El cuento del domingo





Osvaldo Soriano

El penal más largo del mundo

El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del Valle de Río Negro, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del Valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras. Los jugadores siempre eran los mismos o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En la copa participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 habían terminado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole uno a cero a Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamó la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del Valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padín, Constante Gauna y el Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero nadie imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.

Los terrenos se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como; roperos pero marcaban hombre a hombre y gritaban-como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos finitos, un lunar en la frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos por qué ganaban si eran tan malos. Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la Gorda Zulema se quejaba de que se comieran las pocas cosas que guardaba en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los chicos y en el cine las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1. En medio de la euforia perdieron como todo el mundo en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad se había restablecido.

Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con sólo un punto menos que el campeón.

El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas vecinas también y todo el pueblo esperaba que Deportivo Belgrano, de local, repitiera por lo menos los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron la tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.

El arbitro que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía rifas en el club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había sancionado la pena máxima por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran cabriolas y volteretas para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba el penal porque no había infracción.

Pero a los 42 minutos todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y puso 2 a 1 al visitante. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y no bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso, y señaló el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una marca blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Coló Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó el estado de emergencia, o algo así, y mandó enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal, y ese match aparte entre Constante Gauna el shoteador, y el Gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio, a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si nadie me informa de lo contrario, el más largo de toda la historia.
El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos di pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga cola para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar en la frente trataba de explicarles que ésa no era la mejor manera de probar al arquero. Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con zapatillas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí militar y casi arranca la red.

Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un palillo en la boca y dijo:

—Constante los tira a la derecha.

—Siempre —dijo el presidente del club.

—Pero él sabe que yo sé.

—Entonces estamos jodidos.

—Sí, pero yo sé que él sabe —dijo el Gato.

—Entonces tírate a la izquierda y listo —dijo uno de que estaban en la mesa.

—No. El sabe que yo sé que él sabe —dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.

—El Gato está cada vez más raro —dijo el presidente del club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.

El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco, el jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren, estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
—¿Lo vas a atajar? —le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.

—No sé. ¿Qué me cambia eso? —preguntó.

—Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.

—Yo me voy a consagrar cuando la rubia Ferreira me quiera querer —dijo y silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia Ferreira estaba atendiendo la tercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta.

—Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el jueves vos decís que es tu novio.

—Pobre tipo —dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían llegado desde Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia Ferreira se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche tal vez, si atajaba el penal, en el baile.

—¿Y yo cómo sé? —dijo él.

—¿Cómo sabes qué?

—Si me tengo que tirar para ese lado.

La rubia Ferreira le tomó una mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.

—En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién —dijo ella.

—¿Y si no lo atajo? —preguntó el Gato.

—Entonces quiere decir que no me querés —respondió dio la rubia, y volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había televisión ni emisoras de radio ni forma de enterarse de lo que ocurría en un terreno cerrado, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda y que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegara a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
A las tres de la tarde los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el medio de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Coló Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja y Herminio señalaba la boca del túnel con una mano firme de la que colgaba el silbato. Al fin, la policía sacó a empujones al Coló que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el reo con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros lo veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas empezamos a apostar hacia dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el mundo estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía una copa ni un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado tantas veces ese penal —contó después—, que volvería a hacerlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca que cuando la pelota salió hacia el arco sintió que los ojos se le reviraban y cayó de espaldas echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacia el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El Gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía, en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la tiro afuera, contra el alambrado, pero Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con un ataque de epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se arrojó sobre el Gato Díaz para festejar, el juez de línea corrió hacia Herminio Silva con la bandera levantada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: "¡No vale, no vale!".
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron damajuanas de vino y empezaron a celebrar, aunque el "no vale" llegara balbuceado por los mensajeros con una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue "qué pasó" y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que tirar de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento señala que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue a ponerse otra vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe porque le ofreció el tiro a Padín y sólo después fue hacia la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo de los de Deportivo Belgrano y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió a la izquierda y el Gato Díaz fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Constante Gauna miró al cielo y se echó a llorar. Nosotros saltamos el paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si se hubiera sacado la sortija en la calesita.
Dos años más tarde, cuando el Gato era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia Ferreira sino de la hermana del Coló Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque ya estaba muy duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco estaba levantándose como un perro apaleado

—Bien, pibe —me dijo—. Algún día vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero nadie te lo va a creer.

Osvaldo Soriano (6 de enero de 194329 de enero de 1997). Escritor y periodista argentino nacido en Mar del Plata (provincia de Buenos Aires). Solía decir que no le interesaba la literatura, sólo que siempre fue escritor. Gozó del reconocimiento del público y de los críticos extranjeros (fue el último gran bestseller argentino). Fue un reconocido hincha de San Lorenzo de Almagro.
Hijo de Doña Eugenia y Valentin Alberto Soriano, un catalán inspector de Obras Sanitarias (la empresa encargada del servicio de agua potable en Argentina), pasó junto a su familia una infancia errante, deambulando por pueblos de provincia tras los destinos laborales de su padre. Posteriormente recaló en Tandil. Esa eterna huida, ese nomadismo de su niñez, fue decisivo para esa especie de “novela de carretera” repleta de perdedores extraviados que recorre casi toda su obra.
Cumplidos los 26 años, se trasladó a Buenos Aires en 1969 para integrarse a la redacción de la revista Primera Plana, a partir de lo cual comenzaría su constante relación con el periodismo, colaborando además en las publicaciones Panorama, Confirmado y en los diarios El Eco de Tandil, Noticias, El Cronista y La Opinión. También fue corresponsal de Il Manifiesto italiano y co-fundador de Página/12, trabajando como asesor de directorio y columnista de contratapas.
Publicó su primera novela titulada Triste, solitario y final en 1973, la cual fue traducida a doce idiomas. En 1976, debido al golpe de Estado, Soriano se trasladó a Bélgica y luego vivió en París hasta 1984, año en que regresó a Buenos Aires. Durante su exilio europeo publicó No habrá más penas ni olvido(1978), llevada al cine por Héctor Olivera, que ganó el Oso de Plata en el festival de cine de Berlín. También publicó Cuarteles de invierno (1980), sobre la cual se publicaron seis ediciones en 1983, ya que era considerada la mejor novela extranjera de 1981 en Italia. Esta obra fue llevada dos veces al cine. De vuelta al país continuó su actividad literaria, al mismo tiempo que su profesión de periodista. En 1987 fundó el diario Página/12, para el cual escribió contratapas hasta 1997.
Las novelas Triste, solitario y final, No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno y A sus plantas rendido un león han sido publicadas en veinte países y traducidas a los idiomas inglés, francés, italiano, alemán, portugués, sueco, noruego, holandés, griego, polaco, húngaro, checo, hebreo, danés yruso.
A lo largo de su carrera, vendió más de un millón de ejemplares y obtuvo los premios “Carrasco Tapia” (de la revista Análisis de Chile) y “Raymond Chandler Award”, mientras que en Argentina lo distinguieron las fundaciones Konex (Premio Konex 1994) y Quinquela Martín.
Fue un fumador empedernido y militante de los partidos de izquierda de la época. Algunas curiosidades lo pintan de cuerpo entero: escribía de noche hasta las ocho de la mañana, para posteriormente dormir hasta las cuatro de la tarde. Le fascinaba Internet y el mundo de la informática y sentía devoción por los gatos.
Murió el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires, víctima de un cáncer de pulmón. Fue sepultado en el Cementerio de la Chacarita. Legó un mundo de extraños perdedores pueblerinos y de inolvidables historias tristes, los guiones cotidianos de la gente común que algunos menosprecian. Obras. Novelas.Triste, solitario y final (1973). No habrá más penas ni olvido (1978).Cuarteles de invierno (1980). A sus plantas rendido un león (1986).Una sombra ya pronto serás (1990).El ojo de la Patria (1992).La hora sin sombra (1995). Cuentos. Artistas, locos y criminales (1984). Rebeldes, soñadores y fugitivos (1988). Cuentos de los años felices (1993). Piratas, fantasmas y dinosaurios (1996). Arqueros, ilusionistas y goleadores (1998). Cómicos, tiranos y leyendas (2012). Filmografía. Una mujer (1975). No habrá más penas ni olvido (1983). Cuarteles de invierno (1984). Das autogramm (1984), de la novela Cuarteles de invierno. Una sombra ya pronto serás (1994). Soriano, documental biográfico dirigido por Eduardo Montes-Bradley. Argentina, 2001.. El penal más largo del mundo (2005).
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: taringa. Foto: Internet

El cuento del domingo



Haruki Murakami 

Conitos

Estaba hojeando distraídamente el periódico de la mañana cuando, en una esquina, descubrí el siguiente anuncio: “Famosos Pasteles Conitos. Concurso para la creación de los Nuevos Conitos. Gran sesión informativa”. No tenía ni idea de qué diablos eran aquellos Conitos. Pero lo de “famosos pasteles” hacía suponer que se trataba de algún tipo de dulce. Yo soy un poco quisquilloso en lo que a los dulces se refiere. Y, como no tenía nada que hacer, decidí asomar las narices por la “gran sesión informativa”.


