
Honoré de Balzac
El elíxir de larga vida
En
un suntuoso palacio de Ferrara agasajaba don Juan Belvídero una noche
de invierno a un príncipe de la casa de Este. En aquella época, una
fiesta era un maravilloso espectáculo de riquezas reales de que sólo un
gran señor podía disponer. Sentadas en torno a una mesa iluminada con
velas perfumadas conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio
de obras de arte, cuyos blancos mármoles destacaban en las paredes de
estuco rojo y contrastaban con las ricas alfombras de Turquía. Vestidas
de satén, resplandecientes de oro y cargadas de piedras preciosas que
brillaban menos que sus ojos, todas contaban pasiones enérgicas, pero
tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas. No diferían ni
en las palabras ni en las ideas; el aire, una mirada; algún gesto, el
tono, servían a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos,
melancólicos o burlones.
Una parecía decir:
-Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.
Otra:
-Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos que me adoran.
Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecía ruborizarse:
-En
el fondo de mi corazón siento remordimientos -decía-. Soy católica, y
temo al infierno. Pero te amo tanto ¡tanto! que podría sacrificarte la
eternidad.
La cuarta, apurando una copa de vino de Quío, exclamaba:
-¡Viva
la alegría! Con cada aurora tomo una nueva existencia. Olvidada del
pasado, ebria aún del encuentro de la víspera, agoto todas las noches
una vida de felicidad, una vida llena de amor.
La mujer sentada junto a Belvídero lo miraba con los ojos llameantes. Guardaba silencio.
-¡No
me confiaría a unos espadachines para matar a mi amante, si me
abandonara!- después había reído; pero su mano convulsa hacía añicos una
bombonera de oro milagrosamente esculpida.
-¿Cuándo serás Gran
Duque? -preguntó la sexta al Príncipe, con una expresión de alegría
asesina en los dientes y de delirio báquico en los ojos.
-¿Y
cuándo morirá tu padre? -dijo la séptima riendo y arrojando su ramillete
de flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente
jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.
-¡Ah, no
me hables de ello! -exclamó el joven y hermoso don Juan Belvídero-.
¡Sólo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea
yo quien lo tenga!
Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos
de don Juan y el mismo Príncipe lanzaron un grito de horror. Doscientos
años más tarde y bajo Luis XV, las gentes de buen gusto hubieran reído
ante esta ocurrencia. Pero, tal vez al comienzo de una orgía las almas
tienen aún demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las voces
de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el vapor de los vinos, a
pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, quizá había
aún, en el fondo de los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas
humanas y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las últimas
ondas de un vino espumoso. Sin embargo, los corazones estaban ya
marchitos, torpes los ojos, y la embriaguez llegaba, según la expresión
de Rabelais, hasta las sandalias. En aquel momento de silencio se abrió
una puerta, y, como en el festín de Balthazar, Dios hizo acto de
presencia y apareció bajo la forma de un viejo sirviente, de pelo
blanco, andar vacilante y de ceño contraído. Entró con una expresión
triste; con una mirada marchitó las coronas, las copas bermejas, las
torres de fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros
sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo
de las mujeres; finalmente, puso un crespón de luto a toda aquella
locura, diciendo con voz cavernosa estas sombrías palabras:
-Señor, su padre se está muriendo.
Don
Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que bien podría
traducirse por un: «Lo siento, esto no pasa todos los días.»
¿Acaso
la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jóvenes en medio de
los esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgía?
La muerte es tan repentina en sus caprichos como lo es una cortesana en
sus desdenes; pero más fiel, pues nunca engañó a nadie.
Cuando
don Juan cerró la puerta de la sala y enfiló una larga galería tan fría
como oscura, se esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar
en su papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su servilleta.
La noche era negra. El silencioso sirviente que conducía al joven hacia
la cámara mortuoria alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la
Muerte, ayudada por el frío, el silencio, la oscuridad, y quizá por la
embriaguez, pudo deslizar algunas reflexiones en el alma de este hombre
disipado; examinó su vida y se quedó pensativo, como un procesado que se
dirige al tribunal.
Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era
un anciano nonagenario que había pasado la mayor parte de su vida
dedicado al comercio. Como había atravesado con frecuencia las
talismánicas regiones de Oriente, había adquirido inmensas riquezas y
una sabiduría más valiosa -decía- que el oro y los diamantes, que ahora
ya no le preocupaban lo más mínimo.
-Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber -exclamaba a veces sonriendo.
Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar a don Juan alguna locura de su juventud y decía en tono jovial, prodigándole el oro:
-Querido hijo, haz sólo tonterías que te diviertan.
Era
el único anciano que se complacía en ver a un hombre joven, el amor
paterno engañaba a su avanzada edad en la contemplación de una vida tan
brillante. A la edad de sesenta años Belvídero se había enamorado de un
ángel de paz y de belleza. Don Juan había sido el único fruto de este
amor tardío y pasajero. Desde hacía quince años este hombre lamentaba la
pérdida de su amada Juana. Sus numerosos sirvientes y también su hijo
atribuyeron a este dolor de anciano las extrañas costumbres que adoptó.
Confinado en el ala más incómoda de su palacio, salía raramente, y ni el
mismo don Juan podía entrar en las habitaciones de su padre sin haber
obtenido permiso. Si aquel anacoreta voluntario iba y venía por el
palacio, o por las calles de Ferrara, parecía buscar alguna cosa que le
faltase; caminaba soñador, indeciso, preocupado como un hombre en
conflicto con una idea o un recuerdo. Mientras el joven daba fiestas
suntuosas y el palacio retumbaba con el estallido de su alegría, los
caballos resoplaban en el patio y los pajes discutían jugando a los
dados en las gradas, Bartolomé comía siete onzas de pan al día y bebía
agua. Si tomaba algo de carne era para darle los huesos a un perro de
aguas, su fiel compañero. Jamás se quejaba del ruido. Durante su
enfermedad, si el sonido del cuerno de caza y los ladridos de los perros
lo sorprendían, se limitaba a decir: ¡ah, es don Juan que vuelve! Nunca
hubo en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el joven
Belvídero, acostumbrado a tratarlo sin ceremonias, tenía todos los
defectos de un niño mimado. Vivía con Bartolomé como vive una cortesana
caprichosa con un viejo amante, disculpando sus impertinencias con una
sonrisa, vendiendo su buen humor, y dejándose querer. Reconstruyendo con
un solo pensamiento el cuadro de sus años jóvenes, don Juan se dio
cuenta de que le sería difícil echar en falta la bondad de su padre. Y
sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su corazón mientras
atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a Belvídero por haber
vivido tanto tiempo. Le venían sentimientos de piedad filial del mismo
modo que un ladrón se convierte en un hombre honrado por el posible goce
de un millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías salas que
constituían los aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de
una atmósfera húmeda, respirado el aire denso, el rancio olor que
exhalaban viejas tapicerías y armarios cubiertos de polvo, se encontró
en la antigua habitación del anciano, ante un lecho nauseabundo junto a
una chimenea casi apagada. Una lámpara, situada sobre una mesa de forma
gótica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos desiguales, capas de luz
más o menos intensas, mostrando de este modo el rostro del anciano
siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío a través de las
ventanas mal cerradas; y la nieve, azorando las vidrieras, producía un
ruido sordo. Aquella escena contrastaba de tal modo con la que don Juan
acababa de abandonar, que no pudo evitar un estremecimiento. Después
tuvo frío, cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado
por un golpe de viento iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban
descompuestos, la piel pegada a los huesos tenía tintes verdosos que la
blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano hacía aún más
horribles. Contraída por el dolor, la boca entreabierta y desprovista de
dientes dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre energía era
sostenida por los aullidos de la tempestad. A pesar de tales signos de
destrucción brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de poder.
Un espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la
enfermedad guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé buscaba
con su mirada moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para
matarlo. Aquella mirada, fija y fría, era más escalofriante por cuanto
que la cabeza permanecía en una inmovilidad semejante a la de los
cráneos situados sobre la mesa de los médicos. Su cuerpo, dibujado por
completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los miembros del
anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los ojos.
