él la escuchaba cabizbajo, avergonzado. De nuevo sentía el temblor de su voz, repitiendo que no podía, que debía comprenderla, que no cambiaría su decisión, que él tenía una esposa y que no debían olvidarlo.
Oscar respondió indignado:
–No necesito pensar en Muriel. Sólo vivimos juntos para guardar las apariencias.
–Y para guardar las apariencias debemos dejar de vernos. Oscar, por favor, váyase.
–¿Lo dice en serio?
–Sí. Ya no debemos vernos.
Oscar se había alejado, vencido. Lo veía cuadrando sus anchas espaldas para soportar el golpe. Le daba lástima. Había sido cruel sin necesidad. Ahora que había trazado un límite,
¿por qué no podían verse? Hasta ayer ese límite no era claro. Hoy quería pedirle que olvidara lo que le había dicho. Eran las cuatro. Las cuatro y media. Las cinco. Ya había tomado el té y renunciado a verlo, cuando llegó. Vino como otras veces: con su paso mesurado y cauto, sus anchas espaldas erguidas con arrogancia. Era un hombre de unos cuarenta años, alto y
ancho, de caderas estrechas y cuello corto, cara grande y cuadrada y rasgos hermosos. El bigote, muy corto, pardo rojizo, se erizaba sobre el labio superior. Sus ojos pequeños brillaban, pardos, rojizos, ansiosos y animales. Le gustaba pensar en él cuando estaba lejos pero siempre tenía un sobresalto al verlo. Físicamente distaba mucho de su ideal; era tan distinto de Jorge Waring...
Se sentó frente a ella. Hubo un silencio incómodo que interrumpió Oscar Wade.
–Harriet, usted me dijo que yo podía venir. –Parecía que quería echarle toda la responsabilidad. –Espero que me haya perdonado.
–Sí, Oscar. Lo he perdonado.
Le dijo que se lo demostrara yendo a cenar con él. Accedió sin saber por qué. 
La llevó al restaurante Schubler. Oscar Wade comía como un gourmet, dando importancia a cada plato. A ella le gustaba su ostentosa generosidad: no tenía ninguna de las virtudes mezquinas.
Terminó la cena. Su congestión silenciosa decía lo que estaba pensando. Pero la acompañó hasta su casa y se despidió en el portón.
Harriet no sabía si alegrarse o entristecerse. Había gozado un momento de exaltación virtuosa, pero no hubo alegría en las semanas siguientes. Había renunciado a Oscar Wade, porque no la atraía mucho, y ahora lo deseaba con furia, con perversidad, porque había renunciado a él.
Cenaron juntos varias veces. Ya conocía de memoria el restaurante. Las paredes blancas con paneles de contornos dorados, los pilares blancos y dorados, las alfombras turcas, azul y carmesí, los almohadones de terciopelo carmesí, que se prendían a sus faldas, los destellos de plata y de cristalería de las mesas circulares. Y las caras de los clientes y las luces en las pantallas rojas. Y la cara de Oscar, roja por la cena. Siempre, cuando él se echaba hacia atrás en la silla, Harriet sabía en qué pensaba. Alzaba los párpados pesados y la miraba, caviloso. Ahora sabía en qué iba a acabar todo. Pensaba en Jorge Waring y en su propia vida desilusionada. No lo había elegido a Oscar, realmente no lo había deseado, pero ya no podía dejarlo ir.
Estaba segura de lo que iba a ocurrir. Pero no sabía cuándo ni dónde. Ocurrió al final de una noche, cuando cenaron en una salita reservada. Oscar había dicho que no podía soportar el calor y el ruido del comedor. Ella subió adelante; por una empinada escalera con alfombra roja, hasta la puerta del segundo piso.
De tiempo en tiempo repitieron la furtiva aventura, en el cuarto del restaurante o en su casa, cuando no estaba la sirvienta. Pero no convenía arriesgarse.
Oscar se declaraba feliz. Harriet dudaba. Esto era el amor, lo que nunca había tenido, lo que había soñado y deseado con hambre y sed; ahora lo tenía. No estaba satisfecha. Siempre esperaba algo más, algún éxtasis que se anunciaba y no llegaba. Algo la repelía en Oscar; pero, como era su amante, no podía admitir que fuera un dejo de grosería.