            La “gran sesión informativa” se celebra en el salón de un hotel e incluso ofrecían té y pasteles. Los pasteles eran, ¡cómo no!, Conitos.


            Probé uno, pero su sabor no me entusiasmó precisamente. Lo encontré empalagoso y la corteza me pareció demasiado reseca. No podía creer que a los jóvenes de mi generación les gustara un dulce semejante.


            Sin embargo, a la sesión informativa únicamente se presentaron chicos de mi edad, o incluso más jóvenes. A mí me asignaron el número 952 y, después, llegaron todavía unas cien personas más; es decir, que debieron de asistir a la reunión más de mil personas. Lo que no es poco.


            A mi lado estaba sentada una chica de unos veinte años, llevaba unas gafas de muchas dioptrías. No era guapa, pero parecía tener buen carácter.


            -Oye, ¿tú habías comido alguna vez Conitos? –le pregunté.


            -Pues, claro –respondió ella-. Son muy famosos.


            -Sí, pero no valen mucho la pe… -La chica me dio una patada en la espinilla y no me dejó acabar la frase. Los individuos a mi alrededor me lanzaron una mirada despectiva. ¡Qué mal ambiente! Pero yo puse cara de inocente tipo Pooh, el osito barrigón, y dejé pasar la tormenta.


            -¿Tú eres tonto o qué? –me susurró la chica al oído poco después-. ¿Cómo se te ocurre venir aquí a criticar los Conitos? Mira que si te agarran los Cuervos Conitos, no sales de ésta con vida.


            -¿Los Cuervos Conitos? –grité sorprendido-. ¿Y qué son…?


            -¡Chist! –dijo la chica. La sesión informativa ya había empezado.


            La abrió el presidente de “Confiterías Conitos” para hablar de la historia de los Conitos. Según uno de aquellos relatos de verdad incierta debías remontarte a la Era Heian* para encontrar a no sé quién que hizo no sé qué a resultas de lo cuál nació  el primer Conito. El hombre llegó a decir que en el Kokinshu** figuraba un poema sobre los Conitos. Al oír semejante barbaridad estuve a punto de echarme a reír, pero, a mi alrededor, todo el mundo escuchaba con una cara tan seria que me contuve. También influyó el miedo que me inspiraban los Cuervos Conitos.


            La explicación del presidente de la compañía se alargó durante una hora. Aburridísima. Lo único que quería decir era, en definitiva, que los Conitos eran pasteles con historia. Pues podía haber acabado con una sola línea.


            Luego, salió el director general y nos informó sobre el concurso para la creación del nuevo producto. Ni siquiera los Conitos, unos pasteles famosos en todo el país que se enorgullecían de su larga historia, podían prescindir de la incorporación de savia nueva que hiciera posible un desarrollo dialéctico apto para responder a las exigencias de las distintas generaciones. Eso sonaba muy bien, pero lo que quería decir, en definitiva, era que el gusto de los Conitos estaba pasado de moda y que habían bajado las ventas, por lo cual querían ideas nuevas de la gente joven. Podía haberlo dicho así, tal cual.


            Al terminar nos dieron las bases del concurso. Elaborar un pastelito tomando como base los Conitos y presentarlo al cabo de un mes.


            El importe del premio ascendía a dos millones de yenes. Con esos dos millones podía casarme con mi novia y mudarme a un departamento nuevo.


            Y decidí hacer el Nuevo Conito.


            Tal como he dicho antes, soy un poco quisquilloso en lo que respecta a los dulces. Pasteles de anko***, crema u hojaldre puedo prepararlos de todos los tipos  imaginables. Para mi era pan comido hacer en un mes el Nuevo Conito de la Edad Contemporánea. El día en que expiraba el plazo hice dos docenas de Conitos y los llevé a Confiterías Conitos.


            -¡Mmmm! ¡Qué buena pinta tienen! Parecen buenísimos –me dijo la chica de recepción.


            -Son buenísimos –aseguré yo.


            Un mes después recibí una llamada de Confiterías Conitos diciendo que me apersonara en la empresa al día siguiente. Me puse una corbata y salí para allá. Hablé con el director general de la sala de visitas.


            -El pastel Nuevo Conito que usted ha presentado ha tenido una excelente acogida en la compañía –dijo el director-. Ha recibido muy buenas críticas, especialmente, ¡ejem!, entre el sector joven de la empresa.


            -Muchas gracias –le dije.


            -Por otra parte, ¡ejem!, entre lo miembros de más edad hay quien dice que su pastel no es un Conito. En definitiva, ¡ejem!, que cabe hablar de confrontación de ideas.


            -¡Ah! –dije. No tenía ni idea de adónde quería ir a parar.


            -En consecuencia, la junta directiva ha acordado pedirles la opinión a los señores Cuervos Conitos.


            -¡Los Cuervos Conitos! –exclamé-. ¿Y que son los Cuervos Conitos?


            El director general me miró con expresión atónita.


            -¿Usted se ha presentado al concurso sin saber quiénes son los señores Cuervos Conitos?


            -Lo siento mucho. Nunca me entero de qué va el mundo.


            -¡Menudo problema! –exclamó el director y sacudió la cabeza-. Con que ni siquiera conoce a los señores Cuervos Conitos… Bueno, ¡en fin!, sígame.


            Salí de la habitación en pos de él, caminé por el pasillo, subí al sexto piso en ascensor y, luego, avancé por otro pasillo. Al fondo había un gran portalón de hierro. Cuando el director llamó al timbre, apareció un fornido guarda y, después de pedirle al director que se identificara, dio la vuelta a la llave y nos abrió la gran puerta. Unas medidas de seguridad extremas.


            -Aquí dentro se encuentran los señores Cuervos Conitos –me explicó el director-. Los señores Cuervos Conitos son una familia de cuervos especiales que vienen alimentándose exclusivamente de Conitos desde tiempos inmemoriales.


            Sobraba cualquier otra explicación. Dentro de la estancia, había más de cien cuervos. Se trataba de una habitación vacía, parecida a un almacén, de más de cinco metros de altura, con un montón de palos horizontales que iban de pared a pared y en los que estaban posados, unos al lado de otros, los Cuervos Conitos. Eran más grandes que los cuervos ordinarios y los mayores debían de medir un metro de largo.


            Incluso los más pequeños alcanzaban los sesenta centímetros. Al fijarme bien descubrí que no tenían ojos. En lugar de eso, sólo tenían pegado un bulto blanco de grasa. Además, sus cuerpos estaban tan embotados que parecían a punto de reventar.


            Al oírnos entrar, los Cuervos Conitos empezaron a graznar a coco mientras batían las alas. Al principio creí que eran simplemente graznidos, pero cuando se me habituó el oído, comprendí que gritaban: “¡Conitos! ¡Conitos!”. Sólo de mirar a aquellos pajarracos se te helaba la sangre en las venas.


            El director sacó algunos Conitos de una caja que llevaba y los fue arrojando al suelo. Cien cuervos se abalanzaron a la vez sobre los pasteles.


            Y en su búsqueda desesperada de Conitos se daban picotazos los unos a los otros en las patas, incluso en los ojos. ¡Uf! ¡Con razón se habían quedado ciegos!