Los sonidos que salían de su boca tenían también algo de mecánico.
Don
Juan sintió una cierta vergüenza al llegar junto al lecho de su padre
moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el
perfume de la fiesta y el olor del vino.
-¡Te divertías! -exclamó el anciano cuando vio a su hijo.
En
el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a
los invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se
acompañaba, dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara fúnebre.
Don Juan no quiso oír aquel salvaje asentimiento.
Bartolomé dijo:
-No te quiero aquí, hijo mío.
Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre semejante puñalada de bondad.
-¡Qué remordimientos, padre! -dijo hipócritamente.
-¡Pobre Juanito! -continuó el moribundo con voz sorda-, ¿tan bueno he sido para ti que no deseas mi muerte?
-¡Oh!
-exclamó don Juan-, ¡si fuera posible devolverte a la vida dándote
parte de la mía! (cosas así pueden decirse siempre, pensaba el vividor,
¡es como si ofreciera el mundo a mi amante!).
Apenas concluyó
este pensamiento cuando ladró el viejo perro de aguas. Aquella voz
inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido
comprendido por el perro.
-Ya sabía, hijo mío, que podía contar
contigo -exclamó el moribundo-, viviré. Podrás estar contento. Viviré,
pero sin quitarte un solo día que te pertenezca.
«Delira», se dijo a sí mismo don Juan. Luego añadió en voz alta:
-Sí, padre querido, vivirás ciertamente, porque tu imagen permanecerá en mi corazón.
-No
se trata de esa vida -dijo el noble anciano, reuniendo todas sus
fuerzas para incorporarse, porque lo sobrecogió una de esas sospechas
que sólo nacen en la cabecera de los moribundos-. Escúchame, hijo
-continuó con la voz debilitada por este último esfuerzo-, no tengo yo
más ganas de morirme que tú de prescindir de amantes, vino, caballos,
halcones, perros y oro.
«Estoy seguro de ello», pensó el hijo
arrodillándose a la cabecera de la cama y besando una de las manos
cadavéricas de Bartolomé.
-Pero -continuó en voz alta-, padre, padre querido, hay que someterse a la voluntad de Dios.
-Dios soy yo -replicó el anciano refunfuñando.
-No
blasfemes -dijo el joven viendo el aire amenazador que tomaban los
rasgos de su padre. Guárdate de hacerlo, has recibido la Extremaunción, y
no podría hallar consuelo viéndote morir en pecado.
-¿Quieres escucharme? -exclamó el moribundo, cuya boca crujió.
Don
Juan cedió. Reinó un horrible silencio. Entre los grandes silbidos de
la nieve llegaron aún los acordes de la viola y la deliciosa voz,
débiles como un día naciente. El moribundo sonrió.
-Te agradezco
el haber invitado a cantantes, haber traído música. ¡Una fiesta! Mujeres
jóvenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los placeres de
la vida, haz que se queden. Voy a renacer.
-Es el colmo del delirio -dijo don Juan.
-He
descubierto un medio de resucitar. Mira, busca en el cajón de la mesa;
podrás abrirlo apretando un resorte que hay escondido por el Grifo.
-Ya está, padre.
-Bien, coge un pequeño frasco de cristal de roca.
-Aquí está.
-He
empleado veinte años en... -en aquel instante, el anciano sintió
próximo el final y reunió toda su energía para decir-: Tan pronto como
haya exhalado el último suspiro, me frotarás todo el cuerpo con este
agua, y renaceré.
-Pues hay bastante poco -replicó el joven.
Si
bien Bartolomé ya no podía hablar, tenía aún la facultad de oír y de
ver, y al oír esto, su cabeza se volvió hacia don Juan con un movimiento
de escalofriante brusquedad, su cuello se quedó torcido como el de una
estatua de mármol a quien el pensamiento del escultor ha condenado a
mirar de lado, sus ojos, más grandes, adoptaron una espantosa
inmovilidad. Estaba muerto, muerto perdiendo su única, su última
ilusión. Buscando asilo en el corazón de su hijo encontró una tumba más
honda que las que los hombres cavan habitualmente a sus muertos. Sus
cabellos se habían erizado también por el horror, y su mirada convulsa
hablaba aún. Era un padre saliendo con rabia de un sepulcro para pedir
venganza a Dios.
-¡Vaya!, se acabó el buen hombre -exclamó don Juan.
Presuroso
por acercar el misterioso cristal a la luz de la lámpara como un
bebedor examina su botella al final de la comida, no había visto
blanquear el ojo de su padre. El perro contemplaba con la boca abierta
alternativamente a su amo muerto y el elixir, del mismo modo que don
Juan miraba, ora a su padre, ora al frasco. La lámpara arrojaba ráfagas
ondulantes. El silencio era profundo, la viola había enmudecido.
Belvídero se estremeció creyendo ver moverse a su padre. Intimidado por
la expresión rígida de sus ojos acusadores, los cerró del mismo modo que
hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de
otoño. Permaneció de pie, inmóvil, perdido en un mundo de pensamientos.
De repente, un ruido agrio, semejante al grito de un resorte oxidado,
rompió el silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar caer
el frasco. De sus poros brotó un sudor más frío que el acero de un
puñal. Un gallo de madera pintada surgió de lo alto de un reloj de
pared, y cantó tres veces. Era una de esas máquinas ingeniosas, con la
ayuda de las cuales se hacían despertar para sus trabajos a una hora
fija los sabios de la época. El alba enrojecía ya las ventanas. Don Juan
había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de pared era más
fiel a su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes hacia
Bartolomé. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y
engranajes, mientras que don Juan poseía uno particular al hombre,
llamado corazón. Para no arriesgarse a perder el misterioso licor, el
escéptico don Juan volvió a colocarlo en el cajón de la mesita gótica.
En tan solemne momento oyó un tumulto sordo en la galería: eran voces
confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce de las sedas, el ruido
en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se abrió y el
Príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las cantantes
aparecieron en el extraño desorden en que se encuentran las bailarinas
sorprendidas por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego
palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el
pésame de costumbre.
-¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? -dijo el Príncipe al oído de la de Brambilla.
-Su padre era un buen hombre -le respondió ella.
Sin
embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían imprimido a sus
rasgos una expresión tan extraña que impuso silencio a semejante grupo.
Los hombres permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los labios
secos por el vino y las mejillas cárdenas por los besos, se arrodillaron
y comenzaron a rezar. Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo cómo
el esplendor, las alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la
belleza, el poder, todo lo que es vida, se postraba así ante la muerte.
Pero, en aquella adorable Italia la vida disoluta y la religión se
acoplaban por entonces tan bien, que la religión era un exceso, y los
excesos una religión. El Príncipe estrechó afectuosamente la mano de don
Juan, y después, todos los rostros adoptaron simultáneamente el mismo
gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoría
desapareció, dejando la sala vacía. Ciertamente era una imagen de la
vida. Mientras bajaban las escaleras le dijo el Príncipe a la
Rivabarella:
-Y bien, ¿quién habría creído a don Juan un fanfarrón impío? ¡Ama a su padre!
-¿Se han fijado en el perro negro? -preguntó la Brambilla.
-Ya es inmensamente rico -dijo suspirando Blanca Cavatolino.
-¡Y eso qué importa! -exclamó la orgullosa Baronesa, aquella que había roto la bombonera.
-¿Cómo que qué importa? -exclamó el Duque-. ¡Con sus escudos él es tan príncipe como yo!
Don
Juan, en un principio asediado por mil pensamientos, dudaba ante varias
decisiones. Después de haber examinado el tesoro amasado por su padre,
volvió a la cámara mortuoria con el alma llena de un tremendo egoísmo.
Encontró allí a toda la servidumbre ocupada en adornar el lecho fúnebre
en el cual iba a ser expuesto al día siguiente el difunto señor, en
medio de una soberbia capilla ardiente, curioso espectáculo que toda
Ferrara vendría a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus gentes se
detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.
