El cuento del domingo


Elsa Bornemann

Mil grullas

Naomi Watanabe y  Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos.
Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.
 Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah… y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…
Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.
-No tengo hambre –le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía. -Te dejo mi vianda –y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.
Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún…
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque…
Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque…
Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! –pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima (1). Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.
 Ya no  vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas, -Para cuando termine la guerra… –decía el abuelo-. Todo acaba algún día… –comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo.
Abandonó el tatami (2),  se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus (3):
Lento se apaga
El verano
Enciendo
Lámpara y sonrisas.
Pronto
Florecerán los crisantemos.
Espera,
Corazón.
Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó  ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar!
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca…
Y los  dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes…
Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta el obi (4)   de su kimono (5) y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora?
“Ahora”, Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.
Un  repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.
En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: “Donguri-Koro Koro- Donguri Ko…” (6)  por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos mandados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un  sol estallando.
Recién en diciembre logró Toshiro averiguar donde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima. Como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro  de ellos, en su misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
-Voy a morirme, Toshiro… –susurró. No bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama. –Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta…
Mil grullas…o “Semba-Tsuru” (7), como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita, sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.
-Te vas a curar, Naomi –le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporalmente alojados) entendieron aquella noche el por qué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con  sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera la llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, El muchacho se encontraba pasando  hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos pasmados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de sufuroshiki (8)  y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos.
No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
-Prohibidas las visitas a esta hora- le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, Por favor…
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasibilidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.
Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando
Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
Son hermosas, Tosí-can…(9) Gracias…
-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas –y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?
Febrero de 1976.
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.
Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquina de calcular.
Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes…
Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa
-Algún día completará las mil… –cuchicheaban entre risas– ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?
Ninguno sospechaba, siquiera , la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.
1) Miyashima: pequeña isla situada en las proximidades de la ciudad de Hiroshima
2) Tatami: estera que se coloca sobre pisos, en las casas japonesas tradicionales
3) Haiku: breve poema de diecisiete sílabas, típico de la poesía japonesa.
4) Obi: faja que acompaña al kimono.
5) Kimono: vestimenta tradicional japonesa, de amplías mangas, largas hasta los pies y que se cruza por delante, sujetándose con una especie de faja llamada obi.
6) Donguri-Koro Koro- Donguri Ko: verso de una popular canción infantil japonesa.
7) Semba-Tsuru: Mil grullas. Una creencia popular japonesa, asegura que haciendo mil de esas aves –según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel)– se logra alcanzar la larga vida y felicidad.
8 ) Furoshiki: tela cuadrangular que se usa para formar una bolsa, atándola por sus cuatro puntas después de colocar el contenido.
9) Tosí-can: diminutivo de Toshiro.
Elsa Isabel Bornemann (Buenos Aires, Argentina, 15 de febrero de 1952 - 24 de mayo de 2013)1. Escritora de cuentos, canciones, novelas y piezas teatrales para niños y jóvenes. Se graduó como profesora en Letras en Universidad Nacional de Buenos Aires.
Elsa Bornemann, nació en el barrio porteño de Parque Patricios. Maestra Normal Nacional, obtuvo su título en el Normal Nro. 11 Ricardo Levene. Se recibió de Licenciada en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, se doctoró y obtuvo varios diplomas de estudio en medicina y en idioma inglés, alemán, italiano, latín, griego clásico y hebreo.
Durante la última dictadura militar que gobernó Argentina, autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, su libro "Un elefante ocupa mucho espacio" fue censurado y pasó a integrar la lista de autores prohibidos. Ese mismo cuento fue galardonado con la Lista de Honor del Premio Internacional Hans Christian Andersen otorgado por IBBY (International Board on Books for Young People) por primera vez para un escritor argentino, al considerárselo un ejemplo de la literatura de importancia internacional. Más tarde, sus libros El último Mago o Bilembambudín y Disparatario fueron seleccionados para integrar la lista The White Ravens, distinción que otorga la Internationale Jugendbibliothek de Múnich, Alemania.
Ha realizado numerosos cursos y talleres sobre literatura tanto en Argentina como en otros países de América, de Europa y Japón. Muchas de sus obras han sido reproducidas en libros de lectura para la escuela primaria, en manuales de Literatura para distintos niveles, y en antologías argentinas y del exterior.
El 24 de mayo de 2013, la editorial Alfaguara infantil informó por las redes sociales su fallecimiento.2Participó en un libro llamado Caramelos surtidos de la editorial "Ediciones Orión" con el cuento Uno más uno (cuento para chicos enamorados). Esta obra es una recopilación de cuentos de varios escritores/as populares, ellos son: Juan Jacobo Bajarlía, Poldy Bird, Aarón Cupit, Marco Denevi, Laura Devetach, Beatriz Ferro, Fernando Flores, Sara Gallardo, Neli Garrido de Rodríguez, Marta Giménez Pastor, Eduardo Gudiño Kieffer, María Hortensia Lacau, Silvina Ocampo, María Elena Togno y Álvaro Yunque. Algunas de sus obras.Un elefante ocupa mucho espacio. La edad del pavo. El libro de los chicos enamorados. Queridos monstruos. Los desmaravilladores. Disparatario. Los Grendelines. Sol de noche. Corazonadas. No hagan olas. Socorro: doce cuentos para caerse de miedo. El último mago. Lisa de los paraguas. El niño envuelto. Mil grullas. Un amor disparatado. Cuadernos de un delfín. Con el sol entre los ojos. ¡Nada de tucanes!.Tinke-Tinke. Lobo Rojo y Caperucita FerozPremios y distinciones. Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, 5.699. Premio San Francisco de Asís 1977. Premio «Alicia Moreau de Justo», 1985. Mención Especial en el Premio Nacional de Literatura Infantil 1986. Cuadro de Honor del Premio Internacional "Hans Christian Andersen", Suiza, 1976. Premio Konex de Platino 1994. Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) por "El espejo distraído". Buenos Aires, 1972. Lista de Honor del IBBY (International Board on Books for young people), por “Un elefante ocupa mucho espacio” , recibido en XV Congreso Internacional de Literatura Infantil y Juvenil. Atenas (Grecia), 1976. Premio "San Francisco de Asís", por "toda su obra en beneficio de la infancia", otorgado por la Sociedad Misionera de Escritores. 1977. Inclusión de El libro de los chicos enamorados en la Lista de los Cinco Mejores Libros Escritos en Idioma Castellano. Caracas (Venezuela), Banco del Libro, 1982. Mención Especial en el Premio Nacional de Literatura para Niños, por su producción publicada entre 1982-1985. Buenos Aires, Secretaría de Cultura y Educación de la Nación, 1986. Lista de Honor de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina) por Puro ojos. Buenos Aires, 1987. Cuadro de Honor para “El último mago o Bilembambudin”, en la selección The White Ravens. Múnich (Alemania) 1988. Cuadro de Honor para Disparatario, en la selección The White Ravens. Múnich (Alemania), Internationale Jugendbibliothek, 1989. Integración entre "Los cinco mejores escritores argentinos" incluidos en la guía "Who is Who", editada por la Feria de Bologna/Italia, 1993. Diploma al Mérito, correspondiente a la Literatura Infantil-Juvenil Argentina, por "considerársela una de los mejores escritores de esa especialidad". Buenos Aires, Fundación Konex, 1994. Premio Konex de Platino, por toda su obra literaria, al ser elegida como "la escritora más relevante en la última década". Buenos Aires, Fundación Konex, 1995. Cuadro de Honor de Literatura Infantil Argentina por Palabracadabra Tucumán (Argentina), Secretaría de Cultura de la Municipalidad, 1997. Premio Edenor y Radio Clásica de Buenos Aires, "por su aporte a la Literatura Infantil". Buenos Aires, 2000.
Semblanza biográfica: Wikipedia.Texto: El cuento del día. Foto: internet