            Acto seguido, el director fue esparciendo por el suelo unos pasteles, parecidos a los Conitos, que sacó de otra caja.


            -Mire. Éstos son los pasteles de uno de los participantes que ha sido eliminado del concurso.


            Los cuervos se arrojaron, como antes, sobre los pasteles, pero en cuanto se dieron cuenta de que no eran Conitos los vomitaron y empezaron a graznar con irritación. Gritaban:


            -¡Conitos!


            -¡Conitos!


            -¡Conitos!


            Sus graznidos retumbaban en el techo hasta clavarse en los oídos.


            -¡Mire! Sólo comen Conitos auténticos –dijo el director, convencido-.


            Las imitaciones ni las tocan.


            -¡Conitos!


            -¡Conitos!


            -¡Conitos!


            -Y, ahora, vamos a ofrecerles los pasteles que usted ha elaborado.


            Si se los comen, será usted eliminado.


            “¡A ver cómo va!”, pensé inquieto. No sé por qué, pero tenía un mal presentimiento. Era un error hacerles decidir a aquellos bichos el resultado del concurso. Pero el director, haciendo caso omiso de mis opiniones, esparció profusamente por el suelo los Nuevos Conitos que yo había presentado a concurso. Los cuervos volvieron a abalanzarse sobre los pasteles. Y, acto seguido, empezó el jaleo. Algunos cuervos se los comían satisfechos, otros los escupían gritando: “¡Conitos!”. A continuación, los cuervos que no habían podido coger ninguno clavaban excitadísimos el pico en la garganta de los que se los acababan de tragar.


            La sangre se esparcía por todas partes. Un cuervo cogió el pastel que otro había vomitado, pero otro cuervo gigantesco, al grito de “¡Conitos!”, lo atrapó y le abrió el vientre en canal. Y, de este modo, empezó una batalla sin cuartel. La sangre llamaba a la sangre, el odio llamaba  al odio. Se trataba sólo de unos insignificantes pasteles, pero éstos lo eran todo para los cuervos. Para ellos era cuestión de vida o muerte si los Conitos eran auténticos o no.


            -¡Mire lo que ha conseguido! –Le espeté al director-. Arrojárselos de ese modo, tan de repente, ha sido un estímulo demasiado poderoso.


            Luego salí solo de la estancia, bajé en ascensor y abandoné el edificio de Confiterías Conitos. Perder los dos millones de yenes era una verdadera lástima, pero no quería ni oír hablar de vivir el resto de mis días acompañado de unos pajarracos como aquéllos.


            Yo sólo hago la comida que yo quiero comer y me la como yo.


            Y los cuervos; ¡qué se mueran todos pegándose picotazos los unos a los otros!

Haruki Murakami (村上 春樹 Murakami Haruki?) (Kioto, 12 de enero de 1949) es un escritor y traductor japonés autor de novelas y relatos. Sus obras han generado críticas positivas y numerosos premios, incluyendo los premios Franz Kafka, Jerusalem y el Internacional Cataluña, entre otros.

La ficción de Murakami, a menudo criticada por la literatura tradicional japonesa, es surrealista y se enfoca en conceptos como la alienación y la soledad. Es considerado una figura importante en la literatura posmoderna. The Guardian ha situado a Murakami "entre los mayores novelistas de la actualidad". Fue considerado favorito al Premio Nobel de literatura en 2013, pero al final no obtuvo este reconocimiento.
Aunque nació en Kioto, vivió la mayor parte de su juventud en Kōbe. Su padre era hijo de un sacerdote budista y su madre, de un comerciante de Osaka. Ambos enseñaban literatura japonesa.

Desde la juventud, Murakami estuvo muy influido por la cultura occidental, en particular, por la música y literatura. Creció leyendo numerosas obras de autores estadounidenses, como Kurt Vonnegut y Richard Brautigan. Son esas influencias occidentales las que a menudo distinguen a Murakami de otros escritores japoneses.

Estudió literatura y teatro griegos en la Universidad de Waseda (Soudai), en donde conoció a su esposa, Yoko. Su primer trabajo fue en una tienda de discos (tal como uno de sus personajes principales, Toru Watanabe de Norwegian Wood). Antes de terminar sus estudios, Murakami abrió el bar de jazz Peter Cat (El Gato Pedro) en Kokubunji, Tokio, que regentó junto con su esposa desde 1974 hasta 1981.

En 1986, con el enorme éxito de su novela Norwegian Wood, abandonó Japón para vivir en Europa y Estados Unidos, pero regresó a Japón en 1995, tras el terremoto de Kobe y el ataque de gas sarín que la secta Aum Shinrikyo (La Verdad Suprema) perpetró en el metro de Tokio. Más tarde Murakami escribiría sobre ambos sucesos.

La ficción de Murakami, que a menudo es tachada en Japón de literatura pop, es humorística y surreal, y al mismo tiempo refleja la soledad y el ansia de amor en un modo que conmueve a lectores tanto orientales como occidentales. Dibuja un mundo de oscilaciones permanentes, entre lo real y lo onírico, entre el gozo y la oscuridad. Cabe destacar la influencia de los autores que ha traducido, como Raymond Carver, F. Scott Fitzgerald o John Irving, a los que considera sus maestros.

Muchas novelas suyas tienen, además, temas y títulos referidos a una canción particular como Dance, Dance, Dance (de The Dells), Norwegian Wood (los Beatles), y South of the Border, West of the Sun (La primera parte es el título de una canción de Nat King Cole). Esta afición -la música- recorre toda su obra.

Murakami es aficionado al deporte: participa en maratones y triatlón, aunque no empezó a correr hasta los 33 años. El 23 de junio de 1996 completó su primer ultramaratón, una carrera de 100 kilómetros alrededor del lago Saroma en Hokkaido, Japón. Aborda su relación con el deporte en De qué hablo cuando hablo de correr (2008).

A finales del 2005, Murakami publica la colección de cuentos Tōkyō Kitanshū, traducido libremente como Misterios tokiotas. Más tarde editó una antología de relatos llamada Historias de cumpleaños, que incluye textos de escritores angloparlantes, incluyendo uno suyo, preparado especialmente para este libro.

Tusquets (Barcelona) ha publicado en castellano la mayoría de sus obras. Anagrama ha traducido La caza del carnero salvaje. Obras.


Título japonésAñoTítulo en español (año de publicación) / Título en inglés (año)Traductor en español / en inglés
風の歌を聴け
Kaze no uta o kike
1979 Oye cantar al viento
Hear the Wind Sing (1987)
No publicada en español
Alfred Birnbaum
1973年のピンボール
1973-nen no pinbōru
1980 Pinball, 1973
Pinball, 1973 (1985)
No publicada en español
Alfred Birnbaum
羊をめぐる冒険
Hitsuji o meguru bōken
1982 La caza del carnero salvaje (1992, Anagrama)
A Wild Sheep Chase (1989)
Fernando Rodríguez-Izquierdo
Alfred Birnbaum
世界の終りとハードボイルド・ワンダーランド
Sekai no owari to hādoboirudo wandārando
1985 El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (2009, Tusquets)
Hard-Boiled Wonderland and the End of the World (1991)
Lourdes Porta
Alfred Birnbaum
ノルウェイの森
Noruwei no mori
1987 Tokio blues (Norwegian Wood) (2005, Tusquets)
Norwegian Wood (2000)
Lourdes Porta
Jay Rubin
ダンス・ダンス・ダンス
Dansu dansu dansu
1988 Baila, baila, baila (2012, Tusquets)
Dance Dance Dance (1994)
Gabriel Álvarez
Alfred Birnbaum
国境の南、太陽の西
Kokkyō no minami, taiyō no nishi
1992 Al sur de la frontera, al oeste del sol (2003, Tusquets)
South of the Border, West of the Sun (2000)
Lourdes Porta
Philip Gabriel
ねじまき鳥クロニクル
Nejimaki-dori kuronikuru
1995 Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (2001, Tusquets)
The Wind-Up Bird Chronicle (1997)
Lourdes Porta y Junichi Matsuura
Jay Rubin
スプートニクの恋人
Supūtoniku no koibito
1999 Sputnik, mi amor (2002, Tusquets)
Sputnik Sweetheart (2001)
Lourdes Porta y Junichi Matsuura
Philip Gabriel
海辺のカフカ
Umibe no Kafuka
2002 Kafka en la orilla (2006, Tusquets)
Kafka on the Shore (2005)
Lourdes Porta
Philip Gabriel
アフターダーク
Afutā Dāku
2004 After Dark (2008, Tusquets)
After Dark (2007)
Lourdes Porta
Jay Rubin
1Q84
Ichi-kyū-hachi-yon
2009 1Q84 (2011, Tusquets)
1Q84 (2011)
Gabriel Álvarez
Jay Rubin y Philip Gabriel
色彩を持たない多崎つくると、彼の巡礼の年
Shikisai wo motanai Tasaki Tsukuru to, Kare no Junrei no Toshi
2013 Los años de peregrinación del chico sin color (2013, Tusquets)
Colorless Tsukuru Tazaki and His Years of Pilgrimage (2014)