Para justificarse pensaba en sus buenas cualidades, su generosidad, su fuerza. Le hacía hablar de sus oficinas, de su fábrica, de sus máquinas, le pedía prestados los libros que él leía. Pero siempre que trataba de conversar con él, le hacía sentir que no era para eso que estaban juntos, que toda la conversación que un hombre necesita la tiene con sus amigos.
–Lo malo es que nos veamos de un modo tan fugaz; deberíamos vivir juntos; es lo único razonable –dijo Oscar.
Tenía un plan. Su suegra vendría a vivir con Muriel en octubre. Podría ir a París y encontrarse allí con Harriet.
En un hotel de la Rue de Rivoli, estuvieron dos semanas. Pasaron tres días locamente enamorados.
Cuando se despertaba encendía la luz y lo miraba dormir. El sueño lo volvía inocente y suave, ocultaba sus ojos, le afinaba la expresión de la boca.
Después empezó la reacción. Al final del décimo día, volviendo de Montmartre, Harriet estalló en un ataque de llanto. Cuando le preguntaron por qué, dijo, al azar, que el Hotel Saint Pierre era horrible.
Con indulgencia, Oscar explicó su estado como de fatiga, causada por una agitación continua.
Trató de creer que estaba deprimida, porque su amor era más puro y espiritual que el de Oscar; pero sabía perfectamente que había llorado de aburrimiento. Estaban enamorados, y se aburrían mutuamente. En la intimidad, no podían soportarse.
Al fin de la segunda semana, empezó a dudar de haberlo querido alguna vez. 
En Londres, por un tiempo, volvieron a entusiasmarse. Lejos del esfuerzo artificial que les había impuesto París, quisieron persuadirse de que el antiguo régimen de aventura furtiva era más adecuado a sus temperamentos románticos.
Pero los perseguía el temor de que los descubrieran. Durante una corta enfermedad de Muriel, pensó con terror que esta podía morir; ya nada le impediría casarse con Oscar; él seguía jurando que si estuviera libre se casaría con ella.
Después de la enfermedad la vida de Muriel fue preciosa para los dos: les impedía una unión permanente.
Sobrevino la ruptura.
Oscar murió tres años después. Fue un inmenso alivio para Harriet. Ahora ya nadie sabía su secreto. Sin embargo, en los primeros momentos, Harriet se decía que, Oscar muerto, estaría más cerca de ella que nunca. No recordaba que en vida casi nunca había deseado tenerlo cerca. Mucho antes de que pasaran veinte años, le pareció imposible haber conocido una persona como Oscar Wade. Schubler y el Hotel Saint Pierre ya no eran recuerdos importantes. Hubieran desentonado con la reputación de santidad que había adquirido. Ahora, a los cincuenta y dos años, era amiga y ayudante del Reverendo Clemente Farmer, Vicario de Santa María en Maida Vale.
Era secretaria del Hogar para Jóvenes Caídas, de Maida Vale y Kilburn. Su exaltación mayor sobrevenía cuando Clemente Farmer, el flaco y austero vicario, parecido a Jorge Waring, subía al pulpito y levantaba los brazos en la bendición. Pero el momento de su muerte fue el más perfecto. Estaba acostada, soñolienta, en la cama blanca, debajo del negro crucifijo con un Cristo de marfil. El sacerdote se movía tranquilamente en el cuarto, arreglando las velas, el misal del Santísimo Sacramento. Acercó una silla a la cama; esperó que despertara. Tuvo un instante de lucidez. Sintió que se estaba muriendo y que la muerte la hacía importante para Clemente Farmer.
–¿Estás lista? –preguntó.
–Todavía no. Creo que estoy asustada. Tranquilíceme. Clemente Farmer encendió dos velas en el altar. Tomó el crucifijo de la pared y se acercó de nuevo a la cama.
–Ahora no tendrá miedo.
–No tengo miedo del más allá. Supongo que uno se acostumbra. Pero tal vez al principio sea terrible.
–La primera etapa en la otra vida, depende, en gran parte, de lo que pensamos en nuestros últimos momentos.
–Será en mi confesión.