El cuento del domingo

Natalia Ginzburg
La madre
La madre era pequeña y flaca, algo cargada de hombros; llevaba siempre una falda azul y una blusa de lana roja. Tenía un pelo negro crespo y corto, lo untaba siempre con aceite para que no abultara tanto; todos los días se depilaba las cejas, convirtiéndolas en dos pececillos negros que serpenteaban hacia las sienes; se empolvaba el rostro con unos polvos amarillos. Era muy joven; ellos no sabían cuántos años tenía, pero parecía mucho más joven que las madres de sus compañeros de escuela; los muchachos siempre se asombraban al ver a las madres de sus compañeros, lo gordas y viejas que eran. Fumaba mucho y tenía los dedos manchados de tabaco; fumaba incluso por la noche, en la cama, antes de dormirse. Dormían los tres juntos, en el gran lecho matrimonial con el edredón amarillo; la madre estaba al lado de la puerta, en la mesilla de noche tenía una lámpara con la pantalla envuelta en un trapo rojo, porque de noche leía y fumaba; a veces regresaba muy tarde, los chicos se despertaban entonces y le preguntaban dónde había estado; ella contestaba casi siempre: «En el cine», o bien: «Con una amiga mía». No sabían quién era esa amiga porque nunca había venido a casa ninguna amiga a buscar a la madre. Ella les decía que tenían que volverse del otro lado mientras se desnudaba, oían el roce veloz de los trajes, en las paredes bailaban sombras; se metía en la cama a su lado, un flaco cuerpo en el frío camisón de seda, y se apartaban de ella porque siempre se quejaba de que se le echaban encima y le daban patadas en sueños; a veces apagaba la luz para que ellos se durmieran y fumaba en silencio en la sombra.
La madre no era importante. Eran importantes la abuela, el abuelo, la tía Clementina, que vivía en el campo y llegaba de vez en cuando con castañas y harina amarilla; era importante Diomira, la criada, era importante Giovanni, el portero tísico que hacía sillas de paja; todas estas personas eran muy importantes para los dos chicos porque eran gente fuerte en la que se podía confiar, gente fuerte al permitir y al prohibir, muy listos en todas las cosas que hacían y siempre llenos de sabiduría y de fuerza; gente que podía defender de las tormentas y de los ladrones. Pero si estaban solos en casa con su madre, los niños tenían tanto miedo como si hubieran estado solos; en cuanto a lo de permitir o prohibir, ella no permitía ni prohibía nunca nada, como mucho se quejaba con una voz cansada: «No hagáis tanto ruido, que me duele la cabeza», y si le pedían permiso para hacer algo, contestaba al instante: «Pedídselo a la abuela», o bien decía primero que no y después que sí y después que no, y era un lío. Cuando salían solos con su madre se sentían inseguros, porque ella siempre se equivocaba de calles y había que preguntarle al guardia, y además tenía un modo tan grotesco y tímido de entrar en las tiendas y pedir las cosas que iba a comprar, y en las tiendas siempre se le olvidaba algo, los guantes o el bolso o la bufanda, y había que regresar a buscarlo y a los chicos les daba vergüenza.
La madre tenía desordenados los cajones y dejaba todas las cosas tiradas, y Diomira, por la mañana, cuando arreglaba la habitación, refunfuñaba contra ella. Llamaba incluso a la abuela para que lo viese y juntas recogían medias y trajes y barrían la ceniza que estaba diseminada por todas partes. La madre iba a hacer la compra por la mañana; volvía y arrojaba la bolsa de red sobre la mesa de mármol de la cocina, cogía su bicicleta y corría a la oficina donde estaba empleada. Diomira miraba todo lo que había en la red, tocaba las naranjas una a una y la carne, refunfuñaba y llamaba a la abuela para que viera lo mala que era la carne. La madre regresaba a casa cuando todos ellos habían comido ya y comía a toda prisa con el periódico apoyado en el vaso, y después se marchaba de nuevo a la oficina y volvían a verla un momento a la hora de cenar, pero después de cenar casi siempre se iba.
Los chicos hacían sus deberes en el dormitorio. Había un retrato del padre, grande, en la cabecera de la cama, con una cuadrada barba negra y cabeza calva y gafas con montura de concha, y además otro retratito en la mesa, con el niño menor en brazos. Su padre había muerto cuando eran muy pequeños, no recordaban nada de él; mejor dicho, en la memoria del chico mayor quedaba la sombra de una tarde remotísima, en el campo, en casa de tía Clementina: el padre lo empujaba por el prado en una carretilla verde; luego había encontrado un trozo de aquella carretilla, un mango y la rueda, en el desván de tía Clementina; de nueva era una carretilla preciosa y él estaba encantado de tenerla; su padre lo empujaba corriendo y su larga barba revoloteaba. No sabían nada del padre, pero pensaban que debía ser del tipo de los que son fuertes y sabios al permitir y al prohibir; la abuela, cuando el abuelo o Diomira se enfadaban con la madre, decía que había que tener compasión de ella porque había sido muy desgraciada, y decía que si hubiera estado Eugenio, el padre de los chicos, habría sido una mujer muy distinta, pero que había tenido la desgracia de perder a su marido cuando aún era muy joven. Hubo durante cierto tiempo una abuela materna, pero nunca la vieron porque vivía en Francia, pero escribía y mandaba regalitos por Navidad; después acabó muriéndose, porque era muy vieja.
De merienda comían castañas, o pan con aceite y vinagre, y después, si habían acabado los deberes, podían bajar a jugar a la plazuela o entre las ruinas de los baños públicos, destrozados por un bombardeo. En la plazuela había muchas palomas y ellos les llevaban pan o hacían que Diomira les diera un cucurucho de restos de arroz. Allí se encontraban con todos los chavales del barrio, los compañeros de la escuela y otros que veían también el domingo en el centro parroquial, cuando jugaban un partido de pelota con el padre Vigliani, que se subía la sotana negra y daba patadas. También en la plazuela jugaban a veces a la pelota o jugaban a policías y ladrones. La abuela se asomaba de vez en cuando al balcón y les gritaba que no se lastimaran; era bonito ver desde la plaza oscura las ventanas iluminadas de la casa, allá en el tercer piso, y saber que se podía regresar allí, calentarse junto a la estufa y defenderse de la noche. La abuela se sentaba en la cocina con Diomira y remendaban las sábanas; el abuelo se quedaba en el comedor y fumaba su pipa con el gorro en la cabeza. La abuela era muy gorda, vestida de negro, y llevaba en el pecho un medallón con el retrato de tío Oreste que había muerto en la guerra; era estupenda haciendo pizzas y guisando otras cosas. La abuela los ponía a veces en sus rodillas, incluso ahora que eran bastante mayores; era gorda, tenía un gran pecho muy blando; debajo del escote del traje negro se veía la gruesa camiseta de lana blanca con bordes de festón que se había hecho ella misma. Los ponía en sus rodillas y les decía en su dialecto palabras tiernas y un poco compasivas; y después se sacaba del moño una horquilla de hierro y les limpiaba las orejas; ellos chillaban y querían escapar y aparecía en la puerta el abuelo con su pipa.
El abuelo era antes profesor de latín y griego en el instituto. Ahora estaba retirado y escribía una gramática griega; muchos de sus antiguos alumnos venían a verlo de vez en cuando, y Diomira tenía entonces que hacer café; en el retrete había hojas de cuadernos con versiones del latín y del griego, con sus correcciones en rojo y azul. El abuelo tenía una barbita blanca, algo así como la de una cabra, y no había que hacer ruido porque tenía los nervios cansados por tantos años de enseñanza; siempre estaba un poco asustado por las subidas de los precios y la abuela tenía que discutir con él por la mañana, porque se asombraba del dinero que se necesitaba; decía que quizá Diomira robaba el azúcar y se hacía café a escondidas, y Diomira entonces lo oía y corría junto a él a gritar, el café era para los estudiantes que venían siempre; pero se trataba de pequeños incidentes que se calmaban en seguida y los chicos no se asustaban, aunque sí se asustaban cuando había una pelea entre el abuelo y la madre; ocurría algunas veces si su madre regresaba muy tarde por la noche, y entonces él salía de su cuarto con el abrigo encima del pijama y descalzo, y gritaban él y la madre. Él decía:
—Sé dónde has estado, sé dónde has estado, sé muy bien quién eres.
Y la madre decía:
—¡Qué me importa! —y decía— ¡Mira, ya me has despertado a los niños!
Y él decía:
—¡Para lo que te importan tus hijos! No hables, porque sé muy bien quién eres. Eres una perra. Vagabundeas toda la noche como una perra loca que eres.
Y entonces salían la abuela y Diomira en camisón y lo empujaban a su cuarto y decían: «¡Chist! ¡Chist!», y la madre se metía en la cama y sollozaba bajo las sábanas, con altos sollozos que resonaban en la habitación oscura; los chicos pensaban que el abuelo tenía toda la razón, pensaban que la madre hacía mal en ir al cine o con sus amigas de noche. Se sentían muy infelices, asustados e infelices, se quedaban acurrucados uno junto a otro en la cálida cama blanda y profunda, y el chico mayor, que dormía en el centro, se echaba hacia el otro lado para no tocar el cuerpo de la madre; le parecía que en el llanto de la madre había algo asqueroso, así como en la almohada mojada; pensaba: «A un chico le da asco de su madre cuando ella llora.» Nunca hablaban entre sí de estas peleas de la madre con el abuelo, evitaban cuidadosamente hablar de ellas; pero se querían mucho uno al otro y se abrazaban muy apretadamente por la noche cuando la madre lloraba; por la mañana se avergonzaban un poco uno del otro, porque se habían abrazado tanto, como para defenderse, y porque se trataba de algo de lo que no querían hablar; por otra parte, pronto olvidaban que habían sido infelices, el día empezaba e irían a la escuela, y por el camino encontrarían a sus compañeros y jugarían un momento a la puerta de la escuela.