Gabriel Álvarez
Philip Gabriel
Colección de relatos.1993, El elefante desaparece, 17 cuentos (1980-1991), sin traducir. 2000, Después del terremoto, 6 cuentos (1999-2000), ed. Tusquets, 2013
Semblanza biografica:Wikipedia. Texto:teecuento.wordpress.com.Foto:internet

El cuento del domingo

George Sand
Las lavanderas nocturnas
He aquí, en mi opinión, la más siniestra de las visiones del miedo. Es también la más difundida pues creo que se encuentra en todos los países.

En torno a las charcas estancadas y a los manantiales límpidos; en los brezales como a orillas de las fuentes umbrías; en los caminos hundidos bajo los viejos sauces como en la llanura abrasada por el sol, durante la noche se oye la paleta precipitada y el chapoteo furioso de las lavanderas fantásticas. En determinadas provincias se cree que evocan la lluvia y atraen la tormenta al hacer volar hasta las nubes, con su ágil paleta, el agua de las fuentes y de los pantanos. Pero aquí hay una confusión. La evocación de las tormentas es monopolio de los brujos conocidos como «conductores de nubes». La auténticas lavanderas son las almas de las madres infanticidas. Golpean y retuercen incesantemente un objeto que se asemeja a ropa mojada pero que, visto desde cerca, no es sino el cadáver de un niño. Cada una tiene el suyo o los suyos, si ha sido varias veces criminal. Hay que evitar observarlas o molestarlas; porque, aunque tuviera usted seis pies de alto y músculos en proporción, lo agarrarían, lo golpearían en el agua y lo retorcerían ni más ni menos que como un par de medias.

Todos hemos oído con frecuencia la paleta de las lavanderas de noche resonar en el silencio de las charcas desiertas. Pero no hay que engañarse. Se trata de una especie de rana que produce ese ruido formidable. Es muy triste haber hecho ese pueril descubrimiento y no poder esperar ver la aparición de esas terribles brujas retorciendo sus harapos inmundos, en la bruma de las noches de noviembre, a la pálida luz de una pálida luna creciente reflejada por las aguas.

Sin embargo, yo tuve la emoción de escuchar un relato sincero y bastante aterrador acerca de este tema.

Un amigo mío, hombre de más talento que sentido común, debo reconocerlo, y sin embargo un espíritu ilustrado y culto, pero, debo reconocerlo también, proclive a dejar su razón de lado, muy valiente ante las cosas reales, pero fácil de impresionar y alimentado desde su infancia con las leyendas de la región, tuvo dos encuentros con las lavanderas que no contaba sino con repugnancia y con una expresión en el rostro que transmitía un escalofrío a su auditorio.

Una noche, hacia las once, en una «traîne» encantadora que corre serpenteando y saltando, por así decirlo, sobre el flanco ondulado del barranco de Urmont, vio a orillas de una fuente, a una vieja que lavaba y retorcía en silencio.

Aunque aquella bonita fuente tuviera mala fama, no vio en ello nada de sobrenatural y le dijo a la anciana:

-Está lavando muy tarde, buena mujer.

Ella no respondió. Pensó que era sorda y se acercó. La luna estaba brillante y la fuente resplandecía como un espejo. Entonces percibió claramente las facciones de la anciana: era completamente desconocida para él, lo que le sorprendió porque dada su condición de agricultor, cazador y paseante de la campiña, no había rostro desconocido para él a varias leguas a la redonda. Así fue como me contó personalmente sus impresiones frente a aquella lavandera singularmente retrasada:

-Sólo se me ocurrió pensar en la leyenda una vez que había perdido de vista a aquella mujer. No pensé en ella antes de encontrarla. No creía en ella y no sentí ningún recelo al abordarla. Pero tan pronto como estuve junto a ella, su silencio, su indiferencia ante la aproximación de un transeúnte, le dieron el aspecto de un ser absolutamente ajeno a nuestra especie. Si la vejez la privaba del oído y la vista, ¿cómo es que había venido a lavar tan lejos, sola, a esta hora tan insólita, a aquella fuente helada en la que trabajaba con tanta fuerza y actividad? Esto era al menos digno de observación; pero lo que me sorprendió aún más, fue lo que yo sentí personalmente. No tuve ninguna sensación de miedo, pero sí una repugnancia, un asco invencibles. Seguí mi camino sin que ella volviera la cabeza. No fue sino cuando llegué a mi casa cuando pensé en las brujas de los lavaderos, y entonces tuve mucho miedo, lo confieso abiertamente, y nada del mundo me habría decidido a volver sobre mis pasos.»

En otra ocasión, el mismo amigo pasaba cerca de los estanques de Thevet, hacia las dos de la mañana. Venía de Linières, donde aseguró no haber comido ni bebido, circunstancia que yo no podría garantizar. Iba solo, en cabriolé, seguido de su perro. Como su caballo iba cansado, se bajó en una cuesta y se encontró a orillas de la carretera, cerca de un canal donde tres mujeres lavaban, golpeaban y retorcían con gran vigor, sin decir nada. Su perro se acercó de repente a él sin ladrar. Él mismo pasó sin mirar demasiado. Pero apenas había dado unos cuantos pasos, oyó que alguien iba detrás de él, y que la luna dibujaba a sus pies una sombra muy alargada. Se volvió y vio que una de las tres mujeres lo seguía. Las otras dos venían a cierta distancia como para apoyar a la primera.

-En esta ocasión -dijo- sí pensé en las lavanderas malditas, pero tuve una emoción distinta a la de la primera vez. Aquellas mujeres eran de una estatura tan elevada y la que me seguía de cerca tenía hasta tal punto las proporciones, la cara y el andar de un hombre, que pensé que tenía que vérmelas con algunos tipos del pueblo probablemente mal intencionados. Llevaba un buen garrote en la mano, me volví y le dije:

-¿Qué quiere de mí?

No recibí respuesta y al ver que no me atacaba, no tuve pretexto para atacarla yo, por lo que me vi obligado a volver a mi cabriolé, que iba bastante lejos por delante de mí, con aquel desagradable ser en los talones. No decía nada y parecía disfrutar teniéndome bajo el efecto de una provocación. Yo seguía sujetando mi bastón, dispuesto a romperle la mandíbula al menor roce, y llegué así a mi cabriolé, con mi cobarde perro, que no decía ni pío y que saltó al vehículo al tiempo que yo.

Entonces me volví y, aunque había oído hasta ese momento pasos tras los míos y había visto una sombra caminar al lado de la mía, no vi a nadie. Sólo vi, a unos treinta pasos por detrás, en el lugar donde las había visto lavar, a las tres grandes diablesas saltando, danzando y retorciéndose como locas a orillas del canal. Su silencio, que contrastaba con aquellos saltos desenfrenados, las hacía aún más singulares y más penosas de ver.»

Si después de haber escuchado este relato, se intentaba hacerle al narrador alguna pregunta de detalle, o darle a entender que había sido víctima de una alucinación, él sacudía la cabeza y decía:

-Hablemos de otra cosa. Prefiero pensar que no estoy loco.

Esas palabras, pronunciadas con expresión triste, imponían silencio a todo el mundo.

