Batalla de alas




Antonio López Ortega

El hombre insiste en demostrarle a los espectadores que puede convertirse en el primer hombre pájaro. Para ello se sube al árbol más alto de la isla y comienza a mover agitadamente sus brazos. Lograr alzarse por los aires significa demostrarle a aquellas cabezas lejanas e inquietas que la magia no difiere nada de lo evidente, que la imaginación está en cada rincón de liana, que los intentos de pájaro son a la vez hombre y pájaro en un solo cuerpo.
Sin embargo, a él le interesa cruzar los cielos en busca de las aberturas, sucumbir ante un ademán de nube que puede mantenerlo suspendido en una recta quebrada de sol.
Mira hacia abajo. De nuevo las cabezas en la playa, de nuevo el mar que se une en el anillo del cielo. Se estira con un impulso de pie y entonces abre sus brazos al máximo y comienza a aletear. Cada aleteo es una estatua perdida, el intento que se esfuma, la caída lenta y sigilosa que lo estrella por tercera vez en la arena. Ya en el suelo el público lo rodea, le da palmadas, su fracaso ha sido evidente, por más que intentara mezclar magia y lógica lo único que ahora queda es el consuelo del público, los gestos amorosos de centauros y sirenas que como habitantes solitarios de la isla habían estado presenciando los intentos fallidos del hombre pájaro.

El cuento del domingo

O. Henry
El regalo de los Reyes Magos


Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".

La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
O. Henry era el seudónimo del escritor, periodista, farmacéutico y cuentista estadounidense William Sydney Porter (11 de septiembre de 1862 – 5 de junio de 1910). Se le considera uno de los maestros del relato breve, su admirable tratamiento de los finales narrativos sorpresivos popularizó en lengua inglesa la expresión “un final a lo O. Henry”.
Nació en Greensboro, Carolina del Norte. Su padre, Algernon Sidney Porter, era médico. Cuando William tenía tres años, su madre murió de tuberculosis y él y su padre se trasladaron a la casa de la abuela paterna. William era un gran lector y alumno estudioso que se graduó en la escuela elemental en 1876. Más tarde se matriculó en el Instituto Calle Linsey. En 1879 empezó a trabajar como contable en la farmacia de un tío suyo y en 1881, a los 19 años, obtuvo el título de farmacéutico.
La juventud del escritor fue tormentosa. Se trasladó al condado de LaSalle, Texas en 1882, trabajando en un rancho de ovejas. Posteriormente, en 1884, se trasladó a la ciudad de Austin, donde residió en casa de un amigo durante tres años. Uno de los habitantes de esa vivienda era un gato llamado Henry, y de la expresión “¡Oh, Henry!” surgió el seudónimo que inmortalizaría al futuro narrador. Es en esta época cuando comienzan sus problemas con el abuso en el consumo de alcohol; también es cuando aprende a dominar el idioma español. En 1887 se fugó con la joven Athol Estes, hija de una familia adinerada. En 1888 Athol dio a luz a un niño que murió. En 1889 nació una nueva hija: Margaret.
En 1894, Porter fundó un semanario humorístico llamado The Rolling Stone. En ese mismo año sería despedido de un banco de Austin por malversador. Al venirse abajo The Rolling Stone, el escritor se mudó a Houston, donde fue periodista en el Houston Post.
En Austin, O. Henry desempeñó diversos oficios, entre ellos trazador de planos en la General Land Office y desde 1891, como cajero del First National Bank, en donde se produciría el suceso más trascendental de toda su vida: O. Henry fue acusado en 1895 de apropiarse de un caudal de dinero que tenía bajo su responsabilidad. Si bien muchos autores ponen en tela de juicio la culpabilidad del escritor, lo cierto es que tras advertir que sería arrestado por desfalco, en la víspera del juicio O. Henry decidió abandonar su país en julio de 1896 y se embarcó via Nueva Orleans con destino a Honduras.
Pasó cerca de siete meses viviendo en Honduras, principalmente en Trujillo. Más tarde escribió cuentos cortos que tenían lugar en el pueblo de Coralio (basado en el pueblo real de Trujillo) en un ficticio país de América Central llamado Anchuria (basado en el país real de Honduras). La mayor parte de esos cuentos aparecen en el libro Of Cabbages and Kings.
Poco o nada se conoce de su vida en Centroamérica, hasta que en febrero de 1897 se entera de que su mujer estaba agonizando en la ciudad de Austin, por lo que O. Henry debió tomar la decisión de volver a EE.UU. para estar junto a su esposa poco antes de su muerte, acaecida el 25 de julio de 1897. Menos de un año después, el escritor es capturado por la justicia por el desfalco del First National Bank y condenado a una pena de 5 años de prisión en la penitenciaria nacional de Columbus (Ohio), en la que ingresó en 1898 y donde estuvo detenido por tres años, hasta que se le concedió la libertad por buena conducta.
O. Henry comenzó a escribir relatos cortos durante su estancia en la cárcel para poder ganar el dinero para mantener a su hija. En 1899, uno de sus relatos, Whistling Dick’s Christmas Stocking, llegó a ser publicado por una conocida revista de la época: el McClure´s Magazine.
Cuando cumplió su pena, en 1901, cambió definitivamente su nombre, William Sydney Porter, por el de O. Henry, acaso con la intención de borrar las sombras de su pasado. Se trasladó ese mismo año a Nueva York en donde vivió hasta su muerte.
En Nueva York, la ciudad que el escritor amaba y escenario de muchas de sus narraciones, O. Henry obtuvo el reconocimiento por parte del público, aunque su relativa fama y su éxito literario nunca le brindaron un bienestar económico, en gran medida debido a su afición a la bebida. En efecto, existe una anécdota que dice que su relato más famoso, El regalo de los Reyes Magos (considerado por los críticos como uno de los mejores), fue escrito bajo la presión de un plazo de entrega, en tan solo tres horas y acompañado de una botella entera de whisky.
Desde diciembre de 1903 hasta enero de 1906 escribió una historia a la semana para el New York World.
Contrajo nuevas nupcias en 1907 con su novia de la infancia, Sarah Lindsey Coleman. Ni este matrimonio ni el éxito que obtuvo rápidamente con sus relatos cortos (o tal vez precisamente por esto último) impidieron que cayese en el alcoholismo. Sarah lo abandonó en 1909. O. Henry, uno de los más grandes maestros del relato corto, murió un 5 de junio de 1910 a causa de una cirrosis hepática, llevando en sus bolsillos solo veintitrés centavos de dólar.
Se celebró su funeral en New York City, y después fue enterrado en Asheville, Carolina del Norte. Su hija, Margaret Worth Porter, murió en 1927, siendo inhumada junto a su padre.

En la mayoría de los mejores cuentos de O. Henry, escritos en los primeros años del siglo XX, se valora principalmente el final imprevisto y los giros repentinos de la trama al final del relato. Muchos cuentos tienen lugar en la ciudad de Nueva York y retratan generalmente personajes normales y corrientes como dependientes, policías, camareras. Su obra más conocida, Los cuatro millones, hace referencia al número de habitantes de la ciudad de Nueva York a comienzos del siglo XX, y al hecho de que cada uno de estos habitantes constituía para O. Henry "una historia digna de ser contada".
El trabajo de O. Henry es en lo fundamental un producto típico del tiempo en que vivió. El escritor supo captar a la perfección el sabor de su época y de su circunstancia. Ya fuese deambulando por los pastos de Texas, indagando en el arte de los timadores o investigando las tensiones de clase en la gran ciudad, el toque del escritor para aislar cada elemento de la sociedad, describiéndolo con suma parquedad y gracia lingüística, era inimitable.
Son muy conocidas sus antologías Heart of the West (Corazón del Oeste), The Four Million (‘Los cuatro millones’) y Of Cabbages and Kings (‘De reyes y repollos’) en las que exhibe algunos de sus mejores relatos. La tercera, menos conocida, comprende una serie de cuentos, cada uno de los cuales explora cuidadosamente, en base a una compleja estructura, un aspecto concreto de la vida en Anchuria un anquilosado país de Centroamérica.
Otros grandes relatos de O. Henry, traducidos al castellano son: Best seller, Memorias de un perro amarillo, Un amante tacaño, Regalo de Reyes, Déjeme tomarle el pulso, Vocación mesiánica, El oro que relucía. También existe una colección antológica de O’ Henry traducida al español, Obras selectas, en dos tomos.
En uno de sus relatos situados en el Salvaje Oeste creó el personaje Cisco Kid que con el tiempo se convirtió en una popular figura en películas, series televisivas y comics.
En las narraciones breves de O. Henry se han querido ver prefigurados algunos de los grandes personajes de la escena literaria estadounidense como J. D. Salinger, Truman Capote, Tom Wolfe, Raymond Carver, etc.
Jorge Luis Borges, que lo admiraba profundamente, escribió sobre él: “Edgar Allan Poe había sostenido que todo cuento debe redactarse en función de su desenlace; O. Henry exageró esta doctrina y llegó así al trick story, al relato en cuya línea final acecha una sorpresa. Tal procedimiento, a la larga, tiene algo de mecánico; O. Henry nos ha dejado, sin embargo, más de una breve y patética obra maestra”.
En EE. UU. se creó en su memoria el famoso premio O. Henry Awards de cuentos, uno de los más importantes del mundo. Este premio lo han recibido, entre otros, los escritores William Faulkner, Dorothy Parker, Flannery O'Connor, John Updike, Truman Capote, Raymond Carver, Saul Bellow, e incluso el cineasta Woody Allen. Obras.
Tras su muerte aparecieron las siguientes colecciones de cuentos:Sixes and Sevens (1911).Rolling Stones (1912).Waifs and Strays (1917). O. Henryana (1920).Letters to Lithopolis (1922). Postscripts (1923).O. Henry Encore (1939). En español: O. Henry 1960. Obras selectas. Barcelona: Planeta.O. Henry 2005. Cuentos de Nueva York. Madrid: Espasa Calpe.O. Henry 2008. Esto no es un cuento: y otros cuentos. Sevilla: Barataria.
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: Ciudadseva.com.Foto:internet.

