El cuento del domingo


Chimamanda Ngozi Adichie

Una experiencia privada 

Chika entra primero por la ventana de la tienda de comestibles y sostiene el postigo para que la mujer la siga. La tienda parece haber sido abandonada mucho antes de que empezaran los disturbios; las estanterías de madera están cubiertas de polvo amarillo, al igual que los contenedores metálicos amontonados en una esquina. Es una tienda pequeña, más pequeña que el vestidor que tiene Chika en su país. La mujer entra y el postigo chirría cuando Chika lo suelta. Le tiemblan las manos y le arden las pantorrillas después de correr desde el mercado tambaleándose sobre sus sandalias de tacón. Quiere dar las gracias a la mujer por haberse detenido al pasar por su lado para decirle «¡No corras hacia allí!», y haberla conducido hasta esta tienda vacía en la que esconderse. Pero antes de que pueda darle las gracias, la mujer se lleva una mano al cuello.
-He perdido collar mientras corro.
-Yo he soltado todo —dice Chika—. Acababa de comprar unas naranjas y las he soltado junto con el bolso.
No añade que el bolso era un Burberry original que le compró su madre en un viaje reciente a Londres.
La mujer suspira y Chika imagina que está pensando en su collar, probablemente unas cuentas de plástico ensartadas en una cuerda. Aunque no tuviera un fuerte acento hausa, sabría que es del norte por el rostro estrecho y la curiosa curva de sus pómulos, y que es musulmana por el pañuelo. Ahora le cuelga del cuello, pero poco antes debía de llevarlo alrededor de la cara, tapándole las orejas. Un pañuelo largo y fino de color rosa y negro, con el vistoso atractivo de lo barato. Se pregunta si la mujer también la está examinando a ella, si sabe por su tez clara y el anillo rosario de plata que su madre insiste en que lleve que es igbo y cristiana. Más tarde se enterará de que, mientras las dos hablan, hay musulmanes hausas matando a cristianos igbos a machetazos y pedradas. Pero en este momento dice:
-Gracias por llamarme. Todo ha ocurrido muy deprisa y la gente ha echado a correr, y de pronto me he visto sola, sin saber qué hacer. Gracias.
-Este lugar seguro —dice la mujer en voz tan baja que suena como un suspiro—. No van a todas las tiendas pequeñas-pequeñas, solo a las grandes-grandes y al mercado.
-Sí —dice Chika.
Pero no tiene motivos para estar de acuerdo o en desacuerdo, porque no sabe nada de disturbios; lo más cerca que ha estado de uno fue hace unas semanas en una manifestación de la universidad a favor de la democracia en la que había sostenido una rama verde y se había unido a los cantos de «¡Fuera el ejército! ¡Fuera Abacha! ¡Queremos democracia!». Además, nunca habría participado si su hermana Nnedi no hubiera estado entre los organizadores que habían ido de residencia en residencia repartiendo panfletos y hablando a los estudiantes de la importancia de «hacernos oír».
Le siguen temblando las manos. Hace justo una hora estaba con Nnedi en el mercado. Se ha parado a comprar naranjas y Nnedi ha seguido andando hasta el puesto de cacahuetes, y de pronto se han oído gritos en inglés, en el idioma criollo, en hausa y en igbo: «¡Disturbios! ¡Han matado a un hombre!». Y a su alrededor todos se han puesto a correr, empujándose unos a otros, volcando carretas llenas de ñames y dejando atrás las verduras golpeadas por las que acababan de regatear. Ha olido a sudor y a miedo, y también se ha echado a correr por las calles anchas y luego por ese estrecho callejón que ha temido, mejor dicho, ha intuido, que era peligroso, hasta que ha visto a la mujer.
La mujer y ella se quedan un rato en silencio, mirando hacia la ventana por la que acaban de entrar, con el postigo chirriante que se balancea en el aire. Al principio la calle está silenciosa, luego se oyen unos pies corriendo. Las dos se apartan instintivamente de la ventana, aunque Chika alcanza a ver pasar a un hombre y una mujer, ella con una túnica hasta las rodillas y un crío a la espalda. El hombre hablaba rápidamente en igbo y todo lo que ha entendido Chika ha sido: «Puede que haya corrido a la casa del tío».
-Cierra ventana -dice la mujer.
Chika así lo hace, y sin el aire de la calle, el polvo que flota en la habitación es tan espeso que puede verlo por encima de ella. El ambiente está cargado y no huele como las calles de fuera, que apestan como el humo color cielo que flota alrededor en Navidad cuando la gente arroja las cabras muertas al fuego para quitar el pelo de la piel. Las calles por donde ha corrido ciegamente, sin saber hacia dónde ha ido Nnedi, sin saber si el hombre que corría a su lado era amigo o enemigo, sin saber si debía parar y recoger a alguno de los niños aturdidos que con las prisas se ha separado de su madre, sin saber quién era quién ni quién mataba a quién.
Más tarde verá los armazones de los coches incendiados, con huecos irregulares en lugar de ventanillas o parabrisas, e imaginará los coches en llamas desperdigados por toda la ciudad como hogueras, testigos silenciosos de tanta atrocidad. Averiguará que todo empezó en el aparcamiento cuando un hombre pisó con las ruedas de su furgoneta un ejemplar del Santo Corán que había a un lado de la carretera, un hombre que resultó ser un igbo cristiano. Los hombres de alrededor, que se pasaban el día jugando a las damas y que resultaron ser musulmanes, lo hicieron bajar de la furgoneta, le cortaron la cabeza de un machetazo y la llevaron al mercado pidiendo a los demás que los siguieran: ese infiel había profanado el Santo Libro. Chika imaginará la cabeza del hombre, la piel ceniza de la muerte, y tendrá arcadas y vomitará hasta que le duela la barriga. Pero ahora pregunta a la mujer:
-¿Todavía huele a humo?
-Sí. —La mujer se desabrocha la tela que lleva anudada a la cintura y la extiende en el suelo polvoriento. Debajo solo lleva una blusa y una combinación negra rasgada por las costuras—. Siéntate.
Chika mira la tela deshilachada extendida en el suelo; probablemente es una de las dos túnicas que tiene la mujer. Baja la vista hacia su falda tejana y su camiseta roja estampada con una foto de una Estatua de la Libertad, las dos compradas el verano que Nnedi y ella pasaron dos semanas en Nueva York con unos parientes.
-Se la ensuciaré —dice.
-Siéntate —repite la mujer—. Tenemos que esperar mucho rato.
-¿Sabe cuánto...?
-Hasta esta noche o mañana por la mañana.
Chika se lleva una mano a la frente como para comprobar si tiene fiebre. El roce de su palma fría suele calmarla, pero esta vez la nota húmeda y sudada.
-He dejado a mi hermana comprando cacahuetes. No sé dónde está.
-Irá a un lugar seguro.
-Nnedi.
-¿Eh?
-Mi hermana. Se llama Nnedi.
-Nnedi -repite la mujer, y su acento hausa envuelve el nombre igbo de una suavidad plumosa.
Más tarde Chika recorrerá los depósitos de cadáveres de los hospitales buscando a Nnedi; irá a las oficinas de los periódicos con la foto que les hicieron a las dos en una boda hace una semana, en la que ella sale con una sonrisa boba porque Nnedi le dio un pellizco justo antes de que dispararan, las dos con trajes bañera de Ankara. Pegará fotos en las paredes del mercado y en las tiendas cercanas. No encontrará a Nnedi. Nunca la encontrará. Pero ahora dice a la mujer:
-Nnedi y yo llegamos la semana pasada para ver a nuestra tía. Estamos de vacaciones.
-¿Dónde estudiáis?
-Estamos en la Universidad de Lagos. Yo estudio medicina, y Nnedi ciencias políticas.
Chika se pregunta si la mujer sabe lo que significa ir a la universidad. Y se pregunta también si ha mencionado la universidad solo para alimentarse de la realidad que ahora necesita: que Nnedi no se ha perdido en un disturbio, que está a salvo en alguna parte, probablemente riéndose con la boca abierta a su manera relajada o haciendo una de sus declaraciones políticas. Sobre cómo el gobierno del general Abacha utiliza la política exterior para legitimarse a los ojos de los demás países africanos. O que la enorme popularidad de las extensiones de pelo rubio era consecuencia directa del colonialismo británico.
-Solo llevamos una semana aquí con nuestra tía, ni siquiera hemos estado en Kano —dice Chika, y se da cuenta de lo que está pensando: su hermana y ella no deberían verse afectadas por los disturbios. Eso era algo sobre lo que leías en los periódicos. Algo que sucedía a otras personas.
-¿Tu tía está en mercado? —pregunta la mujer.
-No, está trabajando. Es la directora de la Secretaría.
Chika vuelve a llevarse una mano a la frente. Se agacha hasta sentarse en el suelo, mucho más cerca de la mujer de lo que se habría permitido en circunstancias normales, para apoyar todo el cuerpo en la tela. Le llega el olor de la mujer, algo intenso como la pastilla de jabón con que la criada lava las sábanas.
-Tu tía está en lugar seguro.
-Sí —dice Chika. La conversación parece surrealista; tiene la sensación de estar observándose a sí misma—. Sigo sin creer que estoy en medio de un disturbio.
La mujer mira al frente. Todo en ella es largo y esbelto, las piernas extendidas ante sí, los dedos de las manos con las uñas manchadas de henna, los pies.
-Es obra del diablo -dice por fin.
Chika se pregunta si eso es lo que piensan todas las mujeres de los disturbios, si eso es todo lo que ven: el diablo. Le gustaría que Nnedi estuviera allí con ella. Imagina el marrón chocolate de sus ojos al iluminarse, sus labios moviéndose deprisa al explicar que los disturbios no ocurren en un vacío, que lo religioso y lo étnico a menudo son politizados porque el gobernante está seguro si los gobernados hambrientos se matan entre sí. Luego siente una punzada de remordimientos y se pregunta si la mente de esa mujer es lo bastante grande para entenderlo.
-¿Ya estás viendo a enfermos en la universidad? -pregunta la mujer.
Chika desvía rápidamente la mirada para que no vea su sorpresa.
-¿En mis prácticas? Sí, empezamos el año pasado. Vemos a pacientes del hospital clínico.
No añade que a menudo le invaden las dudas, que se queda al final del grupo de seis o siete estudiantes, rehuyendo la mirada del profesor y rezando para que no le pida que examine un paciente y dé su diagnóstico diferencial.
-Yo soy comerciante -dice la mujer-. Vendo cebollas.
Chika busca en vano una nota de sarcasmo o reproche en su tono. La voz suena baja y firme, una mujer que dice a qué se dedica sin más.
-Espero que no destruyan los puestos del mercado -responde; no sabe qué más decir.
-Cada vez que hay disturbios destrozan el mercado.
Chika quiere preguntarle cuántos disturbios ha presenciado, pero se contiene. Ha leído sobre los demás en el pasado: fanáticos musulmanes hausas que atacan a cristianos igbos, y a veces cristianos igbos que emprenden misiones de venganza asesinas. No quiere que empiecen a dar nombres.
-Me arden los pezones como si fueran pimienta.
Antes de que Chika pueda tragar la burbuja de sorpresa que tiene en la garganta y responder algo, la mujer se levanta la blusa y se desabrocha el cierre delantero de un gastado sujetador negro. Saca los billetes de diez y veinte nairas que lleva doblados en el sujetador antes de liberar los pechos.
-Me arden como pimienta -repite, cogiéndoselos con las manos ahuecadas e inclinándose hacia Chika como si se los ofreciera.