No existe charca o fuente que no sea frecuentada bien por las lavanderas nocturnas, o bien por otros espíritus más o menos molestos. Algunos de estos huéspedes son sólo extraños. En mi infancia, yo temía mucho pasar por delante de cierta cuneta donde se veían los «pies blancos». Las historias fantásticas que no se explican respecto a la naturaleza de los seres que ponen en escena, y que quedan imprecisas e incompletas, son las que más impresionan la imaginación. Aquellos pies blancos que caminaban, según decían, a lo largo de la cuneta a determinadas horas de la noche, eran pies de mujer, flacos y descalzos, con un trozo de vestido blanco o de camisa larga que flotaba y se agitaba sin cesar. Caminaba rápido y en zigzag, y si se le decía: «Te estoy viendo… ¿Quieres escapar?» corría aún más y no se sabía por dónde había desaparecido. Cuando no se le decía nada caminaba delante de ti, pero cualquier esfuerzo que se hiciera para ver más arriba de los tobillos, resultaba inútil. No tenía piernas, ni cuerpo, ni cabeza, sólo pies. No sabría explicar qué tenían aquellos pies de terrorífico, pero por nada del mundo habría querido verlos.

En otros lugares hay hilanderas nocturnas; se escucha la rueca en la habitación en la que se está y en ocasiones se ven sus manos. En nuestra comarca, he oído hablar de una brayeusenocturna que hilaba el cáñamo delante de la puerta de ciertas casas y dejaba oír el ruido regular de la braye, de una manera que no era natural. Había que dejarla tranquila, y si se obstinaba en volver muchas noches seguidas, había que poner una vieja hoja de guadaña a través del instrumento que cogía para hacer ruido: por un momento trataba de romper la hoja, luego se cansaba, la arrojaba delante de la puerta y no regresaba más.

También está la peillerouse o harapienta nocturna, que se sentaba en la guenillière de la iglesia. Peille es una antigua palabra francesa que significa guenille, harapo; por eso el porche de la iglesia en el que se sientan durante los oficios los mendigos que llevan peilles oguenilles, se llama guenillière.

Aquella harapienta abordaba a los transeúntes y les pedía limosna. Había que cuidarse mucho de darle algo; de hacerlo, se ponía alta y fuerte aunque te hubiera parecido achacosa, y te molía a palos. Un tal Simon Richard, que vivía en la antigua casa cural y que sospechaba alguna broma por parte de las chicas de la aldea hacia él, quiso bromear con ella. Lo dejaron por muerto. Yo le vi el costado al día siguiente, que estaba muy magullado y arañado, efectivamente. Juraba que sólo había visto a una anciana, menuda, pero que tenía los puños de tres hombres y medio.

En vano quisieron hacerle creer que se las había visto con algún tipo más fuerte que él que, disfrazado, se había vengado de alguna mala jugada que él le habría hecho. Era fuerte y valiente, incluso pendenciero y vengativo. Sin embargo, una vez que se recuperó, abandonó la parroquia y no volvió más, diciendo que no le temía ni a hombre ni a mujer, pero sí a los seres que no son de este mundo y que no tienen el cuerpo «como los cristianos».
George Sand, seudónimo de Amandine Aurore Lucile Dupin, baronesa Dudevant (París, 1 de julio de 1804 - Nohant, 8 de junio de 1876). Escritora francesa.
Nació en París, hija de padre aristocrático y madre de la clase media, siendo educada durante gran parte de su infancia por su abuela en la localidad de Nohant, en el condado de Berry, en Francia, lugar que luego aparecería en algunas de sus novelas. En 1822, contrajo matrimonio con el barón Casimir Dudevant, y tuvieron dos hijos, Maurice, nacido en 1823 y Solange, nacida en 1828. En 1831, se separó de su esposo llevándose a sus dos hijos y se instaló en París. Cinco años después obtiene el divorcio.
Su primera novela, Rosa y Blanco ("Rose Et Blanche"), fue escrita en 1831 en colaboración con Jules Sandeau, de quien tomó presumiblemente su seudónimo de Sand.
Después de abandonar a su esposo, Aurore comenzó a preferir el uso de vestimentas masculinas, aunque continuaba vistiéndose con prendas femeninas en reuniones sociales. Este "disfraz" masculino le permitió circular más libremente en París, y obtuvo de esta forma, un acceso a lugares que de otra manera hubieran estado negados para una mujer de su condición social. Esta era una práctica excepcional para el siglo XIX, donde los códigos sociales, especialmente de las clases altas, eran de una gran importancia. Como consecuencia de esto, perdió parte de los privilegios que obtuvo al convertirse en una baronesa.
Estuvo relacionada románticamente con Alfred de Musset durante el verano de 1833; después de la tormentosa relación en Venecia, Musset posteriormente le dedicaría un libro: Confesión de un hijo del siglo. También entabló relación con el compositor Frédéric Chopin a quien encontró en París en 1831.
Dentro de su círculo de amigos se encontraban el compositor Franz Liszt, el pintor Eugène Delacroix, el escritor Heinrich Heine así como Victor Hugo, Honoré de Balzac, Julio Verne y Gustave Flaubert.
Retrato por Eugène Delacroix
Sand pasó el invierno de 1838-39 con sus hijos y Chopin en la Cartuja de Valldemosa en Mallorca. Este viaje fue luego descrito en su libro Un invierno en Mallorca (Un hiver à Majorque), publicado en 1855.
Entre sus novelas más exitosas se encuentran Indiana (1832), Lelia (1833), El compañero de Francia (1840), Consuelo (1842-43), Los maestros soñadores (1853).nota 1
En El pantano del Diablo (1846), cuenta experiencias de su infancia en el campo y escribe sobre temas rurales. Otras obras de este tipo son El molinero de Angibault (1845), François le Champi (1847-48) y La Petite Fadette (1849).
Entre sus obras de teatro y autobiográficas se encuentran Historia de mi vida (Histoire de ma vie, 1855), Elle et Lui (1859) donde cuenta su relación con Musset; Journal Intime (obra que se publicara póstumamente en 1926), y Correspondencia.
Además, George Sand escribió varios textos acerca de críticas literarias y políticos.
Aurore Dupin falleció en Nohant, cerca de Chateauroux, en Francia, el 8 de junio de 1876 a la edad de 71 años a causa de un cáncer gástrico y se la enterró en tierras de su hogar en Nohant. En el año 2004, se sugirió mover sus restos al Panteón en París.
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: El cuento del día. Foto:internet

El cuento del domingo




Las elecciones
María Luisa Bardelli G

La voz del orador resonaba en la plaza, en esta plaza pequeñita de un pueblo perdido de la sierra como tantos otros, y Jacinto Tumañana se preguntaba ¿Cuándo terminaba con todo este palabreo de igualdad y justicia para todos? ¡igualdad y justicia! palabras que él conocía tan bien, ¿acaso había igualdad entre un campesino de estas tierras olvidadas de Dios, y los señores que desde la capital manejan el país y que ganan en un mes más dinero que el que veía en toda su vida? Y justicia, cómo se puede hablar de justicia, cuando los terrucos se roban tus carneritos y las pocas papas que puedes cultivar en ésta tierra árida y seca, y nadie hace nada por remediarlo.

"La democracia es el poder del pueblo", gritaba el orador, como si la democracia te diera de comer o curara a tu hijo enfermo. Todavía los candidatos no se daban cuenta que la presencia o ausencia de democracia no significaba diferencia alguna en sus vidas.

Ésta gente sólo se acuerda de nosotros cuando hay elecciones, le comentó en voz baja a Telésforo Carhuaz, su compadre y amigo de toda la vida. Elección tras elección veían desfilar a los candidatos por esta plaza, que siempre, fuera el orador del partido que fuera, se encontraba siempre Ilena, porque los mítines formaban parte de las pocas diversiones que la gente de este pueblo se daba el lujo de tener. ¡Ya vienen las elecciones! comentaba alguien, y todo el mundo corría a buscar sus mejores ropas para estar en la plaza, para oír al que viene de Lima. ¿Ves Jacinto cómo se acuerdan de nosotros?. iSe acuerdan de nosotros!, no sean cojudos; para ellos no existimos sino en vísperas de elecciones, sólo les importa saber cuántos somos, para saber cuántos votos van a tener. Pero este año los vamos a joder, los escuchamos con la cabeza baja como siempre, ¡sí taitito!, tienes razón papacito, por ti vamos a votar. Así a todos vamos a decir lo mismo, a todos vamos a engañar y el día de las elecciones no votamos por nadie. Pero ni un voto van a sacar estos condenados; será nuestra muda protesta por el abandono en que vivimos, por los años y años de marginación que hemos pasado.