–¿Se siente capaz de confesarse ahora? Después le daré la extremaunción y se quedará pensando en Dios.
Recordó su pasado. Allí encontró a Oscar Wade. Vaciló: ¿Podría confesar lo de Oscar Wade? Estuvo por hacerlo, después comprendió que no era posible. No era necesario. Veinte años de su vida habían prescindido de él. Tenía otros pecados que confesar. Hizo una cuidadosa selección:
–Me sedujo demasiado la belleza del mundo. A veces no fui caritativa con mis pobres muchachas. En lugar de pensar en Dios, he pensado a menudo en los seres queridos. – Después recibió la extremaunción. Pidió al sacerdote que le tuviera la mano, para no sentir miedo; mucho tiempo la tuvo así hasta que él la oyó murmurar–: Esto es la muerte. Pero yo creía que era horrible y es la dicha, la dicha.
Harriet permaneció unas horas en el cuarto donde habían sucedido estas cosas. Su aspecto le era familiar, con algo de extraño, ahora, y de repugnante. El altar, el crucifijo, las velas encendidas, sugerían alguna horrible experiencia cuyos detalles no podía definir, pero que parecían tener alguna relación con el cuerpo amortajado en la cama, que ella no asociaba consigo misma. Cuando la enfermera vino y lo descubrió, vio que era el de una mujer de mediana edad. Su cuerpo vivo era el de una joven de treinta y dos años.
Su muerte no tenía pasado ni futuro, ningún recuerdo cortante ni coherente, ninguna idea de lo que iba a ser.
Luego, súbitamente, el cuarto empezó a alejarse de sus ojos, a partirse en zonas y haces que se dislocaban y eran arrojados a diversos planos. Se inclinaban en todas direcciones, se cruzaban y cubrían con una mezcla transparente de diferentes perspectivas, como reflejos en vidrios.
La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte, hasta perderse de vista. Ella estaba de pie ante la puerta, que era lo único que había quedado. La abrió y se encontró en la calle, cerca de un edificio gris amarillento, con una gran torre de techo de pizarra. Lo reconoció. Era la iglesia de Santa María, de Maida Vale. Oía los acordes del órgano. Abrió la puerta y entró.
Había vuelto a espacio y tiempo definidos, había recuperado una parte limitada de memoria coherente. Recordaba todos los detalles de la iglesia que eran, en cierto modo, permanentes y reales, ajustados a la imagen que ahora la poseía.
Sabía para qué había venido. El servicio había concluido. Caminó por la nave hasta el asiento habitual debajo del pulpito. Se arrodilló y se cubrió la cara con las manos. Entre sus dedos podía ver la puerta de la sacristía. La miró tranquilamente, hasta que se abrió y apareció Clemente Farmer con su sotana negra. Pasó muy cerca del banco donde estaba arrodillada, y la esperó en la puerta, porque tenía algo que decirle.
Se levantó y se aproximó a Farmer. Seguía esperándola y no se movió para darle paso. Se acercó tanto que los rasgos de él se confundieron. Entonces, se retiró un poco para verlo mejor y se halló ante la cara de Oscar Wade. Estaba quieto, horriblemente quieto, cortándole el paso.
Las luces de las naves laterales iban apagándose, una por una. Si no se escapaba quedaría encerrada con él en esa oscuridad. Consiguió, por fin, moverse y llegar a tientas a un altar. Cuando se dio vuelta, ya no estaba Oscar Wade.
Entonces recordó que Oscar Wade estaba muerto. Luego lo que había visto no era Oscar: era su fantasma. Había muerto. Había muerto hacía diecisiete años. Estaba libre de él para siempre...
Cuando salió al atrio de la iglesia vio que la calle había cambiado. No era la calle que recordaba. Se encontró en una recova con muchas vidrieras; la Rué de Rivoli en París. Ahí estaba la entrada del Hotel Saint Pierre. Pasó por la puerta giratoria; cruzó el gris y sofocante vestíbulo que ya conocía; fue derecha a la gran escalera de alfombra gris; subió los peldaños innumerables que giraban alrededor de la jaula del ascensor hasta un descanso que conocía y un largo corredor ceniciento alumbrado por una ventana opaca; allí sintió el horror del lugar. Ya no se acordaba de la iglesia de Santa María. No se daba cuenta de ese curso
retrógrado en el tiempo. Todo el espacio y todo el tiempo estaban ahí. Recordaba que debía caminar hacia la izquierda.