La madre se levantaba con la luz gris de la mañana; con la combinación enrollada en la cintura, se enjabonaba el cuello y los brazos inclinada sobre la palangana; trataba de que ellos no la vieran, pero divisaban en el espejo sus hombros morenos y delgados y las pequeñas tetas desnudas; con el frío, los pezones se ponían oscuros y salientes, levantaba los brazos y se empolvaba las axilas; en las axilas tenía pelos rizados y espesos. Cuando estaba toda vestida empezaba a arrancarse las cejas, mirándose de cerca en el espejo y apretando mucho los labios; después se extendía una crema por la cara y sacudía el cisne de color rosa fuerte y se empolvaba; su cara se volvía entonces amarilla. A veces estaba bastante alegre por la mañana y quería hablar con los chicos, les preguntaba por la escuela y por sus compañeros y contaba algo de cuando ella iba a la escuela: tenía una maestra que se llamaba «señorita Dirce» y era una vieja solterona que quería hacerse la joven. Después se ponía el abrigo y cogía la red de la compra, se inclinaba a besar a los chicos y salía corriendo con la bufanda envuelta al cuello y su rostro todo perfumado y empolvado con polvos amarillos.
A los chicos les resultaba extraño el haber nacido de ella. Habría sido mucho menos extraño nacer de la abuela o de Diomira, con aquellos grandes cuerpos calientes que protegían del miedo, que defendían de las tormentas y de los ladrones. Era muy extraño pensar que su madre era aquélla, que los había contenido cierto tiempo en su pequeño vientre. Desde que supieron que los niños están en la barriga de la madre antes de nacer, se habían sentido muy asombrados y algo avergonzados de que aquel vientre los hubiera contenido en tiempos. Y también les había dado leche con sus tetas, y esto aún era más inverosímil. Pero ahora ya no tenía hijos pequeños que amamantar, y todos los días la veían marcharse en bicicleta, con un arrebato libre y feliz del cuerpo. Ella no les pertenecía a ellos, desde luego; no podían contar con ella. No podían pedirle nada; había otras madres, las madres de sus compañeros, a las que estaba claro que se les podía pedir un montón de cosas; sus compañeros corrían hacia sus madres cuando había acabado la escuela y les pedían un montón de cosas, se hacían sonar las narices o abrochar el abrigo, les enseñaban los deberes y los tebeos; esas madres eran bastante viejas, con sombreros o con velitos o con cuellos de piel, y casi todos los días iban a hablar con el maestro; eran gente como la abuela y como Diomira, grandes cuerpos mansos e imperiosos de gente que no se equivocaba, gente que no perdía las cosas, que no dejaba los cajones desordenados, que no regresaba tarde por la noche. Pero su madre se marchaba, libre, después de la compra, y además hacía mal la compra, la engañaba el carnicero, a veces hasta le daban la vuelta equivocada; se marchaba y no era posible reunirse con ella allí donde estaba, ellos en el fondo la admiraban mucho cuando se marchaba; a saber cómo era su oficina, no hablaba a menudo de ella; debía escribir a máquina y redactar cartas en francés y en inglés; quién sabe, quizá en eso fuera bastante experta.
Un día que fueron a dar un paseo con el padre Vigliani y otros chicos del centro parroquial, al regreso vieron a su madre en un café del extrarradio. Estaba sentada dentro de un café, la vieron por los cristales, y había un hombre sentado con ella. La madre había dejado en la mesa la bufanda escocesa y el viejo bolso de cocodrilo que conocían perfectamente; el hombre llevaba un ancho abrigo claro y tenía bigotes castaños y hablaba con ella sonriendo; la madre tenía una cara feliz, relajada y feliz, como nunca la tenía en casa. Miraba al hombre y se cogían de las manos, y ella no vio a los chicos; los chicos siguieron andando al lado del padre Vigliani, que les decía a todos que se apresuraran porque había que coger el tranvía; cuando estuvieron en el tranvía, el chico más pequeño se acercó a su hermano y le dijo:
—¿Has visto a mamá?
Y su hermano le dijo:
—No, no la he visto.
El más pequeño se rió bajito y dijo:
—Claro que la has visto, era mamá, y había un señor con ella.
El chico mayor volvió la cabeza; era mayor, tenía casi trece años; su hermano menor lo irritaba porque le daba pena, no comprendía por qué pero le daba pena, tenía también pena de sí mismo y no quería pensar en lo que había visto, quería hacer como si no hubiera visto nada.
No le dijeron nada a la abuela. Por la mañana, mientras la madre se vestía, el chico pequeño dijo:
—Ayer, cuando fuimos a dar un paseo con el padre Vigliani, te vimos y también estaba contigo un señor.
La madre se volvió de golpe, con cara de mal humor; los pececitos negros de la frente se escurrieron y se unieron al mismo tiempo. Dijo:
—No era yo. Imagínate. Tengo que estar en la oficina hasta muy tarde, por la noche, ya lo sabes. Está visto que te has equivocado.
El mayor dijo entonces, con una voz cansada y tranquila:
—No, no eras tú. Era alguien que se te parecía.
Y los dos muchachos comprendieron que aquel recuerdo debía desaparecer; y ambos respiraron con fuerza para expulsarlo.
Pero el hombre del abrigo claro vino una vez a casa. No traía el abrigo porque era verano, tenía gafas azules y un traje de tela clara, pidió permiso para quitarse la chaqueta mientras comían. El abuelo y la abuela habían ido a Milán a ver a unos parientes y Diomira se había ido a su pueblo, de modo que ellos estaban solos con su madre. Y entonces vino aquel hombre. Tenían una comida bastante buena; la madre lo había comprado casi todo en la cafetería: había pollo con patatas fritas y eso venía de la cafetería; la madre había hecho la pasta, estaba buena, sólo que la salsa se había quemado un poco. También había vino. La madre estaba nerviosa y alegre, quería decir muchas cosas juntas; quería hablarle al hombre de los chicos y a los chicos del hombre. El hombre se llamaba Max y había vivido en África, tenía muchas fotografías de África y las enseñaba; había una fotografía de una mona, los chicos le preguntaron mucho sobre la mona; era muy inteligente y lo quería mucho, y tenía modales grotescos y simpáticos cuando quería un caramelo. Pero la había dejado en África porque estaba enferma y tenía miedo de que muriese en el barco. Los chicos entablaron amistad con este Max. Les prometió llevarlos al cine una vez. Le enseñaron sus libros, no tenían muchos; él preguntó si habían leídoSaturnino Parándola y ellos dijeron que no y dijo que se lo regalaría, y después también Robinsn de las praderas porque era muy bonito. Después de comer, su madre les dijo que fueran a jugar al centro parroquial. Les habría gustado quedarse otro rato con Max. Protestaron un poco, pero la madre y también Max les dijeron que debían irse; y por la noche, cuando volvieron a casa, ya no estaba Max. La madre preparó a toda prisa la cena, café con leche y ensaladilla de patatas; ellos estaban tan contentos, querían hablar de África y de la mona, estaban extraordinariamente contentos y no entendían muy bien por qué; y también su madre parecía contenta y contaba cosas, una mona que había visto bailar una vez al son de un organillo. Después les dijo que se acostaran y dijo que saldría un momentito, no debían tener miedo, no había motivos; se inclinó a besarlos y dijo que era inútil hablarle de Max al abuelo y a la abuela, porque nunca les gustaba que se invitara a gente.
De modo que se quedaron solos con la madre durante unos días; comían cosas insólitas porque la madre no tenía ganas de cocinar, jamón y mermelada y café con leche y cosas fritas de la cafetería. Después lavaban los platos todos juntos. Pero cuando volvieron el abuelo y la abuela los chicos se sintieron aliviados; de nuevo había un mantel en la mesa y vasos y todo lo preciso; de nuevo estaba la abuela sentada en la mecedora con su cuerpo manso y con su olor; la abuela no podía marcharse, era demasiado vieja y demasiado gorda, era estupendo tener alguien que estaba en casa y que nunca podía marcharse.
Los niños no le dijeron nada a la abuela de Max. Esperaban el libro de Saturnino Parándola y esperaban que Max los llevase al cine y les enseñara más fotografías de la mona. Una vez o dos le preguntaron a su madre que cuándo irían al cine con el señor Max. La madre respondió duramente que el señor Max ahora se había ido. El chico más pequeño preguntó si había ido a África. La madre no respondió nada. Pero él pensaba que con toda seguridad había ido a África a recoger la mona. Se imaginaba que un día cualquiera iría a con buscarlos a la escuela, con un criado negro y con la mona en brazos. Volvió a empezar la escuela y vino tía Clementina a estar un poco con ellos; había traído un saco de peras y manzanas que se ponían a asar en el horno con marsala y azúcar. La madre estaba de muy mal humor y se peleaba continuamente con el abuelo. Volvía tarde por la noche y se quedaba despierta, fumando. Había adelgazado mucho y no comía nada. Su rostro se empequeñecía cada vez más, se hacía más amarillo; ahora también se echaba negro en las pestañas, escupía en una cajita y con un cepillito cogía el negro de allí donde había escupido; se ponía muchísimos polvos, la abuela quería quitárselos con un pañuelo y ella apartaba la cara. Casi nunca hablaba, y cuando hablaba parecía que se fatigaba, la voz le salía muy débil. Un día volvió a casa por la tarde, hacía las seis; era muy extraño, normalmente regresaba mucho después; se encerró con llave en el dormitorio. El chico más pequeño fue a llamar porque necesitaba un cuaderno; la madre contestó desde dentro con una voz furiosa, que quería dormir y que la dejara en paz; el chico explicó tímidamente que le hacía falta el cuaderno; entonces vino a abrir y tenía la cara hinchada y mojada; el chico comprendió que estaba llorando, volvió junto a la abuela y dijo:
—Mamá llora.
Y la abuela y tía Clementina hablaron mucho tiempo entre ellas, en voz baja, y hablaban de la madre pero no se entendía lo que decían.
Una noche la madre no volvió a casa. El abuelo fue muchas veces a mirar, descalzo, con el abrigo sobre el pijama; vino también la abuela y los chicos durmieron mal, sentían a la abuela y al abuelo que andaban por la casa, abriendo y cerrando ventanas. Los chicos tenían mucho miedo. Después, por la mañana, telefonearon de la comisaría: habían encontrado muerta a la madre en un hotel, había tomado un veneno, había dejado una carta; fueron el abuelo y la tía Clementina, la abuela chillaba, a los chicos los mandaron al piso de abajo, a casa de una anciana señora que decía continuamente:
—No tiene corazón, dejar dos criaturas así.