¿Crees acaso que lo van a apoyar? le decía Telésforo, ¿no ves que son como carneros que obedecen mansamente y votan por el que habla mejor, dice cosas bonitas y ofrece de todo aunque al final no cumpla?. Yo pienso que pierdes el tiempo, pero allá tú, a ver si los convences.

Y Jacinto fue, de chacra en chacra, de choza en choza, hasta la más alejada allá en la puna, hablando y hablando, tratando de convencerlos con sus argumentos: sí taitito, haremos como tú dices papacito, ¡tienes razón carajo!, le decían sus paisanos.

Jacinto se sentía cada vez más contento, engañar a los candidatos se había convertido en una obsesión para él; a solas se reía en la noche mientras comía su cancha y terminaba atorándose de tanto reír, pensando en la cara que pondrían todos al ver que ningún voto habían conseguido, iya van a ver! pensaba, ¡ya ven a ver! , y la esperanza entibiaba sus frías noches.

El día de las elecciones llegó; temprano la campana de la iglesia despertó a todo el mundo. Ha venido la policía de Huancayo para cuidar las elecciones compadre - le comentó Telésforo - , pero los muy jijunas quieren que les demos comida y un lugar para dormir; apenas tenemos para comer nosotros y darles a nuestros hijos y quieren que les demos a ellos también; seguro que después querrán que les prestemos a nuestras mujeres. Recién comienzan las elecciones y nosotros como de costumbre, ya estamos perdiendo.

Que pase el siguiente - gritaba el maestro que hacía las veces de presidente de mesa-, diga su nombre completo, su documento de identidad, ¿sabes leer y escribir ?, no papacito contestaban en voz baja avergonzados, como si no saber leer y escribir fuera un delito. No importa cholo - decía el maestro-, aquí hay unos dibujitos, marca el que más te guste; y se reía fuerte, haciendo sentirse más avergonzado al campesino. iCholo!, como si él no fuera también cholo, pensaba Jacinto; ¿acaso creía que por saber leer y escribir la piel se le blanqueaba?, como si sus rasgos marcados como un huaco no delataran su procedencia ; vergüenza debería tener él por la forma en que nos trata, olvidando que viene de gente como nosotros, olvidando que podemos ser sus padres.

Así fue pasando el día; la gente votaba y se quedaba en la plaza para conversar; tenían tan pocos motivos de distracción en su vida, tan pocos momentos de descanso y de estar reunidos con los amigos, que no podían desaprovechar la oportunidad que las elecciones les brindaban.

A las cuatro de la tarde terminó la votación; habían desfilado por la escuelita convertida en centro electoral ciento sesentaiseis personas, incluido el cura de la parroquia que era hijo del lugar.

Jacinto y su compadre se pusieron a dar vueltas y vueltas por la plaza esperando el resultado ¡cuánto se demoran compadre! decía Jacinto, ya llevan más de dos horas y no sale nadies-. No seas apurado , le contestó Telésforo, deben estar contando despacio para no equivocarse, además el único que sabe escribir es el maestro, y el solo tiene que hacer todo el trabajo.

Al poco rato salió el maestro y pegó un cartel en la pared con los resultados; ya está compadre, vamos a ver, -le dijo a Telésforo-, pero notó a su compadre nervioso retorciendo su chullo; - me tengo que ir dijo Telésforo-; pero compadre ¿no te interesan los resultados? gritó Jacinto; tengo que hacer repitió Telésforo, y se fue corriendo. Creo que mi compadre está medio loco, pensó Jacinto, y se acercó lentamente a la escuelita.

A ver cholos - se oyó la fuerte voz del maestro - , para los que no saben leer les voy a decir los resultados: Partido blanco 60 votos, Partido rojo 22 votos, Partido rosado 83 votos, votos en blanco 1, ¡ha ganado el partido rosado! gritó el maestro. Jacinto se quedó extrañado, no podía creer lo que estaba oyendo, el único que había votado en blanco era él, ni siquiera su compadre lo había apoyado, por eso el muy desgraciado se fue corriendo a su casa, pensó. La bilis se le subió a la garganta, tenía ganas de vomitar de la pura rabia, de gritarle a todo el mundo que eran unos cobardes miserables, en especial a su compadre que lo había engañado; pero pasado el momento de furia e indignación le entró la conformidad y se dijo: "somos un pueblo de tontos, seguimos siendo los carneros que manejan a su antojo, por eso estamos como estamos, nos merecemos lo que tenemos" , y se marchó tranquilamente a su casa, pensando en las próximas elecciones.