El decapitador


Arthur Koestler

Durante el reinado del segundo emperador de la dinastía Ming, vivía un verdugo llamado Wang Lung. Era un maestro en su arte, y su fama se extendía por todas las provincias del imperio. En aquellos días, las ejecuciones eran frecuentes, y a veces había que decapitar a quince o veinte personas en una sola sesión. Wang Lung tenía la costumbre de esperar al pié del patíbulo con una sonrisa amable, silbando alguna melodía agradable, mientras escondía detrás de la espalda su espada curva, para decapitar al condenado con un rápido movimiento cuando éste subiera al patíbulo.
Ese Wang Lung tenía una sola ambición en su vida; pero su realización le costó cincuenta años de intensos esfuerzos. Su ambición era decapitar a un condenado con un mandoble tan rápido que, de acuerdo con las leyes de la inercia, la cabeza de la víctima quedara plantada sobre el tronco, así como queda un plato sobre la mesa cuando se retira repentinamente un mantel.
El gran día de Wang Lung llegó por fin, cuando ya tenía setenta y ocho años. En ese día memorable tuvo que despachar de este mundo a dieciséis clientes para que se reunieran con las sombras de sus antepasados. Como de costumbre, se encontraba al pie del patíbulo, y ya habían rodado por el polvo once cabezas rapadas, impulsadas por un inimitable mandoble del maestro. Su triunfo coincidió con el duodécimo condenado. Cuando el hombre empezó a subir los escalones del patíbulo, la espada de Wang Lung relampagueó con una velocidad tan increíble, que la cabeza del decapitado siguió en su lugar, mientras subía los escalones restantes sin advertir lo que le había ocurrido. Cuando llegó arriba, el hombre habló así a Wang Lung:
—¡Oh cruel Wang Lung! ¿Por qué prolongas la agonía de mi espera, cuando despachaste a todos los demás con tan piadosa y amable rapidez?
Al oír estas palabras, Wang Lung comprendió que la ambición de su vida se había realizado. Una sonrisa serena se extendió por su rostro; luego, con exquisita cortesía, dijo al condenado:
—Tenga la amabilidad de inclinar la cabeza, por favor.

El cuento del domingo


Antonio García Ángel
 Retrato de familia con Papá Noel
I
          Aunque el asalto había ocurrido en una modesta sede del Banco de Bogotá, la descripción de los criminales era familiar a toda la humanidad, desde Alaska hasta la Patagonia, desde París hasta las llanuras de Australia. Por eso el gerente de la sucursal le respondía al policía como si éste no perteneciera al planeta Tierra.
          —Ya le dije, oficial: cinturón negro, botas negras, pantalones y abrigo rojos, panza, barba blanca, un costal y el gorrito ése que tiene una borla en la punta. Papás Noel, Papá Noeles, yo no sé cómo se dice… Vinieron dos Papás Noel armados de escopetas, desarmaron al guardia, ordenaron que nos tiráramos al piso, encañonaron a las cajeras y se llevaron todo lo que había en la caja fuerte. Luego se despidieron diciendo «Vamos a otro banco ¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad!».
          Los testigos, que a su vez también eran víctimas, proferían murmullos de aprobación. En el piso, los paramédicos reanimaban a una anciana que, pasado el susto, no se había puesto en pie.
          —¿Y me dice que no tiene registro del vehículo en que se dieron a la fuga los sospechosos? —preguntó el oficial, haciendo gala de todos los tecnicismos judiciales.
         —A ver, déjeme explicarle —respondió el gerente con mala leche. —Si a usted le apuntan con una escopeta y le dicen que no se le ocurra moverse porque lo matan, ¿se va a poner de héroe? Pues no. Y todos los que estamos aquí queremos comernos la natilla esta noche, abrir los regalos, cantar villancicos…
          Un niño a quien su madre, aún presa del pánico, aferraba como si se le fuera a caer en un abismo, dijo que sabía en qué se habían ido. El oficial se arrodilló frente a él, puso su mejor actitud de profesor de primaria y le pidió la descripción.
          —Se fueron en un trineo que remolcaban doce renos. ¡Volaron al Polo Norte y con la plata se fueron a comprarle regalos a todos los niños del mundo!
          Luego de reprimir la risilla de un cabo que se había unido a la hilaridad general, el oficial se llevó el radioteléfono a la boca y dio parte a todas las unidades de policía.
          —Robo a mano armada en el Banco de Bogotá, Avenida Caracas con 17. Dos sospechosos, probablemente tres, disfrazados de Papá Noel. Portan armas de fuego. Repito… —y repitió, añadiendo esta vez siglas y números.
          Algunos, por celular y sin códigos de procedimiento, relataron lo mismo a quienes los aguardaban en casa para compartir la natilla, los regalos y los villancicos.
 II
          Al occidente de ahí, frente a una bodega llamada Reventón Navideño – Super Ofertas, Mauricio Mosquera maldecía su mala suerte. La recesión económica había dado al traste con su licorera, la cual fue embargada con todo lo que no alcanzó a beberse luego de que su mujer lo abandonara y se quedara con la niña, la casa y hasta sus calzoncillos. Ahora malvivía en las profundidades del barrio San Carlos, en una pieza de dos por dos que compartía con las ratas; se atragantaba de nostalgia y alcohol en puteaderos de quinta, maceraba sus sueños de grandeza en el mortero de sus borracheras, enfundaba los escombros de su cuerpo en un traje de Papá Noel y predicaba las bondades del Reventón Navideño con la garganta, el hígado y las neuronas cocidas a fuego lento.
          «Si el año pasao tuvimos problemas / quizás este año tengamos más / pero no te apures que la Navidá / a la vuelta de la esquina está…», canturreaba Mosquera, salpimentando su tonada con hipos y eructos, mientras las madres escandalizadas retenían a los pequeñines que trataban de acercársele para pedirle triciclos y videojuegos. El dueño del Reventón Navideño, advertido por los clientes de la condición en que andaba su pregonero, salió del lugar dispuesto a apretarle las perillas.
           —Mire, señor —le dijo—, quítese el disfraz, váyase para su casa y no vuelva a aparecerse por aquí. ¡Es el colmo!, no puede ni mantener el equilibrio.
          Cuando Mosquera se disponía a pedir clemencia, un Datsun café se detuvo justo frente a ellos. De él se bajaron dos tipos disfrazados de Papá Noel y entraron corriendo a la sede del Banco de Bogotá ubicada al lado; un tercero, ataviado de la misma manera, aguardaba al volante con el motor prendido y las puertas abiertas. Ninguno de ellos reparó en Mosquera, pero éste, sintiéndose respaldado por la solidaridad de gremio, se envalentonó:
          —¿Cómo le quedó el ojo?…hip… Ahora que llegaron refuerzos sí se queda callado, granhijueputa… hip… Pues yo me voy con mis amigos y usted se va para la reputa mierda…hip…  —dicho esto, se sentó en el asiento de atrás.
           —¡¿Qué le pasa?! —gritó el conductor, alarmado frente a la aparición de tan indeseable colega. —¡Bájese!
           El dueño, aunque en igual desconcierto, no estaba dispuesto a perder el disfraz, razón por la cual se apretó la corbata, se remangó la camisa y quiso sacar a Mosquera por la fuerza. El conductor amagó con abrir la puerta y arreglar el asunto a los trancazos. En ese momento, los Papás Noel salieron del banco empuñando sendas escopetas. Esto fue suficiente para que el empresario dejara a Mosquera y se escabullera hacia el interior del almacén.
          Cuando su portador lucha por salvar el pellejo, la mente humana está inhabilitada para hacer algunas operaciones sencillas como construir endecasílabos, resolver acertijos, conjugar verbos y… contar. Por ello los recién llegados no advirtieron la presencia del Papá Noel extra. El otro, ocupado en dar el volantazo y pisar el acelerador, tampoco andaba para aclaraciones. Sin embargo, pasadas un par de cuadras se armó la siguiente gritería:
PAPÁ NOEL COPILOTO: ¿Y éste de dónde salió?
PAPÁ NOEL PILOTO: ¡Ni idea, se montó al carro de pronto!
PAPÁ NOEL DEL PUESTO TRASERO: ¿Quién mierdas es usted?
MOSQUERA: ¿Cómo quién?, pues Papá Noel… hip.
PAPÁ NOEL COPILOTO: (apuntándole): ¿Se quiere chupar un plomazo,malparido?
MOSQUERA (sacando una licorera del abrigo): Más bien me voy a chupar un traguito, compadre. ¡Salud!
PAPÁ NOEL PILOTO: ¡La policía!
         Esta última novedad, materializada en dos oficiales motorizados que descargaban su artillería contra el vidrio trasero, concentró las fuerzas en repeler el ataque antes que en develar la presencia del intruso. Mosquera, confundiendo las detonaciones con fuegos artificiales, se despachó con «Arbolito lindo de Navidad / ¿qué me vas a dar?…». Semejante estropicio musical bien le habría merecido un tiro, pero era un mal menor en comparación con el arribo de otro carro policíaco a la zaga.
         Puestos en cartografía, geodesia y otras ciencias afines, diremos que el Datsun había tomado la Avenida de las Américas en dirección occidental. La ruta se prestaba para cabrillazos, empellones a otros carros, cruces prohibidos, desprecio de semáforos en rojo y violaciones al límite de velocidad, pero en la telaraña de puentes e intersecciones de la Carrera Cincuenta los trancones la convertían en una trampa mortal; por ello, conocedor de la malla vial, avezado en huidas y escaramuzas, el Papá Noel Conductor enfiló por la Calle Trece. Entre tanto, el policía que guiaba la moto, envuelto en delirios fraguados al tenor de Eric Estrada y Lorenzo Lamas, fracasó en su intento de brincarse un sardinel a cien kilómetros por hora. La patrulla, empero, seguía tras ellos.
          Mosquera, con el seso como una esponja remojada en alcohol, descabezaba una siesta en el asiento trasero.
     III
          Estaba en la pista de baile de El Cuy, lupanar del que era habitual en la vigilia pero visitaba por primera vez en sueños. Un televisor empotrado en la pared, encima de las mesas, pasaba, como siempre, una película pornográfica. Mosquera se dio cuenta, con un sobresalto, que conocía a la protagonista: era Yanet, su esposa, tirando con un Papá Noel. Gemía, se retorcía, se tocaba las tetas, se pasaba la lengua por los labios y, mirándolo a los ojos a través de la pantalla del televisor, le decía que ella era su regalo de Navidad. Mosquera no podía ver la cara del Papá Noel, pero comprendió que se trataba de él mismo. Se habría quedado ahí embelesado si no fuera por el enjambre de risas que se apoderó del lugar. Al mirar a su alrededor, descubrió que todos se estaban riendo de la escena representada en el televisor. «Es falsa», decía una de las putas, con una boca de dientes incompletos y disparejos, «su esposa lo abandonó: lo echó de la casa que él había pagado con su trabajo y ahora no le deja ver a la niña». ¡Leidi Shakira, su hijita…! Mosquera sintió unas ganas enormes de verla. Le preguntó a la puta por ella. La puta se encogió de hombros. Volvió a mirar al televisor: en ese punto, Yanet sacaba un hacha y le cortaba la cabeza al Papá Noel que estaba haciendo el amor con ella, que también era él mismo. El Mosquera que estaba fuera del televisor viendo la escena, sintió un tajo en el cuello y se agarró la cabeza para que no se le fuera a caer. En ese momento, alguien tiró de su pantalón: era Leidi Shakira, que con ojos tristes le dijo «Papito, ¿en dónde te habías metido». Mosquera quiso abrazarla, pero su cabeza, sin manos que la sujetaran, se desprendió y rodó por el suelo de El Cuy. Desde allí, Mosquera vio su cuerpo decapitado mientras una voz, que no era la suya, decía «necesito parar, me duele la cabeza». 
 IV
         La voz pertenecía al Papá Noel Conductor, quien, obrando en consecuencia, detuvo el carro en un descampado polvoriento, lleno de pilas de cascajos, muñones de viviendas demolidas, aguas pútridas, perros muertos, zapatos abandonados y mogotes de basura. El motor tosió un par de veces antes de apagarse, una humareda salió del radiador, algo se quebró en la suspensión. Los estertores del Datsun rasgaron las últimas telarañas del sueño de Mosquera.
         Si alguien se queda dormido durante una balacera, cosa por demás bastante rara, el sentido común dirá de él que está muerto;     tal suposición hizo que el despertar de Mosquera fuera recibido por los demás como una resurrección aterradora. Despertar en un lugar desconocido, lejos del Reventón Navideño y rodeado de Papás Noel armados, fue, a su vez, aterrador para Mosquera. Las sirenas de policía, aullando en las cercanías, aterraban a todos. Pero el verdadero terror llegó cuando el Papá Noel que conducía, aquejado de dolor de cabeza, se volvió y miró a sus compañeros: tenía un balazo en la frente que le marcaba el entrecejo como si fuera un chacra sangriento.
         —¿Qué? — preguntó éste, viendo el estupor de los demás, incluido Mosquera.
         —…Nada —respondió el copiloto.
         —¡Entonces larguémonos! —dijo el conductor.
         —¿Y éste? —preguntó el Papá Noel del asiento trasero.
         —Que se salve como pueda —sentenció el conductor.
         Sin detenerse a pensar que tal juicio provenía de alguien que tenía un tiro incrustado en la mollera, los otros dos agarraron los costales de dinero y corrieron con el conductor detrás, que venía cargado con idéntico fardo de billetes. Mosquera permaneció en el asiento trasero, como un pasajero de taxi que acaba de llegar a su destino, viendo cómo los dos primeros ganaban terreno hacia una avenida que se veía a lo lejos. El conductor, al cabo de una pequeña y trabajosa caminata, dio un traspiés y quedó tendido en el piso. Había muerto como cuando se detiene el cronómetro en un partido de fútbol y los instantes de vida siguientes son tiempo de reposición.
          Algo en Mosquera, un instinto irracional, hizo que se bajara del Datsun, se aproximara al cadáver del conductor, lo despojara del costal de tela —que pesaba como si dentro tuviera una docena de directorios telefónicos— y echara a correr en dirección opuesta mientras, a sus espaldas, sirenas y disparos formaban un coro macabro. Corrió como si todo en él estuviera diseñado para correr, como si la fuerza de gravedad lo empujara hacia delante. Salió a una avenida que no se molestó en reconocer, estiró la mano a una buseta que casi lo atropella, pagó el pasaje con un billete que sacó del costal, atravesó el vehículo hasta el último asiento y se dejó caer en él.
          Mientras la buseta, casi vacía, se alejaba del lugar, miró al interior del costal: millones y millones de pesos, raudales de billetes, suficientes para mantener a cuatro generaciones de ociosos. Tantos billetes no podían ser verdad. Se pellizcó, se dio cachetadas, se concentró en despertar por segunda vez. Cuando tuvo la certeza de que, en efecto, estaba despierto, sonrió.
 