Chika se aparta. Recuerda la ronda en la sala de pediatría de hace una semana: su profesor, el doctor Olunloyo, quería que todos los alumnos oyeran el soplo al corazón en cuarta fase de un niño que los observaba con curiosidad. El médico le pidió a Chika que empezara y ella se puso a sudar con la mente en blanco, sin saber muy bien dónde estaba el corazón. Al final puso una mano temblorosa en el lado izquierdo de la tetilla del niño, y al notar bajo los dedos el vibrante zumbido de la sangre yendo en la otra dirección, se disculpó tartamudeando ante el niño, aunque él le sonreía.
Los pezones de la mujer no son como los de ese niño. Son marrón oscuro, y están cuarteados y tirantes, con la areola de color más claro. Chika los examina con atención, los toca.
-¿Tiene un bebé? -pregunta.
-Sí. De un año.
-Tiene los pezones secos, pero no parecen infectados. Después de dar de mamar debe aplicarse una crema. Y cuando dé de mamar, asegúrese de que el pezón y también lo otro, la areola, encajan en la boca del niño.
La mujer mira a Chika largo rato.
-La primera vez de esto. Tengo cinco hijos.
-A mi madre le pasó lo mismo. Se le agrietaron los pezones con el sexto hijo y no sabía cuál era la causa, hasta que una amiga le dijo que tenía que hidratarlos -explica Chika.
Casi nunca miente, y las pocas veces que lo hace siempre es por alguna razón. Se pregunta qué sentido tiene mentir, la necesidad de recurrir a un pasado ficticio parecido al de la mujer; Nnedi y ella son las únicas hijas de su madre. Además, su madre siempre tuvo a su disposición al doctor Iggokwe, con su formación y su afectación británicas, con solo levantar el teléfono.
-¿Con qué se frota su madre el pezón? -pregunta la mujer.
-Manteca de coco. Las grietas se le cerraron enseguida.
-¿Eh? -La mujer observa a Chika más rato, como si esa revelación hubiera creado un vínculo-. Está bien, lo haré. -Juega un rato con su pañuelo antes de añadir-: Estoy buscando a mi hija. Vamos al mercado juntas esta mañana. Ella está vendiendo cacahuetes cerca de la parada de autobús, porque hay mucha gente. Luego empieza el disturbio y yo voy arriba y abajo buscándola.
-¿El bebé? -pregunta Chika, sabiendo lo estúpida que parece incluso mientras lo pregunta.
La mujer sacude la cabeza y en su mirada hay un destello de impaciencia, hasta de cólera.
-¿Tienes problema de oído? ¿No oyes lo que estoy diciendo?
-Lo siento.
-¡Bebé está en casa! Esta es mi hija mayor.
La mujer se echa a llorar. Llora en silencio, sacudiendo los hombros, no con la clase de sollozos fuertes de las mujeres que conoce, que parecen decir a gritos: «Sujétame y consuélame porque no puedo soportar esto yo sola». El llanto de esta mujer es privado, como si llevara a cabo un ritual necesario que no involucra a nadie más.
Más tarde Chika lamentará la decisión de haber dejado el barrio de su tía y haber ido al mercado con Nnedi en un taxi para ver un poco del casco antiguo de Kano; también lamentará que la hija de la mujer, Halima, no se haya quedado en casa esta mañana por pereza, cansancio o indisposición, en lugar de salir a vender cacahuetes.
La mujer se seca los ojos con un extremo de la blusa.
-Que Alá proteja a tu hermana y a Halima en un lugar seguro —dice.
Y como Chika no está segura de lo que contestan los musulmanes y no puede decir «Amén», se limita a asentir. La mujer ha descubierto un grifo oxidado en una esquina de la tienda, cerca de los contenedores metálicos. Tal vez donde el dueño se lavaba las manos, dice, y explica a Chika que las tiendas de esa calle fueron abandonadas hace meses, después de que el gobierno ordenara su demolición por tratarse de estructuras ilegales. Abre el grifo y las dos observan sorprendidas cómo sale un pequeño chorro de agua. Marronosa y tan metálica que a Chika le llega el olor. Aun así, corre.
-Lavo y rezo -dice la mujer en voz más alta, y sonríe por primera vez, dejando ver unos dientes uniformes con los incisivos manchados.
En las mejillas le salen unos hoyuelos lo bastante profundos para tragarse la mitad de un dedo, algo insólito en una cara tan delgada. Se lava torpemente las manos y la cara en el grifo, luego se quita el pañuelo del cuello y lo pone en el suelo. Chika aparta la mirada. Sabe que la mujer está de rodillas en dirección a La Meca, pero no mira. Como las lágrimas, es una experiencia privada y le gustaría salir de la tienda. O poder rezar también y creer en un dios, una presencia omnisciente en el aire viciado de la tienda. No recuerda cuándo su idea de Dios no ha sido borrosa como el reflejo de un espejo empañado por el vaho, y no se recuerda intentando limpiar el espejo.
Toca el anillo rosario que todavía lleva en el dedo, a veces en el meñique y otras en el índice, para complacer a su madre. Nnedi se lo quitó, diciendo con su risa gangosa: «Los rosarios son como pociones mágicas. No las necesito, gracias».
Más tarde la familia ofrecerá una misa tras otra para que Nnedia aparezca sana y salva, nunca por el reposo de su alma. Y Chika pensará en esa mujer, rezando con la cabeza vuelta hacia el suelo polvoriento, y cambiará de parecer antes de decir a su madre que está malgastando el dinero con esas misas que solo sirven para engrosar las arcas de la iglesia.
Cuando la mujer se levanta, Chika se siente extrañamente vigorizada. Han pasado más de tres horas e imagina que el disturbio se ha calmado, que los responsables ya están lejos. Tiene que irse, tiene que volver a casa y asegurarse de que Nnedi y su tía están bien.
-Debo irme.
De nuevo la cara de impaciencia de la mujer.
-Todavía es peligroso salir.
-Creo que se han marchado. Ya no huelo el humo.
La mujer se sienta de nuevo sobre la tela sin decir nada. Chika la observa un rato, sintiéndose decepcionada sin saber por qué. Tal vez esperaba de ella una bendición.
-¿Está muy lejos tu casa? —pregunta.
-Lejos. Cojo dos autobuses.
-Entonces volveré con el chófer de mi tía para acompañarte —dice Chika.
La mujer desvía la mirada.
Chika se acerca despacio a la ventana y la abre. Espera oír gritar a la mujer que se detenga, que vuelva, que no hay prisa. Pero la mujer no dice nada y Chika nota su mirada clavada en la espalda mientras sale. Las calles están silenciosas. Se ha puesto el sol y en la media luz crepuscular Chika mira alrededor, sin saber qué dirección tomar. Reza para que aparezca un taxi, ya sea por arte de magia, suerte o la mano de Dios. Luego reza para que Nnedi esté en ese taxi, preguntándole dónde demonios se ha metido y lo preocupados que han estado por ella. No ha llegado al final de la segunda calle en dirección al mercado cuando ve el cadáver. Apenas lo ve pero pasa tan cerca que le llega el calor. Acaban de quemarlo. El olor que desprende es repulsivo, a carne asada, no se parece a nada que haya olido antes.
Más tarde, cuando Chika y su tía recorran todo Kano con un policía en el asiento delantero del coche con aire acondicionado de su tía, verá otros cadáveres, muchos carbonizados, tendidos a lo largo de las calles como si alguien los hubiera arrastrado y colocado cuidadosamente allí. Mirará solo uno de los cadáveres, desnudo, rígido, boca abajo, y se dará cuenta de que solo viendo esa carne chamuscada no puede saber si el hombre parcialmente quemado es igbo o hausa, cristiano o musulmán. Escuchará por la radio la BBC y oirá las descripciones de las muertes y del disturbio («religioso con un trasfondo de tensiones étnicas», dirá la voz). Y la arrojará contra la pared y una feroz cólera la inundará ante cómo han empaquetado, saneado y comprimido todos esos cadáveres en unas pocas palabras. Pero ahora, el calor que desprende el cadáver carbonizado está tan cerca, tan presente, que se vuelve y regresa corriendo a la tienda. Siente un dolor agudo en la parte inferior de la pierna mientras corre. Llega a la tienda y golpea la ventana, y no para de golpearla hasta que la mujer abre.
Se sienta en el suelo y, a la luz cada vez más tenue, observa el hilo de sangre que le baja por la pierna. Los ojos le bailan inquietos en la cabeza. Esa sangre parece ajena a ella, como si alguien le hubiera embadurnado la pierna con puré de tomate.
-Tu pierna. Tienes sangre -dice la mujer con cierta cautela.
Moja un extremo de su pañuelo en el grifo y le lava el corte de la pierna, luego se lo enrolla alrededor y hace un nudo.
-Gracias -dice Chika.
-¿Necesitas ir al baño?
-¿Al baño? No.
-Los contenedores de allí los estamos utilizando como baños -explica la mujer.
La lleva al fondo de la tienda y en cuanto llega a la nariz de Chika el olor, mezclado con el del polvo y el agua metálica, siente náuseas. Cierra los ojos.
-Lo siento. Tengo el estómago revuelto. Por todo lo que está pasando hoy -se disculpa la mujer a sus espaldas.
Luego abre la ventana, deja el contenedor fuera y se lava las manos en el grifo. Cuando vuelve, Chika y ella se quedan sentadas una al lado de la otra en silencio; al cabo de un rato oyen el canto ronco a lo lejos, palabras que Chika no entiende. La tienda está casi totalmente oscura cuando la mujer se tiende en el suelo, con solo la parte superior del cuerpo sobre la tela.
Más tarde Chika leerá en The Guardián que «hay antecedentes de violencia por parte de los musulmanes reaccionarios hausaparlantes del norte contra los no musulmanes», y en medio de su dolor recordará que examinó los pezones y conoció la amabilidad de una musulmana hausa. Chika apenas duerme en toda la noche. La ventana está cerrada, el ambiente cargado, y el polvo, grueso y granulado, se le mete por las fosas nasales. No logra dejar de ver el cadáver ennegrecido flotando en un halo junto a la ventana, señalándola acusador. Al final oye a la mujer levantarse y abrir la ventana, dejando entrar el azul apagado del amanecer. Se queda un rato allí de pie antes de salir. Chika oye las pisadas de la gente que pasa por la acera. Oye a la mujer llamar a alguien, y una voz que se alza al reconocerla seguida de una parrafada en hausa rápido que no entiende.
La mujer entra de nuevo en la tienda.
-Ha terminado el peligro. Es Abu. Está vendiendo provisiones. Va a ver su tienda. Por todas partes hay policía con gas lacrimógeno. El soldado viene para aquí. Me voy antes de que el soldado empiece a acosar a todo el mundo.
Chika se levanta despacio y se estira; le duelen las articulaciones. Caminará hasta la casa con verja de su tía porque no hay taxis por las calles, solo jeeps militares y coches patrulla destartalados. Encontrará a su tía yendo de una habitación a otra con un vaso de agua en la mano, murmurando en igbo una y otra vez: ¿Por qué os pedí a Nnedi y a ti que vinierais a verme? ¿Por qué me engañó de este modo mi chi? Y Chika agarrará a su tía con fuerza por los hombros y la llevará a un sofá.
De momento se desata el pañuelo de la pierna, lo sacude como para quitar las manchas de sangre y se lo devuelve a la mujer.
-Gracias.
-Lávate bien-bien la pierna. Saluda a tu hermana, saluda a los tuyos -dice la mujer, enrollándose la tela a la cintura.
-Saluda tú también a los tuyos. Saluda a tu bebé y a Halima.
Más tarde, cuando vuelva andando a la casa de su tía, cogerá una piedra manchada de sangre seca y la sostendrá contra el pecho como un macabro souvenir. Y ya entonces, con una extraña intuición, sabrá que nunca encontrará a Nnedi, que su hermana ha desaparecido. Pero en ese momento se vuelve hacia la mujer y añade:
-¿Puedo quedarme con su pañuelo? Está sangrando otra vez.
La mujer la mira un momento sin comprender; luego asiente. Tal vez se percibe en su rostro el principio del futuro dolor, pero esboza una sonrisa distraída antes de devolverle el pañuelo y darse la vuelta para salir por la ventana.