El cuento del domingo

Bohumil Hrabal
La dama de las camelias
En un bloque de pisos bastante alto de la periferia se entra directamente a los pisos desde unas galerías interiores, detrás de cada puerta hay un pequeño recibidor que parece una caja de madera, da la impresión de que los inquilinos entran y salen de unos armarios, hasta tal punto se parecen los pasillos a los armarios. Y la escalera de caracol sube hacia las galerías y de vez en cuando la blanquean con cal, para ahorrar la luz en el crepúsculo. En la hornacina de la escalera hay una imagen de Cristo que en vez de una corona de espinas lleva una corona de rosas de plástico que una vez, en una feria, un inquilino ganó en el tenderete de tiro al blanco, y bajo este Cristo estaba arrodillada la portera, con un cubo al lado, y fregaba el suelo con unos movimientos enérgicos.
-Buenas noches, mamá - saludó la decoradora Rosetka.
-Buenas - dijo la madre recogiendo la suciedad con la bayeta.
-Mamá, ¡cuántas veces le tengo dicho que se ponga una estera debajo de las rodillas. O un saco doblado!
-¡Ay, sí! - dijo la madre dejando su mano dentro del cubo.
-Lo ve, lo ve, después tiene reuma y se pasa las noches quejándose - dijo Rosetka y con la punta del zapatito, con asco, retiró el cubo mojado y se puso un escalón por encima de su madre. Por un hilo dorado aguantaba con los dedos una caja blanca que se movía como un péndulo.
-¡Ay, Dios mío! - se lamentaba la madre y mojó el cepillo en el agua sucia -. ¿Traes dinero?
-El mes próximo - dijo la hija.
-Es decir que deberé alimentarte hasta que te mueras - se quejó la madre y movía el cepillo como si ventilase su desgracia.
-Mamá, basta. Si no le gusta, pues recogeré mis trastitos y me iré. ¿Es que sólo sirvo para oír sus quejas? - dijo Rosetka.
-¿Y qué hay en esa caja? - preguntó la madre.
-Si usted lo sabe perfectamente - dijo Rosetka y levantó el dedo y el paquete atado con un hilo dorado se balanceaba y la chica bajó la cabeza y añadió -: ¡Ojalá alguna vez me tocase ir a trabajar fuera!
Y subió a la galería.
En el pasamanos había dos viejecitas apoyadas.
-Yo - dijo una de ellas -, si estuviese en el lugar de la señora Simpson, pues yo diría al príncipe de Gales, como amante sí, pero como esposa, nunca. Porque con ello el imperio británico se iría al garete...
-Buenas noches - dijo Rosetka.
-Buenas, buenas - dijo dulcemente la otra viejecita y añadió -: Parece que va a llover, las cloacas apestan.
Rosetka entró en el recibidor y enseguida estuvo en la cocina. Dejó la caja blanca sobre la cama llena de edredones y después entró en la habitación oscura. A través de las ventanas se podía ver, al otro lado de la calle, el interior de la taberna iluminada.
-¿Estás aquí? - preguntó.
-Sí que estoy, Rosetka, ¿mi gatito no estaba en la galería?
-No lo he visto, pero, buenas noches, papá - dijo y después apoyó los codos en el respaldo de la butaca donde estaba sentado su padre que miraba el interior de la taberna, alrededor de cuyo billar verde andaban los jugadores con los tacos, y los marcos de las ventanas les cortaban las cabezas y las piernas.
-¿Por qué Lad'a no hace una jugada por la espalda? - se extrañó el padre.
Rosetka se desabrochó el sujetador.
-¿Qué decía yo? - dijo el padre contento -. ¡Y además ahora Kamil hará una carambola!
-¿Sí? - dijo Rosetka bajándose las braguitas, se le engancharon con el empeine y ella dio saltitos hasta caerse de lado sobre el sofá.
Pero el padre empezó a toser y a ahogarse.
Rosetka acercó el cubo a su padre, después abrió un armario, sacó de él un vestido blanco, se lo puso acariciando el frío satén y mirando lo bien que le sentaba.
-¡Ojalá vomitase de una vez por todas esta maldita vida! - dijo el padre.
Después se acurrucó en forma de ovillo y escuchaba los golpes suaves de las bolas de billar.
-¡Si al menos mi gatito estuviese aquí! - se quejó.
-Ya volverá. Seguro que ha encontrado una gata o algo por el estilo - dijo la hija y se abrochó el sujetador.
Después entró en la cocina.
La madre estaba delante del espejo y entre sus dedos llevaba una rama con una camelia preciosa. Sobre los edredones de la cama estaban el hilo dorado y la caja blanca abierta.
-¡Mamá, sáquese enseguida ese saco! - dijo Rosetka y añadió en voz baja -: Ha vuelto a encontrarse mal.
La madre dejó con cuidado la camelia sobre la cama, después se desató el saco que llevaba en vez de delantal cuando fregaba la escalera, y señaló la ramita diciendo:
-¡Yo siempre llevaba una camelia como ésa en el baile de Parques y Jardines! - Y susurró -: Quería la ternera rellena, y parece que ya no digiere...
-Mamá, ¡ayúdeme! - dijo Rosetka. Y añadió en voz baja -: Siempre pregunta por su gatito.
La madre sacó del armario los zapatos plateados con los tacones de cristal, miró a su hija inclinada sobre una palangana y dijo:
-¡Con unos zapatos así yo me torcería el tobillo! - y añadió en voz baja -: Se tropezaba con el animal, y el médico dijo que teníamos que deshacernos del gato.
Rosetka se limpiaba los oídos con la punta de la toalla y la madre llevó desde la habitación el vestido de satén, lo levantó delante del espejo y miraba lo bien que le sentaba.
-¡Mamá, lávese las manos, me lo ensuciará! - dijo Rosetka y en voz baja -: ¿Dónde lo llevó?
-Rosetka, todo el mundo va a envidiarte - dijo la madre y añadió en voz baja -: Llevé aquel monstruo al barranco del diablo.
-¡Mamá, páseme ahora el vestido por la cabeza! - dijo Rosetka
Y después:
-Mañana lo iré a buscar, pues sí que la ha hecho buena...
-¡Ay!, qué vestido más elegante - dijo la madre y en voz baja -: Ayer papá lloró por primera vez en su vida. Ya no vino ninguno de sus amigos, nadie le mandó un mensaje, un saludo...
Rosetka se pintaba los labios haciéndoselos más provocadores, después fijó la camelia en el vestido.
La madre se secó una lágrima y suspiró.
Después abrió la puerta de la habitación, encendió la luz y con ambas manos señalaba a la hija que entraba.
-¡Fíjate, papá! ¡La dama de las camelias!
De detrás de la butaca dio un vistazo una cara chupada.
-Estás muy guapa, hijita, muy guapa - dijo el padre que levantó hacia su cara un espejo de bolsillo redondo, se miró en él, y después señaló con el dedo la fotografía entre las ventanas, una fotografía de un hombre fuerte, al lado del billar, con la camisa desabrochada, poniendo yeso al taco. Señaló la fotografía y dijo:
-¡Qué principio y qué final! - Y miraba el espejito y se pasó el dedo por las arrugas de alrededor de la boca.
-Papá - dijo Rosetka dando una vuelta como las modelos para que pudiera verla de todas partes.
-Estás muy guapa, hijita - decía el padre en voz baja -. Que te diviertas tanto como a mí me gustaba divertirme, y te aconsejo que siempre quieras ser alguien mejor, tal como yo hacía... Yo que hoy ya sé por qué los amigos del billar ya no vienen ni vendrán. Yo mismo tampoco vendría a verme - dijo el padre sonriente y volvía a mirar el espejo redondo. Y añadió -: ¡Ojalá estuviese aquí mi gatito, mí gato, que siempre me ve como si fuese joven y guapo y agradable y etc.! ¿Sabes?
Debajo de las ventanas sonó un claxon.
-El taxi ya está aquí - gritó Rosetka -. ¡Papá, buenas noches! - Y le mandó un beso.
-Vete, hijita y diviértete tanto como yo solía divertirme en mis tiempos - susurró el padre apoyándose en el marco de la ventana y vio cómo los jugadores de billar corrían hacia las ventanas de la taberna y miraban quién se iba y quién llegaba.
En la cocina la madre echó el abrigo de falso visón sobre los hombros de Rosetka.
-Mamá, déme un billete de cincuenta, deprisa - dijo Rosetka.
La madre abrió un aparador desconchado y suspiró:
-¡Ay, Dios mío!
Después el vestido de satén salió a la galería.
La madre apoyaba un brazo en el pasamanos, y el otro en la cadera dolorida. Y miraba cómo bajaba por la escalera de caracol hacia el patio el abrigo blanco de falso visón y los tacones de vidrio eran como arpegios de un mundo mejor.
Rosetka salió hacia el patio, se paró sobre la cloaca, saludó a su madre con la mano y le sonrió cariñosamente. La madre asintió con la cabeza y cerró los ojos.
Una de las viejecillas dijo con malicia:
-Va a llover, las cloacas apestan.
Bohumil Hrabal (Brno, (Moravia) 28 de marzo de 1914 - Praga, 3 de febrero de 1997). Novelista checo, entre cuyas obras destacan Trenes rigurosamente vigilados (1964), Yo, que he servido al rey de Inglaterra (1971) y Una soledad demasiado ruidosa (1977, en edición samizdat).
Hrabal fue un escritor de obra tardía. Estudió Derecho en la Universidad Carolina de Praga y no fue hasta 1963 (a punto de cumplir su medio siglo de vida) cuando publicará su primer libro Skřivánci na niti (Alondras en el alambre), que sería dos años más tarde llevada al cine por el director Jiří Menzel, quien populizaría muchas de sus novelas (Tijeretazos, Fiestas de campanillas blancas, Alondras en el alambre, y Trenes rigurosamente vigilados, filme rodado en los afamados Estudios Barandov, protagonizado por Vaclav Neckar, y estrenado en 1966 que obtendría el oscar a la mejor película de habla no inglesa).
En 1964 publica dos de sus más importantes obras. Trenes rigurosamente vigilados es un relato acerca de un guardagujas y su aprendiz cuyo telón de fondo es la angustia por la ocupación nazi de Checoslovaquia, pero que también presta atención a los pequeños detalles y a la iniciación sexual del joven protagonista. Del mismo año es Clases de baile para adultos y alumnos aventajados, de construcción experimental, pues la constituye una infinita frase inacabada.