Antonio García Ángel (1972, Cali, Colombia).Escritor colombiano. Estudió Literatura y Comunicación en la Universidad Javeriana de Bogotá. Ha publicado las novelas Su casa es mi casa y Recursos Humanos. Escribió Recursos humanos teniendo a Mario Vargas Llosa como tutor, después de ganar un concurso de la marca Rolex. Antologado en El corazón habitado. Últimos cuentos de amor en Colombia. (Algaida, 2010).
Semblanza biográfica: Wikipedia. Foto.internet.

Mujer iluminada


Luis Ignacio Helguera
La mujer encinta de nueve meses pasados es trasladada en camilla presurosa al quirófano. Todo el equipo de enfermeras, anestesistas, instrumentistas y doctores salta atropelladamente sobre ella como si su bulto fuera un gran balón de futbol americano o una piñata partida. No puede dar a luz; cesárea necesaria. Sobre las batas y las cabezas con gorro de los especialistas, entre las piernas de la embarazada, pasan, en rápida exhibición, bisturíes, tijeras, jeringas, fórceps. Finalmente la herida, la portezuela de emergencia, el ziper en la carne azorada. Y en seguida, con tremendo impulso alimentado de la retención insoportable, el nacimiento abrupto, luminoso. Todo el equipo, repelido: manos en los ojos, deslumbramiento de ceguera. Para los que esperan afuera: ni niño ni niña. La caverna sólo ha parido luz.

El cuento del domingo

 