A la madre la trajeron a casa. Los chicos fueron a verla cuando la tendieron en la cama; Diomira le había puesto los zapatos de charol y la había vestido con el traje de seda roja de cuando se casó; era pequeña, una pequeña muñeca muerta.
Resultaba extraño ver flores y velas en el cuarto de siempre. Diomira y la tía Clementina y la abuela estaban arrodilladas rezando; habían dicho que tomó el veneno por equivocación, porque si no el cura no vendría a bendecirla si sabia que lo había hecho adrede. Diomira les dijo a los chicos que la tenían que besar; se avergonzaban terriblemente y la besaron uno tras otro en la fría mejilla. Después fue el entierro, duró mucho, atravesaron toda la ciudad y se encontraban muy cansados; también estaba el padre Vigliani y ademas muchos niños de la escuela y del centro parroquial. Hacía frío, en el cementerio soplaba un fuerte viento. Cuando volvieron a casa, la abuela empezó a llorar y a gritar ante la bicicleta, en el zaguán, porque parecía justo verla cuando se marchaba, con su cuerpo libre y la bufanda que revoloteaba en el viento. El padre Vigliani decía que ahora estaba en el Paraíso, porque quizá no sabía que lo había hecho adrede, o lo sabía y fingía que no; pero los chicos no sabían muy bien si existía de verdad el Paraíso, porque el abuelo decía que no, y la abuela decía que sí, y la madre dijo una vez que no había Paraíso con angelitos y hermosas músicas sino que los muertos van a un sitio donde no se esta ni bien ni mal, y donde no se desea nada, y como no se desea nada y se descansa se está muy en paz.
Los chicos fueron al campo durante algún tiempo, con la tía Clementina. Todos eran muy buenos con ellos, y los besaban y los acariciaban, y a ellos les daba mucha vergüenza. Nunca hablaron entre sí de la madre, ni tampoco el señor Max, en el desván de tía Clementina encontraron el libro de Saturnino Parándola y lo leyeron y les pareció bonito. Pero el chico mayor pensaba muchas veces en su madre en como la había visto aquel día en el café, cuando Max le cogía las manos, con un rostro tan relajado y feliz- pensaba entonces que quizá su madre se había envenenado porque Max quizá hubiera regresado a África para siempre. Los chicos jugaban con el perro de tía Clementina, un bonito peno que se llamaba Bubi, y aprendieron a trepar a los arboles porque antes no eran capaces. También iban a bañarse al no, y era estupendo regresar por la tarde junto a tía Clementina y hacer los crucigramas todos juntos. Los chicos estaban muy contentos de vivir con tía Clementina. Después volvieron a casa de la abuela y estuvieron muy contentos. La abuela se sentaba en la mecedora, y quería limpiarles las orejas con sus horquillas. El domingo iban al cementerio, venía también Diomira, compraban flores y al regreso se paraban en el bar a tomar un ponche caliente. Cuando estaban en el cementerio, ante la tumba, la abuela rezaba y lloraba, pero era muy difícil pensar que las tumbas, las cruces y el cementerio tenían nada que ver con su madre, la que se dejaba engañar por el carnicero y se marchaba en bicicleta, y fumaba y se equivocaba de calles y sollozaba por la noche. La cama era ahora muy grande para ellos, y tenían una almohada para cada uno. No solían pensar en su madre porque les hacía un poco de daño y les daba vergüenza pensar en ella. A veces trataban de recordar cómo era, en silencio, y cada uno por su lado; y resultaba que cada vez les costaba más trabajo juntar el pelo corto y rizado y los pececitos negros sobre la frente y los labios; se ponía muchos polvos amarillos, eso lo recordaban perfectamente; poco a poco no hubo más que un punto amarillo, imposible recuperar la forma de las mejillas o de la cara. Además, ahora comprendían que no la habían querido mucho, quizá tampoco ella los quisiera mucho, si los hubiera querido no habría tomado el veneno, eso se lo habían oído a Diomira y al portero y a la señora del piso de abajo y a otra mucha gente. Pasaban los años y los chicos crecían y sucedían muchas cosas y aquel rostro que no habían querido mucho se desvanecía para siempre.
Natalia Levi, conocida como Natalia Ginzburg por el apellido de su primer marido (Palermo, 14 de julio de 1916 — Roma, 7 de octubre de 1991). Novelista, ensayista, dramaturga y política italiana.
Hija de Giuseppe Levi y Lidia Tanzi, nació en Palermo en el seno de una familia acomodada de origen triestino, pero buena parte de su vida la pasó en Turín, adonde su padre, profesor universitario de anatomía, fue trasladado en 1919, cuando ella tenía tres años. Tanto él como sus hermanos fueron apresados y procesados por sus ideas antifascistas. Su madre era hija de un abogado socialista. Hija de un librepensador (además, la familia paterna era judía) y de una mujer de educación católica, tuvo una formación laica: ninguno de ellos eran practicantes. La enseñanza media la hizo en el instituto Alfieri.
En 1933 publicó su primer cuento, I bambini (Los niños), en la revista Solaria.
Cinco años más tarde se casó con Leone Ginzburg, un intelectual antifascista de origen ruso y profesor de literatura rusa que había estado en la cárcel en 1934 y 1936 por sus ideas. El matrimonio se relaciona con los intelectuales antifascistas turineses, especialmente con los relacionados con la editorial Einaudi, de la que Leone Ginzburg era cofundador desde 1933. Mantendrán gran amistad con Cesare Pavese y con Carlo Levi, entre otros.
En 1940 el matrimonio se muda a Pizzoli, un pueblo de los Abruzzos, donde su marido había sido desterrado por el gobierno de Mussolini y en el que permanecerá hasta 1943. Con él tendrá tres hijos: Carlo (Turín, 15.04.1939), futuro famoso historiador, Andrea (Turín, 09.04.1940) y Alessandra (Pizzoli, 20.03.1943).
Con el seudónimo de Alessandra Tornimparte publicó en 1942 su primera novela, El camino que va a la ciudad, que reeditará en 1945 ya con su firma definitiva, Natalia Ginzburg.
Después del comienzo de la deportación sistemática de los judíos, y tras varias vicisitudes, su marido fue detenido y torturado hasta la muerte en la cárcel de Regina Coeli de Roma, en 1944.
Natalia Ginzburg, poco después de liberada ese mismo año, llega en octubre a Roma, donde comienza a trabajar en Einaudi, la editorial donde publicará sus novelas. En otoño del año siguiente regresó a Turín, adonde habían ya retornado sus padres y sus hijos, quienes durante los meses de la ocupación alemana se habían refugiado en Toscana.
En 1947 aparece su segunda novela È stato cosí, con el que gana el premio Tempo. Se trata de un libro desesperado, violento y lleno de tristeza. La tristeza se combinará en sus obras posteriores con una original comicidad.
Se casa en 1950 con el profesor universitario Gabriele Baldini, especialista en literatura inglesa que fue director del Instituto Italiano de Cultura en Londres. El matrimonio tendrá dos hijos: Susanna (04.09.1970) y Antonio (06.01.1959–03.03.1960).
En 1952 publica Todos nuestros ayeresi; cinco años más tarde salen el libro de cuentos Valentino (premio Viareggio) y la novela Sagitario; y en 1961 lanza su importante novela Las palabras de la noche, que en 2003 será llevada al cine por el español Salvador García Ruiz con el título de Las voces de la noche.
Natalia Levi gana luego el prestigioso premio Strega, en 1963, con Léxico familiar, novela autobiográfica con la que consiguió también un gran éxito de ventas. Ese mismo año hizo su único papel en el cine, en la película de Pier Paolo Pasolini: El Evangelio según San Mateo, en la que interpretó a María de Betania.
En 1969 muere su segundo marido. Ella continúa con su escritura, cada vez más interesada en el microcosmos de las relaciones familiares: Querido Miguel (1973), Familia (1977), otra novela epistolar La ciudad y la casa (1984), y un libro inclasificable y extenso, La famiglia Manzoni (1983), sobre la esfera doméstica del gran escritor italiano.
Al mismo tiempo, después de la muerte de Baldini, Natalia Ginzburg, como la mayoría de los intelectuales de izquierda italianos de aquella época, comienza a participar cada vez más activamente en política y en 1983 es elegida diputada del Parlamento por el Partido Comunista Italiano.
Otras facetas en las que destacó fue como autora de comedias teatrales y traductora: entre las primeras, destacan Ti ho sposato per allegria (1970) o Paese di mare (1972). Sus traducciones más celebradas son las que realizó del francés (Marcel Proust, Gustave Flaubert) y Maupassant).
Murió en Roma la noche de 6 al 7 de octubre de 1991. Su obra apareció en Einaudi, editorial de Turín con la que tuvo lazos amistosos y de asesoramiento a lo largo de toda su vida. Numerosas polémicas cívicas, recogidas en ensayos, pudo canalizarlas finalmente con su participación en el Parlamento durante sus últimos años. Obras.Narrativa y ensayo.La strada che va in città, novela corta, 1942 — El camino que va a la ciudad, Bassarao, 1997. È stato così, novela corta, 1947. Tutti i nostri ieri, novela, 1952 — Todos nuestros ayeres, Compañía General Fabril Editora, 1962 (Nuestros ayeres, Círculo de Lectores, 1996. Valentino, novela corta, 1957. Sagittario, novela corta, 1957 — Sagitario, Espasa-Calpe, 2002. Le voci della sera, novela corta, 1961 — Las palabras de la noche, Pre-Textos, 2001. Le piccole virtù, ensayo, 1962 — Las pequeñas virtudes, El Acantilado, 2002. Lessico famigliare, novela, 1963 — Léxico familiar, Lumen, Barcelona, 2007. Mai devi domandarmi, ensayo, 1970 — Nunca me preguntes, trad.: Jaume Fuster, Dopesa, 1974.Caro Michele, novela, 1973 — Querido Miguel, Ediciones Librerías Fausto, 1974 (trad.: Carmen Martín Gaite, El Acantilado, 2003. Famiglia, 1977, con dos novelas cortas, la de ese título y Borghesia — Familia, trad.: Mario Merlino, Alfaguara, Madrid, 1982. La famiglia Manzoni, biografía literaria, 1983. La città e la casa, 1984 — La ciudad y la casa, trad.: Mercedes Corral Corral, Debate, 2003. Non posiamo saperlo, saggi 1973-1990, 2001, ensayos — No podemos saberlo.Familias, Lumen, Barcelona, 2008; contiene tres novelas cortas: El camino que va a la ciudad, Familia y Burguesía. Ensayos, Lumen, Barcelona, 2009. Con prólogo de Flavia Company, contiene dos libros: Nunca me preguntes y No podemos saberlo; extractos en Google Books.Serena Cruz o la vera giustizia, ensayo, 1990 — Serena Cruz o la verdadera justicia, El Acantilado, 2010. Antón Chéjov, El Acantilado, 2006. 
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto:El cuento del día. Foto:internet.