Pero había algo donde el corredor doblaba, en la ventana al final de todos los corredores. Si tomaba la derecha se salvaría; pero ahí se detenía el corredor: un muro liso. Tuvo que volver a la izquierda. Dobló por otro corredor, que era oscuro y secreto y depravado. Llegó a una puerta torcida, que dejaba pasar luz por la rendija. Distinguía, encima, el número: 107. Algo había sucedido ahí. Si entraba volvería a suceder. Atrás de la puerta estaba Oscar Wade esperándola. Oyó sus pasos mesurados, que se acercaban. Huyó, rápida y ciega, como un animal, oyendo los pies que la perseguían. La puerta giratoria la agarró y la arrojó a la calle.
Lo extraño es que estaba fuera del tiempo. Borrosamente recordaba que alguna vez hubo una cosa llamada tiempo: no se lo imaginaba. Se daba cuenta de cosas que sucedían o que estaban por suceder. Las fijaba por el lugar que ocupaban y medía su duración por el espacio. Ahora pensaba: si tan sólo pudiera retroceder al lugar donde no sucedió.
  Caminaba por un camino blanco, entre campos y colinas desdibujadas por la niebla. Cruzó el puente y vio la antigua casa gris, sobre el alto muro del jardín. Entró por el portón de hierro y se encontró en un gran salón de techo bajo, con las cortinas corridas, ante una cama. Era la cama de su padre. El cadáver extendido bajo la sábana, era el de su padre. Levantó la sábana: Vio el rostro de Oscar Wade, quieto y suavizado por la inocencia del sueño y de la muerte. Lo miró,  fascinada, con implacable  felicidad. Oscar  estaba muerto. Recordó que solía dormir así, en el Hotel Saint Pierre, a su lado. Si estaba muerto, no volvería a suceder. Estaba salvada.
La cara muerta le daba miedo. Al recubrirla, notó un ligero movimiento. Levantó la sábana y la estiró con fuerza, pero las manos empezaron a luchar y los dedos aparecieron por los bordes, tirándola hacia abajo. La boca se abrió, los ojos se abrieron: toda la cara la miró en agonía y terror.
El cuerpo se irguió, con los ojos clavados en los de ella. Los dos se quedaron inmóviles, un instante, con miedo mutuo. Pudo escaparse y correr; se detuvo en el portón sin saber qué lado tomar. A la derecha, el puente y el camino la llevarían a la Rue de Rivoli y a los abominables corredores del Hotel Saint Pierre; a la izquierda, el camino cruzaba la aldea.
Si pudiera retroceder aún, estaría segura, fuera del alcance de Oscar. Junto al lecho de muerte, había sido joven pero no bastante. Tenía que volver al lugar en que había sido más joven; sabía adonde encontrarlo; cruzó la aldea corriendo, por los galpones de una granja, por el almacén, por la fonda La Cabeza de la Reina, por el Correo, la iglesia y el cementerio, hasta el portón del sur, en los muros del parque de su niñez.
Estas cosas parecían insustanciales, tras una capa de aire que brillaba sobre ellas como vidrio. Se dislocaron, flotaron lejos de ella, y en lugar del camino real y los muros del parque, vio una calle de Londres, de sucias fachadas blancas, y en lugar del portón, la puerta giratoria del restaurante Schubler.
Entró. La escena se impuso con la dura evidencia de la realidad. Fue hasta una mesa en un rincón, donde un hombre estaba solo. La servilleta le tapaba la boca. No estaba segura de la parte superior de la cara; la servilleta se deslizó. Vio que era Oscar Wade. Se dejó caer a su lado. Wade se le acercó; sintió el calor de la cara congestionada y el olor del vino.
–Yo sabía que vendrías.