Stendhal

El arca y el aparecido

Una hermosa mañana del mes de mayo de 182... entraba don Blas Bustos y Mosquera, escoltado por doce hombres a caballo, en el pueblo de Alcolote, a una legua de Granada. Cuando lo veían llegar, los vecinos entraban precipitadamente en las casas y cerraban las puertas a aquel terrible jefe de la policía de Granada. El cielo ha castigado su crueldad poniéndole en la cara la impronta de su alma. Es un hombre de seis pies de estatura, cetrino, de una flacura que asusta. No es más que jefe de la policía, pero hasta el obispo de Granada y el gobernador tiemblan ante él.
Durante aquella guerra sublime contra Napoleón que, en la posteridad, pondrá a los españoles del siglo XIX por delante de todos los demás pueblos de Europa y les asignará el segundo lugar después de los franceses, don Blas fue uno de los más famosos capitanes de guerrillas. El día que su gente no había matado por lo menos un francés, don Blas no dormía en una cama: era un voto.
Cuando volvió Fernando VII, lo mandaron a las galeras de Ceuta, donde pasó ocho años en la más horrible miseria. Lo acusaban de haber sido capuchino en su juventud y de haber colgado los hábitos. Después, no se sabe cómo, volvió a entrar en gracia. Ahora don Blas es célebre por su silencio: no habla jamás. En otro tiempo le habían valido una especie de fama de ingenioso los sarcasmos que dirigía a sus prisioneros de guerra antes de ahorcarlos: se repetían en todos los ejércitos españoles.
Don Blas avanzaba despacio por la calle de Alcolote, mirando a las casas de uno y otro lado con ojos de lince. Al pasar por una iglesia, tocaron a misa; más que apearse, se precipitó del caballo y corrió a arrodillarse junto al altar. Cuatro de sus guardias se arrodillaron en torno a su silla; lo miraron: en sus ojos ya no había devoción. Tenía su siniestra mirada clavada en un hombre de muy distinguida apostura que estaba rezando a unos pasos de él.
¡Cómo es esto -se decía don Blas-: un hombre que, según las apariencias, pertenece a las primeras clases de la sociedad y yo no lo conozco! ¡Éste no ha aparecido en Granada desde que yo estoy en ella! Se esconde.»
Don Blas se inclinó hacia uno de sus guardias y le dio orden de detener a aquel joven en cuanto saliera de la iglesia. Pronunciadas las íntimas palabras de la misma, se apresuró a salir él mismo y fue a instalarse en el comedor de la hostería de Alcolote. No tardó en aparecer, extrañado, aquel joven.
-¿Cómo se llama?
-Don Fernando de la Cueva.
El humor siniestro de don Blas se agravó más aún, porque, al verle de cerca, observó que don Fernando era guapísimo: rubio y, a pesar del mal paso en que se encontraba, con una expresión muy dulce. Don Blas miraba pensativo a aquel mozo.
-¿Que empleo tenía usted en tiempo de las Cortes?-dijo por fin.
-En 1823 estaba en el colegio de Sevilla; entonces tenía quince años, pues ahora no tengo más que diecinueve.
-¿De qué vive?
El joven pareció irritado por la grosería de la pregunta; se resignó y dijo:
-Mi padre, brigadier del ejército de don Carlos IV (Dios bendiga la memoria de este buen rey), me dejó una pequeña finca cerca de este pueblo; me renta doce mil reales (tres mil francos); la cultivo con mis propias manos con ayuda de tres criados, que seguramente le son muy leales.
Excelente núcleo de guerrilla -dijo don Blas con una sonrisa amarga-. ¡A la cárcel e incomunicado! -añadió al marcharse, dejando al preso en medio de su gente.
A los pocos momentos, don Blas estaba almorzando.
«Con seis meses de prisión -pensaba- me pagará esos lindos colores y ese aire de lozanía y de insolente satisfacción.»
El guardia que estaba de centinela a la puerta del comedor levantó vivamente la carabina. La apoyó contra el pecho de un anciano que intentaba entrar en el comedor detrás de un pinche de cocina que llevaba una fuente. Don Blas se precipitó hacia la puerta; detrás del anciano vio a una muchacha que le hizo olvidar a don Fernando.
-Es cruel no darme tiempo para comer -dijo al anciano.
Don Blas no podía dejar de mirar a la muchacha; veía en su frente y ojos esa expresión de inocencia y piedad celestial que resplandece en las bellas madonas de la escuela italiana. Don Blas no escuchaba al anciano ni seguía comiendo. Por fin salió de su abstracción; el anciano repetía por tercera o cuarta vez las razones por las cuales se debía poner en libertad a don Fernando de la Cueva, que era desde hacía tiempo el prometido de su hija Inés, allí presente, y se iban a casar el domingo próximo. En este momento, los ojos del terrible jefe de policía brillaron con un resplandor tan extraordinario, que asustaron a Inés y hasta a su padre.
-Nosotros hemos vivido siempre en el temor de Dios y somos cristianos viejos -continuó éste-; mi raza es antigua, pero soy pobre, y don Fernando es un buen partido para mi hija. Nunca ejercí cargo alguno en tiempo de los franceses, ni antes ni después.
Don Blas no salía de su hosco silencio.
-Pertenezco a la más antigua nobleza del reino de Granada -prosiguió el anciano-; y antes de la revolución -añadió suspirando- le habría cortado las orejas a un fraile insolente que no me contestara cuando yo le hablase.
Al anciano se le llenaron de lágrimas los ojos. La tímida Inés sacó del seno un pequeño rosario que había tocado el manto de la madona del pilar (sic), y sus bonitas manos apretaban la cruz con un movimiento convulsivo. El terrible don Blas clavó su mirada en aquellas manos. Luego se fijó en el busto, bien torneado, aunque un poco opulento, de la joven Inés.
«Sus facciones podrían ser más regulares -pensó-; pero esa gracia celestial no la he visto nunca más que en ella.»
-¿Y se llama usted don Jaime Artegui? -dijo al fin al anciano.
-Tal es mi nombre -contestó don Jaime, irguiendo más su apostura.
-¿De setenta años?
-De sesenta y nueve solamente.
-Usted es -dijo don Blas, serenándose visiblemente-; llevo mucho tiempo buscándolo. El rey nuestro señor se ha dignado concederle una pensión anual de cuatro mil reales (mil francos). Tengo en Granada dos años vencidos de esa real merced, que le entregaré mañana al mediodía. Le haré ver que mi padre era un rico labrador de Castilla la Vieja, cristiano viejo como usted, y que nunca fui fraile, de modo que el insulto que usted me ha dirigido cae en el vacío.
El viejo hidalgo no se atrevió a faltar a la cita. Era viudo y vivía sólo con su hija Inés. Antes de salir para Granada la llevó a casa del cura del pueblo y tomó sus disposiciones como si nunca más hubiera de volver a verla. Encontró a don Blas Bustos muy engalanado; llevaba un gran cordón sobre el uniforme. Don Jaime le encontró el aire atento de un viejo soldado que quiere hacerse el bondadoso y sonríe a cada paso y sin venir a cuento.
Si se hubiera atrevido, don Jaime habría rechazado los ocho mil reales que don Blas le entregó; no pudo negarse a comer con él. Después de la comida, el terrible jefe de policía le hizo leer sus títulos, su partida de bautismo y hasta un certificado de haber salido de galeras, lo que demostraba que no había sido nunca fraile.
Don Jaime seguía temiendo alguna jugarreta.
-De modo que tengo cuarenta y tres años -acabó por decirle don Blas- y un puesto honorable que me da cincuenta mil reales. Tengo una renta de mil onzas del Banco de Nápoles. Le pido en matrimonio a su hija doña Inés de Artegui.
Don Jaime palideció. Hubo un momento de silencio. Don Blas prosiguió:
-No le ocultaré que don Fernando de la Cueva está comprometido en un mal asunto. El ministro de la policía lo está buscando. Tiene pena de garrote (manera de estrangular empleada para los nobles) o, por lo menos, de galeras. Yo estuve en ellas ocho años y puedo asegurarle que es un mal hospedaje -diciendo estas palabras, se acercó al oído del anciano-. De aquí a quince días o tres semanas, recibiré probablemente del ministro la orden de trasladar a don Fernando de la cárcel de Alcolote a la de Granada. Esta orden se cumplirá esta noche muy tarde: si don Fernando aprovecha la noche para escaparse, yo cerraré los ojos en consideración a la amistad con que usted me honra. Que se vaya a pasar un año o dos a Mallorca, por ejemplo; nadie le dirá nada.
El viejo hidalgo no contestó una palabra. Estaba aterrado y a duras penas pudo volver a su pueblo. El dinero que había recibido lo horrorizaba. «¿De modo -se decía- que esto es el precio de la sangre de mi amigo don Fernando, del prometido de mi Inés?» Al llegar al presbiterio se arrojó en brazos de Inés.
-¡Hija mía -exclamó-, el fraile quiere casarse contigo!
Inés se secó pronto las lágrimas y pidió permiso para ir a consultar al cura, que estaba en la iglesia en su confesionario. El cura, a pesar de la insensibilidad de su edad y de su estado, lloró. El resultado de la consulta fue que no había más remedio que casarse con don Blas o huir por la noche. Doña Inés y su padre tenían que procurar llegar a Gibraltar y embarcarse para Inglaterra.
-¿Y de qué vamos a vivir?-dijo Inés.
-Podrían vender la casa y la huerta.
-¿Quién va a comprarlas? -repuso la muchacha, deshecha en lágrimas.
-Yo tengo algunas economías -dijo el cura- que puede que lleguen a cinco mil reales; te los doy, hija mía, y de muy buen grado, si crees que no puedes salvarte casándote con don Blas Bustos.
A los quince días todos los esbirros de Granada, en uniforme de gala, rodeaban la iglesia, tan sombría, de Santo Domingo. Apenas en pleno mediodía se ve para andar por ella. Pero aquel día no se atrevía a entrar nadie más que los invitados.
En una capilla lateral iluminada con centenares de velas cuya luz cortaba las sombras de la iglesia como un camino de fuego, se veía de lejos a un hombre arrodillado en las gradas del altar; su cabeza sobresalía de todos los que lo rodeaban. Aquella cabeza estaba inclinada en una postura piadosa; los flacos brazos, cruzados sobre el pecho. Pronto se incorporó y exhibió un uniforme constelado de condecoraciones. Daba la mano a una muchacha cuyo paso ligero y juvenil formaba un extraño contraste con su gravedad. Brillaban lágrimas en los ojos de la joven desposada; la expresión de su rostro y la dulzura angelical que conservaba a pesar de su pena impresionaron al pueblo cuando la joven subió a una carroza que esperaba a la puerta de la iglesia.
Hay que reconocer que don Blas fue menos feroz desde su boda; las ejecuciones menudearon menos. En vez de fusilar por la espalda a los condenados, no se hacía más que ahorcarlos. Muchas veces permitió a los condenados besar a sus familiares antes de ir a la muerte. Un día, dijo a su mujer, a la que amaba con furor:
-Tengo celos de Sancha.
Era hermana de leche y amiga de Inés. Había vivido en casa de don Jaime a título de doncella de su hija, y en calidad de tal la siguió al palacio donde Inés fue a vivir en Granada.
-Cuando yo me separo de ti, Inés -prosiguió don Blas-, tú te quedas hablando sola con Sancha. Es simpática, te hace reír, mientras que yo no soy más que un viejo soldado que tiene a su cargo funciones severas; reconozco que soy poco atractivo. Esa Sancha, con su cara alegre, debe de hacerme parecer a tus ojos más viejo de lo que soy. Toma, aquí tienes la llave de mi caja; dale todo el dinero que quieras, todo el que hay en la caja, si así te place, pero que se vaya, que yo no la vea más.
Por la noche, al volver don Blas de sus funciones, la primera persona que vio fue Sancha, ocupada en sus tareas corno de costumbre. Su primera reacción fue de ira; se acercó rápidamente a Sancha, y ésta levantó los ojos y lo miró de frente con esa mirada española mezcla tan singular de miedo, valor y odio. Al cabo de un momento, don Blas sonrió.
-Mi querida Sancha -le dijo-, ¿te ha dicho doña Inés que te doy diez mil reales?
-Yo no acepto regalos de mi ama -contestó Sancha, sosteniendo la mirada fija en él.
Don Blas entró en el aposento de su mujer.
-¿Cuántos presos hay en este momento en la cárcel de Torre Vieja? -le preguntó Inés.
-Treinta y dos en los calabozos, y creo que doscientos sesenta en les pisos superiores.
-Ponlos en libertad -dijo Inés-, y me separo de la única amiga que tengo en el mundo.
-Lo que me ordenas está fuera de mi poder -contestó don Blas.
No añadió una palabra en toda la noche. Inés, haciendo labor junto a la lámpara, lo veía enrojecer y palidecer alternativamente; dejó la labor y se puso a rezar el rosario. Al día siguiente, el mismo silencio. La noche del otro día se produjo un incendio en la cárcel de Torre Vieja. Murieron dos presos, pero, a pesar de toda la vigilancia del jefe de policía y sus guardianes, todos los demás lograron escaparse.
Inés no dijo una palabra a don Blas, ni él a ella. Al día siguiente, al volver a casa don Blas, ya no vio a Sancha. Se arrojó en brazos de Inés.
Habían pasado dieciocho meses desde el incendio de Torre Vieja, cuando un viajero cubierto de polvo se apeó de un caballo ante la peor posada del pueblo de La Zuia, situado en las montañas a legua y media de Granada, mientras que Alcolote está al norte.
Estos alrededores de Granada son como un oasis encantado en medio de las llanuras abrasadas de Andalucía. Es la comarca más bella de España. Pero ¿era sólo la curiosidad lo que guiaba al viajero? Por su atuendo, se le tomaría por un catalán. Su pasaporte, expedido en Mallorca, estaba, en efecto, visado en Barcelona, donde había desembarcado. El dueño de aquella mala posada era muy pobre. El viajero catalán, al entregarle su pasaporte, que llevaba el nombre de don Pablo Rodil, le miró.
-Sí, señor viajero -le dijo el hostelero-, si la policía de Granada pregunta por su señoría, le avisaré.
El viajero dijo que quería ver aquella tierra tan hermosa; salía una hora antes de amanecer y no volvía hasta mediodía, a pleno calor, cuando todos estaban comiendo o durmiendo la. siesta.
Don Fernando iba a pasar horas enteras en una colina cubierta de fresca hiedra. Desde allí veía el antiguo palacio de la inquisición de Granada, ahora habitado por don Blas y por Inés. No podía apartar los ojos de los ennegrecidos muros de aquel palacio, que se aliaba como un gigante en medio de las casas de la ciudad. Al salir de Mallorca, don Fernando se había prometido no entrar en Granada. Un día no pudo resistir un arrebato y fue a pasar por la estrecha calle sobre la que se levantaba la alta fachada del palacio de la inquisición. Entró en la tienda de un artesano y encontró un pretexto para detenerse en ella y hablar. El artesano le indicó las ventanas del aposento de doña Inés. Estaban en un segundo piso muy alto.