El cuento del domingo

Boris Pilniak

Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos

I

Conocí en Tokio por casualidad al escritor Tagaki-san. Nos presentaron en un círculo literario japonés, aunque después no volvimos a vernos; he olvidado las pocas palabras que allí intercambiamos, y de él sólo me quedó la impresión de que había estado casado con una rusa. Era verdaderamente sibuy (sibuy en japonés equivale a chic; su sencilla elegancia era algo que muy pocos logran poseer); extraordinariamente sencillos eran su kimono y sus ghetta (esa especie de coturnos de madera que usan los japoneses en vez de zapatos), llevaba en la mano un sombrero de paja, sus manos eran bellísimas. Hablaba ruso. Era moreno, de baja estatura, delgado y hermoso, si es que a los ojos de un europeo los japoneses pueden parecer hermosos. Me dijeron que había alcanzado la fama con una novela en la que describía a una mujer europea.
Se habría borrado ya de mi memoria, como tantos encuentros ocasionales, a no ser...
En el archivo del consulado soviético en la ciudad japonesa de K. me cayó entre las manos el expediente de una tal Sofía Vasilievna Gniedij-Tagaki, quien pedía la repatriación. Mi compatriota, el camarada Dyurba, secretario del Consulado General, me llevó a Mayo-san, el templo de la zorra situado en lo alto de una de las montañas que rodean la ciudad de K. Para llegar allí es necesario tomar primero un automóvil, luego el funicular, y, al final, continuar a pie entre bosquecillos que crecen sobre las rocas hasta la cima de la montaña, donde había un espeso bosque de cedros, en medio de un silencio sólo turbado con el infinitamente triste tañido de una campana budista. La zorra es el dios de la astucia y de la traición: si el espíritu de la zorra penetra en un hombre, la raza de ese hombre está maldita. A la sombra espesa de los cedros, sobre la explanada de una roca cuyos tres costados caían a pico sobre un desfiladero, surgía un templo con aspecto de monasterio, en cuyos altares reposaban las zorras. Reinaba un silencio profundo; desde allí se abría el horizonte por encima de una cadena de montañas y sobre el inmenso océano que se perdía en la infinita lejanía. No obstante, encontramos una pequeña fonda con cerveza inglesa fresca no muy lejos del templo pero a mayor altura todavía, desde donde era visible también el otro flanco de la cadena montañosa.
Bajo la acción de la cerveza, al rumor de los cedros y frente al océano, dos compatriotas pueden conversar bastante bien. Fue entonces cuando el camarada Dyurba me contó una historia que me hizo recordar al escritor Tagaki y que me hace ahora escribir este cuento.
Aquel día en Mayo-san reflexionaba yo sobre la manera en que se escriben los cuentos.
Sí, ¿cómo se escriben los cuentos?
Aquella misma mañana saqué el expediente en que Sofía Vasilievna Gniedij-Tagaki desarrollaba su biografía desde el momento de su nacimiento, pues no había comprendido bien el instructivo según el cual todo repatriado debe proporcionar sus datos biográficos. Para mí, la biografía de esta mujer comienza en el momento en que el barco llegaba al puerto de Suruga; era una biografía extraña y breve, muy diferente a la de millares y millares de mujeres rusas de provincia, cuyas vidas podrían perfectamente escribirse con un método estadístico —monográfico— de conducta, porque se parecen como una cesta a otra: la cesta del primer amor, los sufrimientos y alegrías, el marido, los pequeños engendrados para bien de la patria, y tantas otras cosas...