-Déjenme solo aquí -dijo con voz alterada- y no entren hasta que yo salga.
Cuando
los pasos del anciano sirviente que salió el último sólo sonaron
débilmente en las losas, cerró don Juan precipitadamente la puerta, y
seguro de su soledad exclamó:
-¡Veamos!
El cuerpo de
Bartolomé estaba acostado en una larga mesa. Con el fin de evitar a los
ojos de todos el horrible espectáculo de un cadáver al que una
decrepitud extrema y la debilidad asemejaban a un esqueleto, los
embalsamadores habían colocado una sábana sobre el cuerpo, envolviéndole
todo menos la cabeza. Aquella especie de momia yacía en el centro de la
habitación, y la sábana, amplia, dibujaba vagamente las formas, aun así
duras, rígidas y heladas. El rostro tenía ya amplias marcas violeta que
mostraban la necesidad de terminar el embalsamamiento. A pesar del
escepticismo que lo acompañaba, don Juan tembló al destapar el mágico
frasco de cristal. Cuando se acercó a la cabecera un temblor estuvo a
punto de obligarlo a detenerse. Pero aquel joven había sido sabiamente
corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta;
un pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor que
aguijoneaba su viva curiosidad; pareció como si el diablo le hubiera
susurrado estas palabras que resonaron en su corazón: «¡impregna un
ojo!» Tomó un paño y, después de haberlo empapado con parsimonia en el
precioso licor, lo pasó lentamente sobre el párpado derecho del cadáver.
El ojo se abrió.
-¡Ah! ¡Ah! -dijo don Juan apretando el frasco
en su mano como se agarra en sueños la rama de la que colgamos sobre un
precipicio.
Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una
cabeza de muerto, donde la luz temblaba en un joven fluido, y, protegida
por hermosas pestañas negras, brillaba como ese único resplandor que el
viajero percibe en un campo desierto en las noches de invierno. Aquel
ojo resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don Juan, pensaba,
acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordía. Todas
las pasiones humanas se agitaban en él. Eran las más tiernas súplicas:
la cólera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus
verdugos; la mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el último
escalón del patíbulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida,
que don Juan retrocedió espantado, paseó por la habitación sin atreverse
a mirar aquel ojo, que veía de nuevo en el suelo, en los tapices. La
estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, de vida, de
inteligencia. Por todas partes brillaban ojos que ladraban a su
alrededor.
-¡Bien podría haber vivido cien años! -exclamó sin
querer cuando, llevado ante su padre por una fuerza diabólica,
contemplaba aquella chispa luminosa.
De repente, aquel párpado
inteligente se cerró y volvió a abrirse bruscamente, como el de una
mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí!», don Juan no se
hubiera asustado más.
«¿Qué hacer?», pensaba. Tuvo el valor de intentar cerrar aquel párpado blanco. Sus esfuerzos fueron vanos.
-¿Reventarlo? ¿Sería acaso un parricidio? -se preguntaba.
-Sí -dijo el ojo con un guiño de una sorprendente ironía.
-¡Ja!
Ja! ¡Aquí hay brujería! -exclamó don Juan, y se acercó al ojo para
reventarlo. Una lágrima rodó por las mejillas hundidas del cadáver, y
cayó en la mano de Belvídero-. ¡Está ardiendo! -gritó sentándose.
Aquella lucha lo había fatigado como si hubiera combatido contra un ángel, como Jacob.
Finalmente se levantó diciendo para sí:
«¡Mientras
no haya sangre...!» Luego, reuniendo todo el valor necesario para ser
cobarde, reventó el ojo aplastándolo con un paño, pero sin mirar. Un
gemido inesperado, pero terrible, se hizo oír. El pobre perro de aguas
expiró aullando.
«¿Sabría él el secreto?», se preguntó don Juan mirando al fiel animal.
Don
Juan Belvídero pasó por un hijo piadoso. Levantó sobre la tumba de su
padre un monumento y confió la realización de las figuras a los artistas
más célebres de su tiempo. Sólo estuvo completamente tranquilo el día
en que la estatua paterna, arrodillada ante la Religión, impuso su
enorme peso sobre aquella fosa, en el fondo de la cual enterró el único
remordimiento que hubiera rozado su corazón en los momentos de cansancio
físico. Haciendo inventario de las inmensas riquezas amasadas por el
viejo orientalista, don Juan se hizo avaro. ¿Acaso no tenía dos vidas
humanas para proveer de dinero? Su mirada, profunda y escrutadora,
penetró en el principio de la vida social y abrazó mejor al mundo,
puesto que lo veía a través de una tumba. Analizó a los hombres y las
cosas para terminar de una vez con el Pasado, representado por la
Historia; con el Presente, configurado por la Ley; con el Futuro,
desvelado por las Religiones. Tomó el alma y la materia, las arrojó a un
crisol, no encontró nada, y desde entonces se convirtió en DON JUAN.
Dueño
de las ilusiones de la vida, se lanzó, joven y hermoso, a la vida,
despreciando al mundo, pero apoderándose del mundo. Su felicidad no
podía ser una felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario,
con un agradable calentador de cama en invierno, una lámpara de noche y
unas pantuflas nuevas cada trimestre. No; se asió a la existencia como
un mono que coge una nuez y, sin entretenerse largo tiempo, despoja
sabiamente las envolturas del fruto, para degustar la sabrosa pulpa. La
poesía y los sublimes arrebatos de la pasión humana no le interesaban.
No cometió el error de otros hombres poderosos que, imaginando que las
almas pequeñas creen en las grandes almas, se dedican a intercambiar los
más altos pensamientos del futuro con la moneda de nuestras ideas
vitalicias. Bien podía, como ellos, caminar con los pies en la tierra y
la cabeza en el cielo; pero prefería sentarse y secar bajo sus besos más
de un labio de mujer joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la
Muerte, allí por donde pasaba devoraba todo sin pudor, queriendo un
amor posesivo, un amor oriental de placeres largos y fáciles. Amando
sólo a la mujer en las mujeres, hizo de la ironía un cariz natural de su
alma. Cuando sus amantes se servían de un lecho para subir a los cielos
donde iban a perderse en el seno de un éxtasis embriagador, don Juan
las seguía, grave, expansivo, sincero, tanto como un estudiante alemán
sabe serlo. Pero decía YO cuando su amante, loca, extasiada, decía
NOSOTROS. Sabía dejarse llevar por una mujer de forma admirable. Siempre
era lo bastante fuerte como para hacerla creer que era un joven
colegial que dice a su primera compañera de baile: «¿Te gusta bailar?»,
también sabía enrojecer a propósito, y sacar su poderosa espada y
derribar a los comendadores. Había burla en su simpleza y risa en sus
lágrimas, pues siempre supo llorar como una mujer cuando le dice a su
marido: «Dame un séquito o me moriré enferma del pecho.»
Para los
negociantes, el mundo es un fardo o una mesa de billetes en
circulación; para la mayoría de los jóvenes, es una mujer; para algunas
mujeres, es un hombre; para ciertos espíritus es un salón, una
camarilla, un barrio, una ciudad; para don Juan, el universo era él.