A la hora de la siesta, don Fernando volvió tomar el camino de La Zuia, con el corazón devorado por toda las furias de los celos. Hubiera querido apuñalar a Inés y luego matarse.
¡Carácter débil y cobarde! -se repetía con rabia-. ¡Es capaz de amarlo si se figura que tal es su deber!
A la vuelta de una calle encontró a Sancha.
-¡Ah, amiga mía! -exclamó, sin que pareciera que le hablaba-. Me llamo don Pablo Rodil y me hospedo en la Posada del Ángel, en La Zuia. ¿Podrás estar mañana en la iglesia parroquial a la hora del Ángelus, de la tarde?
-Estaré -dijo Sancha, sin mirarle.
A la noche siguiente, don Fernando vio a Sancha y siguió sin decir palabra hacia su hostería; Sancha entró sin que la vieran. Fernando cerró la puerta.
-¿Qué me dice? -preguntó Fernando con lágrimas en los ojos.
-Ya no sirvo en su casa. Hace dieciocho meses que me despidió sin motivo, sin explicación. La verdad, yo creo que ama a don Blas.
-¡Que ama a don Blas! -exclamó don Fernando, secándose las lágrimas-. ¡Sólo eso me faltaba!
-Cuando me despidió -continuó Sancha-, me arrojé a sus pies suplicándole que me dijera por qué me echaba. Me contestó fríamente: «Lo manda mi marido.» ¡Sin una palabra más! Ya la ha visto usted, tan piadosa; ahora se pasa la vida rezando.
Don Blas, para dar gusto al partido reinante, había conseguido que se cediera a unas religiosas clarisas la mitad del palacio de la inquisición, donde él vivía. Estas damas se habían establecido allí y habían terminado recientemente su iglesia. Doña Inés se pasaba la vida en ella. En cuanto don Blas salía de casa, se podía tener la seguridad de verla arrodillada ante el altar de la adoración perpetua.
-¡Que ama a don Blas! -repitió don Fernando.
-La víspera del día que me despidió -continuó Sancha-, doña Inés me hablaba...
-¿Está contenta? -interrumpió don Fernando.
-No, contenta no, pero sí de un humor igual y dulce, muy diferente de como usted la conoció; ya no tiene aquellos momentos de vivacidad y locura, como decía el cura.
-¡La infame! -exclamó don Fernando, paseándose por la estancia como un león enjaulado-. ¡Así cumple sus juramentos! ¡Así es como me amaba! Ni siquiera está triste, y yo...
-Como le iba diciendo a su señoría -prosiguió Sancha-, la víspera del día que me despidió, doña Inés me hablaba con cariño, con bondad, como antiguamente en Alcolote. Al día siguiente, un «lo manda mi marido» fue lo único que se le ocurrió decirme, entregándome un papel firmado por ella en que me señalaba una buena renta de ochocientos reales.
-¡Ah, dame ese papel! -dijo don Fernando.
Cubrió de besos la firma de Inés.
-¿Y hablaba de mí?
-Nunca; tanto es así, que una vez el viejo don Jaime le reprochó delante de mí haber olvidado a un vecino tan bueno. Doña Inés palideció y no contestó. Tan pronto como acompañó a su padre hasta la puerta, corrió a encerrarse en la capilla.
-Soy un necio, nada más -exclamó don Fernando-. ¡Cómo voy a odiarla! No hablemos más... Ha sido una suerte para mí entrar en Granada, y mil veces más suerte haberte encontrado... ¿Y tú qué haces?
-Puse una tienda en el pueblecito de Albaracen, a media legua de Granada. Tengo -añadió bajando la voz- unos géneros muy bonitos, cosas inglesas que me traen los contrabandistas de las Alpujarras. Tengo en mis baúles más de diez mil reales de mercancías catas. Estoy contenta.
-Ya entiendo -dijo don Fernando-: tienes un amante entre los valientes de los montes de las Alpujarras. Nunca más volveré a verte. Toma, llévate este reloj como recuerdo mío.
Sancha se iba. Fernando la retuvo.
-¿Y si me presentara ante ella? -dijo.
-Huiría de usted, así tuviera que tirarse por la ventana. Tenga cuidado -dijo Sancha, volviendo hacia don Fernando-; por muy disfrazada que fuera, le detendrían ocho o diez espías que rondan constantemente en torno a la casa.
Fernando, avergonzado de su flaqueza, no dijo una palabra más. Había decidido salir al día siguiente para Mallorca.
Al cabo de ocho días, pasó por casualidad por el pueblo de Albaracen. Los bandidos acababan de detener al capitán general O'Donnell y lo habían tenido una hora tendido boca abajo en el barro. Don Fernando vio a Sancha corriendo muy atareada.
-No tengo tiempo de hablar con su señoría -le dijo-; vaya a mi casa.
La tiendo de Sancha estaba cerrada; Sancha se apresuraba a meter sus géneros ingleses en una gran arca negra, de roble.
-Quizás nos ataquen aquí esta noche -dijo a don Fernando-. El jefe de esos bandidos es enemigo personal de un contrabandista amigo mío. Entrarían a saco en esta tienda antes que en ningún otro sitio. Vengo de Granada; doña Inés, que después de todo es muy buena, me ha dado permiso para dejar en su cuarto mis mejores mercancías. Don Blas no verá esta arca que está llena de contrabando, y si por desgracia la viera doña Inés encontraría una disculpa.
Se apresuró a colocar sus tules y chales. Don Fernando la miraba manipular. De pronto se precipitó hacia el arca, sacó los tules y chales y se metió él en su lugar.
-¿Se ha vuelto loco? -dijo Sancha, asustada.
-Toma, aquí tienes cincuenta onzas, pero que el cielo me mate si salgo de esta arca antes de estar en el palacio de la inquisición de Granada. Quiero verla.
Por más que Sancha pudiera decir, don Fernando no la escuchó.
Cuando ella estaba hablando todavía, entró Zanga, un mozo de cordel, primo de Sancha, que iba a llevar el arca en su mulo a Granada. Al ruido que hizo al entrar, don Fernando se había apresurado a bajar sobre él la tapa del arca. Por si acaso, Sancha la cerró con llave. Era más imprudente dejarla abierta. A eso de las once de la mañana de un día del mes de junio, don Fernando entró en Granada transportado en un arca; estaba a punto de asfixiarse. Llegaron al palacio de la inquisición. Mientras Zanga subía la escalera, don Fernando tenía la esperanza de que dejarían el arca en el segundo piso, y quizá en la habitación de Inés.
Cuando cerraron las puertas y ya no oyó ningún ruido, intentó, con ayuda de su puñal, abrir la cerradura del arca. Lo consiguió. Con indecible alegría se dio cuenta de que estaba, en efecto, en el dormitorio de Inés. Vio vestidos de mujer y reconoció junto a la cama un crucifijo que en otro tiempo estaba en su cuartito de Alcolote. Una vez, después de una violenta disputa, Inés lo llevó a su habitación y ante aquel crucifijo le juró amor eterno.
Hacía muchísimo calor y la habitación estaba muy oscura. Las persianas estaban cerradas, lo mismo que las grandes cortinas, de finísima muselina de las indias, drapeadas hasta el suelo.
Apenas alteraba el profundo silencio el rumor de un pequeño surtidor que, subiendo a unos cuantos pies en un rincón del aposento, volvía a caer en su concha de mármol negro.
El ruido tan leve de este pequeño surtidor hacía estremecer a don Fernando, que había dado en su vida veinte pruebas del más audaz arrojo. Estaba lejos de encontrar en el cuarto de Inés aquella felicidad perfecta que tantas veces había soñado en Mallorca pensando en los medios de llegar a aquella habitación. Desterrado, dolorido, separado de los suyos, un amor apasionado y que en la persistencia y la uniformidad de la desgracia había llegado casi a la locura, constituía todo el carácter de don Fernando.
En este momento, un único sentimiento lo embargaba: el miedo a hacer enfadar a aquella Inés, a la que él sabía tan casta y tímida. Si yo no creyera que el lector conoce algo la manera de ser, singular y apasionada, de la gente meridional, me daría vergüenza confesarlo: don Fernando estuvo a punto de desmayarse cuando, poco después de dar las dos en el reloj del convento, oyó en medio del profundo silencio unos pasos ligeros subiendo la escalera de mármol. En seguida se acercaron a la puerta. Don Fernando reconoció el andar de Inés y, no atreviéndose a afrontar el primer momento de indignación de una persona tan fiel a sus deberes, se escondió en el arca.
El calor era abrumador, profunda la oscuridad. Inés se acostó, y en seguida la tranquilidad de su respiración hizo comprender a don Fernando que estaba dormida. Sólo entonces se atrevió a acercarse a la cama. Y vio a aquella Inés que desde hacía tantos años era su único pensamiento. Sola, a su merced en la inocencia de su sueño, le dio miedo. Este singular sentimiento aumentó cuando se dio cuenta de que, en los dos años que él había pasado sin verla, su semblante había tomado una impronta de fría dignidad que él no le conocía.
Sin embargo, la felicidad de volver a verla penetró poco a poco en su alma; ¡formaba su relativa desnudez un contraste tan encantador con aquel aire de dignidad severa!
Comprendió que la primera idea de Inés al verlo sería huir. Fue a cerrar la puerta y retiró la llave.
Por fin llegó el momento que iba a decidir todo su porvenir. Inés hizo unos movimientos, estaba a punto de despertarse; Fernando tuvo la inspiración de ir a arrodillarse ante el crucifijo que ya en Alcolote estaba en el dormitorio de Inés. Cuando ésta abrió los ojos, todavía adormilados, pensó que Fernando acababa de morir lejos y que aquella imagen suya que veía ante el crucifijo era una visión. Permaneció inmóvil y erguida ante la cama y con las manos juntas.
-¡Pobre desdichado! -dijo con una voz trémula y casi inaudible.
Don Fernando, de rodillas aún y un poco en escorzo1 para mirarla, le señalaba el crucifijo; pero, en su turbación, hizo un movimiento. Inés, ya del todo despierta, comprendió la verdad y huyó hacia la puerta, encontrándola cerrada.
-¡Qué osadía! -exclamó-. ¡Salga de aquí, don Fernando!
Inés se retiró al rincón más lejano, hacia el pequeño surtidor.
-¡No se acerque, no se acerque! -repetía con voz convulsa-. ¡Salga de aquí!
En sus ojos brillaba el resplandor de la virtud más pura.
-No, no me marcharé antes de que me oigas. Han pasado dos años y no puedo olvidarte; noche y día tengo tu imagen ante los ojos. ¿No me juraste ante esta cruz que serías mía para siempre?
-¡Salga de aquí -le repetía ella con furia-, o llamo y nos degollarán a los dos!
Se dirigió hacia una campanilla, pero don Fernando se le adelantó y la estrechó en sus brazos. Don Fernando estaba temblando; Inés lo notó muy bien y perdió toda la fuerza que le daba la ira.
Don Fernando ya no se dejó dominar por los pensamientos de amor y voluptuosidad y se atuvo estrictamente a su deber.
Temblaba más que Inés, pues se daba cuenta de que acababa de obrar con ella como un enemigo; pero no encontró cólera ni arrebato.
-¿Es que quieres la muerte de mi alma inmortal? -le dijo Inés-. Por lo menos, cree una cosa: que te adoro y nunca amé a nadie más que a ti. Ni un solo minuto de la abominable vida que llevo desde mi boda he dejado de pensar en ti. Era un pecado espantoso; he hecho cuanto he podido por olvidarte, pero en vano. No te horrorices de mi impiedad, Fernando mío. ¿Lo creerás? Muchas veces, ese santo crucifijo que aquí ves, junto a mi cama, ya no me presenta la imagen del Salvador que ha de juzgarnos, sólo me recuerda los juramentos que te hice extendiendo la mano hacia él en mi cuartito de Alcolote. ¡Ah, estamos condenados, irremisiblemente condenados, Fernando! -exclamó arrebatada-; seamos al menos plenamente dichosos los pocos días que nos quedan de vida.
Este lenguaje quitó todo temor a don Fernando; comenzó para él la felicidad.
-¿Es que me perdonas? ¿Me amas todavía?...
Las horas volaban. Anochecía. Fernando le contó la inspiración súbita que le había venido aquella mañana al ver el arca. Los sacó de su embeleso un gran ruido que se produjo cerca de la puerta de la habitación. Era don Blas, que venía a buscar a su mujer para el paseo vespertino.
-Dile que te has puesto mala por el gran calor que hace -dijo don Fernando a Inés-. Voy a meterme en el arca. Aquí tienes la llave de la puerta; haz como que no puedes abrir, dale la vuelta al revés, hasta que oigas el ruido que hará la cerradura del arca al cerrarse.
Todo salió muy bien. Don Blas creyó en el malestar producido por el calor.
-¡Pobrecita! -exclamó, disculpándose por haberla despertado tan bruscamente.
La cogió en brazos y la llevó a la cama. Estaba abrumándola con tiernísimas caricias, cuando se fijó en el arca.
-¿Qué es eso? -preguntó, frunciendo el entrecejo.
Pareció despertarse de pronto toda su sagacidad de jefe de policía.
-¡Esto en mi casa! -repitió cinco o seis veces, mientras doña Inés le contaba los temores de Sancha y la historia del arca.
-Dame la llave -dijo don Blas con gesto duro.
-No quise recibirla -contestó Inés-: podría encontrarla uno de tus criados. A Sancha le gustó mucho que me negara a quedarme con la llave.
-¡Muy bien! -exclamó don Blas-; pero yo tengo en la caja de mis pistolas los medios necesarios para abrir todas las cerraduras del mundo.
Se dirigió a la cabecera de la cama, abrió una caja llena de armas y se acercó al arca con un paquete de ganzúas inglesas.
Inés abrió las persianas de una ventana y se inclinó hacia fuera como para poder arrojarse a la calle en el momento en que don Blas descubriera a Fernando. Pero el odio que Fernando tenía a don Blas le había devuelto toda su sangre fría, y se le ocurrió poner la punta de su puñal detrás del pestillo de la mala cerradura del arca; don Blas manipuló en vano con sus ganzúas inglesas.
-¡Qué raro! -dijo don Blas, incorporándose- estas ganzúas no me habían fallado nunca. Querida Inés, retrasaremos el paseo. Con la idea de esta arca, que quizá esté llena de papeles criminales, no estaría contento ni siquiera al lado tuyo. ¿Quién me dice que, en mi ausencia, el obispo, enemigo mío, no hará un registro en mi casa valiéndose de una orden arrancada con engaño al rey? Voy a ir a mi despacho y volveré en seguida con un cerrajero que lo hará mejor que yo.
Salió. Doña Inés dejó la ventana para cerrar la puerta. En vano le suplicó don Fernando que huyera con él.
-No conoces la vigilancia del terrible don Blas -le dijo-; en unos minutos puede ponerse en comunicación con sus agentes a varias leguas de Granada. ¡Ojalá pudiera yo huir contigo para ir a vivir en Inglaterra! Figúrate que esta casa tan grande es registrada cada día hasta en los menores rincones. Sin embargo, voy a intentar esconderte. Si me amas, sé prudente, pues yo no sobreviviría.