II

En mi cuento existen él y ella.
Sólo una vez he estado en Vladivostok. Fue a finales de agosto, y recordaré siempre Vladivostok como una ciudad de días dorados, de amplios horizontes, de recio viento marino, de mar azul, cielo azul, horizontes azules; en aquella áspera soledad que me recordaba Noruega, porque allá también la tierra se desploma hasta el horizonte en lisos bloques de piedra, sobre los cuales, solitarios, se yerguen los pinos. A decir verdad, estoy siguiendo el método de costumbre: completar con descripciones de la naturaleza los caracteres de los protagonistas. Ella, Sofía Vasilievna Gniedij, nació y creció en Vladivostok.
Trataré de presentarla:
Había terminado sus cursos en el gimnasio para convertirse en profesora de primera enseñanza, en espera de un buen partido: era una de tantas señoritas como existían por millares en la vieja Rusia. Conocía a Pushkin, por supuesto, pero sólo en las estrictas proporciones exigidas por los programas escolares, y con seguridad confundía los conceptos que entrañan las palabras "ética" y "estética" de la misma manera que los confundí yo cuando escribí un ensayo ampuloso sobre Pushkin, cuando cursaba el sexto año en el Colegio de Ciencias.
Era evidente que la pobre ni siquiera podía imaginar que Pushkin comenzara precisamente donde terminaba el programa escolar, así como tampoco había pensado nunca que los hombres creen medir todo por el grado de inteligencia que tienen, y que todo lo que queda por encima o por abajo de su comprensión le parece al hombre un poco estúpido o rematadamente estúpido si él mismo es algo mentecato.
Había leído todo Chéjov por haber sido publicado en el suplemento de la revista Neva que recibía su padre, y Chéjov conocía a aquella muchacha, "perdónala, Dios mío, era una pobre tonta..." Pero si queremos volver a Pushkin, esta muchacha podría ser (y yo deseo que así sea) un poco boba, como lo es la poesía, lo que por otra parte puede ser muy agradable cuando se tienen dieciocho años.
Tenía ideas propias: sobre la belleza (son muy bellos los kimonos japoneses, especialmente los que fabrican los japoneses sólo para los extranjeros), sobre la justicia (y al efecto con toda razón le retiró el saludo al alférez Ivantsov, quien se había jactado de haber obtenido de ella una cita), sobre la cultura (porque en el concepto común que se tiene de la cultura, existe la convicción de que los Pushkin y los Chéjov —los grandes escritores— son sobre todo hombres extraordinarios, y, en segundo lugar, de que constituyen una especie ya extinguida como la de los mamuts, pues en nuestros tiempos no existe nada ni nadie extraordinario; en efecto, los profetas no nacen ni en la propia patria ni en los propios tiempos). Pero, si se puede aplicar la regla literaria según la cual el carácter de los protagonistas se complementa con las descripciones de la naturaleza, digamos entonces que esta muchacha como un poema —¡el Señor nos perdone!—, un poco boba, era limpia y diáfana como el cielo, el mar y las rocas de la costa rusa del Extremo Oriente.
Sofía Vasilievna supo escribir su biografía con tal habilidad, que yo y el funcionario consular no podíamos sino quedarnos perplejos (aunque en mi caso no demasiado) ante el hecho de que aquella mujer apenas si había sido desflorada por los acontecimientos vividos durante aquellos años. Como es sabido, el ejército imperial japonés estaba en 1920 en el punto más oriental de Rusia con el propósito de ocupar todo el Extremo Oriente, y, como también es sabido, los japoneses fueron expulsados por los revolucionarios. En la biografía no aparece una sílaba siquiera sobre esos acontecimientos.
Él era oficial del estado mayor general del ejército imperial japonés de ocupación, y vivía durante su estancia en Vladivostok en el mismo apartamiento en que Sofía Vasilievna alquilaba una pequeña habitación.
Fragmento de la autobiografía:
"...todo el mundo lo conocía con el mote de el Macaco. No había quien no se asombrara de que se bañase dos veces al día, usara ropa interior de seda, durmiera por las noches en piyama... Después se le comenzó a estimar... Por las noches jamás salía de casa, y leía en voz alta libros rusos, poemas y cuentos de autores contemporáneos para mí entonces desconocidos: Briusov y Bunin. Hablaba bien el ruso, aunque con un solo defecto: en vez de r pronunciaba l. Y eso fue lo que hizo que nos conociéramos: me encontraba yo junto a su puerta, él leía poemas y luego comenzó a cantar en voz baja:

La noche murmuraba...

"No pude contenerme al oír su pronunciación y solté una carcajada; él abrió la puerta antes de que lograra alejarme y me dijo: "
—Perdone que me atreva a solicitarle un favor, mademoiselle ¿Me permite usted que le haga una visita?
"Me quedé muy aturdida, no comprendí nada; le dije que me excusara y me encerré en mi habitación. Al día siguiente se presentó a hacerme la visita anunciada. Me entregó una caja enorme de chocolates, y luego me dijo:
"—¿Recuerda que le pedí permiso para hacerle una visita? Por favor, tome usted un chocolate. Dígame, ¿cuál es su impresión sobre el tiempo?"
El oficial japonés demostró ser un hombre con intenciones serias, todo lo contrario del alférez Ivantsov, quien concertaba las citas en callejones oscuros y estiraba las manos. El japonés invitaba a la muchacha al teatro a una buena localidad y después de la función la llevaba a un café. Sofía Gniedij le escribió una carta a su madre en la que le refería las intenciones serias del oficial. En su confesión autobiográfica, describe minuciosamente cómo una noche el oficial, que estaba en la habitación de ella, palideció de golpe, cómo su rostro adquirió luego un color violáceo y la sangre le afluyó a los ojos, y cómo se retiró apresuradamente, por lo que ella comprendió que en él había estallado la pasión... y luego lloró largamente sobre la almohada, sintiendo miedo físico hacia aquel japonés tan diferente, por raza, de ella. "Pero fueron precisamente esos arrebatos pasionales, que él sabía contener a la perfección, los que después encendieron mi curiosidad de mujer." Y comenzó a amarlo.
Él le hizo la proposición de matrimonio muy al estilo de Turgueniev, en uniforme de gala y guantes blancos, la mañana de un día de fiesta, en presencia de los patrones de casa, según todas las reglas europeas, y le ofreció su mano y el corazón.
"Dijo que volvería dentro de una semana al Japón y me pidió que lo siguiera, porque muy pronto los revolucionarios tomarían la ciudad. Según el reglamento del ejército japonés, los oficiales no pueden contraer matrimonio con mujeres extranjeras, y los oficiales del estado mayor tienen prohibido, en términos generales, casarse antes de cierto límite de edad. Por tales motivos me pidió mantener en el más estricto secreto nuestra situación, y vivir, hasta el día que lograra obtener el retiro, al lado de sus padres, en un pueblo japonés. Me dejó mil quinientos yenes y una carta de presentación para que pudiera reunirme con sus padres. Le dije que sí..."
Los japoneses eran odiados en toda la costa del Extremo Oriente ruso: los japoneses capturaban a los bolcheviques y los asesinaban, quemando a algunos en las calderas de los acorazados estacionados en la bahía, a otros los fusilaban o los quemaban en hornos construidos sobre pequeños volcanes de lodo... los revolucionarios echaban mano de toda su astucia para destruir a los japoneses (Kolchiak y Sionov habían ya muerto)... Los moscovitas se acercaban como un torrente enorme de lava... pero Sofía Vasilievna no dedica siquiera una línea a esos acontecimientos.