Modelo de gracia y de belleza, con un espíritu seductor, amarró su barca
en todas las orillas; pero, haciéndose llevar, sólo iba allí adonde
quería ser llevado. Cuanto más vivió, más dudó. Examinando a los
hombres, adivinó con frecuencia que el valor era temeridad; la
prudencia, cobardía; la generosidad, finura; la justicia, un crimen; la
delicadeza, una necedad; la honestidad, organización; y, gracias a una
fatalidad singular, se dio cuenta de que las gentes honestas, delicadas,
justas, generosas, prudentes y valerosas, no obtenían ninguna
consideración entre los hombres: ¡Qué broma tan absurda! -se dijo-. No
procede de un dios. Y entonces, renunciando a un mundo mejor, jamás se
descubrió al oír pronunciar un nombre, y consideró a los santos de
piedra de las iglesias como obras de arte. Pero también, comprendiendo
el mecanismo de las sociedades humanas, no contradecía en exceso los
prejuicios, puesto que no era tan poderoso como el verdugo, pero daba la
vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan bien
expresados en su escena con el Señor Dimanche. Fue, en efecto, el tipo
de don Juan de Molière, del Fausto de Goethe, del Manfred de Byron y del
Melmoth de Maturin. Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de
Europa, y a las que no faltarán quizá ni los acordes de Mozart ni la
lira de Rossini. Terribles imágenes que el principio del mal, existente
en el hombre, eterniza y del cual se encuentran copias cada siglo: bien
porque este tipo entra en conversaciones humanas encarnándose en
Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio como Bonaparte;
o de comprimir el mundo en una ironía como el divino Rabelais; o,
incluso, se ría de los seres en lugar de insultar a las cosas como el
mariscal de Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las
cosas como el más célebre de nuestros embajadores.
Pero la
profunda jovialidad de don Juan Belvídero precedió a todos ellos. Se rió
de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas,
instituciones e ideas. En lo que respecta a la eternidad, había
conversado familiarmente media hora con el papa Julio II, y al final de
la charla le había dicho riendo:
-Si es absolutamente preciso
elegir prefiero creer en Dios a creer en el diablo; el poder unido a la
bondad ofrece siempre más recursos que el genio del mal.
-Sí, pero Dios quiere que se haga penitencia en este mundo.
-¿Siempre
piensa en sus indulgencias? -respondió Belvídero-. ¡Pues bien! tengo
reservada toda una existencia para arrepentirme de las faltas de mi
primera vida.
-¡Ah!, si es así como entiendes la vejez -exclamó el Papa- corres el riesgo de ser canonizado.
-Después de su ascensión al papado, puede creerse todo.
Fueron entonces a ver a los obreros que construían la inmensa basílica consagrada a san Pedro.
-San
Pedro es el hombre de genio que dejó constituido nuestro doble poder
-dijo el Papa a don Juan-, merece este monumento. Pero, a veces, por la
noche, pienso que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a
empezar...
Don Juan y el Papa se echaron a reír, se habían
entendido bien. Un necio habría ido a la mañana siguiente a divertirse
con Julio II a casa de Rafael o a la deliciosa Villa Madame, pero
Belvídero acudió a verlo oficiar pontificalmente para convencerse de
todas sus dudas. En un momento libertino, la Rovere hubiera podido
desdecirse y comentar el Apocalipsis.
Sin embargo, esta leyenda
no tiene por objeto el proporcionar material a aquellos que deseen
escribir sobre la vida de don Juan, sino que está destinada a probar a
las gentes honestas que Belvídero no murió en un duelo con una piedra
como algunos litógrafos quieren hacer creer.
Cuando don Juan
Belvídero alcanzó la edad de sesenta años, se instaló en España. Allí,
ya anciano, se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y
como lo había calculado, no fue ni buen padre ni buen esposo. Había
observado que no somos tan tiernamente amados como por las mujeres en
las que nunca pensamos. Doña Elvira, educada santamente por una anciana
tía en lo más profundo de Andalucía, en un castillo a pocas leguas de
Sanlúcar, era toda gracia y devoción. Don Juan adivinó que aquella joven
sería del tipo de mujer que combate largamente una pasión antes de
ceder, y por ello pensó poder conservarla virtuosa hasta su muerte. Fue
una broma seria, un jaque que se quiso reservar para jugarlo en sus días
de vejez. Fortalecido con los errores cometidos por su padre Bartolomé,
don Juan decidió utilizar los actos más insignificantes de su vejez
para el éxito del drama que debía consumarse en su lecho de muerte. De
este modo, la mayor parte de su riqueza permaneció oculta en los sótanos
de su palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con la otra mitad de su
fortuna estableció una renta vitalicia para que le produjera intereses
durante su vida, la de su mujer y la de sus hijos, astucia que su padre
debiera haber practicado. Pero semejante maquiavélica especulación no le
fue muy necesaria. El joven Felipe Belvídero, su hijo, se convirtió en
un español tan concienzudamente religioso como impío era su padre, quizá
en virtud del proverbio: a padre avaro, hijo pródigo.
El abad de
Sanlúcar fue elegido por don Juan para dirigir la conciencia de la
duquesa de Belvídero y de Felipe. Aquel eclesiástico era un hombre
santo, admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos negros y
una cabeza al estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la
mortificación y diariamente tentada como son tentados todos los
solitarios. Quizá esperaba el anciano señor matar a algún monje antes de
terminar su primer siglo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan
fuerte como podía serlo el mismo don Juan, bien porque doña Elvira
tuviera más prudencia o virtud de la que España le otorga a las mujeres,
don Juan fue obligado a pasar sus últimos días como un viejo cura
rural, sin escándalos en su casa. A veces, sentía placer si encontraba a
su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les exigía
realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal
de Roma. En fin, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante
abad de Sanlúcar, a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de
conciencia. Sin embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvídero
prodigaba a su persona, llegaron los días de decrepitud; con la edad del
dolor llegaron los gritos de impotencia, gritos tanto más desgarradores
cuanto más ricos eran los recuerdos de su ardiente juventud y de su
voluptuosa madurez. Aquel hombre, cuyo grado más alto de burla era
inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los que él se
mofaba, se dormía por las noches pensando en un quizá. Aquel modelo de
elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio en la corte,
gentil para con las mujeres cuyos corazones había retorcido como un
campesino retuerce una vara de mimbre, aquel hombre ingenio, tenía una
pituita pertinaz, una molesta ciática y una gota brutal. Veía cómo sus
dientes lo abandonaban, al igual que se van, una a una, las más blancas
damas, las más engalanadas, dejando el salón desierto. Finalmente, sus
atrevidas manos temblaron, sus esbeltas piernas se tambalearon, y una
noche la apoplejía aprisionó sus manos corvas y heladas. Desde aquel
fatal día se volvió taciturno y duro. Acusaba la dedicación de su mujer y
de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos cuidados y
delicadezas le eran así prodigados porque había puesto su fortuna en
rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y
doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvía
afectuosa para decirles: «Queridos míos, querida esposa, ¿me perdonan,
verdad? Los atormento un poco. ¡Ay, gran Dios! ¿cómo te sirves de mí
para poner a prueba a estas dos celestes criaturas? Yo, que debiera ser
su alegría, soy su calamidad.» De este modo los encadenó a la cabecera
de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de impaciencia y crueldad
por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre nuevos, de su
gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resultó
infinitamente mejor que el que su padre había utilizado en otro tiempo
para con él.
Por fin llegó a un grado tal de enfermedad en que,
para acostarlo, había que manejarlo como una falúa que entra en un canal
peligroso. Luego, llegó el día de la muerte. Aquel brillante y
escéptico personaje de quien sólo el entendimiento sobrevivía a la más
espantosa de las destrucciones, se vio entre un médico y un confesor,
los dos seres que le eran más antipáticos. Pero estuvo jovial con ellos.
¿Acaso no había para él una luz brillante tras el velo del porvenir?
Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él, jugaban como
sombras las arrebatadoras delicias de la juventud.
Era una
hermosa tarde cuando don Juan sintió la proximidad de la muerte. El
cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el
aire, las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía que la
naturaleza le daba pruebas ciertas de su resurrección; un hijo piadoso y
obediente lo contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso
quedarse solo con aquel cándido ser.
-Felipe -le dijo con una voz
tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y llorar de felicidad al
joven. Jamás había pronunciado así «Felipe», aquel padre inflexible.
-Escúchame,
hijo mío -continuó el moribundo-. Soy un gran pecador. Durante mi vida
también he pensado en mi muerte. En otro tiempo fui amigo del gran papa
Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva exaltación de mis
sentidos me hiciese cometer algún pecado mortal entre el momento de
expirar y de recibir los santos óleos; me regaló un frasco con el agua
bendita que mana entre las rocas, en el desierto. He mantenido el
secreto de este despilfarro del tesoro de la Iglesia, pero estoy
autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo mortis.
Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha
estado en la cabecera de mi cama... El precioso cristal podrá servirte
aún, querido Felipe. Júrame, por tu salvación eterna, que ejecutarás
puntualmente mis órdenes.
Felipe miró a su padre. Don Juan
conocía demasiado la expresión de los sentimientos humanos como para no
morir en paz bajo el testimonio de aquella mirada, como su padre había
muerto en la desesperanza de su propia mirada.
-Tú merecías otro
padre -continuó don Juan-. Me atrevo a confesarte, hijo mío, que en el
momento en que el venerable abad de Sanlúcar me administraba el viático,
pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el
de Dios.
-¡Oh, padre!
-Y me decía a mí mismo que, cuando
Satán haga su paz, tendrá que acordar el perdón de sus partidarios, para
no ser un gran miserable. Esta idea me persigue. Iré, pues, al
infierno, hijo mío, si no cumples mi voluntad.
-¡Oh, dímela pronto, padre!
-Tan
pronto como haya cerrado los ojos -continuó don Juan-, unos minutos
después, cogerás mi cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una
mesa, en medio de la habitación. Después apagarás la luz. El resplandor
de las estrellas deberá ser suficiente. Me despojarás de mis ropas,
rezarás padrenuestros y avemarías elevando tu alma a Dios y humedecerás
cuidadosamente con este agua santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza
primero, y luego sucesivamente los miembros y el cuerpo; pero, hijo mío,
el poder de Dios es tan grande, que no deberás asombrarte de nada.
Entonces, don Juan, que sintió llegar la muerte, añadió con voz terrible:
-Coge
bien el frasco -y expiró dulcemente en los brazos de su hijo, cuyas
abundantes lágrimas bañaron su rostro irónico y pálido.
Era cerca
de la medianoche cuando don Felipe Belvídero colocó el cadáver de su
padre sobre la mesa. Después de haber besado su frente amenazadora y sus
grises cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida por la
claridad de la luna cuyos extraños reflejos iluminaban el campo,
permitió al piadoso Felipe entrever indistintamente el cuerpo de su
padre como algo blanco en medio de la sombra. El joven impregnó un paño
en el licor que, sumido en la oración, ungió fielmente aquella cabeza
sagrada en un profundo silencio. Oía estremecimientos indescriptibles,
pero los atribuía a los juegos de la brisa en la cima de los árboles.
Cuando humedeció el brazo derecho sintió que un brazo fuerte y vigoroso
le cogía el cuello, ¡el brazo de su padre! Profirió un grito desgarrador
y dejó caer el frasco, que se rompió. El licor se evaporó. Las gentes
del castillo acudieron, provistos de candelabros, como si la trompeta
del juicio final hubiera sacudido el universo. En un instante la
habitación estuvo llena de gente. La multitud temblorosa vio a don
Felipe desvanecido, pero retenido por el poderoso brazo de su padre, que
le apretaba el cuello. Después, cosa sobrenatural, los asistentes
contemplaron la cabeza de don Juan tan joven y tan bella como la de
Antínoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca bermeja y
que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover el esqueleto al
que pertenecía. Un anciano servidor gritó:
-¡Milagro! -y todos los españoles repitieron-: ¡Milagro!
Doña
Elvira, demasiado piadosa como para admitir los misterios de la magia,
mandó buscar al abad de Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus
propios ojos el milagro, decidió aprovecharlo, como hombre inteligente y
como abad, para aumentar sus ingresos. Declarando enseguida que don
Juan sería canonizado sin ninguna duda, fijó la apoteósica ceremonia en
su convento que en lo sucesivo se llamaría, dijo, San Juan-de-Lúcar.
Ante estas palabras, la cabeza hizo un gesto jocoso.
El gusto de
los españoles por este tipo de solemnidades es tan conocido que no
resultan difíciles de creer las hechicerías religiosas con que el abad
de Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan Belvídero a
su iglesia. Días después de la muerte del ilustre noble, el milagro de
su imperfecta resurrección era tan comentado de un pueblo a otro, en un
radio de más de cincuenta leguas alrededor de Sanlúcar, que resultaba
cómico ver a los curiosos en los caminos; vinieron de todas partes,
engolosinados por un Te Deum con antorchas. La antigua mezquita del
convento de Sanlúcar, una maravillosa edificación construida por los
moros, cuyas bóvedas escuchaban desde hacía tres siglos el nombre de
Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la multitud que
acudía a ver la ceremonia. Apretados como hormigas, los hidalgos con
capas de terciopelo y armados con sus espadas, estaban de pie alrededor
de las columnas, sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que sólo
se doblaban allí. Encantadoras campesinas, cuyas basquiñas dibujaban las
amorosas formas, daban su brazo a ancianos de blancos cabellos. Jóvenes
con ojos de fuego se encontraban junto a ancianas mujeres adornadas.
Había, además, parejas estremecidas de placer, novias curiosas
acompañadas por sus bienamados; recién casados; niños que se cogían de
la mano, temerosos. Allí estaba aquella multitud, llena de colorido,
brillante en sus contrastes, cargada de flores, formando un suave
tumulto en el silencio de la noche. Las amplias puertas de la iglesia se
abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veían de lejos,
por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoración a
la que nuestras modernas óperas sólo podrían aproximarse débilmente.
Devotos y pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo,
encendieron en su honor millares de velas en aquella amplia iglesia,
resplandores interesados que concedieron un mágico aspecto al monumento.
Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas
profundas y brillantes de oro y plata, las galerías, las figuras
sarracenas recortadas, los más delicados trazos de tan delicada
escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras
que se forman en un brasero al rojo.
Era un océano de fuego,
dominado al fondo de la iglesia por un coro dorado, donde se levantaba
el altar mayor, cuya gloria habría podido rivalizar con la de un sol
naciente. En efecto, el esplendor de las lámparas de oro, de los
candelabros de plata, de los estandartes, de las borlas, de los santos y
de los ex votos palidecía ante el relicario en que se encontraba don
Juan. El cuerpo del impío resplandecía de pedrería, de flores,
cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un
serafín, y sustituía en el altar a un retablo de Cristo. A su alrededor
brillaban numerosos cirios que lanzaban al aire ondas llameantes. El
abad de Sanlúcar, adornado con los hábitos pontificios, con su mitra
enriquecida de piedras preciosas, su roqueta, su báculo de oro, estaba
sentado, rey del coro, en un sillón de lujo imperial, en medio del clero
compuesto por impasibles ancianos de cabellos plateados, revestidos de
albas finas y que lo rodeaban semejantes a los santos confesores que los
pintores agrupan alrededor del Eterno. El gran chantre y los
dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes insignias de sus
vanidades eclesiásticas, iban y venían en el seno de las nubes formadas
por el incienso, semejantes a los astros que ruedan en el firmamento.
Cuando llegó la hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos del
campo, y aquella inmensa asamblea lanzó a Dios el primer grito de
alabanza con que comienza el Te Deum. ¡Sublime grito! Eran voces puras y
ligeras, voces de mujeres en éxtasis unidas a las voces graves y
fuertes de los hombres, de millares de voces tan poderosas, que el
órgano no dominó el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos. Sólo las
agudas notas de la voz joven de los niños del coro y los amplios acentos
de algunos bajos, suscitaron ideas graciosas, dibujaron la infancia y
la fuerza en este arrebatador concierto de voces humanas confundidas en
un sentimiento de amor.
-¡Te Deum laudamus!
Aquel canto
salía del seno de la catedral negra de mujeres y hombres arrodillados,
semejante a una luz que brilla de pronto en la noche; y se rompió el
silencio como por el estallido de un trueno. Las voces ascendieron con
nubes de incienso que arrojaban entonces velos diáfanos y azulados sobre
las fantasías maravillosas de la arquitectura. Todo era riqueza,
perfume, luz y melodía. En el instante en que aquella música de amor y
de reconocimiento se concentró en el altar, don Juan, demasiado educado
como para no dar las gracias, demasiado espiritual, por no decir burlón,
respondió con una espantosa carcajada y se acomodó en su relicario.
