El cuento del domingo

Bohumil Hrabal
La dama de las camelias
En un bloque de pisos bastante alto de la periferia se entra directamente a los pisos desde unas galerías interiores, detrás de cada puerta hay un pequeño recibidor que parece una caja de madera, da la impresión de que los inquilinos entran y salen de unos armarios, hasta tal punto se parecen los pasillos a los armarios. Y la escalera de caracol sube hacia las galerías y de vez en cuando la blanquean con cal, para ahorrar la luz en el crepúsculo. En la hornacina de la escalera hay una imagen de Cristo que en vez de una corona de espinas lleva una corona de rosas de plástico que una vez, en una feria, un inquilino ganó en el tenderete de tiro al blanco, y bajo este Cristo estaba arrodillada la portera, con un cubo al lado, y fregaba el suelo con unos movimientos enérgicos.
-Buenas noches, mamá - saludó la decoradora Rosetka.
-Buenas - dijo la madre recogiendo la suciedad con la bayeta.
-Mamá, ¡cuántas veces le tengo dicho que se ponga una estera debajo de las rodillas. O un saco doblado!
-¡Ay, sí! - dijo la madre dejando su mano dentro del cubo.
-Lo ve, lo ve, después tiene reuma y se pasa las noches quejándose - dijo Rosetka y con la punta del zapatito, con asco, retiró el cubo mojado y se puso un escalón por encima de su madre. Por un hilo dorado aguantaba con los dedos una caja blanca que se movía como un péndulo.
-¡Ay, Dios mío! - se lamentaba la madre y mojó el cepillo en el agua sucia -. ¿Traes dinero?
-El mes próximo - dijo la hija.
-Es decir que deberé alimentarte hasta que te mueras - se quejó la madre y movía el cepillo como si ventilase su desgracia.
-Mamá, basta. Si no le gusta, pues recogeré mis trastitos y me iré. ¿Es que sólo sirvo para oír sus quejas? - dijo Rosetka.
-¿Y qué hay en esa caja? - preguntó la madre.
-Si usted lo sabe perfectamente - dijo Rosetka y levantó el dedo y el paquete atado con un hilo dorado se balanceaba y la chica bajó la cabeza y añadió -: ¡Ojalá alguna vez me tocase ir a trabajar fuera!
Y subió a la galería.
En el pasamanos había dos viejecitas apoyadas.
-Yo - dijo una de ellas -, si estuviese en el lugar de la señora Simpson, pues yo diría al príncipe de Gales, como amante sí, pero como esposa, nunca. Porque con ello el imperio británico se iría al garete...
-Buenas noches - dijo Rosetka.
-Buenas, buenas - dijo dulcemente la otra viejecita y añadió -: Parece que va a llover, las cloacas apestan.
Rosetka entró en el recibidor y enseguida estuvo en la cocina. Dejó la caja blanca sobre la cama llena de edredones y después entró en la habitación oscura. A través de las ventanas se podía ver, al otro lado de la calle, el interior de la taberna iluminada.
-¿Estás aquí? - preguntó.
-Sí que estoy, Rosetka, ¿mi gatito no estaba en la galería?
-No lo he visto, pero, buenas noches, papá - dijo y después apoyó los codos en el respaldo de la butaca donde estaba sentado su padre que miraba el interior de la taberna, alrededor de cuyo billar verde andaban los jugadores con los tacos, y los marcos de las ventanas les cortaban las cabezas y las piernas.
-¿Por qué Lad'a no hace una jugada por la espalda? - se extrañó el padre.
Rosetka se desabrochó el sujetador.
-¿Qué decía yo? - dijo el padre contento -. ¡Y además ahora Kamil hará una carambola!
-¿Sí? - dijo Rosetka bajándose las braguitas, se le engancharon con el empeine y ella dio saltitos hasta caerse de lado sobre el sofá.
Pero el padre empezó a toser y a ahogarse.
Rosetka acercó el cubo a su padre, después abrió un armario, sacó de él un vestido blanco, se lo puso acariciando el frío satén y mirando lo bien que le sentaba.