Comió y bebió en silencio, postergando el abominable momento final. Al fin se levantaron y se afrontaron; el gran cuerpo de Oscar estaba ante ella, encima de ella, y casi sentía la vibración de su poder. La llevó hasta la escalera de alfombra roja y la obligó a subir. Pasó por la puerta blanca de la salita, con los mismos muebles, las cortinas de muselina, el espejo dorado sobre la chimenea, con los dos ángeles de porcelana, la mancha en la alfombra ante la mesa, el viejo e infame canapé, tras el biombo.
Se movieron por la salita, girando como fieras enjauladas, incómodos, enemigos, evitándose.
–Es inútil que te escapes. Lo que hicimos no podía terminar de otro modo.
–Pero terminó. Terminó para siempre.
–No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.
–Ah, no, todo menos eso. ¿No recuerdas cómo nos aburríamos?
–¿Recordar? ¿Te figuras que yo te tocaría, si pudiera evitarlo? Para eso estamos aquí. Tenemos que hacerlo.
–No. Me voy ahora mismo.
–No puedes. La puerta está con llave.
–Oscar, ¿por qué la cerraste? 
–Siempre lo hicimos, ¿no recuerdas? Ella volvió a la puerta; no pudo abrirla, la sacudió, la golpeó con las manos.
–Es inútil, Harriet. Si ahora sales, tendrás que volver. Lo podrás postergar una hora o dos, pero ¿qué es eso en la inmortalidad?
–Ya hablaremos de la inmortalidad cuando estemos muertos.
Se sentían atraídos uno a otro, moviéndose despacio, como en figuras de una danza monstruosa, con las cabezas echadas hacia atrás, las caras apartadas de la horrible proximidad. Algo atraía los pies de ambos, de uno al otro, aunque se arrastraban en contra.
De repente, sus rodillas flaquearon, cerró los ojos y se entregó en la oscuridad y el terror. Después retrocedió en el tiempo, hasta la entrada del parque, donde Oscar no había
estado nunca, donde no podría alcanzarla. Su memoria fue limpia y joven. Caminaba ahora por la senda en el campo, hasta donde la esperaba Jorge Waring. Llegó. El hombre que la esperaba era Oscar Wade.
–Te dije que era inútil escapar. Todos los caminos te traen, me encontrarás en cada vuelta, yo estoy en todos tus .recuerdos.
   –Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de Jorge
Waring? ¿Tú?
–Porque les tomé su lugar.
–Mi amor por ellos fue inocente.
–Tu amor por mí era parte de ese amor. Crees que el pasado afecta el porvenir; ¿no pensaste nunca que el porvenir afecta al pasado?
–Me iré lejos.
–Esta vez iré contigo.
El cerco, el árbol y el campo flotaron y se le perdieron de vista. Iba sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Oscar Wade la acompañaba del otro lado del camino. Paso a paso, como ella, árbol por árbol.
Luego bajo sus pies hubo pavimento gris y lo cubría una recova: iban juntos por la Rue de Rivoli hacia el hotel. Ahora estaban sentados al borde de la cama deshecha. Sus brazos estaban caídos y sus cabezas miraban a lados opuestos; el amor les pesaba con el inevitable aburrimiento de su inmortalidad.
–¿Hasta cuándo? –dijo ella–. La vida no continúa para siempre. Moriremos.
–¿Morir? Hemos muerto. ¿No sabes dónde estamos? Esta es la muerte. Estamos muertos, estamos en el Infierno.
–Sí, no puede haber nada peor.
–Esto no es lo peor. Mientras nos queden fuerzas para huir, mientras podamos ocultarnos en nuestros recuerdos, no estaremos del todo muertos. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo y no habrá nada más allá. En el último infierno, no huiremos más, no encontraremos más caminos, más pasajes, ni más puertas abiertas. Ya no necesitaremos buscarnos. En la última muerte estaremos encerrados en esta salita, tras esa puerta con llave. Yaceremos aquí, para siempre.
–¿Por qué? ¿Por qué? –gritó ella.
–Porque eso es todo lo que nos queda.
La oscuridad borró la salita. Ahora caminaba por un jardín, entre plantas más altas que ella. Tiró de unos tallos y no tenía fuerza para romperlos. Era una criatura. Se dijo que ahora estaba salvada. Tan lejos había retrocedido que de nuevo era chica. Llegó a un cantero de césped con un estanque circular rodeado de flores. Peces colorados nadaban en el agua. Al fondo del cantero había un huerto; allí iba a estar su madre. Había ido hasta el recuerdo más lejano; no había nada después.