La conversación fue interrumpida por un gran golpe en la puerta; Fernando se puso detrás de ésta con el puñal en la mano. Afortunadamente, no era más que Sancha. Se lo contaron todo en dos palabras.
-Pero, señora, usted no piensa que al esconder a don Fernando, don Blas encontrará el arca vacía. ¿Qué podremos meter en ella en tan poco tiempo? Pero, en el apuro, se me olvidaba una buena noticia: toda la población está en vilo y don Blas muy ocupado. A don Pedro Ramos, el diputado a Cortes, lo insultó un voluntario realista en el café de la Plaza Mayor, y don Pedro acaba de matarlo a puñaladas. He visto ahora a don Blas rodeado de sus esbirros en la Puerta del Sol. Esconda a dan Fernando, voy a buscar por todas partes a Zanga para que venga a llevarse el arca con don Fernando dentro. Pero ¿nos dará tiempo? Lleven el arca a otra habitación, para tener una primera respuesta que dar a don Blas y que no lo mate de repente. Dígale que fui yo quien mandó trasladar el arca y quien la abrió. Sobre todo, no nos hagamos ilusiones: ¡si don Blas vuelve antes que yo, morimos todos!
Los consejos de Sancha no impresionaron mucho a los amantes; llevaron el arca a un pasadizo oscuro y se contaron la historia de sus vidas desde hacía dos años.
-No encontrarás reproches en tu amiga -decía Inés a don Fernando-; te obedeceré en todo: tengo el presentimiento de que nuestra vida no será larga. No sabes en qué poco tiene don Blas su vida y la ajena; descubrirá que te he visto y me matará ¿Qué encontraré en la otra vida? -continuó, después de un momento de abstracción-; ¡castigos eternos!
Y se arrojó al cuello de Fernando.
-Soy la más feliz de las mujeres -exclamó-. Si encuentras algún medio para vernos, házmelo saber por Sancha; tienes una esclava que se llama Inés.
Zanga no volvió hasta la noche; se llevó el arca, en la que se había vuelto a meter Fernando. Varias veces lo interrogaron las patrullas de esbirros, que buscaban por todas partes al diputado liberal sin encontrarlo; como Zanga les decía que el arca que llevaba pertenecía a don Blas, siempre lo dejaban pasar.
La última vez lo pararon en una calle solitaria que bordea el cementerio; lo separaba de éste, que está a doce o quince pies más abajo, un muro que, por el lado de la calle, permite apoyarse en él. Y en él apoyaba Zanga el arca mientras contestaba a los esbirros.
Como le habían hecho llevarse rápidamente el arca por miedo a que volviera don Blas, la había cargada de tal grado, que don Fernando iba cabeza abajo; esta posición le producía un dolor insoportable; esperaba llegar pronto, y cuando notó el arca inmóvil, perdió la paciencia; reinaba en la calle un gran silencio; don Fernando calculó que debían de ser lo menos las nueve de la noche. «Unos cuantos ducados -pensó- me asegurarán la discreción de Zanga». Vencido por el dolor, le dijo en voz muy baja:
-Da la vuelta al arca; así estoy sufriendo terriblemente.
El cargador, que, a tan avanzada hora, no estaba muy tranquilo contra la pared del cementerio, se asustó de aquella voz tan cerca de su oído; creyó estar oyendo a un aparecido y huyó a todo correr. El arca quedó en pie sobre el parapeto; el dolor de don Fernando iba en aumento. Al no recibir respuesta da Zanga, comprendió que lo había abandonado. Por mucho peligro que hubiera, decidió abrir el arca. Hizo un movimiento violento que lo precipitó al cementerio.
El choque de la caída lo aturdió y tardó unos momentos en recobrar el conocimiento; veía las estrellas brillar sobre su cabeza: al caer el arca se había abierto la cerradura, y él se encontró tendido en la tierra recién removida de una tumba. Pensó en el peligro que podía correr Inés y esto le devolvió toda su fuerza.
Le corría la sangre, estaba muy maltrecho, pero consiguió levantarse y después andar; le costó algún trabajo escalar el muro del cementerio y luego llegar a casa de Sancha. Esta, al verlo ensangrentado, creyó que don Blas lo había descubierto.
-Hay que reconocer -le dijo riendo, cuando se tranquilizó a este respecto -que nos has metido en un buen lío.
Convinieron en que había que aprovechar la noche a todo trance para llevarse el arca caída en el cementerio.
-Si mañana un espía de don Blas descubre esa maldita arca, muertas somos doña Inés y yo -dijo Sancha.
-Seguramente está manchada de sangre -observó don Fernando.
Zanga era el único hombre que podían utilizar. Hablando de él estaban, cuando llamó a la puerta de Sancha, que le causó gran asombro diciéndole:
-Ya sé lo que vienes a contarme. Abandonaste mi arca y se cayó al cementerio con todas mis mercancías de contrabando. ¡Qué pérdida para mí! Verás lo que va a ocurrir: don Blas te interrogará esta noche o mañana por la mañana.
-Ay de mí, estoy perdido! -exclamó Zanga.
-Estás salvado si contestas que al salir del palacio de la inquisición trajiste el arca a mi casa.
Zanga estaba muy disgustado por haber comprometido las mercancías de su prima, pero había tenido miedo del aparecido; ahora tenía miedo de don Blas y parecía incapaz de comprender las cosas más sencillas. Sancha le repetía con todo detalle sus instrucciones sobre lo que tenía que contestar al jefe de policía para no comprometer a nadie.
-Aquí tienes diez ducados para ti -le dijo don Fernando, apareciendo de repente-; pero, si no dices exactamente lo que te ha explicado Sancha, este puñal te matará.
-¿Y quien es vuestra merced, señor? -preguntó Zanga.
-Un desdichado «negro» perseguido por los voluntarios realistas.
Zanga estaba perplejo; su pavor llegó al extremo cuando vio entrar a dos de los esbirros de don Blas. Uno de ellos se apoderó de él y lo condujo ante su jefe. El otro venía simplemente a notificar a Sancha que tenía que comparecer en el palacio de la inquisición; su misión era menos severa.
Sancha bromeó con él y lo animó a probar un excelente vino Rancio (sic). Quería hacerle hablar para que diera algunas indicaciones a don Fernando, el cual podía oírlo todo desde el lugar donde estaba escondido. El esbirro contó que Zanga, huyendo del aparecido, había entrado pálido como la muerte en una taberna, donde contó su aventura. En aquella taberna se encontraba uno de los espías encargados de descubrir al «negro», o liberal, que había matado a un realista, y fue corriendo con su informe a don Blas.
-Pero nuestro jefe, que no es tonto -añadió el esbirro-, dijo en seguida que la voz que había oído Zanga era la del «negro» escondido en el cementerio. Me mandó a buscar el arca y la encontramos abierta y manchada de sangre. Don Blas pareció muy sorprendido y me ha mandado aquí. Vamos.
«Muertas somos Inés y yo -se decía Sancha, dirigiéndose con su esbirro al palacio de la Inquisición-. Don Blas habrá reconocido el arca; en este momento ya sabe que un extraño se introdujo en su casa.»
La noche era muy oscura. Por un momento, Sancha tuvo la idea de escapar. «Pero no -se dijo-, sería infame abandonar a doña Inés, que es tan inocente y en este momento no debe de saber qué contestar.»
Al llegar al palacio de la inquisición, le extrañó que la hicieran subir al segundo piso, al aposento mismo de Inés. El lugar de la escena le pareció de siniestro augurio. La habitación estaba muy iluminada.
Encontró a doña Inés sentada junto a una mesa, a don Blas de pie a su lado, echando chispas por los ojos, y, ante ellos, abierta, el arca fatal. Estaba toda manchada de sangre. En el momento en que entró Sancha, don Blas estaba interrogando a Zanga. Lo hicieron salir inmediatamente.
«¿Nos habrá traicionado? -se decía Sancha-. ¿Habrá entendido lo que le dije que contestara? La vida de doña Inés está en sus manos.»
Sancha miró a doña Inés para tranquilizarla; no vio en sus ojos más que serenidad y entereza. Sancha se quedó atónita. «¿De dónde saca tanto valor esta mujer tan apocada?» Desde las primeras palabras de su respuesta a las preguntas de don Blas, Sancha observó que este hombre, habitualmente tan dueño de sí mismo, estaba como loco. Pronto se dijo, hablándose a sí mismo:
-¡La cosa está clara!
Doña Inés debió de oír estas palabras, como las oyó Sancha, pues dijo con un tono muy natural:
-Con tantas velas encendidas, esto está como un horno.
Y se acercó a la ventana.
Sancha sabía cuál era su proyecto unas horas antes, y comprendió aquel movimiento. Fingió un violento ataque de nervios.
-Esos hombres quieren matarme -exclamó- porque salvé a don Pedro Ramos.
Y agarró fuertemente a Inés por la muñeca.
En medio del extravío de un ataque de nervios, las medias palabras de Sancha decían que, a poco de llevar Zanga a su casa el arca de los géneros, irrumpió en su cuarto un hombre todo ensangrentado y con un puñal en la mano. «Acabo de matar a un voluntario realista -había dicho- y los compañeros del muerto me están buscando. Si usted no me socorre, me matan ante sus propios ojos...».
-¡Ah, vean esta sangre en mi mano -exclamó Sancha, como enajenada-, quieren matarme!
-Siga -dijo don Blas fríamente.
-Don Ramos me dijo: «El prior del convento de los Jerónimos es tío mío; si puedo llegar a su convento, estoy salvado.» Yo temblaba de miedo; don Pedro vio el arca abierta, de donde yo acababa de sacar mis tules ingleses. De pronto va y arranca los paquetes que todavía quedaban en el arca, y se mete él dentro. «Cierre con llave sobre mí -exclamó- y que lleven el arca al convento de los Jerónimos sin perder momento.» Y me echó un puñado de ducados; aquí los tiene: es el precio de una impiedad, me horrorizan...
-¡Bueno, menos cuentos! -exclamó don Blas.
-Tenía miedo de que me matara si no obedecía -continuó Sancha-; tenía aún en la mano izquierda el puñal, lleno de la sangre del pobre voluntario realista. Tuve miedo, lo confieso; mandé a buscara Zanga, y éste cogió el arca y la llevó al convento. Yo tenía...
-Ni una palabra más o eres muerta -la interrumpió don Blas, a punto de adivinar que Sancha quería ganar tiempo.
A una señal de don Blas, salen en busca de Zanga. Sancha observa que don Blas, habitualmente impasible, está fuera de sí; tiene dudas sobre la persona a la que, desde hacía dos años, creía fiel. El calor parece agobiarle. Pero nada más ver a Zanga, conducido por el esbirro, se arroja sobre él y le aprieta furiosamente el brazo.
«Llegó el momento fatal -se dijo Sancha-. De este hombre depende la vida de doña Inés y la mía. Me es muy fiel, pero esta noche, asustado por el aparecido y por el puñal de don Fernando, ¡sabe Dios lo que va a decir!».
Zanga, violentamente sacudido por don Blas, lo miraba con ojos espantados y sin contestar.
«¡Dios mío! -pensó Sancha-, lo van a hacer prestar juramento de decir la verdad, y, como es tan devoto; no querrá mentir por nada del mundo.»
Por casualidad, don Blas, que estaba en su tribunal, olvidó hacer que el testigo prestara juramento. Por fin Zanga, estimulado por el gran peligro, por las miradas de Sancha y por su mismo miedo, se decidió a hablar. Fuera por prudencia o por verdadera turbación, su relato resultó muy embrollado. Dijo que, llamado por Sancha para cargar otra vez el arca que había traído poco antes del palacio de monseñor el jefe de policía, le había parecido mucho más pesada. Como no podía más, al pasar por el muro del cementerio la apoyó en el parapeto. Oyó muy cerca de su oído una voz quejumbrosa y echó a correr.
Don Blas lo asediaba a preguntas, pero parecía él mismo abrumado de cansancio. Ya muy avanzada la noche, suspendió el interrogatorio para reanudarlo a la mañana siguiente. Zanga no se había cortado todavía. Sancha pidió a Inés que le permitiera ocupar el gabinete contiguo a su dormitorio, donde antes pasaba la noche. Probablemente don Blas no oyó las pocas palabras que se dijeron a este respecto. Inés, que temblaba por don Fernando, fue a buscar a Sancha.
-Don Fernando está a salvo, pero -continuó Sancha- la vida de usted y la mía penden de un hilo. Don Blas sospecha. Mañana por la mañana va a amenazar en serio a Zanga y a hacerle hablar por medio del fraile que confiesa a ese hombre y que tiene mucho dominio sobre él. El cuento que yo he contado no servía mas que para salir del paso en el primer momento.
-Bueno, pues, huye, querida Sancha -repuso Inés, con su dulzura acostumbrada y como si no la preocupara en absoluto la suerte que a ella misma la esperaba a las pocas horas-. Déjame morir sola. Moriré dichosa: tengo conmigo la imagen de don Fernando. La vida no es demasiado para pagar la felicidad de haber vuelto a verlo al cabo de dos años. Te ordeno que me dejes ahora mismo. Vas a bajar al patio grande y a esconderte junto a la puerta. Espero que podrás salvarte. Sólo te pido una cosa: entrega esta cruz de diamantes a don Fernando y dile que muero bendiciendo la idea que tuvo de volver de Mallorca.
Al apuntar el alba y oír el toque del Ángelus, doña Inés despenó a su marido para decirle que iba a oír la primera misa del convento de las Clarisas. Aunque este convento estaba en la casa, don Blas, sin contestarle una palabra, hizo que la acompañaran cuatro de sus criados.
Al llegar a la iglesia, Inés se arrodilló junto a la teja de las religiosas. Pasado un momento, los guardianes que don Blas había puesto a su mujer vieron abrirse la reja. Doña Inés entró en la clausura. Declaró que, en un voto secreto, se había hecho monja y no saldría jamás del convento. Don Blas acudió a reclamar a su mujer, pero la abadesa había mandado aviso al obispo. El prelado contestó en tono paternal a los arrebatos de don Blas.
-Desde luego, la ilustrísima doña Inés Bustos y Mosquera no tiene derecho a consagrarse al Señor si es esposa legítima de usted; pero doña Inés teme que en su casamiento hubo ciertas causas de nulidad.
A los pocos días, doña Inés, que estaba en pleito con su marido, apareció en su cama acribillada a puñaladas. Y, como consecuencia de una conspiración descubierta por don Blas, el hermano de Inés y don Fernando acaban de ser decapitados en la plaza de Granada
Sthendal.Henri Beyle (Grenoble, 23 de enero de 1783 – París, 23 de marzo de 1842), más conocido por su seudónimo Stendhal, fue un escritor francés del siglo XIX.
Valorado por su agudo análisis de la psicología de sus personajes y la concisión de su estilo, es considerado uno de los primeros y más importantes literatos del Realismo. Es conocido sobre todo por sus novelas Rojo y negro (Le Rouge et le Noir, 1830) y La cartuja de Parma (La chartreuse de Parme, 1839).