Pero el diablo le hizo pensar en el riesgo que corría de ser tomado por
un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un Pantaleón. Turbó aquella
melodía de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del
inferno. La tierra bendecía, el cielo maldecía. La iglesia tembló en sus
antiguos cimientos.
-¡Te Deum laudamus! -decía la asamblea.
-¡Al diablo todos!, ¡son unas bestias! ¡Dios! ¡Dios!, ¡carajos demonios!, ¡animales, son unos estúpidos con su viejo Dios!
Y un torrente de imprecaciones discurrió como un río de lava ardiente en una erupción del Vesubio.
-¡Deus sabaoth, sabaoth! -gritaron los cristianos.
-¡Insultan la majestad del infierno! -contestó don Juan con un rechinar de dientes.
Pronto pudo el brazo viviente salir por encima del relicario y amenazó a la asamblea con gestos de desesperación e ironía.
-El santo nos bendice -dijeron las viejas mujeres, los niños y los novios, gentes crédulas.
Así
somos frecuentemente engañados en nuestras adoraciones. El hombre
superior se burla de los que lo elogian y elogia en ocasiones a aquellos
de los que se burla en el fondo de su corazón.
Cuando el abad arrodillado ante el altar cantaba:
-Sancte Johannes ora pro nobis -entendió claramente-: -¡Oh, coglione!
»-¿Qué pasa ahí arriba? -exclamó el deán al ver moverse el relicario.
-El santo hace diabluras -respondió el abad.
Entonces,
aquella cabeza viviente se separó violentamente del cuerpo que ya no
vivía y cayó sobre el cráneo amarillo del oficiante.
-¡Acuérdate de doña Elvira! -gritó la cabeza devorando la del abad.
Éste profirió un horrible grito que turbó la ceremonia.
Todos los sacerdotes corrieron y rodearon a su soberano.
-¡Imbécil! ¿y dices que hay un Dios? -gritó la voz en el momento en que el abad, mordido en su cerebro, expiraba.
Honoré de Balzac1 (Tours, 20 de mayo de 1799 - París, 18 de agosto de 1850) fue un novelista francés representante de la llamada novela realista del siglo XIX.
Trabajador infatigable, elaboró una obra monumental, la Comedia humana,
ciclo coherente de varias decenas de novelas cuyo objetivo era
describir de modo casi exhaustivo a la sociedad francesa de su tiempo
para, según su famosa frase, hacerle "la competencia al registro civil".
Honoré de Balzac nace en Tours, en el seno de una familia burguesa. Su padre, cuyo nombre de nacimiento era Bernard-François Balssa, procedía de una pobre familia de agricultores de Tarn, región del Mediodía francés.2 De espíritu emprendedor, Bernard-François abandonó su aldea natal y marchó a París,3
con la determinación de mejorar su estatus social. Gracias a la
educación básica que había recibido por parte de un párroco familiar
suyo, Bernard-François encontró empleo como funcionario en la secretaría
del Conseil du Roi (Consejo del Rey), aunque las afirmaciones de que en 1776 era Secretario del Conseil, e incluso avocat du roi, parecen ser invenciones del propio Bernard-Francois.4
A fin de ayudarse a medrar, por esas fechas cambiaría el apellido
familiar, Balssa, por el de Balzac, arguyendo un lejano (y falso)
parentesco con la aristocrática familia de los Balzac, que oportunamente
estaba extinguida. Para 1789, año de la Revolución,
Bernard-François de Balzac (comúnmente añadía, sin permiso oficial, el
"de" aristocrático) estaba lo suficientemente bien relacionado y había
labrado una fortuna considerable, siendo su principal valedor el general
barón François René Jean de Pommereul.
Tras el reinado del Terror (1793-1794), consideró conveniente ponerse
al servicio del Directorio, y logró, por intermediación de de Pommereul,
un lucrativo puesto en la intendencia del ejército.5
En ese desempeño se enriquecería considerablemente, y haría valiosas
relaciones entre la burguesía de París. Tras un tiempo de oscuros
negocios, abandonó su cargo en la intendencia para trabajar como primer
secretario de la casa de banca Daniel Dourmerc de París.6
Con 50 años de edad, contraería matrimonio con Anne-Charlotte-Laure
Sallambier, de 18 años, hija de uno de sus superiores en la banca
Dourmerc; el matrimonio fue concertado entre el propio Bernard-François y
la familia Sallambier, que, pese a la diferencia de edad, veía en
Bernard-François un excelente partido. Celebrado el matrimonio,
Bernard-François consideró que, para evitar circunstancias incómodas por
ser un subalterno de su suegro en el banco, debía abandonar el negocio.
Recurriendo a sus amistades, fue enviado a Tours como Comisario de
Subsistencias, encargado de coordinar la adquisición de víveres y
pertrechos para la 22ª división del ejército.7
El matrimonio se asentaría en Tours, donde, gracias a la fortuna de
Balzac padre y de la propia Anne-Charlotte, gozaron de la consideración
general. El general de Pommereul lograría para Balzac el prestigioso (y
lucrativo) cargo de administrador del hospicio
de Tours. Mientras residían en dicha ciudad, Anne-Charlotte dio a luz,
en 1799, a Honoré Balzac, hijo segundogénito del matrimonio, si bien el
primogénito, Louis-Daniel, nacido un año antes, había muerto al cabo de
un mes. En la misma ciudad nacerían las hermanas de Honoré, Laure y
Laurence (1800 y 1802 respectivamente), y el hermano menor
Henry-François, en 1807.8La infancia de Honoré de Balzac fue difícil, y estuvo caracterizada
por el desapego emocional que mostraron sus padres, sobre todo su madre,
hacia él; esto marcaría profundamente a Honoré, quien siempre buscaría
relacionarse con mujeres mayores que él, capaces de ofrecerle el amor
que su madre le negara en su infancia.9 Nada más nacer fue confiado a una nodriza,
con la que viviría hasta la edad de cuatro años fuera del hogar
paterno; sólo se le permitía visitar a sus padres, como si se tratara de
un extraño, dos domingos de cada mes.10
Cuando pasó a residir en casa de sus padres, éstos le trataron con gran
frialdad, manteniendo una gélida distancia hacia su hijo, a quien no se
le permitía ninguna diversión infantil. A la edad de ocho años, su
madre insistió en enviarlo a un internado en la localidad de Vendôme, donde pasaría los siete siguientes años. Las condiciones del internado eran duras: no había vacaciones escolares,11
por lo que apenas vio a sus padres en todo ese tiempo; su madre,
esperando despertar en él un afán ahorrativo y trabajador, apenas le
mandaba dinero, por lo que Balzac era ridiculizado por sus compañeros;12
el sistema de estudio del internado, basado en la continua memorización
de textos, no se adecuaba a Honoré, quien sería uno de los peores
estudiantes de su clase;13
su actitud desganada le valieron frecuentes castigos, tanto corporales
como en celdas de detención... Sus experiencias en la escuela las
plasmaría en la semi-autobiográfica novela Louis Lambert (1832).11
En 1814 Honoré abandona el internado, al parecer tras haber sufrido
una larga enfermedad indeterminada (Balzac hablaría de una "congestión
intelectual"14 ). Ese mismo año, su familia se traslada a París,
donde el joven Honoré fue educado primeramente en el internado de
Georges Lepître, un antiguo amigo de la familia y, cuando su falta de
progresos en los estudios comienza a preocupar a la familia, en el
internado de un tal monsieur (señor) Gancer,15 donde Honoré acaba sus estudios en 1816. Simultáneamente, y tras la caída del Imperio Napoleónico,
Bernard-François pierde sus cargos al servicio del estado. La familia,
esperando ahorrar gastos, se traslada a las afueras de París, a la
localidad de Villeparisis.