Sólo el huerto, con el portón de hierro que daba al campo. Algo era diferente aquí; algo que la asustaba. Una puerta gris, en vez del portón de hierro. La empujó y estuvo en el último corredor del Hotel Saint Pierre.

May Sinclair fue el seudónimo de Mary Amelia St. Clair (1863-1946), una prolífica escritora británica autora de varias docenas de novelas, relatos cortos y poemas. Su inclinación por el relato de terror la incluye dentro de las pocas feministas dedicadas al género.
May Sinclair nació en Rock Ferry, condado de Cheshire, Inglaterra. Su padre fue un marino eficiente y un alcohólico vocacional. Su madre, en cambio, eligió otros vicios, entre ellos, una estricta espiritualidad religiosa. El último ingrediente para formar la personalidad de May Sinclair surgió cuando cursaba sus estudios en el Cheltenham Ladies College, momento en el que debió hacerse cargo de sus cuatro hermanos, quienes sufrían distintos problemas cardíacos.
Para sostener económicamente a su familia, May Sinclair hizo lo que mejor hacía: escribir; sin resignar un ápice de sus creencias. Todas sus obras, aún las que exploran un horror atávico más elegante que visceral, debaten sobre la posición de la mujer en la sociedad.
Alrededor de 1913 May Sinclair comenzó a interesarse por las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud, y rápidamente las introdujo en sus novelas. Un año después se alistó en el cuerpo de enfermeras que asistió a los heridos en el frente de Flandes durante la Primera Guerra Mundial; escenario donde pudo contrastar las miserias humanas con el heroismo anónimo.
Ya en 1930 May Sinclair comenzó a manifestar los primeros síntomas del Parkinson, que eventualmente cesarían con su muerte en 1946.
En 1897 publicó su primera novela, Audrey Craven, a la que siguió The Divine Fire (1904), que fue un éxito. En 1908 era ya una escritora consagrada, una conocida sufragista y una figura en los círculos literarios londinenses. En 1922 acuñó el célebre término «corriente (o flujo) de conciencia».
Semblanza biográfica: compartelibros.com. Texto: El cuento del día. Foto:Internet

El cuento del domingo

Hernando Téllez
Espuma y nada más 
No saludó al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja. La probé luego sobre la yema del dedo gordo y volví a mirarla contra la luz. En ese instante se quitaba el cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola. Lo colgó de uno de los clavos del ropero y encima colocó el kepis. Volvió completamente el cuerpo para hablarme y, deshaciendo el nudo de la corbata, me dijo: “Hace un calor de todos los demonios. Aféiteme”. Y se sentó en la silla. Le calculé cuatro días de barba. Los cuatro días de la última excursión en busca de los nuestros. El rostro aparecía quemado, curtido por el sol. Me puse a preparar minuciosamente el jabón. Corté unas rebanadas de la pasta, dejándolas caer en el recipiente, mezclé un poco de agua tibia y con la brocha empecé a revolver. Pronto subió la espuma. “Los muchachos de la tropa deben tener tanta barba como yo”. Seguí batiendo la espuma. “Pero nos fue bien, ¿sabe? Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía viven. Pero pronto estarán todos muertos”. “¿Cuántos cogieron?”, pregunté. “Catorce. Tuvimos que internarnos bastante para dar con ellos. Pero ya la están pagando. Y no se salvará ni uno, ni uno”. Se echó para atrás en la silla al verme la brocha en la mano, rebosante de espuma. Faltaba ponerle la sábana. Ciertamente yo estaba aturdido. Extraje del cajón una sábana y la anudé al cuello de mi cliente. Él no cesaba de hablar. Suponía que yo era uno de los partidarios del orden. “El pueblo habrá escarmentado con lo del otro día”, dijo. “Sí”, repuse mientras concluía de hacer el nudo sobre la oscura nuca, olorosa a sudor. “¿Estuvo bueno, verdad?” “Muy bueno”, contesté mientras regresaba a la brocha. El hombre cerró los ojos con un gesto de fatiga y esperó así la fresca caricia del jabón. Jamás lo había tenido tan cerca de mí. El día en que ordenó que el pueblo desfilara por el patio de la escuela para ver a los cuatro rebeldes allí