Chimamanda Ngozi Adichie (Abba, Enugu, 15 de septiembre, de 1977). Novelista nigeriana.
Nació en la aldea de Abba, quinta hija del matrimonio de etnia igbo formado por Grace Ifeoma y James Nwoye Adichie. Pasó su infancia en la ciudad de Nsukka, sede de la Universidad de Nigeria, en una casa que anteriormente había sido habitada por el célebre escritor nigeriano Chinua Achebe. Su padre era profesor de estadística, y su madre trabajaba también en la universidad, como secretaria. A la edad de diecinueve años se trasladó a Estados Unidos con una beca por dos años para estudiar comunicación y ciencias políticas en la Universidad de Drexel, en Filadelfia. Posteriormente continuó sus estudios en la Universidad Estatal del Este de Connecticut, en la que se graduó en 2001. Más adelante ha llevado a cabo estudios de escritura creativa en la Universidad John Hopkins de Baltimore, y un máster de estudios africanos en la Universidad de Yale.

Bandera de Biafra, con el medio sol amarillo en el centro.
En 2003, mientras se encontraba estudiando en Connecticut, publicó su primera novela, La flor púrpura (Purple Hibiscus), que fue muy bien recibida por la crítica y recibió el Commonwealth Writers' Prize for Best First Book (2005).
La acción de su segunda novela, Medio sol amarillo (Half of a Yellow Sun, 2006), así titulada en referencia al diseño de la bandera de la efímera nación de Biafra, se desarrolla durante la Guerra Civil nigeriana. En 2007 esta obra, alabada, entre otros, por el escritor nigeriano Chinua Achebe, fue galardonada con el Orange Prize for Fiction.1.
En 2009 publicó una colección de relatos breves, titulada The Thing Around Your Neck.2. Obras. La flor púrpura (Purple Hibiscus, 2003). Barcelona: Grijalbo, 2004 (Edición de Bolsillo, Barcelona: Debolsillo, 2005). Medio sol amarillo (Half of a Yellow Sun, 2006). Barcelona: Mondadori, 2007. Algo alrededor de tu cuello (The Thing Around Your Neck, 2009). Barcelona: Mondadori, 2010.Premios.2005: Commonwealth Writers' Prize (La flor púrpura). 2007: Orange Prize for Fiction (Medio sol amarillo).
Semblanza biográfica y foto: Wikipedia. Texto: El cuento del día.

El cuento del domingo

 
Jean Rhys
El día en que quemaron todos los libros
Mi amigo Eddie era un chico bajito y flaco. Se le veían venas azules en las muñecas y las sienes. La gente decía que estaba tísico, y que no duraría mucho en este mundo. Yo le quería, pero a veces le despreciaba.
Su padre, Mr. Sawyer, era un hombre extraño. No había nadie capaz de adivinar qué podía estar haciendo en nuestra parte del mundo. No era hacendado ni doctor ni abogado ni banquero. Tampoco tenía una tienda. No era maestro ni funcionario del gobierno. No era —ésa era la cuestión— un caballero. Teníamos varios románticos residentes que se habían enamorado de la luna o del Caribe: todos ellos eran unos caballeros y absolutamente distintos de Mr. Sawyer, que carecía por completo de señorío. Además, detestaba la luna y todo lo que tuviera que ver con el Caribe, y no le importaba decirlo.
Era delegado de una pequeña compañía de vapores que en aquellos tiempos enlazaba Venezuela y Trinidad con las islas más pequeñas, pero apenas podía ganarse la vida con ese trabajo. La gente imaginó que debía tener algunos ingresos privados, pero nunca hubo nadie que llegase a imaginar por qué motivo había querido establecerse en un sitio que no le gustaba y casarse con una negra. Aunque, no crean, una negra decente, respetable, y bien educada.
Mrs. Sawyer debió ser muy bonita en tiempos pero, entre unas cosas y otras, eso ya era pasado.
Cuando Mr. Sawyer estaba borracho —lo cual ocurría a menudo— solía tratarla con mucha grosería. Ella no le contestaba nunca.
«Ya está la negra presumiendo», solía decir él; y ella sonreía como si supiera que hubiese debido pillar el chiste y no lo hubiese conseguido. «Maldita fisgona, triste mestiza, no hueles bien», solía decir él; y ella no contestaba, ni siquiera para susurrar, «A mí tampoco me gusta tu olor».
Se decía que una vez se atrevieron a celebrar una fiesta con algunos amigos, y que en el momento en que la criada, Mildred, servía el café, él le tiró del pelo a Mrs. Sawyer.
—No es una peluca, lo ven —gritó él.
Incluso entonces, por imposible que parezca, Mrs. Sawver se rió y trató de fingir que todo era parte del chiste, del misterioso, oscuro y sagrado chiste inglés.
Pero Mildred les dijo a las otras criadas de la ciudad que los ojos de la señora habían adquirido una expresión malévola, como los de una soucriant (1), y que después ella misma había recogido algunos de los cabellos que él le había arrancado y los había metido en un sobre, y que Mr. Sawyer debería ir con cuidado (el cabello, al igual que las manos, es obeah).
Naturalmente, Mrs. Sawyer tenía sus compensaciones. Vivían en una casa muy agradable de Hill Street. El jardín era grande y tenían un magnífico mango muy prolífico. Sus frutos eran pequeños, redondos, muy dulces y jugosos, y de un adorable color rojo y amarillo cuando estaban maduros. Quizás era una de las compensaciones, solía pensar yo.
Mr. Sawyer construyó una habitación adosada a la parte trasera de la casa. Por dentro estaba sin pintar y la madera desprendía un olor muy dulce. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles de libros. Cada vez que llegaba el vapor del Real Correo traía un paquete para él, y los vacíos anaqueles fueron llenándose gradualmente.
Una vez entré allí con Eddie para tomar prestado Las mil y una noches. Eso fue un sábado por la tarde, una de esas tardes calurosas y calladas en las que te daba la sensación que todo estaba durmiendo, hasta el agua del arroyo. Pero Mrs. Sawyer no dormía. Metió la cabeza por la puerta y nos miró, y supe que odiaba la habitación y odiaba los libros.
Fue Eddie, con sus ojos azul pálido y su pelo color paja —la viva imagen de su padre, aunque a menudo tan silencioso como su madre— el primero que me contagió las dudas sobre «la patria», es decir, Inglaterra. Se quedaba siempre muy callado cuando otros que nunca la habían visto —ninguno de nosotros la había visto nunca— elogiaban sus encantos y hablaban con grandes ademanes de Londres, de las bellas damas de mejillas rosadas, de los teatros, de las tiendas, de la niebla, de los llameantes fuegos de carbón en su invierno, de las comidas exóticas (salmonetes comidos a los sones de los violines), de las fresas con nata. Siempre decíamos la palabra «fresas» con un sonido gutural que, según creíamos, era la pronunciación inglesa correcta.
—No me gustan las fresas —dijo Eddie en una ocasión.
—¿No te gustan las fresas?
—No, y tampoco me gustan los narcisos. Papá se pasa todo el día hablando de ellos. Dice que las flores de allí dejan en ridículo a las de aquí y apuesto a que es mentira.
Nosotros estábamos demasiado escandalizados para decirle, «No tienes ni idea de lo que dices». Estábamos tan escandalizados que nadie le dirigió la palabra en todo el resto del día. Pero al menos yo le admiré. También yo estaba cansada de aprenderme y recitar poemas que elogiaban los narcisos, y mis relaciones con los pocos chicos y chicas ingleses «de verdad» que había conocido no habían sido fáciles. Había descubierto que cada vez que yo decía que era inglesa ellos me desdeñaban altivamente diciendo:
—Tú no eres inglesa; eres una horrible criatura de las colonias.
—Pues no tengo ganas de ser inglesa —decía yo—. Es mucho más divertido ser francés o español o algo así, y de hecho lo soy un poco.
Entonces les parecía rematadamente graciosa, absolutamente ridícula. No solamente era una horrible criatura de las colonias sino además un ser ridículo. Los ingleses eran así: nunca perdían. Yo había pensado en todo esto, profundamente, pero nunca me había atrevido a decirle a nadie lo que pensaba y comprendí que Eddie había sido muy osado.
Y era osado, y más fuerte de lo que nadie hubiera sospechado. Por ejemplo, nunca sentía el calor; cierta frialdad de su blanca piel lo resistía. No se le ponía roja ni se le quemaba ni se ponía moreno, y casi ni siquiera le salían pecas.
Los días de calor parecían llenarle especialmente de energía.
—Ahora daremos dos vueltas corriendo al prado y después tú finges que estás muriendo de sed en el desierto y que yo soy un jeque árabe que te trae agua.
Y añadía:
—Tienes que bebértela despacio, porque si tienes mucha sed y bebes deprisa te morirás.
Y así aprendí la voluptuosidad de beber lentamente cuando tienes mucha sed, de traguito en traguito hasta vaciar el vaso de rosada y fría Coca-Cola.
Justo después de que yo cumpliera doce años, Mr. Sawyer murió repentinamente, y como amiga íntima de Eddie fui al funeral con un nuevo vestido blanco. Me empaparon mi lacio pelo con agua azucarada la noche anterior y me lo peinaron en pequeñas trencitas muy apretadas a fin de que tuviera un aspecto más esponjoso para aquella ocasión.
Después que terminara todo, la gente comentó lo magnífica que había estado Mrs. Sawyer, caminando como una reina detrás del ataúd y llorando a lágrima viva en el momento preciso, y lo extraño que era el chico, porque Eddie no había llorado.
Después de esto, Eddie y yo tomamos posesión de la habitación de los libros. Eramos los únicos que entrábamos, con la excepción de Mildred que barría y sacaba el polvo por la mañana, y gradualmente fue desvaneciéndose el fantasma del tirón de pelo de Mr. Sawyer a su mujer, aunque eso costó algún tiempo. Las cortinas siempre estaban medio bajadas y al entrar desde el soleado exterior tenías la sensación de meterte en una piscina de agua verde oliva. No había más que los anaqueles, una mesa de despacho con la superficie cubierta por un tapete y un balancín de mimbre.
Eddie la llamaba «mi habitación». «Mis libros —decía—, mis libros.»
No sé cuánto tiempo duró esto. No sé si habían pasado semanas o meses después de la muerte de Mr. Sawyer, cuando nos veo a Eddie y a mí en la habitación. Pero estamos allí y están también, inesperadamente, Mrs. Sawyer y Mildred. Los labios de Mrs. Sawyer apretados, sus ojos complacidos. Está sacando todos los libros de los anaqueles y apilándolos en dos montones. Los grandes, gruesos y lustrosos —los bonitos, explica Mildred en un susurro—, la Enciclopedia Británica, Flores, pájaros y animales británicos, varios libros de historia, los libros con mapas, Presencia inglesa en las Indias occidentales, de Froude, y otros semejantes en un montón que será vendido. Los libros poco importantes, los de bolsillo y los que tienen la encuademación estropeada o páginas arrancadas, en otro montón. Van a quemarlos: sí, quemarlos.
La expresión de Mildred cuando lo dijo era extraordinaria: en parte de sumo deleite, pero también escandalizada, hasta asustada. Y por lo que se refiere a Mrs. Sawyer, bueno, yo sabía lo que era el malhumor (lo había visto a menudo), sabía lo que era la ira, pero esto era odio. Reconocí la diferencia inmediatamente y me quedé mirándola con curiosidad. Me acerqué cautelosamente a ella para poder leer los títulos de los libros que distribuía.
Era el anaquel de poesía. Poemas de Lord Byron, Obras poéticas de Milton, y así sucesivamente. Plong, plong, plong: todos iban al montón de los libros para vender. Pero un libro de Christina Rossetti, aunque también estaba encuadernado en piel, cayó en el montón de los que iban a ser quemados, y un parpadeo de Mrs. Sawyer me bastó para saber que había algo peor, infinitamente peor, que los hombres que escribían libros: las mujeres que escribían libros. Los hombres podían ser misericordiosamente fusilados; a las mujeres había que torturarlas.
Mrs. Sawyer no parecía notar nuestra presencia, pero respiraba reposadamente y sus manos arrancaban y lanzaban libros rítmicamente. Estaba, además, muy bonita, tan bonita como el cielo, que era de un color azul muy oscuro, o como el mango con sus largas ramas pardas y doradas.
Ni siquiera miró a Eddie cuando éste dijo «No».
—No —volvió a decir en voz aguda—. Ese no. Lo estaba leyendo.
Ella se rió y él se precipitó contra ella, con los ojos salidos de sus órbitas, chillando:
—Ahora tendré que odiarte a ti también. Ahora te odio a ti también.
Le arrancó el libro de la mano y le dio un violento empujón. Ella cayó sentada en el balancín.
Bueno, yo no quería que me dejaran al margen de todo esto, de modo que cogí un libro del montón de los condenados y buceé bajo el brazo extendido de Mildred.
Luego, estábamos él y yo en el jardín. Corrimos por el sendero cercado de ricinos. Tiramos piedras hacia atrás, aunque ellas no nos perseguían, y pudimos oír la risa de Mildred: jiá, jiá, jiá, jiá. Mientras corría me puse el libro que había cogido en la pechera de mi vestido castaño de holanda. Parecía cálido y vivo.
Cuando llegamos a la calle caminamos tranquilamente, porque temíamos que los niños negros se burlasen de nosotros. Yo me sentí muy feliz, porque había salvado este libro y era mi libro y lo leería desde el principio hasta la triunfal palabra «Fin». Pero cuando me acordé de Mrs. Sawyer me sentí intranquila.
—¿Qué nos hará tu madre? —dije.
—Nada —dijo Eddie—. A mí no me hará nada.
Estaba tan blanco como un fantasma con su traje de marinero, de un blanco azulado incluso en la puesta de sol, y se le había fijado en el rostro la sonrisa burlona de su padre.
—Pero le contará a tu madre toda clase de mentiras acerca de ti —dijo—. Es terriblemente mentirosa. Es incapaz de inventarse ningún cuento para salvarse a sí misma, pero no le cuesta nada inventar mentiras sobre los demás.
—Mi madre no le hará ningún caso —dije. Pero no estaba nada segura.
—¿Por qué no? ¿Porque es...? ¿Porque no es blanca?
Bueno, sabía la respuesta a esa pregunta. Cada vez que se planteaba la cuestión —los antepasados de la gente y si tenían o no alguna gota de sangre de color— mi padre se impacientaba e interrumpía la conversación diciendo:
—¿Cuántos blancos hay? Condenadamente pocos.
De modo que dije:
—¿Cuántos blancos hay? Condenadamente pocos.
—Puedes irte al diablo —dijo Eddie—. Ella es más bonita que tu madre. Cuando duerme sus labios sonríen y tiene las pestañas rizadas y montones y montones y montones de cabello.
—Sí —dije sinceramente—. Es más bonita que mi madre.
Esa tarde había un crepúsculo rojo, un enorme, triste y aterrador crepúsculo.
—Mira, regresemos —dije—. Si estás seguro de que no va a estar enfadada contigo, regresemos. Pronto oscurecerá.
Cuando llegamos a su puerta me pidió que no me fuera:
—No te vayas aún, no te vayas aún.
Nos sentamos debajo del mango y yo le había cogido de la mano. Cuando él empezó a llorar me cayeron en la mano algunas gotas, como el agua que goteaba del filtro del alero en nuestro patio. Entonces empecé a llorar yo también y cuando noté mis propias lágrimas en mi mano, pensé, «Ahora quizás estamos casados».
«Sí, sin duda, ahora estamos casados», pensé. Pero no dije nada. No dije nada hasta que estuve segura de que él había dejado de llorar. Entonces le pregunté:
—¿Cuál es tu libro?
—Es Kim —dijo—. Pero está roto. Ahora empieza en la página veinte. ¿Cuál te has llevado tú?
—No lo sé; está demasiado oscuro para verlo —dije.
Cuando llegué a mi casa me fui corriendo a mi dormitorio y cerré la puerta porque sabía que este libro era lo más importante que me había ocurrido en mi vida y no quería que hubiese nadie delante cuando lo mirase.
Pero me quedé muy decepcionada, porque era un libro en francés y parecía aburrido. Se titulaba Fort Comme La Mort (2)...
Notas:
(1) Criatura mítica de la religión obeah, equivalente a una bruja vampírica.
(2) Fort comme la mort (Fuerte como la muerte) es la quinta de las seis novelas que escribió Guy de Maupassant (aquí en francés y aquí en español).