Aunque durante esa época Balzac entraría en contacto con la literatura
francesa y anglosajona, este período es de gran infelicidad para Balzac,
marcado por la continua presión de su madre para hacer algo de él en la
vida, y la amargura con que trata todas sus acciones. Al parecer,
Honoré afirmaría haber intentado suicidarse arrojándose desde un puente
sobre el Loira en ese período.16
En 1816, con la esperanza de hacer de él un abogado, lo mandan a estudiar a la Sorbona17 donde Balzac asiste a los cursos de Victor Cousin sobre filosofía. Su interés por el filósofo y místico sueco Emanuel Swedenborg, a quien ya conocía por medio de su madre, parece que se desarrolló plenamente durante este período.18
Su afición a la lectura y a la literatura le hacen dedicarse de manera
profesional a las mismas, pero encuentra muchos impedimentos familiares,
sobre todo por parte de su madre. Cuando consigue graduarse, su padre
hace que entre en el despacho de un notario amigo de la familia, Victor
Passez, trabajo con el cual adquirirá un gran conocimiento de los
entresijos legales, y se formará una opinión bastante negativa de los
manejos económicos de la alta sociedad.19
En 1819, Passez, planeando un futuro retiro, le ofrece a Honoré ser
socio de su despacho; éste, asqueado por la monotonía del trabajo, así
como por ver frustradas sus aspiraciones literarias, lo rechaza, y
anuncia a su familia la intención de establecerse en París como escritor de éxito.20Pese a la oposición familiar, logra su objetivo y en el verano de
1819 se instala en París, donde vive pobremente en el 9 de la rue
Lesdiguières hasta 1821. En ese período compone Cromwell (1820), una obra en verso según el estilo de Schiller,
de temática histórica, gran torpeza y de muy baja calidad. Al leerla
ante su familia, que se muestra tremendamente confundida con respecto a
la calidad de la misma, logra que su cuñado, un ingeniero de caminos, se
la presente al profesor de literatura de la École Polytechnique, quien la rechaza amablemente y aconseja a Balzac dedicarse a la prosa.21
Desanimado, temiendo que deberá dedicarse pese a todo a la notaría,
en 1821 conoce a Auguste Lepoitevin, un aspirante a escritor que, al
apreciar la extraordinaria capacidad de trabajo de Honoré, propone a
Balzac crear una curiosa asociación literaria, en la que éste escribe
novelas cortas de folletín que Lepotevin se encarga de vender al editor.
Tras publicar en menos de un año y bajo pseudónimo tres novelas en
colaboración con Lepoitevin, Balzac se independiza y decide dedicarse de
lleno a ese negocio literario, con la esperanza de hacerse lo
suficientemente rico en el menor período posible, a fin de poder
dedicarse posteriormente a la auténtica literatura.
La desbordante capacidad de trabajo de Balzac le lleva a comenzar a
recibir y aceptar encargos de todo tipo. En el período que va de 1821 a
1829, Balzac escribirá por encargo de editores sin escrúpulos, bajo
varios pseudónimos, a veces incluso permitiendo que otros firmen sus
obras, multitud de novelas de ínfima calidad (al menos se conocen nueve
de ellas, pero se sospecha de al menos otras tantas; el propio Balzac no
quiso dejar constancia de cuáles eran suyas22 ). También escribiría obras de ciencias naturales, historia, artículos periodísticos, panfletos políticos.,23
todo ello por encargo de editores que esperaban una entrega rápida y
eficaz. El estilo de Balzac, que a veces resulta desarreglado y poco
estable, parece sufrir por estos años en los que, a decir de Stefan Zweig, Balzac vende su alma al mejor postor.
Las ganancias de este período parece ser que pudieron ser cuantiosas, asegurándole unos ingresos anuales de más de 4000 francos.24 Sin embargo, desde 1825 Balzac comienza a mezclarse en los más pintorescos negocios, en los que perderá todos sus ingresos y que lo obligarán a vivir siempre endeudado.
El primero de estos fue la edición en un solo volumen de las obras completas de Molière y de La Fontaine,
en 1825. A sugerencia de un editor, Balzac cree ver en este negocio el
inicio de su fortuna: en principio, razona, la edición en un sólo
volumen de las obras de La Fontaine harán que la clase media,
que no dispone de ingresos ni de espacio para albergar una de las
lujosas ediciones de estas obras completas en veinte volúmenes, corran a
comprarlas, máxime si se le añaden ilustraciones de calidad. El
negocio, que Balzac financia casi en toda su totalidad al retirarse el
resto de socios, y con el que pierde miles de francos, es de muy poco
éxito: la letra de la obra resulta demasiado pequeña, las ilustraciones
son de mala calidad y el precio del volumen, 20 francos, resulta
prohibitivo. En la edición de unos 2000 volúmenes, Balzac ha gastado
cerca de 50.000 francos que ha tenido que tomar prestados, y el coste de
impresión de cada volumen es de 13 francos. Conforme pasa el tiempo ve
que no se venden y comienza a reducir el precio hasta 13 francos, y
posteriormente 10, 9, 7 y 5 francos; aun así, sólo logra vender unos 20
libros, por lo que, cuando los acreedores le apremian a pagar sus
deudas, Balzac, desesperado, le vende los 2000 volúmenes a un editor de
provincias por 5 francos el libro; sin embargo, el editor no le paga en
metálico, sino que libra una letra a su favor, y cuando Balzac le exige
el pago, lo hace en especie, con una edición de manuales de pésima
calidad que no valen nada. Así, el negocio resulta paradójico, pues
Balzac no sólo no logra vender ni un solo libro, sino que, cuando
intenta recuperar parte de la inversión deshaciéndose de ellos, acaba a
cambio con otra serie de libros aún menos vendibles.
Hacia 1827, se involucra en otros negocios relacionados con el mundo
editorial, que también fracasan y le llenan de deudas. Primeramente, se
hace editor; funda una imprenta en el Marais
parisino, gastando una fuerte suma en conseguir la licencia de
impresión, el capital para la maquinaria, los obreros, etc. La imprenta
comienza a funcionar, pero malamente: Balzac no establece ningún
criterio editorial, y se dedica a pubicar todo tipo de panfletos,
propagandas, libros, manuales... Al cabo de unos meses, es evidente que
el negocio no marcha bien; entonces, a fin de compensarlo, decide crear,
endeudándose de nuevo, un periódico que él mismo edita; la línea
editorial del mismo, caótica, y el escaso interés que suscita ayudan a
hundir un poco más la situación. Por tanto, para reflotar los dos
negocios, que ha conseguido enmarañar y amalgamar de manera abstrusa,
decide fundar una fundición de tipos de imprenta; sin embargo, su
ignorancia absoluta sobre este campo, y los retrasos que sufre en el
inicio de las actividades hacen fracasar estos negocios. Finalmente,
resulta que su desastrosa gestión ha logrado entremezclar las tres
sociedades de manera tan caótica que el abogado que su familia, temiendo
el mal nombre que pudiera acarrearle la bancarrota de Balzac, le impone
como administrador la liquidación o el traspaso de las empresas; tarda
cerca de dos años en desenmarañar la situación. Curiosamente, una vez
saneadas, la imprenta y la fundación de tipos resultarán negocios muy
prósperos.
A pesar de la ayuda de Madame de Berny,
quince años mayor que él, con la que tuvo relaciones y que le abrió las
puertas del mundo parisino, pasó por graves dificultades financieras.
En abril de 1828 debía a su propia madre unas 50.000 libras,25 y parece ser que había comenzado la costumbre de contraer deudas para pagar otras.26En 1829, a la edad de 30 años, y acosado por los acreedores, encuentra por casualidad un episodio de la Guerra de los Chuanes con el que se siente especialmente inspirado. Influido por la obra de Walter Scott,
decide novelar el episodio, para lo cual recurre a uno de las personas
que lo vivieron, el anciano general de Pommereul, viejo amigo de su
padre a quien, esperando huir de sus acreedores de París, visita en Fougéres.27
En esa localidad completa la novela, cuya calidad, muy por encima de
los folletines que había producido hasta entonces, le anima a firmarla
con su nombre.28 La novela, que aparece inicialmente con el título de El último chuan (posteriormente la revisaría y volvería a publicar como Los Chuanes),
se vende mal, pero le permite llamar la atención. En unos pocos años se
convierte en el personaje de moda y en el autor más prolífico de París.