III

La verdadera y auténtica biografía de Sofía Vasilievna comienza el día en que puso pie en el archipiélago japonés. Esta biografía constituye una confirmación a las leyes de las grandes cifras con sus excepciones estadísticas.
No he vivido en Suruga, pero sé muy bien lo que es la policía japonesa y lo que son esos agentes que hasta los propios japoneses llaman inu, es decir perros. Los inu actúan de una manera aplastante, porque tienen prisa, hablan un ruso imposible, piden las generales comenzando con el nombre, patronímico y apellido de la abuela materna; su explicación es que "la policía japonesa necesita saberlo todo"; se enteran, casi sin que el interrogado se dé cuenta del "objeto de la visita". Escudriñan las cosas con la misma brutalidad con que inspeccionan el alma, según el sinobi, o sea el método científico de la escuela de policía japonesa. Suruga es un puerto pequeño, donde fuera de las casas de estilo japonés no existe siquiera un edificio europeo; un puerto donde abunda la pesca del pulpo, al que revientan para obtener la tinta y ponen luego a secar en las calles. En aquella provincia japonesa contribuía a sembrar la confusión, además de la policía, el hecho de que un gesto que en Vladivostok significa "ven acá" quiere decir en Suruga "aléjate de mí"; los rostros de los habitantes, por otra parte, no dicen nada, conforme a las reglas del hermetismo japonés que exige ocultar cualquier intimidad y no revelarla ni siquiera por la expresión de los ojos.
Sin duda le preguntaron a Sofía Vasilievna "el objeto de su visita" y ella no debió recordar con exactitud los apellidos de su abuela materna.
A ese propósito escribe brevemente: "Me interrogaron sobre el objeto de mi viaje. Me tuvieron arrestada. Permanecí un día entero en la delegación de policía. Constantemente me preguntaban sobre mis relaciones con Tagaki y por qué me había dado una carta de presentación: declaré que era su prometida, porque la policía me amenazó con repatriarme en el mismo barco si no hablaba. Tan pronto como confesé me dejaron tranquila y me llevaron un plato de arroz con dos palillos, que entonces todavía no sabía usar.
Esa misma noche llegó Tagaki-san, el novio, a Suruga. Ella lo vio desde la ventana dirigirse resueltamente a la oficina del jefe de la policía. Le pidieron cuentas sobre la muchacha. Tagaki se comportó virilmente y declaró:
—Sí, es mi prometida.
Le aconsejaron devolverla a su patria, pero él se negó. Le dijeron que sería expulsado del ejército y desterrado a algún lugar remoto: él lo sabía.
Entonces quedaron en libertad él y ella. Él, a la manera de Turgueniev, le besó la mano y no le hizo el menor reproche. Después la acompañó al tren y le dijo que en Osaka encontraría a su hermano; que él por el momento "estaría un poco ocupado".
Desapareció en la oscuridad; el tren se internó entre montes oscuros. La muchacha permaneció en la más absoluta soledad, y se convenció de que él, Tagaki, era la única persona por quien sentía cariño y devoción, hacia la cual se sentía ligada y llena de gratitud, y también de incomprensión.
El vagón estaba bien iluminado; afuera todo eran tinieblas. Todas las cosas que la rodeaban le parecieron horribles e incomprensibles, sobre todo cuando los japoneses que viajaban en su compartimiento, hombres y mujeres, se desvistieron para dormir, sin ninguna vergüenza de mostrar el cuerpo desnudo, así como cuando, en algunas estaciones, vio comprar a través de las ventanillas té caliente en pequeñas botellas y cajas de madera de abeto que contenían una cena de arroz, pescado, rábanos, una servilleta de papel, un mondadientes y un par de palillos, con los que había que comer. Después se apagó la luz y los pasajeros comenzaron a dormir. Sofía Vasilievna no logró pegar un ojo en toda la noche, víctima de la soledad, de la incomprensión, del espanto. No entendía nada.
En Osaka fue la última en bajar al andén y se encontró inmediatamente ante un hombre en kimono de tela oscura a rayas, con los pies atados a dos trozos de madera. Se sintió muy ofendida por el silbido con que aquel individuo acompañó su propia reverencia, apoyando las manos abiertas sobre las rodillas, y de la tarjeta de visita que le entregó sin tenderle la mano: ella ignoraba que tal era la manera de saludar entre los japoneses; mientras ella estaba dispuesta a abrazar a su pariente, él ni siquiera se dignaba a estrecharle la mano... Se quedó paralizada, sintiendo que ardía de humillación.
Él no sabía una sola palabra de ruso: le dio una palmadita en un hombro y le indicó la salida. Se pusieron en movimiento. Entraron en un automóvil. La ensordeció y la cegó la ciudad, comparada con la cual, Vladivostok era una aldea. Llegaron a un restaurante donde les sirvieron un desayuno a la inglesa: no comprendía por qué debía comer la fruta antes que el jamón y los huevos. El otro, dándole siempre una palmadita en el hombro, le indicaba lo que debía hacer, sin articular siquiera un sonido, sonriendo inexpresivamente de cuando en cuando. Después del desayuno la condujo a los excusados: ella no sabía que en Japón el retrete era común para hombres y mujeres. Aterrada, le hizo señas de que saliera, el otro no comprendió y comenzó a orinar.
Volvieron a tomar el tren; él le compró una ración de alimentos empacada en una cajita de madera de pino, una botella de café y le puso en las manos los dos palillos para que comiera.
Por la noche bajaron del tren, y él la hizo sentarse en una ricksha: la sangre se le subió a las mejillas por esa sensación casi insoportable de desagrado que experimenta todo europeo al subir por primera vez en una ricksha... pero ya para entonces carecía de voluntad propia.
Atravesaron la ciudad de calles estrechas, siguieron después por callejones y senderos bordeados de cedros, al lado de cabañas escondidas entre el verdor del follaje y las flores; la ricksha los condujo, siguiendo la pendiente de una montaña, hacia el mar. Sobre una roca que caía a pico, en una pequeña explanada sobre el mar, en la bahía, bajo la fronda de los árboles, había una cabaña; se detuvieron frente a ella. De la cabaña salieron un anciano y una anciana, varios niños y una mujer joven, todos vestidos con kimonos, que le hicieron profundas reverencias sin tenderle la mano. No le permitieron entrar de inmediato; el hermano del novio le señaló los pies: ella no comprendía. Entonces la hizo sentarse, casi a la fuerza, y le quitó los zapatos. En el umbral de la casa las mujeres se arrodillaron rogándole que entrara. Toda la casa parecía un juguete: en la última habitación una ventana se abría sobre el amplio mar, el cielo, las rocas: aquel lado de la casa estaba situada sobre el abismo. En el suelo de la habitación había muchos platos y recipientes, y al lado de cada recipiente había un almohadón. Todos, ella también, se sentaron sobre esos almohadones, en el suelo, para cenar.
...Al día siguiente se presentó Tagaki-san, el prometido. Entró en kimono, y ella por un instante no reconoció a aquel hombre que se inclinó en una profundísima ceremonia primero ante el padre y el hermano, luego ante la madre y, finalmente, ante ella. Sofía Vasilievna habría querido arrojarse en sus brazos, pero él retuvo por un minuto sus manos y, con aire de profunda cavilación, le besó una de ellas. Llegó por la mañana. Le hizo saber que había estado en Tokio, que lo habían licenciado del ejército y, como castigo, exiliado durante dos años, concediéndole pasar el tiempo del exilio en su pueblo, en casa de su padre: de aquella casa y de aquel peñasco no debería alejarse durante dos años.
Ella estaba feliz. Él le había llevado de Tokio muchos kimonos. Ese mismo día fueron a registrar su matrimonio en la oficina correspondiente; ella en kimono azul, con los cabellos rubios peinados a la japonesa, el obi (cinturón) que le dificultaba la respiración, oprimiéndole dolorosamente el pecho, y los coturnos de madera que le oprimían un callo entre los dedos de un pie. Dejó de ser Sofía Vasilievna Gniedij para convertirse en Tagaki-no-okusan. Y la única cosa con la que pudo pagarle al marido, al amado marido, no fue con gratitud, sino con auténtica pasión, cuando por la noche, en el suelo, envuelta en un kimono de noche, se le entregó y en las pausas de la ternura, el dolor y el deseo, oían el estallido de las olas bajo ellos.

IV

En otoño se marcharon todos, dejando solos a los jóvenes esposos. De Tokio les enviaron cajas con libros rusos, ingleses y japoneses. En su confusión, ella no cuenta casi nada sobre cómo pasaba el tiempo. Es fácil imaginar cómo soplaban los vientos del océano en otoño, el estruendo de las olas al golpear los peñascos, el frío y la soledad ante la estufa doméstica cuando se sentaban solos durante horas, días, semanas.
Pronto ella aprendió a saludar: o-yasumi-nasai, a despedirse: sayonara, a dar las gracias: do-ita-sima-site, a pedir que tuvieran la amabilidad de esperar mientras iba a llamar a su marido:chotomato-kudasai... En su tiempo libre aprendió que el arroz, igual que el trigo, podían cocinarse de las maneras más diversas, y que así como los europeos no saben preparar el arroz, los japoneses no sabían hacer el pan. A través de los libros que el marido había recibido, aprendió que Pushkin comenzaba precisamente donde terminaba el programa escolar, que Pushkin no era algo muerto como un mamut sino algo que vive y que vivirá siempre; por su marido y por los libros se enteró de que la literatura más grande y el pensamiento más profundo eran los rusos.
Su tiempo transcurría con la severa regularidad de la vida en el campo; con ciertas asperezas.
Por la mañana el marido se sentaba en el suelo con sus libros; ella cocinaba el arroz y los demás platos; bebían té, comían ciruelas en salmuera y arroz sin sal. El marido no era exigente: habría podido vivir meses enteros sólo de arroz, pero ella preparaba también algunos platos de la cocina rusa; iba por la mañana a la ciudad a hacer las compras y se asombraba de que los japoneses no vendieran los pollos enteros sino en piezas, podía comprar separadamente las alas, la pechuga, los muslos. En el crepúsculo, iban a pasear por la orilla del mar, o por las montañas hasta un pequeño templo; ella se acostumbró a caminar con los coturnos, a saludar a los vecinos a la manera japonesa, haciendo reverencias profundas con las manos en las rodillas. Por la noche leían. Muchas noches las dedicaban a hacer el amor: el marido era apasionado y refinado en la pasión, por la larga cultura de sus antepasados, distinta a la europea; el primer día del matrimonio, la madre de él, sin decirle una palabra —ya que no tenían ningún medio común de expresión— le regaló unos cuadritos eróticos en seda, que ilustraban ampliamente el amor sexual.
Ella amaba, respetaba y temía a su marido; lo respetaba porque era fuerte, noble y taciturno, y lo sabía todo; lo amaba y lo temía porque cuando ardía de pasión lograba subyugarla por completo. Había días en que su marido se comportaba de modo sombrío, cortés, esquivo, y, a pesar de su noble conducta, la trataba con severidad. A fin de cuentas era muy poco lo que sabía de él, nada de su familia: su suegro poseía en alguna parte una fábrica, algo relacionado con la seda.
A veces llegaban a visitar a su marido algunos amigos de Tokio o de Kioto; en esas ocasiones él le pedía que se vistiera a la europea y que recibiera a los huéspedes a la manera europea; es decir, bebían el sake, el aguardiente japonés, junto con las visitas; después del segundo vaso sus ojos se inyectaban de sangre, hablaban sin cesar, y luego, ebrios, cantaban algunas canciones y se iban a la ciudad poco antes del amanecer.
Vivían en medio de una gran soledad, el frío de invierno sin nieve se transformaba en el sopor del verano, el mar se encrespaba durante las tormentas, pero era sereno y azul a la hora del reflujo; las diarias jornadas de ella no se parecían siquiera a las cuentas de un rosario, porque éstas pueden ser contadas y recontadas, como suelen hacer los monjes europeos y los budistas, mientras que ella no podía contar sus días.
Aquí puede terminar el cuento sobre cómo se escriben los cuentos.
Pasó un año, otro, otro más.
Se cumplió el término del exilio, sin embargo se quedaron a vivir allí todavía otro año. Más tarde comenzó a llegar a su ermita mucha gente, que saludaba con profundas reverencias tanto a ella como a su marido; lo fotografiaban ante su biblioteca con ella al lado; le preguntaban sobre sus impresiones del Japón. Le pareció que toda aquella gente caía sobre ellos como guisantes salidos de un costal. Supo entonces que su marido había publicado una novela con enorme éxito. Le hicieron ver las revistas donde estaban fotografiados los dos: en casa, cerca de casa, durante un paseo hacia el templo, durante un paseo a la orilla del mar, él en kimono japonés, ella vestida a la europea.
Ya para entonces hablaba un poco de japonés. Muy pronto aprendió a desempeñar el papel de esposa de un escritor célebre, sin advertir el cambio que tiene lugar de manera misteriosa, ese cambio que consiste en no tener ya miedo de los extraños, sino en considerarlos como gente dispuesta a rendirle alguna cortesía. Pero no conocía la célebre novela de su marido ni el argumento. A menudo le hacía preguntas a su marido quien respondía a su pregunta con un silencio convencional; tal vez porque en realidad el asunto no le interesaba demasiado ella dejó de insitir. Pasó el rosario de jaspe de sus días. Unos jóvenes cocineros preparaban ahora el arroz, y a la ciudad ella iba en automóvil, dándole órdenes en japonés al chofer. Cuando su suegro se presentaba, le hacía una reverencia más respetuosa que la que ella hacía para saludarlo.
No cabe duda de que Sofía Vasilievna habría sido la mujer perfecta del escritor Tagaki, igual que la mujer de Heinrich Heine, que acostumbraba preguntarle a los amigos de su marido: "Me han dicho que Heinrich ha escrito algo nuevo, ¿es cierto?..." Pero Sofia Vasilievna acabó por enterarse del contenido de la novela. Había llegado a casa el corresponsal de un periódico de la capital, quien hablaba ruso. Llegó cuando el marido estaba ausente. Fueron a pasear hasta el mar. Y junto al mar, después de conversar sobre algunas trivialidades, ella le preguntó cómo se explicaba el éxito de la novela de su marido, y qué era lo que consideraba fundamental en ella.