Sus novelas fueron traducidas a veinticuatro lenguas, obteniendo renombre internacional. Durante los años setenta, en la denominada «época de normalización» en la Checoslovaquia comunista, el autor fue represaliado por su adhesión a la «Anticarta» en la Primavera de Praga, siendo expulsado de la Asociación de Escritores Checos y retirándose su obra de librerías y bibliotecas, para más tarde permitir a Hrabal publicar sus textos de forma ocasional en tiradas reducidas, en lo que se conoció como ediciones samizdat, cuando sus novelas anteriores siempre habían agotado sus tiradas poco después de ponerse a la venta. Escrita en 1977 por el sistema samizdat, aunque no publicada en una tirada normal hasta 1980 en Colonia (Alemania), Příliš hlučná samota (Una soledad demasiado ruidosa) está considerada como una de sus obras maestras.
Pese a su fama, el escritor checo se mantuvo alejado de la vida social, y gustaba de entretener su ocio en su habitual cervecería praguense. Bohumil Hrabal murió a los 83 años de edad tras caerse de un quinto piso, y todavía se mantiene el debate de si fue accidental o se trató de un suicidio. En el año 2006 el director Jirí Menzel estrenó Yo que he servido al rey de Inglaterra, nuevamente basada en una de las novelas más relevantes de Hrabal.
En la obra de Bohumil Hrabal destaca la perspicacia en la observación costumbrista y un talento narrativo novedoso y lírico. Sus personajes actúan de modo atrevido, están caracterizados por el interés por los detalles cotidianos y mínimos y poseen una gran dosis de imaginación creativa, como dijo el propio autor:
Allí donde fallo yo como hombre, fallan también mis personajes literarios. Por otro lado, ellos sienten orgullo por las mismas cosas que yo, es decir, por los pormenores cotidianos de la vida
Bohumil Hrabal cursó en Praga estudios de derecho, que hubo de interrumpir a causa de la ocupación nazi. Trabajó como empleado ferroviario durante la guerra y en diversos oficios a su término: tramoyista, cartero, metalúrgico. A partir de 1962 se dedicó por entero a la literatura. Después de la invasión soviética de 1968 no pudo continuar publicando legalmente sus novelas, parte de las cuales aparecieron en samizdat (publicaciones al margen de la ley) o en el extranjero.
Ya a finales de la década de 1940 había comenzado a escribir poesía, así como relatos cortos, aunque éstos no verían la luz, transformados, hasta decenios más tarde. Sus primeras obras en verso muestran todavía las influencias del "poetismo", pero será la tradición surrealista (checa y francesa) la que marcará con mayor claridad su producción narrativa posterior, con el gusto por la yuxtaposición de elementos discordantes, la pasión por el "collage" y la construcción de las metáforas.
En 1956 publicó Conversaciones con la gente, pero fue Una perla en el fondo la que alcanzó un gran éxito, seguida de Los palabristas (1964) y el extenso "monólogo-collage" Curso de danza para adultos y alumnos adelantados (1964). Tales obras son una confusa reunión de pequeñas historias y anécdotas de irrefrenable comicidad, sostenidas por un lenguaje rico y compacto que alcanza el nivel de joya de la lengua hablada. Desde el principio destacó por la originalidad de sus textos, situados entre la literatura oral y la vanguardista, con manifiestos antecedentes en la tradición picaresca de J. Hasek, un gran despliegue de humor y asociaciones surrealistas; el resultado fue una producción radicalmente subversiva.
De estructura más clásica es Trenes rigurosamente vigilados (1965), acerca de cómo el intento de superar sus problemas sexuales conduce al joven Milos al heroísmo en la resistencia antinazi; llevada al cine por Jiøí Menzel, el filme obtuvo un Oscar en 1966. Con esta obra se enfrentó a la forma cerrada y más amplia de la novela, mientras que en Anuncio una casa donde ya no quiero vivir (1965), Hrabal toma una vez más del "collage" el principio de la contraposición de planos narrativos diversos y regresa al período oscuro del estalinismo, iluminándolo con relámpagos de metáforas surrealistas, con gran melancolía política pero al mismo tiempo con enorme confianza en el hombre, auténtico protagonista de toda su obra.
Tras la invasión soviética de 1968, que le supuso más de siete años de silencio editorial forzado, dos libros retirados de la venta y una publicación incompleta y cronológicamente desfasada de sus obras, Hrabal elaboró formas narrativas de inspiración más amplia, como la trilogía ambientada en Nymburk que tiene como protagonistas a los padres del escritor (sobre todo a la madre) y al propio Hrabal, y que integran las novelas La tonsura (1976), La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo (1978) y Los millones de Arlequín (1981). El tema que pasa a ocupar el primer plano es la actitud del hombre frente a la muerte y a la historia.
Le siguieron las tres novelas que representan la cumbre de su producción. Nezný barbar (Bárbara ternura, 1973), publicado sólo en el extranjero, relata las aventuras picarescas e inverosímiles del dibujante V. Boudník y sus amigos E. Bondy y Bohumil Hrabal en la Praga de los años cincuenta y sesenta. En Yo que he servido al rey de Inglaterra (1982), describe la ascensión y caída de un joven aprendiz de camarero en contacto con la historia. Y Una soledad demasiado ruidosa (1976), publicada también sólo fuera de Checoslovaquia, es el amargo monólogo de un trabajador de un almacén de reciclaje de papel frente a un mundo que cambia de manera inexplicable, violenta y poética; esta "renuntiatio mundi" de un no-intelectual "instruido en contra de su voluntad" ante la progresiva desaparición de su propio mundo cultural es sin duda una de las obras maestras del autor.
La producción de Bohumil Hrabal, dispersa y fragmentada, aunque traducida a numerosas lenguas del mundo, es enorme en extensión, de modo que aún prosigue el trabajo de edición de sus obras completas. De entre sus restantes títulos sobresale la trilogía de recuerdos Bodas en casa (1986-1987), que consta de una primera parte de título homónimo y una segunda y tercera tituladas Vita nuova y Solares. La obra recoge la trayectoria personal e intelectual del autor, narrada por su esposa Eliska y por otras personas que tuvieron algún papel en su vida, así como por el propio Hrabal. En la primera parte la narradora, joven aún, llega sola y sin recursos a la Praga de la inmediata posguerra. Ha perdido a su familia, deportada. Allí conoce a Bohumil Hrabal, que acabará convirtiéndose en su marido; es un abogado que jamás ejerció como tal y que se dedica a escribir unos textos impublicables en aquella época. Hrabal aún tiene tiempo de mostrar a Eliska la Praga viva y tradicional que está a punto de desaparecer, arrollada por el terror, la burocracia y el aburrido uniformismo estalinista.
Tras esta introducción, lírica y nostálgica, Vita nuova recoge una serie de episodios inconexos, reunidos en una especie de collage narrativo. El tiempo avanza y retrocede: recuerdos de infancia, deshielo tras la muerte de Stalin, tertulias y conversaciones con los amigos y descripciones detalladas de ambientes y personas, incluido el propio autor. Pese a la relativa apertura política, Hrabal no ha conseguido ser aceptado como escritor; ha desempeñado diversos empleos y Eliska trabaja como camarera. Por fin, consigue publicar un libro, pero en cuanto aparece es objeto de prohibición y su autor incluido en la lista negra.
La última parte de la trilogía, Solares, también está estructurada en collages, y centra la narración en la década de 1960. Con casi cincuenta años, Hrabal consigue publicar un volumen de cuentos que tiene gran éxito. Comienzan los reconocimientos, los premios, las salidas al extranjero. Pero no faltan las amarguras: enfermedades, temor a la muerte, separación de amigos, la invasión de Checoslovaquia en 1968 y la nueva inclusión del autor en la lista negra de la disidencia, disipadas ya las efímeras esperanzas de la primavera de Praga. Pese a las coacciones, sigue escribiendo, y una prueba de su irreductible voluntad de perseverar es precisamente este libro, redactado en los últimos pero no menos duros años del régimen comunista, que el autor vivió en condiciones especialmente penosas. Quizá por eso, a modo de mecanismo compensador, confiere relieve en la obra a sus recuerdos más alegres.
Considerado uno de los más grandes autores del siglo XX en su lengua por su facilidad narrativa y el uso alternativo del humor y la tragedia en un mismo plano, adquirió popularidad con sus novelas Curso de danza para adultos y alumnos adelantados (1964), Trenes rigurosamente vigilados (1965) y Yo que serví al rey de Inglaterra (1971). Su adhesión al Manifiesto de las dos mil palabras (1968) provocó la prohibición temporal de sus publicaciones en el país. La novela autobiográfica Bodas en casa (1990) confirmó el lugar de privilegio que ocupa entre los escritores centroeuropeos.
Semblanza biográfica:Wikipedia,biografiasyvidas.com.Texto: El cuento del día. Foto:Internet.