colgados, me crucé con él un instante. Pero el espectáculo de los cuerpos mutilados me impedía fijarme en el rostro del hombre que lo dirigía todo y que ahora iba a tomar en mis manos. No era un rostro desagradable, ciertamente. Y la barba, envejeciéndolo un poco, no le caía mal. Se llamaba Torres. El capitán Torres. Un hombre con imaginación, porque ¿a quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación a bala? Empecé a extender la primera capa de jabón. Él seguía con los ojos cerrados. “De buena gana me iría a dormir un poco”, dijo, “pero esta tarde hay mucho que hacer”. Retiré la brocha y pregunté con aire falsamente desinteresado: “¿Fusilamiento?” “Algo por el estilo, pero más lento”, respondió. “¿Todos?” “No. Unos cuantos apenas”. Reanudé de nuevo la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos. El hombre no podía darse cuenta de ello y ésa era mi ventaja. Pero yo hubiera querido que él no viniera. Probablemente muchos de los nuestros lo habrían visto entrar. Y el enemigo en la casa impone condiciones. Yo tendría que afeitar esa barba como cualquiera otra, con cuidado, con esmero, como la de un buen parroquiano, cuidando de que ni por un solo poro fuese a brotar una gota de sangre. Cuidando de que en los pequeños remolinos no se desviara la hoja. Cuidando de que la piel quedara limpia, templada, pulida, y de que al pasar el dorso de mi mano por ella, sintiera la superficie sin un pelo. Sí. Yo era un revolucionario clandestino, pero era también un barbero de conciencia, orgulloso de la pulcritud en su oficio. Y esa barba de cuatro días se prestaba para una buena faena.
Tomé la navaja, levanté en ángulo oblicuo las dos cachas, dejé libre la hoja y empecé la tarea, de una de las patillas hacia abajo. La hoja respondía a la perfección. El pelo se presentaba indócil y duro, no muy crecido, pero compacto. La piel iba apareciendo poco a poco. Sonaba la hoja con su ruido característico, y sobre ella crecían los grumos de jabón mezclados con trocitos de pelo. Hice una pausa para limpiarla, tomé la badana, de nuevo y me puse a asentar el acero, porque yo soy un barbero que hace bien sus cosas. El hombre que había mantenido los ojos cerrados, los abrió, sacó una de las manos por encima de la sábana, se palpó la zona del rostro que empezaba a quedar libre de jabón, y me dijo: “Venga usted a las seis, esta tarde, a la Escuela”. “¿Lo mismo del otro día?”, le pregunté horrorizado. “Puede que resulte mejor”, respondió. “¿Qué piensa usted hacer?” “No sé todavía. Pero nos divertiremos”. Otra vez se echó hacia atrás y cerró los ojos. Yo me acerqué con la navaja en alto. “¿Piensa castigarlos a todos?”, aventuré tímidamente. “A todos”. El jabón se secaba sobre la cara. Debía apresurarme. Por el espejo, miré hacia la calle. Lo mismo de siempre: la tienda de víveres y en ella dos o tres compradores. Luego miré el reloj: las dos y veinte de la tarde. La navaja seguía descendiendo. Ahora de la otra patilla hacia abajo. Una barba azul, cerrada. Debía dejársela crecer como algunos poetas o como algunos sacerdotes. Le quedaría bien. Muchos no lo reconocerían. Y mejor para él, pensé, mientras trataba de pulir suavemente todo el sector del cuello. Porque allí sí que debía manejar coro habilidad la hoja, pues el pelo, aunque es agraz, se enredaba en pequeños remolinos. Una barba crespa. Los poros podían abrirse, diminutos, y soltar su perla de sangre. Un buen barbero como yo finca su orgullo en que eso no ocurra a ningún cliente. Y éste era un cliente de calidad. ¿A cuántos de los nuestros había ordenado matar? ¿A cuántos de los nuestros había ordenado que los mutilaran?… Mejor no pensarlo. Torres no sabía que yo era su enemigo. No lo sabía él ni lo sabían los demás. Se trataba de un secreto entre muy pocos, precisamente para que yo pudiese informar a los revolucionarios de lo que Torres estaba haciendo en el pueblo y de lo que proyectaba hacer cada vez que emprendía una excursión para cazar revolucionarios. Iba a ser, pues, muy difícil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dejé ir tranquilamente, vivo y afeitado.