Jean Rhys (Roseau, 24 de agosto de 1890 - Exeter, 14 de mayo de 1979), cuyo nombre original era Ella Gwendolen Rees Williams. Novelista caribeña de la primera mitad del siglo XX. Sus primeras novelas fueron publicadas durante las décadas de los años 1920 y 1930, hasta la publicación de su novela Ancho mar de los Sargazos (Wide Sargasso Sea) en 1966, no fue considerada una figura literaria de relevancia. La precuela de la novela Jane Eyre de Charlotte Brontë, Ancho mar de los Sargazos (Wide Sargasso Sea), ganó en 1967 el prestigioso premio literario otorgado por WH Smith, el WH Smith Literary Award. Ryhs nació en Roseau, cuando Dominica aún era colonia británica, hija de padre galés y madre criolla pero de raíces escocesas. A los dieciséis años se trasladó a Inglaterra donde trabajó en Londres como corista sin demasiado éxito, hasta tal punto que llegó a ingresar en la prisión de Holloway.En los años 1920 viajó al continente europeo donde trabajó como artista bohemia, periodo en el que residió temporalmente en París. Durante este periodo de su vida, Rhys vivió casi en la pobreza. Sin embargo fue durante este periodo cuando se familiarizó con el arte modernista y la literatura, y cuando se convirtió en alcohólica, problema que mantuvo durante toda su vida. Sus experiencias en la sociedad patriarcal y los sentimientos de sentirse desplazada influyeron y formaron parte de algunos de sus trabajos, así como su difícil niñez, en la que no acabó de ser aceptada ni por la sociedad criolla ni por la europea de su isla natal.La mayoría de las obras de Rhys tratan sobre mujeres que se ven desplazadas de sus ambientes naturales y dejadas al capricho de sociedades con pobres valores familiares, en una muestra de su propia experiencia. Su estilo se caracteriza frecuentemente por su mezcla de técnicas modernistas y de sensibilidades propias de la sociedad caribeña de la que provenía.Su obra fue publicada y promocionada entre otros por Ford Madox Ford. Diana Athill, de la editorial André Deutsch, ayudó a Ryhs a volver a llegar a un amplio público tras la pérdida del favor del público que sufrió. Athill fue la responsable de la publicación de Ancho mar de los Sargazos, obra adaptada a la televisión por la BBC.Durante el último periodo de su vida, vivió en Londres junto a un amigo intérprete de jazz británico, George Melly. Escribió una sarcástica canción de amor para él junto a John Chilton, titulada Life with you. Sus escritos y efectos personales se encuentran en la Biblioteca Mac Farlin de la Universidad de Tulsa, en el departamento de Colecciones especiales y archivos de la Universidad. Bibliografía. The Left Bank and Other Stories (La orilla izquierda y otras historias), 1927. Postures (Posturas), 1928, publicada en 1929 como Quatet (Cuarteto). After Leaving Mr Mackenzie (Después de dejar al señor Mackenzie), 1931. Voyage in the Dark (Viaje a la oscuridad), 1934. Good Morning, Midnight (Buenos días, medianoche), 1939. Wide Sargasso Sea (Ancho mar de los Sargazos), 1966. Tigers Are Better-Looking: con una selección de obras de 'The Left Bank' , 1968. Penguin Modern Stories 1, 1969 (junto a otros). My Day: Three Pieces, 1975. Sleep It Off Lady, 1976. Smile Please: An Unfinished Autobiography (Una sonrisa, por favor), 1979. Jean Rhys Letters 1931-1966, 1984. Early Novels, 1984. The Complete Novels, 1985. Tales of the Wide Caribbean, 1985. The Collected Short Stories, 1987.

Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto:yovivoenella.blogspot.com.Versión de Enrique Hegewicz.Foto:Internet.