Su asombroso rendimiento se debía a su hábito de escribir alrededor de
15 horas diarias, en la tranquilidad de la noche, y bebiendo litros de
café negro. Lo hacía en completo aislamiento, por lo que la crítica se
ha cuestionado tradicionalmente de dónde podía obtener el autor el
aluvión de datos de todo tipo (sociedad, economía, sucesos,
habladurías...) que saturan sus novelas.
Sus primeros verdaderos éxitos ante el público datan de 1831, cuando aparece La Peau de chagrin (La piel de zapa), que aparece en la Revue de Paris. Esta novela, de carácter semifantástico, recibiría el elogio de la crítica (entre ellos, el anciano Goethe)
y del público, y sellaría así el prestigio literario de Balzac. Entre
otras curiosidades, es la primera novela en la que se le ocurre hacer
reaparecer a sus personajes de una novela anterior.
En 1832 concibe por primera vez la idea de crear una serie de novelas
interrelacionadas que retraten a la sociedad de su tiempo. Estas
novelas, que integrarán las Scènes de la vie privée, serán el germen de la gran obra de Balzac, la Comédie Humaine (La Comedia Humana). Dentro de las escenas se incluyen sus grandes éxitos de la década de los años treinta, como Eugénie Grandet (1833), que será el primer gran éxito de ventas;29 y Le Père Goriot
(1835), una de sus novelas más famosas. Durante esta década Balzac,
pese a conocer un éxito sin precedentes, se ve acosado por problemas
económicos originados por los ruinosos negocios en los que invierte:
compra unas antiguas minas romanas en Cerdeña,
creyendo que se había encontrado una nueva veta de oro en las mismas, e
incluso llega a visitarlas, volviendo a París presa de un gran
entusiasmo que pronto se trunca al ver que ha sido engañado.30
A la par, conoce al gran amor de su vida, Ewelina Hańska, condesa de origen polaco, en 1832.
Fue la propia condesa quien, tras haber leído la Piel de Zapa, se pone
en contacto con Honoré. Primero le enviará una serie de cartas anónimas y
sin remite, firmadas como L'Etrangére (La Extranjera), y para permitir a Balzac contestarle, le sugiere que ponga una serie de crípticos anuncios en la Gazette de France y l'Observateur.31
Pronto inician una correspondencia que durará quince años, y en la que
Balzac, que imagina que su misteriosa corresponsal es cuanto menos una
princesa rusa de vastísima fortuna, pone todo su entusiasmo en construir
una relación amorosa con la condesa Hanska. Se ha señalado que para la
condesa, una mujer casada muy celosa de su estatus social, la relación
con Balzac era más que nada un entretenimiento con el que pasar el
tiempo en la soledad de su hacienda en Ucrania,
por lo que en general se mostrará fría y manipuladora con Balzac. Aun
así, mantendrán relaciones esporádicas, que le llevarán a visitar la
condesa en Suiza
cuando en 1833 se encuentra de vacaciones con su marido (con el que
trabará relación y quien creerá que Balzac es una nueva amistad de su
familia), así como, al año siguiente, a Viena,
donde Balzac puede valorar su auténtica fama internacional cuando toda
la alta sociedad vienesa lo recibe con los brazos abiertos. Tras la
muerte del barón Hanska en 1842, Balzac imagina que la condesa Hanska
estará dispuesta a sellar su amor con el matrimonio, y comienza a
insistirle acuciantemente en ese sentido. Sin embargo, la condesa, que
teme por su herencia y su estatus, y que en realidad no ama a Balzac, se
muestra reticente; a lo largo de los siguientes ocho años, tratará de
evitar cualquier compromiso con el escritor, arguyendo todo tipo de
excusas: carecer del permiso del zar,
problemas con el testamento de su marido, necesidad de buscar a su
única hija un buen marido antes de contraer matrimonio con Balzac,...
Finalmente, para forzar la situación, Balzac viaja a San Petersburgo, en Rusia,
en 1848, donde parece sacarle un compromiso. En 1849 viaja a
Wierchownia, la hacienda ucraniana de la condesa, donde parece conseguir
un compromiso matrimonial definitivo. Tras volver a París, regresa de
nuevo a Ucrania a comienzos de 1850, donde, debido al rigor del invierno
y su quebrantada salud, cae enfermo. La condesa, viendo que en todo
caso Balzac no sobrevivirá gran tiempo, accede al fin a casarse con él, y
contraen matrimonio el 14 de mayo de 1850, pocos meses antes de la muerte del escritor (18 de agosto).32En 1842 Balzac, viendo como avanza sus Scènes de la vie privée, decide ampliarlas, y publica su famosa avant-propos, el plan editorial en el que delinea las características y contenidos de su opus magnum, la Comedia humana (por contraposición con la Divina Comedia de Dante).33
En ella pretende agrupar el conjunto de su obra, para ofrecer un
estudio de la sociedad francesa entre la caída del Imperio y la Monarquía de Julio (1815-1830). De este magno proyecto, 50 de las 137 novelas que debían componerlo quedaron incompletas.
En 1843, y ya dentro de la Comedia Humana, publica Las ilusiones perdidas, bildungsroman que narra las desventuras de Lucien de Rubempré, un joven poeta que trata de medrar en el París de la época. La novela halla su continuación en Esplendor y miserias de las cortesanas,
en la que Luciern trata de recuperar el estatus perdido con la ayuda de
uno de los personajes más recurrentes de Balzac, el pícaro Vautrin. El primo Pons (1847) y La prima Bette
(1848), narran el contraste social entre ambos personajes y sus más
acaudalados parientes, criticando la hipocresía social con la que son
tratados. Para componerlos Balzac se basó en sus experiencias como
notarios de Passez. Para 1847, la salud de Balzac se había resentido
notablemente, y la finalización de estas novelas fue para él todo un
logro.34
En 1850, tras una serie de problemas económicos, problemas de salud y la prohibición expresa del zar ruso, Balzac contrae matrimonio en Wierzchownia (Ucrania) con la condesa Hanska, con la cual se traslada a vivir a una espléndida residencia a las afueras de París.
El viaje de regreso empeora la delicada salud de Balzac, que padecerá
graves problemas de salud hasta su muerte cinco meses después. El día de
su muerte había sido visitado por su amigo y gran admirador Victor Hugo, quien se encargará de ofrecer el famoso panegírico sobre Honoré. Balzac fue enterrado en el Cementerio de Père-Lachaise de París, y su figura se conmemora mediante una monumental estatua encargada al escultor Auguste Rodin, la cual se sitúa en la intersección de los bulevares de Raspail y Montparnasse.
Víctor Hugo pronunció las siguientes palabras en su funeral:
"A partir de ahora los ojos de los hombres se volverán a mirar los rostros, no de aquellos que han gobernado, sino de aquellos que han pensado"
Al funeral acudieron asimismo Frédéric Lemaître, Gustave Courbet, Alejandro Dumas padre e hijo, y otros muchos. Principales Obras. La piel de zapa, 1831. El médico rural, 1833. Eugenia Grandet, 1834. La búsqueda del absoluto, 1834. Papá Goriot, 1834. La muchacha de los ojos de oro, 1835. El Coronel Chabert, 1835. La duquesa de Langeais, 1836. El lirio en el valle, 1836. La Misa del ateo, 1836. Cesar Birotteau, 1837. Las ilusiones perdidas (I, 1837; II, 1839; III, 1843). Ursule Mirouët, 1842 (editado en castellano por La Compañía en 2011). Louis Lambert, 1845. La prima Bette, 1846. El primo Pons, 1847.Esplendor y miseria de las cortesanas, 1847.
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto:El cuento del día. Foto:Internet.