Henri Beyle utilizó diferentes seudónimos para firmar sus escritos, siendo Stendhal el más conocido de ellos. Existen dos hipótesis verosímiles sobre el origen del seudónimo:1 2 la más aceptada es que tomara el seudónimo de la ciudad alemana de Stendal, lugar de nacimiento de Johann Joachim Winckelmann, fundador de la arqueología moderna y al que admiraba. Una segunda hipótesis es que el seudónimo sea un anagrama de Shetland, unas islas que Stendhal conoció y que le dejaron una profunda impresión.
Nacido Marie-Henri Beyle en una familia burguesa, su padre Chérubin Beyle era abogado en la Audiencia Provincial. Quedó huérfano de madre cuando contaba sólo con siete años. Su padre, que se encargó junto a su tía de su educación, fue encarcelado en 1794 durante el Terror por su defensa de la monarquía. También mantuvo un fuerte trato con su abuelo materno, Henry Gagnon, médico de profesión, al que admiraba profundamente, y al que en alguna de sus obras llamará "padre".

Estudió desde 1796 en la Escuela Central de Grenoble y logró unas altas calificaciones en matemáticas. En 1799 fue a París con la idea de estudiar en la Escuela Politécnica, pero enfermó y no pudo ingresar. Obtuvo un trabajo en el Ministerio de Defensa, en el que ya trabajaba su primo Pierre Daru.