El cuento del domingo


Salwa Bakr

Noona la loca

 Aparte de su padre y el funcionario, su esposa e hijo, casi nadie, cuando preguntaron en la oficina del procurador público, conocía a Noona. Las únicas excepciones eran: Hassaein, el vendedor de pan; Futeih, el tendero; Salim, el hombre que planchaba; y el basurero. Este último, al ser preguntado, dijo que no tenía ni la más remota idea acerca de sus rasgos, porque siempre estaba ocupado mirando el cubo de la basura cuando ella se lo entregaba cada mañana para que él lo vaciara en la cesta.
Las declaraciones de todos ellos no coincidían en cuanto a sus rasgos, ya que mientras el funcionario aseguraba que tenía la nariz respingada y que su mandíbula superior sobresalía ligeramente, su esposa respondió a la pregunta del procurador público, «¿Tenía algún rasgo especial?», diciendo, «Era una chica muy inestable, muy rara». En cuanto a su padre, se limitó a decir, mientras se enjugaba las lágrimas, «Ella hubiese sido una novia encantadora, una chica en un millón... », y para demostrar ante las autoridades la verdad de esta afirmación, sacó de un bolsillo interior de su galabia un pequeño pendiente de oro con un abalorio azul, que era el regalo nupcial de su futuro esposo, a quien ella nunca había visto.
Incluso la propia Noona no conocía bien sus rasgos. Lo máximo que sabía era que el hijo del funcionario tenía un hermoso pelo negro como su madre y una gran nariz como su padre, excepto que la nariz de este último estaba salpicada de pequeñas manchas negras. Ella había reparado en esas manchas muchas veces cuando se excitaba y fruncía la nariz mientras exclamaba «jaque» con voz gruesa y sofocada por la risa a su rival en la partida de ajedrez.
En cualquier caso, Noona no estaba interesada en su apariencia, que veía a menudo reflejada en los espejos, ya fuese en la habitación del funcionario y su esposa, o en el cuarto de su hijo, cuando entraba en ellos a quitar el polvo y ordenarlos, rápidamente por miedo a que el tiempo volase y las horas de clase tocasen a su fin antes de haber acabado su tarea. Aprovechaba momentos fugaces para buscar nuevamente «la pupila del ojo», ese ser que ella nunca creyó que existiera aunque la maestra lo había confirmado una y otra vez. En esos momentos, parada de puntillas, se inclinaba hacia adelante con su pequeño cuerpo y se acercaba todo lo posible al espejo, luego estiraba hacia abajo los párpados inferiores con sus dedos hinchados, que estaban cubiertos de pequeños cortes y marcas de quemaduras, y con indescriptible asombro hacía que los globos oculares sobresalieran como dos círculos negros, mientras intentaba descubrir dos brazos o dos pies, o una nariz o un cuello, o cualesquiera de las partes humanas del cuerpo de esa persona, «la pupila del ojo». Cuando, cansada y aburrida y sintiendo que las puntas de los pies comenzaban a dolerle por la posición forzada, se apartaba del espejo, torcía los labios en una mueca de fastidio, se llenaba la boca de aire, o sacaba la lengua y la movía de un lado a otro describiendo círculos, y luego continuaba haciendo las camas, colgando la ropa y colocando las cosas en sus correspondientes lugares.
Es imposible negar que Noona tenía un secreto deseo de ser guapa y encantadora, no como la esposa del funcionario, quien tenía toda clase de ropa, algo corto y algo largo, y algo con mangas y algo sin mangas, sino guapa, como la maestra a quien solía imaginar parecida a la princesa de los cuentos de hadas cuando se acercaba a ella desde más allá de la ventana, mientras Noona estaba en la cocina, con su hermosa voz pidiéndoles a las chicas que repitiesen después de ella el hemistiquio, «espaldillas de antílope, patas de avestruz».
«Espaldillas» solía confundir notablemente a Noona, de modo que cuando comenzaba a repetirlo con las demás chicas y escuchaba el efecto de su voz aguda declamando «espaldillas de antílope», dejaba por un momento de escurrir el plato que estaba lavando en el fregadero, o de agitar lo que estuviese cocinando en la sartén, apoyaba la pierna izquierda sobre la derecha durante unos minutos y comenzaba a chuparse el pulgar con fruición mientras pensaba en el verdadero significado de estas «espaldillas» y se preguntaba, ¿es trébol? ¿o caramelo con garbanzos? ¿o un burro joven?
Las imágenes bullían en su imaginación mientras buscaba la verdad. Cuando las preguntas acababan por derrotarla y descubría que el agua comenzaba a chorrear por encima del borde del fregadero, o que la comida había hervido demasiado, volvía a concentrarse en su trabajo, mientras la ira y la perplejidad crecían en su interior, una enorme fuerza dentro de su cuerpo, y frotaba los platos hasta dejarlos relucientes, o volvía a ordenar las cucharas y los tenedores de un modo más pulido, mientras murmuraba las palabras «patas de avestruz» y miraba por la ventana cerrada con barras de hierro, a través de las cuales podía ver el edificio de la escuela y el cielo azul y abierto que lo resguardaba. Entonces llegaban hasta ella las voces de las chicas en un único y armonioso sonido, y sentía que estaba a punto de volverse loca, y gritaba junto con ellas, con toda la fuerza de sus cuerdas vocales, «corre como un lobo, salta como un zorro».
Anhelaba conocer los secretos de muchas otras cosas, cosas que había oído de ese mágico mundo que se ocultaba a ella detrás de la ventana, así como ansiaba conocer también el verdadero significado de «espaldillas», esa palabra en la que había incursionado de vez en cuando a través de las chicas de la escuela, y que le había hecho aprender de memoria palabras extrañas que no comprendía y que le hacían desear encontrar a alguien que mitigara el fuego de su corazón y le explicara sus significados. De hecho había tratado de conocer el significado de esas palabras preguntando a Hasanein, el vendedor de pan, por «espaldillas», pero él se había limitado a guiñarle un ojo y alzar las cejas obscenamente mientras hacía un movimiento con el pulgar que le recordó a las mujeres de la aldea. Aunque le insultó y maldijo a su padre y a sus antepasados, después de aquella experiencia temió volver a intentarlo con Futeih, el tendero. Había tomado la decisión de preguntarle al hijo del funcionario, si no hubiese sido por lo que ocurrió el día de la raíz cuadrada, que hizo que nunca volviese a pensar en ello. Sorprendida un día por su señora cuando estaba revolviendo las cebollas y examinándolas en busca de sulfuro de hidrógeno, que la maestra había dicho que se encontraba en ellas, Noona se negó obstinadamente a decirle la verdad cuando ella le preguntó sorprendida qué estaba haciendo. Se limitó a decirle que estaba buscando una cosa extraña en las cebollas, lo que hizo que la esposa del funcionario dijese al referirse a aquella ocasión -y a otras numerosas ocasiones- que Noona era inestable y rara y que su comportamiento no era natural, especialmente cuando la descubrió saltando en la cocina, levantando las piernas y extendiéndolas hacia adelante, exactamente de la misma manera en que había visto que lo hacían las chicas cuando llevaban sus largos pantalones negros en el gran patio de la escuela.
La mujer acostumbraba a decir estas cosas acerca de Noona y añadía, cuando se sentaba con sus amigas en el recibidor dorado cuyo estilo Noona suponía que el jefe de su aldea no podría haber visto, que la muchacha era un verdadero burro de carga y tenía fuerza para demoler una montaña, a pesar del hecho de que sólo tenía trece años. La esposa del funcionario decía que jamás la echaría de su casa, aunque estuviese loca, porque en estos días las criadas escaseaban y eran difíciles de encontrar.
Aunque esta opinión no le gustaba nada a Noona, y aunque la mujer una vez la había abofeteado por haber insultado a su hijo llamándole idiota, la esposa del funcionario no le caía mal, porque sabía que aquel bofetón había sido sólo una reacción espontánea, del mismo modo que lo había sido el insulto de Noona.
El chico estaba sentado en la sala con la maestra, con su madre sentada frente a ellos, tejiendo y haciendo ruidos con el chicle, cuando Noona entró llevando la bandeja del té justo en el momento en que la maestra le preguntaba al chico cuál era la raíz cuadrada de veinticinco y el inútil se rascaba la nariz y miraba estúpidamente a su madre y no respondía. Como Noona había oído muchas cosas de la raíz cuadrada de boca de la maestra de la escuela, no pudo evitar, cuando el chico con todo descaro respondió cuatro, gritar airadamente como lo hacía la maestra de la escuela, «Cinco, idiota», lo que casi provocó que la bandeja cayera de sus manos. La maestra lanzó una carcajada y el chico corrió hacia Noona tratando de pegarle. La madre, sin embargo, llegó primero porque le preocupaba que los vasos de cristal pudieran romperse, y abofeteó a Noona: el primer y único bofetón que le había propinado en los tres años que había estado en la casa. Y aunque su ama no mentía cuando le dijo a la maestra que Noona sin duda lo había oído de la maestra de la escuela, ya que una ventana estaba frente a la otra, Noona aprendió a no hablar nunca de esas cosas con nadie de la casa por temor a que la señora pudiera pensar en despedirla, porque ella quería quedarse para siempre allí donde estaban la maestra y las chicas, en ese maravilloso mundo cuyos sonidos oía cada día a través de la ventana de la cocina, un mundo que nunca veía.
A pesar de todo esto había un fuego de añoranza que ardía noche y día en su pecho por su madre y sus hermanos y hermanas, y un deseo de correr con los otros chicos por el campo, de respirar el aroma del verdor y la mañana cubierta de rocío, de ver el sol ardiente cuando salía cada mañana, de oír la voz de su madre llamándola, cuando estaba enfadada y de mal humor.
-Na'ima, Na'ouma, ven a comer, cariño, luz de los ojos de tu madre.
A ella le gustaba mucho su nombre verdadero, Na'ima, incluso su apodo, Na'ouma, pero no encontraba nada agradable en el nombre de Noona que le había puesto la señora y que era como la llamaba todo el mundo desde el momento en que puso los pies en la casa al llegar del campo y hasta el momento en que se marchó para siempre y después de lo cual nadie supo nada más de Noona. Antes de eso su vida había seguido su rutina habitual: se había despertado como era su costumbre, había traído el pan y había preparado el desayuno para el funcionario, su esposa y su hijo, le había entregado el cubo de la basura al basurero y había entrado en la cocina después de que todos se hubieran marchado. No fue hasta aproximadamente las cuatro de la tarde que su vida comenzó a cambiar cuando se oyó un golpe en la puerta y Abu Sarie, su padre, hizo acto de presencia para dejar caer su bomba. Después de saludarla, comer y beber té, y de asegurarle que su madre y sus hermanos se encontraban bien, y de rumiar las cosas durante un buen rato, su padre había dicho, mientras contemplaba su cuerpo y sus pechos y sonreía alegremente mostrando sus dientes negros, que había venido a llevarla de regreso a la aldea para casarla. Le mostró el pendiente de oro que le había comprado su futuro esposo, quien había regresado de la tierra del Profeta con dinero suficiente como para amueblar una habitación completa en la casa de su madre. En aquel momento el corazón de Noona se le había caído a los pies y había estado a punto de echarse a llorar. Sonriendo al ver que la sangre escapaba del rostro de su hija y que se ponía del color de un tulipán blanco, Abu Sarie le dijo que no debía tener miedo, porque eso era algo que les sucedía a todas las chicas y que no había nada de malo. Le dijo que debía prepararse porque se marcharían juntos a la mañana siguiente. Luego decidió hacerla feliz con la misma noticia que a él le había hecho feliz, de modo que le informó que la señora le daría un mes de sueldo como bonificación, y también dos prendas que no habían sido tocadas por las tijeras, y que su hermana menor ocuparía su lugar como criada de la casa si era la voluntad de Dios.
-Y aquella noche todo fue normal - dijo la esposa del funcionario en la oficina del procurador público. Su esposo y su hijo corroboraron sus palabras y lo propio hizo Abu Sarie. Noona había preparado la cena, había lavado los platos, le había llevado té a su hijo mientras estudiaba en su cuarto. Y no había nada en ella que despertara sospechas. Y así había sido efectivamente. Lo que sucedió fue que Noona pasó la noche en su cama en la cocina sin pegar ojo, mirando el techo oscuro y echando un vistazo ocasionalmente hacia la ventana detrás de la cual se encontraba el edificio de la escuela, con un trozo de cielo encima donde bailaban las estrellas. Se sentía profundamente miserable, porque no quería regresar a la aldea y vivir entre la suciedad, las moscas y los mosquitos; y tampoco quería casarse y, como les había sucedido a sus hermanas, quedarse hundida en el sufrimiento. Aquella noche las lágrimas brotaron como ríos de sus ojos y permaneció insomne hasta el amanecer. Vio con sus dos ojos el color blanco del cielo y el hierro negro de la ventana, pero para cuando la señora la llamó y le dijo que se levantara y fuese al mercado a comprar el pan, el sueño la había vencido. Soñó con la maestra y las chicas, y con el hijo del funcionario a quien, en su sueño, ella abofeteaba violentamente porque no sabía cuál era la raíz cuadrada de veinticinco. También vio «espaldillas» y era algo de una enorme belleza; no sabía si era un ser humano o un djinn, porque parecía ser de color blanco, el blanco del algodón cardado, con dos alas con los bellos colores del arco iris. Noona las cogió y las «espaldillas» volaron con ella muy lejos, lejos de la cocina y de la aldea y de la gente, hasta que se encontró en el cielo y vio las estrellas doradas muy cerca, de hecho casi podía tocarlas.
Aquellos que habían visto a Noona la mañana de aquel día mencionaron que su rostro mostraba una expresión extraña. Tanto el funcionario como su mujer así lo expresaron, confirmando que la mirada de sus ojos no era en absoluto normal al alcanzarle a su amo el paquete de cigarrillos cuando estaba por salir de la casa y cuando su señora le había dicho que se ajustara el pañuelo en la cabeza antes de ir a comprar el pan.
Se oyó decir a la esposa del funcionario, con muchas risas, a sus amigas, después de haberles referido la historia de Noona, mientras estaba sentada con ellas en la sala de la casa:
-¿Acaso no os lo había dicho, que estaba loca y era una muchacha inestable? Y en cuanto a su hermana, hasta ahora no he podido entenderla.