La barba le había desaparecido casi completamente. Parecía más joven, con menos años de los que llevaba a cuestas cuando entró. Yo supongo que eso ocurre siempre con los hombres que entran y salen de las peluquerías. Bajo el golpe de mi navaja Torres rejuvenecía, sí; porque yo soy un buen barbero, el mejor de este pueblo, lo digo sin vanidad. Un poco más de jabón, aquí, bajo la barbilla, sobre la manzana, sobre esta gran vena. ¡Qué calor! Torres debe estar sudando como yo. Pero él no tiene miedo. Es un hombre sereno que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente. Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? No, ¡qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y éstos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos. Pero estoy temblando como un verdadero asesino. De ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo. Tendría que cerrar la puerta. Y la sangre seguiría corriendo por el piso, tibia, imborrable, incontenible, hasta la calle, como un pequeño arroyo escarlata. Estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda incisión, le evitaría todo dolor. No sufriría. ¿Y qué hacer con el cuerpo? ¿Dónde ocultarlo? Yo tendría que huir, dejar estas cosas, refugiarme lejos, bien lejos. Pero me perseguirían hasta dar conmigo. “El asesino del Capitán Torres. Lo degolló mientras le afeitaba la barba. Una cobardía”. Y por otro lado: “El vengador de los nuestros. Un nombre para recordar (aquí mi nombre). Era el barbero del pueblo. Nadie sabía que él defendía nuestra causa…”. ¿Y qué? ¿Asesino o héroe? Del filo de esta navaja depende mi destino. Puedo inclinar un poco más la mano, apoyar un poco más la hoja, y hundirla. La piel cederá como la seda, como el caucho, como la badana. No hay nada más tierno que la piel del hombre y la sangre siempre está ahí, lista a brotar. Una navaja como ésta no traiciona. Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino, no señor. Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo… No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto.
La barba había quedado limpia, pulida y templada. El hombre se incorporó para mirarse en el espejo. Se pasó las manos por la piel y la sintió fresca y nuevecita.
“Gracias”, dijo. Se dirigió al ropero en busca del cinturón, de la pistola y del kepis. Yo debía estar muy pálido y sentía la camisa empapada. Torres concluyó de ajustar la hebilla, rectificó la posición de la pistola en la funda y, luego de alisarse maquinalmente los cabellos, se puso el kepis. Del bolsillo del pantalón extrajo unas monedas para pagarme el importe del servicio. Y empezó a caminar hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo y volviéndose me dijo:
-Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo. Y siguió calle abajo.
 Hernando Téllez, (nace en Bogotá, Colombia, el 22 de marzo de 1908, y muere en 1966), ensayista, narrador, periodista, político, diplomático y crítico literario colombiano. Trabajó para algunos de los más prominentes periódicos y revistas de Colombia y otros países: la Revista Universidad de Germán Arciniegas, en El Nacional de Caracas, en la revista Mito de Bogotá y la redacción de El Tiempo donde precisamente Téllez se inició como periodista y logró ser columnista con "Espejos de los días. De la misma manera y un tiempo más tarde, escribió otras columnas para la revista El Liberal en su sección Hoy y también sus anotaciones bajo el título de Márgenes en la revista La Semana. Téllez ejerció como cónsul en Marsella llegando a ser senador en su país. Es más conocido como escritor gracias a su colección de historias cortas que fueron publicadas en 1950, bajo el nombre de Cenizas para el viento y otras historias, cuando ya tenía más de cuarenta años de edad. Obras. Inquietud del Mundo (1943). Diario (1946). Bagatelas (1944). Luces en el Bosque (1946). Cenizas para el Viento (1950). Textos no recogidos en libro (1979). Nadar contra la corriente (1996).Espuma y nada más(1997). La madre para Andolfo. Sangre En Los Jazmines.
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: El cuento del día. Foto:banrepcultural.org