V

...Y esto es todo. Cuando en la ciudad de K. encontré en el archivo consular la autobiografía de Sofía Gniedij-Tagaki, compré al día siguiente la novela de su marido. Mi amigo Takahashi me refirió el contenido. Conservo todavía este libro en mi casa, en la calle Povarskaia. El cuarto capítulo de este cuento no lo escribí dejándome llevar por la imaginación, sino siguiendo casi punto por punto lo que me tradujo mi amigo Takahashi-san.
El escritor Tagaki, durante todo el tiempo que duró su exilio, había escrito sus observaciones sobre la esposa, esa rusa que no sabía que la grandeza de Rusia comenzaba precisamente después de los programas escolares, y que la grandeza de la cultura rusa consistía en saber meditar.
La moral japonesa no tiene el pudor del cuerpo desnudo, de las funciones naturales del hombre, del acto sexual: la novela de Tagaki-san había sido escrita con minuciosidad clínica... y con meditaciones al estilo ruso. Tagaki-san meditaba sobre el tiempo, sobre los pensamientos y sobre el cuerpo de su mujer... Cuando a la orilla del mar, el corresponsal del periódico de la capital discurría con Tagaki-no-okusan, la mujer del célebre escritor, puso ante ella no un espejo sino la filosofía de los espejos, ella se vio a sí misma vivir entre las páginas de papel; no era tan importante el hecho de que en la novela se describiera con detalles clínicos cómo temblaba ella en los momentos de pasión y el desorden de sus vísceras; no, lo terrible, lo terrible para ella era otra cosa. Comprendió todo, allí comenzaba lo horrible; eso era un traición excesivamente cruel a todo lo que ella alentaba. Fue entonces cuando pidió, por medio del consulado, ser repatriada a Vladivostok.
He leído y releído con la mayor atención su autobiografía: que toda su vida había sido material de observación, que el marido la había estado espiando cada momento de su vida... estaba escrita siempre con la misma sensibilidad, con monotonía, sin efectos; las partes de la autobiografía de esta mujercita insignificante donde —a saber por qué— se describían la infancia, la escuela y la vida de Vladivostok y también las jornadas japonesas, estaban escritas con la misma insipidez con que se escriben las cartas de amigas de sexto año de la escuela municipal, o del segundo curso de los institutos para muchachas nobles, según las reglas de composición escolar; pero en la última parte (en la que arrojaba alguna luz sobre su vida conyugal) esta mujer había sabido encontrar palabras verdaderas y grandes de simplicidad y claridad, como supo encontrar la fuerza para actuar simple y claramente.
Abandonó la condición de mujer de un escritor célebre, el amor y las costumbres adquiridas y volvió a Vladivostok a las habitaciones desnudas de las profesoras de escuela elemental.

VI

Eso es todo.
Ella: vivió su autobiografía hasta el fondo; yo escribí su biografía, escribiendo que pasar a través de la muerte es bastante más cruel que matar a un hombre.
Él: escribió una novela hermosísima.
Que sean los otros quienes juzguen, no yo. Mi trabajo se reduce a meditar: sobre todas las cosas, y, también, en particular, sobre cómo se deben escribir los cuentos.
La zorra es el dios de la astucia y de la traición: si el espíritu de la zorra penetra en un hombre, la raza de ese hombre está maldita.
¡La zorra es el dios de los escritores!
Boris Pilniak (en ruso: Бори́с Пильня́к; Octubre 11 de 1894, Mozhaisk – Abril 21 de 1938, Moscú) fue un escritor ruso. Nacido Borís Andréyevich Wogáu (Бори́с Андре́евич Вога́у), fue uno de los mayores partidarios del anti-urbanismo, y crítico de la sociedad mecanizada. Estas perspectivas lo llevaron a menudo a relaciones desfavorables con el gobierno soviético. Sus principales obras son El año desnudo, Mahogania, Volga desemboca en el Mar Caspio, y OK. Novela americana. Este último es un negativo cuaderno de viaje, de su visita en 1931 a los Estados Unidos.
Nació en una familia de alemanes del Volga, desde los nueve años comenzó a mostrar aptitudes para la escritura. Asistió a la escuela en Nizhni Nóvgorod, y posteriormente se traslado a Moscú, donde se graduó de veterinario. Durante sus años de univesitario continuo desarrollando artículos y ensayos.
En en transcurso de la Primera Guerra Mundial visitó el Frente Oriental, en nombre del Gobierno Provisional. Después de la Revolución de Octubre fue detenido por soldados bolcheviques y durante un tiempo estuvo en peligro de ser ejecutado.
Fue patrocinado por Anatoli Lunacharski, comisario del pueblo, para que pudiese escribir a tiempo completo. Su primera novela, El año desnudo (1922), se ocupó de la Revolución de Octubre y la Guerra Civil. Su historia, El cuento de la Luna inextinguible (1926), habla de la sospechosa muerte de Mijaíl Frunze, esto alarmó al gobierno soviético e inmediatamente fue prohibida. Su novela, El árbol rojo, publicada en Alemania (1929), retrato compasivo de León Trotski, así como el hecho de haberla publicado en el extranjero, provocaron su remoción de la dirección de la Unión Panrusa de Escritores (Всероссийский союз писателей, una de las antecesoras de la Unión de Escritores Soviéticos que sería fundada en 1934).
En 1937 (28 de Octubre) fue arrestado por cargos de actividades contrarevolucionarias, espía y terrorismo. Un reporte alegaba que “el sostuvo reuniones secretas con (André) Gide, y le suministró información acerca de la situación en la URSS. No hay duda, de que Gide utilizó dicha información en este libro (Regreso de la URSS) atacando a la URSS.” Pilniak fue juzgado el 21 de abril de 1938. En el proceso, que duró 15 minutos, fue condenado a muerte. Un pequeño papel amarillo sujetado a sus archivos rezaba: “Sentencia llevada a cabo.”1
Obras.Boris Pilniak. El año desnudo. Editorial Planeta (1975).Boris Pilniak. Pedro, Su Majestad Emperador. Madrid, UNIV VERACRUZANA (MEX) (January 1, 2010).
Semblanza biográfica: Wikipedia.Texto:El cuento del día. Foto:internet