Salwa Bakr. Escritora  egipcia. Se especializó como crítica, novelista y cuentista. Nació en el Matariyya distrito en el Cairo en 1949. Su padre era un trabajador ferroviario. Ella estudió negocios en la Universidad de Ain Shams , obteniendo la licenciatura en 1972. Ella pasó a ganar otra licenciatura en la crítica literaria en 1976, antes de embarcarse en una carrera en el periodismo. Trabajó como crítico de cine y teatro para varios periódicos y revistas árabes. Bakr vivió en Chipre por un par de años con su marido, antes de regresar a Egipto a mediados de la década de 1980. 

El padre de Bakr murió temprano, dejando a su madre viuda y pobre. Su trabajo a menudo se ocupa de la vida de los pobres y los marginados. En 1985, publicó su primera colección de cuentos, Zinat en el funeral del presidente, que fue un éxito inmediato. Ha publicado varios libros de relatos desde entonces. Su primera novela se llamó Wasf al-Bulbul (1993). En idioma español tiene la recopilación de cuentos Las artimañas de los hombres y otras historias.

Salwa Bakr está casada y tiene hijos y vive en El Cairo.
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto y foto: El cuento del día.

El cuento del domingo

Cristina Rivera Garza
El rehén
Me llamó la atención el anillo que llevaba en el dedo anular de la mano derecha: una gruesa argolla de oro salpicada de pequeños diamantes. Era ostentosa y femenina y, en la mano del hombre que se sentaba en la fila de enfrente, no muy lejos de mí, parecía fuera de lugar. Los mocasines afables. La perfecta raya en el pantalón de lana. El saco de corduroy. El cuello. El mentón bien rasurado. Sólo desvié la vista cuando me percaté de que lloraba. El sobrecogimiento cuando eso sucede: ver a un hombre llorar. Recargaba la frente sobre los dedos de la mano izquierda, tratando sin duda de cubrirse el rostro, pero eso no impedía que se notara la humedad alrededor de los ojos, el recorrido vertical de las lágrimas. Fingí ver hacia la gran ventana con el hastío de quien espera un vuelo retrasado y, cuando eso no funcionó, abrí un libro. Me pregunté muchas veces, mientras intentaba leer una de sus páginas sin conseguirlo, si había puesto el libro en la maleta de mano para eso, para fingir que no veía a un hombre llorar en un aeropuerto casi vacío al filo de la madrugada. En realidad no podía ver otra cosa. Me incorporé con la intención de caminar por los pasillos alumbrados y solos y, por eso, me sorprendí cuando, en lugar de avanzar hacia la derecha, di un par de pasos a la izquierda y le rocé el hombro.
—¿Necesita agua? —le pregunté.
El hombre elevó la cabeza y guardó silencio. Me veía, es cierto, pero no me veía. Sus ojos irritados parecían recapacitar sobre alguna situación complicada y oscura. Pasaron minutos así. Pasó mucho tiempo. Al final, cuando tuvo que aceptar que había, en efecto, alguien enfrente ofreciéndole agua, sólo asintió con un leve movimiento de cabeza.
Imaginé que conseguir el líquido sería fácil, pero no fue así. Entre más caminaba sobre mosaicos resbalosos y frente a expendios cerrados, sobre cuyos aparadores sólo podía ver mi propio reflejo, más me convencía de lo absurdo que había sido mi ofrecimiento. No sólo lo había interrumpido mientras llevaba a cabo un acto íntimo y a todas luces doloroso, sino que también lo había obligado a descubrir sus ojos irritados y rotos frente a mí. Me recriminé mi conducta y, derrotada, regresé a la sala de espera. Tenía ganas de ofrecerle o una disculpa o una explicación, pero dejé de pensar en ello tan pronto como lo vi otra vez. El hombre no se había movido. Ahí estaba su frente, apenas apoyada sobre los dedos de la mano izquierda, y la argolla dorada en el dedo anular de la mano que yacía sobre su regazo.
A unos pasos de él, inmóvil también, sufrí un espasmo. El agua que no conseguí cayó sobre mis zapatos, formando un pequeño charco en la alfombra gastada.
—¿Necesitas agua? —murmuraba y, ante la respuesta apenas audible, me subía a un pequeño banco de madera, extendía el brazo por sobre mi cabeza y colocaba un vaso de plástico sobre la base de una ventana pequeña y alta que comunicaba el último cuarto de una casa con el patio trasero de otra. Una mano pequeña y huesuda tomaba el vaso a toda prisa entonces, como si temiera ser descubierto y, segundos después, se podía oír cómo bebía el líquido trago a trago hasta calmarse.
—¿Quieres que haga algo? —le preguntaba entonces, todavía en voz baja. Al inicio solía responder que no, que no quería que yo hiciera algo en especial, pero a medida que pasaban los días y los golpes no cesaban empezó a comunicarse a través de una extraña forma de balbuceo. Preguntaba cosas absurdas. Tenía curiosidad sobre cosas que a mí solían pasarme desapercibidas.
Quería que le describiera mi cuarto, los juegos de mesa que me entretenían de tarde, la música que escuchaba por la radio. A susurros, tratando de evitar que se percataran de que alguien lo consolaba del otro lado de la pared, respondía a sus preguntas en todo detalle. Le contaba más.
Hubo una vez un hombre que lloraba en un aeropuerto, le decía. Lo oía llorar por lo menos una vez a la semana. Como en un ritual primitivo, la ceremonia de su llanto solía dar inicio con un grito: un estertor femenino que se abría paso con suma lentitud desde un lugar oscuro y cerrado. Pensaba, en esos momentos, en una cueva. Pensaba en los esqueletos cubiertos de musgo que se ocultaban, con toda seguridad, bajo un puñado de hojas muertas y podridas. Pensaba en la palabra origen. Luego dejaba de pensar y escuchaba, uno a uno, los golpes. Mano contra espalda, cuero contra muslo, cuerda contra mejilla. Algo duro y firme contra la mansedumbre de la piel. Algo sólido y puntiagudo contra la blandura de la carne. Algo contra él. El ruido siempre me paralizaba. Estuviera donde estuviera dentro de la casa, cuando ese ruido me alcanzaba detenía el juego o la plática o el proceso de digestión. Abría los ojos, des mesurados. Apretaba los dientes. Cruzaba los brazos sobre el estómago súbitamente vacío. Luego iba a la cocina para servir el vaso de agua al que se iba acostumbrando poco a poco.
—Cuéntame de tu cuarto —pedía, con gran timidez, después de cinco o seis tragos. Y yo, con una voz muy baja, una voz con vocación de venda o ungüento, le contaba. Tenía un cuarto amplio, donde cabían dos camas gemelas y un escritorio y una tienda de campaña. Había una ventana que abría con frecuencia para ver las estrellas o para dejar salir a las palomillas nocturnas que a veces se colaban en la casa entre los pliegues de la ropa seca. Había, entre las almohadas de tamaño normal, una redonda, de color amarillo, con una gran línea curva en forma de sonrisa, que no era en realidad una almohada sino una bolsa donde se guardaban las pijamas. Había una radio que encendía de noche, invariablemente. El croar de las ranas, le describía eso.
—¿Hay una rana en tu cuarto? —me preguntaba con asombro mientras se sonaba la nariz.
—¡Cómo crees! —le contestaba, irónica, olvidándome por un momento que debía hablar en voz muy baja.
En una feria, alguna vez, una vidente me había anunciado muchas lágrimas. Lágrimas masculinas. Había dicho: tu vida está llena de lágrimas que no son de mujer. Recordé eso frente al hombre del aeropuerto. Lo recordé cuando me senté a su lado y le ofrecí en silencio el vaso de agua que no recordaba haber encontrado pero que llevaba, de manera inexplicable, entre las manos. El hombre del aeropuerto se volvió a verme con gran dificultad.
Dijo:
—No te preocupes. Ni siquiera sé si quiero agua —yo encogí los hombros y volví a sacar el libro de mi equipaje de mano, disponiéndome a hojear sus páginas a sabiendas de que no sería capaz de leerlas. Vi las manecillas en mi reloj de pulsera: las 2:30 de la mañana. Moví las rodillas de arriba abajo a gran velocidad hasta que me di cuenta de lo que hacía. Entonces me detuve. Me mordí las uñas con mucho cuidado y, cuando terminé, limé los bordes maltrechos una y otra vez contra la tela del pantalón de mezclilla. Cuando ya no pude más pensé en esa casa. Era, sin duda alguna, una construcción extraña. De fuera parecía normal: un jardín de buenas dimensiones, al que coronaba un ciprés de muchos años, antecedía la aparición del porche. Y en el porche estaba la banca de hierro y las macetas de colores que embonaban perfectamente con el vecindario de avenidas amplias y construcciones sólidas. Esa impresión cambiaba cuando se abría la puerta de entrada. Detrás de ella, imperial y sinuoso, daba inicio el pasillo.
Para alguien pequeño, sin embargo, aquello no podía ser un pasillo sino un túnel: algo estrecho y largo que parecía no terminar nunca y que ocasionaba, por lo mismo, zozobra. En aquel entonces no conocía la palabra pero sí la sensación. El pasillo era también un eje a cuyos costados se abrían o cerraban puertas: hacia la izquierda, la del comedor; hacia la derecha, la de la sala. Sobre el lado izquierdo y de manera consecutiva: la cocina; luego, un patio interior. Luego mi recámara. El baño. Sobre el lado derecho y de manera consecutiva: otra recámara, otro baño. Al final de todo se encontraba el último cuarto: una habitación húmeda, de grandes mosaicos cuadrados de color gris, que sólo tenía una pequeña ventana a la que le habían puesto un vidrio blancuzco que dejaba pasar algo de luz pero no permitía ver del otro lado. La ventana, además, no se abría. No, al menos, en un sentido estricto. Yo empujaba la parte inferior y entonces se hacía una pequeña apertura triangular, un ángulo de 45 grados o menos, por donde iba y venía el vaso de agua. Iban y venían las palabras. El llanto.
—Mi infancia —murmuré de la nada, sin aviso alguno, sorprendiéndome sobre todo a mí misma—. Mi infancia estuvo marcada por unos corazones que aparecían sobre el pavimento, justo frente a la puerta del jardín de mi casa.
El hombre sacó un pañuelo de su bolsillo izquierdo y, después de sonarse la nariz, se volvió a verme una vez más. Parecía haberse dado cuenta apenas de que alguien a su lado había pronunciado un puñado de palabras. Parecía que el haber entendido esas palabras lo llenaba de un gusto eufórico y extraño.