Al año siguiente viajó a Italia como subteniente de dragones, acompañando a la retaguardia del ejército comandado por Napoleón. Su estancia en Italia le permitió conocer la música de Domenico Cimarosa y Gioacchino Rossini (del que escribió una célebre biografía, Vida de Rossini), además de las obras de Vittorio Alfieri. En 1801 participó en la campaña de Italia con las tropas napoleónicas, sirviendo en el Estado Mayor del general Claude Ignace François Michaud como ayudante de campo.
En esos años, Stendhal entra en contacto con los intelectuales de la revista Il Conciliatore, y se acerca a las experiencias románticas.
En 1802 deja el ejército, pasando a trabajar como funcionario de la administración imperial en Alemania, Austria y Rusia, pero sin participar en las batallas del ejército napoleónico. Ese mismo año pasa a ser amante de Madame Rebuffel, primera de la decena de amantes que tuvo (de las que se conocen nombre y apellidos).
Fue a vivir a Milán en 1815, y dos años después publicó Roma, Nápoles y Florencia, toda una declaración de su amor por Italia, y donde se describe el llamado síndrome de Stendhal, que es una especie de éxtasis y mareo que se produce al contemplar una acumulación de arte y belleza en muy poco espacio y tiempo. Stendhal lo experimentó al contemplar la basílica de Santa Croce de Florencia.
Ese mismo año viajó a Roma, Nápoles, Grenoble, París, y por primera vez a Londres. En 1821 realizó un segundo viaje a Inglaterra para recuperarse de unos reveses amorosos, e hizo un tercero en 1826, también debido a problemas espirituales de la víscera rosa. Los años siguientes los dedicó prácticamente todos a un vagabundeo por Europa.
De nuevo en Italia, fue expulsado bajo la acusación de espionaje, y tuvo que regresar a París. Allí empezó a trabajar en un periódico, desde el que pudo "diseñar" su programa esencialmente romántico, caracterizado y mejorado con el reconocimiento de la historia como parte esencial de la literatura.
Viajó al sur de Francia en 1830, y en 1831 a Trieste. De 1832 a 1836 fue destinado como vicecónsul de Francia en Civitavecchia, puerto de los Estados Pontificios cercano a Roma. Dos años después fue a París y a Lyon. A finales de 1837 hizo dos largos viajes por Italia.
En 1836 obtiene un permiso para residir en París, permiso que en principio era para tres meses, pero que se alarga hasta tres años. Durante estos años alterna estancia en París con viajes por toda Europa. En 1839 viajó a Nápoles acompañado por su amigo Prosper Mérimée. En 1841 tuvo un primer ataque de apoplejía y consiguió, por motivos de salud, un nuevo permiso para ir a París.
El 22 de marzo de 1842, Stendhal sufre un nuevo ataque en plena calle. Trasladado a su domicilio, muere en la madrugada del 23 sin haber recuperado el conocimiento. Es enterrado al día siguiente en el cementerio de Montmartre.


Tumba de Stendhal en el cementerio de Montmartre, París.
En su lápida hizo escribir el siguiente epitafio (tal como puede leerse en la fotografía): «Arrigo Beyle, milanese. Scrisse, amò, visse Ann. LIX M. II. Morì il XXIII marzo MDCCCXLII» («Henri Beyle, milanés. Escribió, amó, vivió 59 años, 2 meses. Murió el 23 de marzo de 1842»).
Stendhal escribió numerosos ensayos y memorias, textos entre los que hoy se recuerdan las Vidas de Haydn, Mozart y Metastasio (1815), Vida de Napoleón (1817–1818), Historia de la pintura en Italia (1817), Roma, Nápoles y Florencia (1817), Sobre el amor (1822), Racine y Shakespeare (1823), Vida de Rossini (1823), Paseos por Roma (1829), Memorias de Napoleón, Recuerdos de egotismo (póstumo, 1893), Vida de Henry Brulard (1835–1836; incompleta, publicada en 1890), Recuerdos de un turista (1838), Lamiel (1840; incompleta, publicada en 1889).
Pero su fama la debe fundamentalmente a sus cuatro famosísimas novelas: Armancia (1826). Tras un romance con la actriz Clémentine Curial, redactó esta primera novela, para la que se inspiró en su relación con Matilde Viscontini Dembowski, y que representó el primer ejemplo de novela en el que se ambientaban históricamente las vicisitudes amorosas, lo que permitía a Stendhal analizar y criticar la sociedad contemporánea. Rojo y negro (1830), en la que ilustraba la atmósfera de la sociedad francesa en la Restauración. Stendhal representó en esta novela a un joven que es modelo de las ambiciones y frustraciones de la época, haciendo ver los problemas que se daban entre las distintas clases emergentes en los años que precedieron a Luis Felipe de Orléans. La cartuja de Parma (1839). Probablemente su mejor obra, más novelesca que Rojo y negro, Stendhal la escribió en dos meses, lo que tiene el inconveniente de que va añadiendo personajes y tramas al tiempo que avanza la propia novela, pero que también la hace tremendamente espontánea y sincera. En su época sólo recibió el elogio de Honoré de Balzac. Lucien Leuwen (incompleta y póstuma, 1894). Representa el modo en que la Francia monárquica de Luis Felipe de Orléans se derrumba, bajo la atenta y crítica mirada de Stendhal. Otras obras, menos conocidas, son: El rosa y el verde (1837, novela incompleta) Mina de Vanghel (1830, después publicada en la Revue des Deux Mondes). Y los relatos cortos recogidos y editados más tarde por Henri Martineau en el volumen Chroniques italiennes (Le Divan, París 1929), Crónicas italianas:La abadesa de Castro3.Vittoria Accoramboni3.Los Cenci3.La duquesa de Palliano3.San Francisco a Ripa. Vanina Vanini.Favores que matan.Suora Scolastica.Los principales temas de su producción literaria fueron su marcadísima sensibilidad romántica y un poderoso sentido crítico, que dieron vida a su filosofía de caza de la felicidad, egotismo típico de todos sus personajes. El análisis de las pasiones, de los comportamientos sociales, el amor por el arte y por la música, además de la búsqueda epicúrea del placer, se expresaban con un modo de escribir personalísimo, en el que el realismo de la observación objetiva y el carácter individual de su expresión se fundían de modo armónico. Por todas estas razones, Stendhal tuvo que sufrir el vacío que le hicieron sus contemporáneos, con excepción, como se dijo anteriormente, de Honoré de Balzac, pero alcanzó una enorme fama después. Mezclando con acierto la ambientación histórica y el análisis psicológico, sus novelas describen el clima moral e intelectual de Francia. Stendhal ha sido considerado el creador de la novela moderna, que dio paso a la gran narrativa del siglo XIX. Se dice que es el escritor del XIX que menos ha envejecido. Su positivismo, sin contaminarse de ideologías, muestra al lector un lenguaje muy moderno.
Semblanza biográfica:Wikipedia. Texto y Foto: El cuento del día.