—Debió haber sido halagador —dijo, abriendo la posibilidad de la conversación.
Le contesté que no.
—Era vergonzoso en realidad —el libro abierto sobre mi regazo, la mirada sobre el ventanal—.
Todo eso lo era. Los corazones de tiza. Mi nombre. El nombre de un desconocido. La flecha entre los dos. Las gotas de sangre o de qué supurando por una de sus orillas hasta caer al suelo.
El hombre sacó una libreta del bolsillo derecho de su saco. Luego, sacó una pluma del bolsillo interior del mismo e, inclinado sobre su propio regazo, con el trazo titubeante, dibujó algo en una de las hojas cuadriculadas.
—¿Así? —preguntó, mostrándome un corazón dentro del cual se encerraban dos nombres inverosímiles: Hnjkö y Jsartv.
Una flecha entre los dos.
Lo vi de reojo. El ruido cada vez más cercano de la aspiradora me distrajo. No muy lejos de ahí, un hombre de overol azul pasaba un trapo húmedo sobre los asientos vacíos de la sala de espera. El olor a amoniaco.
—Deben venir de muy lejos —dije por toda respuesta—. De otro planeta —añadí mientras tragaba saliva.
El hombre sonrió: una leve inflexión del labio superior, una sutil inclinación de cabeza. Me miró. El aterrizaje de un avión nos despabiló.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, extrañado, cuando se volvió a verme. Iba a decirle que no lo sabía, por supuesto, que nadie podría saberlo, pero en lugar de hacer eso le relaté, con una facilidad que me tomó por sorpresa, aquella tarde fresca, una tarde de jueves si mal no recordaba, en que los había conocido. Estábamos en un río. Yo seguía de cerca a mi padre, saltando de piedra en piedra hasta encontrarme casi en el centro de la corriente, y ellos, paralizados en la orilla, me veían avanzar. Más tarde, cuando mi padre me mostraba la manera exacta de lanzar piedrecillas lisas y planas para que rozaran apenas la superficie del agua y siguieran, sin embargo, avanzando, se aproximaron. Algo les había ganado: sus ganas de saber.
—Hnjkö y Jsartv —murmuró el hombre, viéndome a mí y al techo del aeropuerto al mismo tiempo, viendo también el río y las piedras y el reflejo de la luz sobre nuestras huellas: todo el cielo azul sobre su cara—. Siempre me los imaginé así —añadió.
Sospeché. Lo observé con cuidado: las bolsas bajo los ojos. Los labios rosas. El nacimiento de la barba. Dudé, ciertamente. Me volví a ver las caras ajadas de los pasajeros que aparecían, en lo más hondo de la madrugada, por la estrecha puerta de arribo.
—Fueron ellos los que descubrieron todo ese asunto de los corazones —le informé, aprovechando que también se había distraído con la llegada de los pasajeros. Hay ojos que se alumbran de inmediato, cegadores, y otros que, como el caracol sobre la pared húmeda, se toman su tiempo. Los del hombre que lloraba eran de los segundos. Su transformación fue pausada pero notoria.
Poco a poco, la mirada se deslizó hasta posarse, ávida, sobre el pavimento desigual de una calle sobre cuyo pavimento desigual aparecía, cada mañana, un corazón pintado con tiza blanca.
—Lo vieron una madrugada —le dije—. Justo antes del amanecer.
Algo muy cercano al gozo me invadió cuando comprobé que el hombre del aeropuerto mantenía ese silencio palpitante que invita a la continuación de los relatos.
Me preguntaba cómo resistía todo aquello. Cuando oía el estertor que marcaba el inicio de la golpiza, podía ver sus brazos sobre la cabeza, tratando de protegerse de lo inevitable, su cuerpo arrinconado en un esquina del patio trasero de su casa. Podía aspirar el aroma de su miedo. Y ver sus lágrimas, eso podía hacer desde el otro lado de la pared, mientras me quedaba inmóvil, conteniendo la respiración. Sobrecoger significa horrorizar, en efecto, pero lo que sucedía en esos momentos no era un contacto con el horror sino un proceso más íntimo y callado. Algo me avasallaba y me obligaba a cruzar los brazos sobre el estómago en actitud de abrazo o defensa.
Un movimiento inmemorial. Algo me sobrecogía y me dejaba a un lado de la pared, inútil y espantada, el hombro y la cabeza recargados contra su superficie plana. El dedo que se desliza, sin conciencia, por la mirada. Luego: el agua. Luego: las palabras.
La noticia apareció en las páginas interiores del periódico, le decía.
Un hombre llorando, efectivamente, en la sala vacía de un aeropuerto. Una madrugada.
—¿Y él por qué llora? —me preguntaba a susurros, tragándose los mocos y colocando el vaso ya sin agua en el borde oxidado de la pequeña ventana.
—Supongo que por lo mismo que tú —le contestaba después de un rato, dubitativa—. Porque alguien le está pegando.
—Pero la sala está vacía, eso dijiste.
Guardé silencio. Un silencio avergonzado.
—No te preocupes —balbuceó con una voz apenada, contrita, después de un rato—. Yo nunca he viajado en avión.
Las paredes estaban pintadas de blanco: un color iridiscente. Eso le contaba. Había cucarachas que volaban de una esquina a otra de mi cuarto, especialmente en el verano. Esperaba impresionarlo con
ese tipo de información, sobre todo con el tono frío y científico con que lo contaba. Había hormigas: largas hileras. Los mosaicos del piso eran de color verde: un verde difícil de describir. Eso le decía. Un verde de mayólica. Ahí caían, ruidosas, las canicas. Sobre ellos bailaba al compás del tocadiscos con zapatos de gamusa. Bebía limonadas en grandes vasos de plástico. Los pájaros hacían muchos nidos en las ramas del ciprés. Cuando uno pasaba bajo su fronda vertical podía darse cuenta de que esos pájaros no cantaban, sino que emitían gritos punzantes, chillidos en realidad.
El eco de una sirena lejana. Como si sus patas estuvieran pegadas a los troncos, abrían los picos más para quejarse o para pedir auxilio, que para entretener al viento. Soñaba con salir de ahí: soñaba con convertirme en la hormiga que por fin se pierde dentro de la grieta correcta o el pájaro que logra, por casualidad o convicción, zafar la pata del pegamento.
—¿Y para qué querrías desaparecer? —me preguntaba a susurros del lado de su pared. Eso me ponía pensativa. Encontrar una respuesta a esa pregunta se convirtió en una obsesión de la infancia. Una hormiga. Una hilera. Un pájaro. Una desaparición. ¿Para qué querría uno una cosa así?
El último cuarto de la casa era, sobre todo, un suplicio. Eso le contaba también. Aunque estaba planeado para los invitados, los pocos que nos visitaban preferían dormir en el mío, en la pequeña cama gemela que no ocupaba nadie, a pasar una noche en esa habitación húmeda y oscura. Todos lo evitábamos en realidad. Pensaba que con esto lo impresionaría. Ahí se guardaba la ropa de invierno o los viejos juguetes de mesa o los adornos de Navidad.
No sabía por qué, siendo la más pequeña, era usualmente yo quien tenía que ir hasta el final del pasillo para buscar un par de botas o bolas de unicel. Cuando iba, cuando no tenía otro remedio más que ir al último cuarto, avanzaba con cuidado, deslizando el dedo sobre la pared del pasillo como si no quisiera perder contacto con algo que dejaba atrás. Una vez adentro, me detenía, paralizada. El olor era distinto ahí. Musgo. Naftalina. Polvo. El sol, que iluminaba el resto de la casa, no entraba en esa habitación. Era otro mundo.
Ahí era siempre de noche. Siempre hacía frío en ese planeta. No había ningún ruido. Ahí, del otro lado, alguien lloraba. Eso le contaba. Un niño. Alguien que pedía agua. Nadie hablaba de él, aunque sus gritos y gimoteos entraban en la casa por la ventanita y, luego, se escurrían, como el agua que tomaba para calmarse, por el pasillo, por el túnel que era el pasillo, hasta encontrar la puerta de entrada, nadie hablaba de él. Eso le decía. Mis padres se miraban de reojo cuando todo aquello empezaba y guardaban un silencio bien educado, un silencio compasivo y pétreo que me producía más que alivio, miedo. Yo me abrazaba a mí misma y me inclinaba.
El llanto del niño, el llanto que venía de la otra casa, se detenía sólo un segundo bajo el ciprés del jardín y, ahí, se confundía con los gritos de los pájaros enloquecidos. Luego todo volvía a empezar.
No sabíamos en qué momento se volvería a desgajar la atmósfera de la casa, pero sí teníamos la certeza de que pasaría otra vez. Una y otra vez. Una más. Un vaso de agua.
—Hnjkö tenía los ojos azules —le expliqué al hombre—, y Jsartv, que siempre estaba a su lado, también. Parecían gemelos —titubeé—. Creo que lo eran.
—Apuesto a que les gustaba jugar con eso —dijo—. Con su parecido. Confundir a la gente, ya sabes. Las bromas.
—Sí.
—Pero Jsartv tenía los ojos cafés —añadió luego de un rato—. Ojos cafés como los tuyos —dijo, mirándome de frente y, cuando no vio ninguna reacción, tomándome el rostro entre sus dos manos con una violencia apenas contenida—. No trates de engañarme.
Me sonreí en silencio. Bajé la vista. Hay un hombre que llora en un aeropuerto, le contaba yo a alguien a quien nunca vi.
El hombre lleva una daga dentro.
—¿Dentro de qué? —me preguntaba la voz infantil.
—Dentro de su cuerpo —le decía—. Naturalmente, sí.
La representante de la aerolínea que se acercó a darnos informes sobre el estado del vuelo retrasado llevaba el rimel corrido y, cada que abría la boca para ofrecer una nueva explicación, nos bañaba con el aliento viciado de alguien que no ha comido en días.
—Parece que terminaremos pasando toda una vida aquí —dijo el hombre, ensayando un humor triste, a medias derrotado.
—Es el clima —repitió la encargada una vez más, apenas compungida—. Causas fuera de nuestro control.
Desde el último cuarto del que no podía salir, me pregunté si existían otras causas. Otro tipo de causas. Si existía algo que en realidad estaba o pudiera estar bajo nuestro control. El clima. Los corazones que aparecen sobre el pavimento. El llanto. Una parvada de pájaros que graznan, enloquecidos. Hnjkö. Jsartv. El amor.
—Toda una vida juntos aquí —repitió el hombre cuando la encargada hubo partido. Suspiró. En ese momento el silencio en el aeropuerto vacío fue total. La luz, esa luz. El reflejo. Abrí la ventana. La oscuridad. Luego regresó el eco de la aspiradora, el rumor de algunos pasos.
—Llevamos toda una vida juntos —susurró—. Toda una vida juntos, aquí —se señaló las venas en la parte posterior de las muñecas. Luego volvió a colocar las yemas de los dedos de la mano izquierda sobre su frente y, una vez más, fue incapaz de ocultar lo que hacía: algo íntimo e impostergable y vergonzoso.
Algo roto a la mitad.
Nunca le pregunté cómo había llegado ahí. Tampoco le pregunté su nombre o su edad. Durante todo ese tiempo, me limité a hacer lo que me pedía: describirle mi cuarto, hablarle de la casa, contarle historias que acontecían en lugares muy lejanos y raros. Un aeropuerto. Un río. Una playa. Cuando terminaba, cuando todo volvía al silencio inicial, regresaba a través del pasillo al mundo real. Me colocaba bajo las ramas del ciprés hasta que el graznido de los pájaros me obligaba a correr. A veces corría alrededor de la cuadra, buscando su casa. Tratando de identificarla. Todas me parecían igual: eran construcciones sólidas en cuyos jardines de buenas dimensiones crecían rosales y geranios. Casi todas tenían un árbol de tronco grueso en cuyas frondas vivían, pegadas las patas a sus ramas, los mismos pájaros. A veces sólo corría por correr. Corría para escapar sin saber, en realidad, por qué querría hacer algo así.
Corría hasta que el aire explotaba dentro del cuerpo y los pies se volvían ligeros y, en lugar de correr, levitaba. Eres real, quería decirle. Para eso lo buscaba, para decirle que había un mundo fuera del último cuarto de la casa. Que el río y el aeropuerto y la playa eran reales. Que yo lo era.
Hay un hombre que llora en un aeropuerto, le repetía. Trataba de consolarlo mencionando que incluso alguien mayor, un hombre adulto y de traje que, además, se trasportaba en avión, podía hacer aquello que él estaba haciendo: llorar. Pensaba que su debilidad o su terror, así, podrían adquirir dimensiones humanas. Algo conmensurable.
—¿Pero por qué llora él? —insistía en su pregunta como si cada causa provocara un llanto distinto.
—Por lo mismo que tú —replicaba con el latido del corazón zumbándome en los oídos—. Siempre es por lo mismo, ¿no lo entiendes?
No lo entendía así: eso me transmitía su silencio. Había causas ajenas y causas bajo control y causas fuera de control. El clima. El amor. La zozobra. No las hubiera podido llamar así en esos años: carecía del vocabulario. Eso lo fui comprendiendo o imaginando sólo después, con el tiempo. Sólo aquí.
—Los corazones los pintaba él —le dije—. Lo hacía de madrugada, como ahora —recapacité—. El día en que lo descubrieron sentí un malestar tremendo. Sentí vergüenza.
El hombre que lloraba en un aeropuerto guardó silencio. Trataba de contener la respiración, no había duda. No retiró la mano de su cara ni cambió de posición. Su único cambio era invisible: el resuello. Un resuello largo y suave, como de tarde gris.
—Lo agarraron in fraganti —continué—. Cuando elevó la vista bajo el círculo de luz que formaba la linterna todo quedó al descubierto: un hombrecillo pequeño y flaco, de gruesas gafas verdes, con el pedazo de tiza en la mano. Eso era. Un niño viejo. Una criatura pálida y temblorosa. La saliva acumulada en las comisuras de su boca. Un par de adultos lo jalaron del brazo y, cuando ya se lo llevaban, les gritó con una voz gangosa y aguda, una voz que nunca había escuchado antes y que me llenó de terror, que no podía ir con ellos. Que pronto saldría su avión. Que se le hacía tarde para llegar al aeropuerto.
Me volví a ver al hombre de junto y comprobé que nada había cambiado. La mano izquierda sobre el rostro, la derecha sobre el regazo. El llanto.
—Su llanto, como siempre, me dobló en dos —continué—. Esa vez vomité —susurré, la voz cada vez más baja, cada vez más ajena—. Por la vergüenza —afirmé—. Por la vergüenza que me dio verlo ahí, sobre la calle, dibujando corazones.
El hombre de junto se descubrió el rostro. Las dos manos ahora sobre su regazo.
—Y entonces salió Jsvart y se sentó bajo el ciprés y trató de despegar el pájaro de la rama y, al no lograrlo, lo despedazó. ¿No es cierto?
Le contesté que sí. No lo dije, en efecto, pero moví la cabeza de arriba abajo, asintiendo. Un movimiento inmemorial. La mano que toma el ave y jala, una a una, las plumas de sus alas. La mano que rompe, horada, mutila. La mano que entierra, sentimental. No le pregunté cómo sabía eso pero, con sumo cuidado, cerré la ventana.
Cuando ya iba rumbo al avión, me descubrí deslizando el dedo índice sobre las paredes del estrecho pasillo que nos llevaría hasta la puerta de entrada. Lo vi a lo lejos: los hombros caídos, los pasos lentos, el saco de corduroy. Iba delante de mí, deslizándose sobre el suelo más que caminando. Pensé que el amor nunca ha dejado de darme vergüenza. Miedo. Y pensé, con alivio, que pronto estaría en el último cuarto
Cristina Rivera Garza (Matamoros, Tamaulipas, 1964). Escritora mexicana. Es narradora, poeta e historiadora. Graduada en la UNAM en Sociología y doctora en Historia Latinoamericana por la Universidad de Houston. Fue profesora asociada de historia mexicana en la Universidad Estatal de San Diego (1997-2000). Profesora del Departamento de Comunicación y Humanidades y Co-directora de la Cátedra de Humanidades del ITESM campus Toluca (2004-2008). Actualmente es profesora de Escritura Creativa en el Departamento de Literatura de Universidad de California en San Diego. Premios y distinciones.
Ha sido acreedora a la Beca Salvador Novo 1984-1985, en cuento; a la beca FONCA Jóvenes Creadores 1994-1995, en novela; y a la beca FONCA Jóvenes Creadores 1999-2000 en poesía. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores Artísticos (2007).
Ha obtenido también los siguientes premios: 1) "Apuntes", Premio de poesía Punto de Partida 1984; 2) La guerra no importa, Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí, 1987; 3) Nadie me verá llorar, Premio Nacional de Novela José Rubén Romero, 1997; 4) Nadie me verá llorar, Premio Internacional IMPAC-Conarte-ITESM, 1999; 4) Nadie me verá llorar, Premio Sor Juana Inés de la Cruz, 2001; 5) Ningún reloj cuenta esto, Premio Nacional de Cuento Juan Vicente Melo, 2001; 6) Premio Internacional Anna Seghers, Berlin, 2005. 7) La muerte me da, Premio Sor Juana Inés de la Cruz, 2009.
Sus investigaciones de corte histórico sobre las definiciones populares de la locura y la historia de la psiquiatría en México a inicios del siglo XX han aparecido en las revistas Hispanic American Historical Review, Journal of the History of Medicine and Allied Sciences, entre otras en Inglaterra, Argentina y los Estados Unidos.
Textos suyos han aparecido en antologías y diversos diarios y revistas nacionales. Algunos de sus libros han sido traducidos al inglés, italiano, portugués, alemán, coreano, francés y esloveno. Actualmente, publica La mano oblicua, columna semanal que aparece el día martes en la sección Cultura del periódico Milenio y mantiene la bitácora electrónica No hay tal lugar (www.cristinariveragarza.blogspot.com) y su twitter@criveragarza
Premio Roger Caillois 2013 de Literatura Latinoamericana que otorga por el Pen Club de Francia, la Maison de l’Amerique Latine en París y la Sociedad de Lectores y amigos de Roger Caillois. Novela. Desconocer, finalista del Premio Juan Rulfo para primera novela, en 1994. Nadie me verá llorar (México/Barcelona: Tusquets, 1999), traducido al inglés, portugués e italiano, con el que obtuvo el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero en 1997, el IMPAC-CONARTE-ITESM en 1999, y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, en 2001.La cresta de Ilión (México/Barcelona: Tusquets, 2002), finalista del Premio Iberoamericano Rómulo Gallegos en 2003. Traducida al italiano como Il segreto, ed. Voland, 2010. Lo anterior (México: Tusquets, 2004). La muerte me da (México/Barcelona: Tusquets, 2007), Premio Sor Juana Inés de la Cruz, en 2009. Verde Shanghai (México/Tusquets, 2011). El mal de la taiga (México/Tusquets, 2012). Libros de cuentos.  La guerra no importa (Mortiz, 1991), con el que se hizo acreedora al Premio Nacional de cuento San Luis Potosí en 1987. Ningún reloj cuenta esto (México: Tusquets, 2002) con el que obtuvo el Premio Nacional de cuento Juan Vicente Melo en 2001. La frontera más distante (México/Barcelona: Tusquets, 2008). Libros de poesía.  La más mía (México: Tierra Adentro, 1998). Los textos del yo (México: Fondo de Cultura Económica, 2005). Bianco, Anne-Marie, La muerte me da (Toluca: ITESM-Bonobos, 2007). El disco de Newton, diez ensayos sobre el color. México: Dirección de Literatura, UNAM, Bonobos, 2011. Viriditas, Guadalajara: Mantis/UANL, 2011. Libros de ensayo.  Dolerse. Textos desde un país herido. (México: Sur este, 2011). Rigo es amor. Una rocola de dieciséis voces (México: Tusquets, 2013). Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación (México: Tusquets, 2013). Compilaciones.  La novela según los novelistas (México: Fondo de Cultura Económica, 2007).Romper el hielo: Novísimas escrituras al pie de un volcán (Toluca: ITESM-Bonobos, 2006).Romper el hielo: Novísimas escrituras al pie de un volcán. El lugar (re) visitado, (México: Feria del Libro, Secretaría de Cultura, GDF, 2007). Libros de historia. La Castañeda. Narrativas dolientes desde el Manicomio General, 1910-1930. (Centenarios). (México: Tusquets, 2010). Traducciones. Notas sobre conceptualismos, Robert Fitterman y Vanessa Place, trad. Cristina Rivera Garza, (México, CONACULTA, 2013).Libros/artículos especializados sobre su obra. Ningún crítico cuenta esto… México: Nueva narrativa latinoamericana / New Latin American Narrative", (Cuaderno Internacional de Estudios Humanísticos y Literatura, 2010) Ediciones Eón, University of North Carolina at Chapel Hill y UC-Mexicanistas, 2010. 400 pp.Ni a tontas ni a locas: notas sobre Cristina Rivera Garza y su nuevo modo de narrar, Ruffinelli Jorge, Stanford University, pp. 965-979. www.stanford.edu/depts/span-port/cgi-fin/files. La cresta de Ilión, de Cristina Rivera Garza: la palabra femenina en la frontera, Trevisan, Ana Lucía, Universidad Presbitiana Mackenzie, Revista Litteris - Literatura, Julho, 2010, Núm. 5. www.revistaleteris.com.br. Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: el cuento del domingo. Foto: Internet