-¡Ojalá vomitase de una vez por todas esta maldita vida! - dijo el padre.
Después se acurrucó en forma de ovillo y escuchaba los golpes suaves de las bolas de billar.
-¡Si al menos mi gatito estuviese aquí! - se quejó.
-Ya volverá. Seguro que ha encontrado una gata o algo por el estilo - dijo la hija y se abrochó el sujetador.
Después entró en la cocina.
La madre estaba delante del espejo y entre sus dedos llevaba una rama con una camelia preciosa. Sobre los edredones de la cama estaban el hilo dorado y la caja blanca abierta.
-¡Mamá, sáquese enseguida ese saco! - dijo Rosetka y añadió en voz baja -: Ha vuelto a encontrarse mal.
La madre dejó con cuidado la camelia sobre la cama, después se desató el saco que llevaba en vez de delantal cuando fregaba la escalera, y señaló la ramita diciendo:
-¡Yo siempre llevaba una camelia como ésa en el baile de Parques y Jardines! - Y susurró -: Quería la ternera rellena, y parece que ya no digiere...
-Mamá, ¡ayúdeme! - dijo Rosetka. Y añadió en voz baja -: Siempre pregunta por su gatito.
La madre sacó del armario los zapatos plateados con los tacones de cristal, miró a su hija inclinada sobre una palangana y dijo:
-¡Con unos zapatos así yo me torcería el tobillo! - y añadió en voz baja -: Se tropezaba con el animal, y el médico dijo que teníamos que deshacernos del gato.
Rosetka se limpiaba los oídos con la punta de la toalla y la madre llevó desde la habitación el vestido de satén, lo levantó delante del espejo y miraba lo bien que le sentaba.
-¡Mamá, lávese las manos, me lo ensuciará! - dijo Rosetka y en voz baja -: ¿Dónde lo llevó?
-Rosetka, todo el mundo va a envidiarte - dijo la madre y añadió en voz baja -: Llevé aquel monstruo al barranco del diablo.
-¡Mamá, páseme ahora el vestido por la cabeza! - dijo Rosetka
Y después:
-Mañana lo iré a buscar, pues sí que la ha hecho buena...
-¡Ay!, qué vestido más elegante - dijo la madre y en voz baja -: Ayer papá lloró por primera vez en su vida. Ya no vino ninguno de sus amigos, nadie le mandó un mensaje, un saludo...
Rosetka se pintaba los labios haciéndoselos más provocadores, después fijó la camelia en el vestido.
La madre se secó una lágrima y suspiró.
Después abrió la puerta de la habitación, encendió la luz y con ambas manos señalaba a la hija que entraba.
-¡Fíjate, papá! ¡La dama de las camelias!
De detrás de la butaca dio un vistazo una cara chupada.
-Estás muy guapa, hijita, muy guapa - dijo el padre que levantó hacia su cara un espejo de bolsillo redondo, se miró en él, y después señaló con el dedo la fotografía entre las ventanas, una fotografía de un hombre fuerte, al lado del billar, con la camisa desabrochada, poniendo yeso al taco. Señaló la fotografía y dijo:
-¡Qué principio y qué final! - Y miraba el espejito y se pasó el dedo por las arrugas de alrededor de la boca.
-Papá - dijo Rosetka dando una vuelta como las modelos para que pudiera verla de todas partes.
-Estás muy guapa, hijita - decía el padre en voz baja -. Que te diviertas tanto como a mí me gustaba divertirme, y te aconsejo que siempre quieras ser alguien mejor, tal como yo hacía... Yo que hoy ya sé por qué los amigos del billar ya no vienen ni vendrán. Yo mismo tampoco vendría a verme - dijo el padre sonriente y volvía a mirar el espejo redondo. Y añadió -: ¡Ojalá estuviese aquí mi gatito, mí gato, que siempre me ve como si fuese joven y guapo y agradable y etc.! ¿Sabes?
Debajo de las ventanas sonó un claxon.
-El taxi ya está aquí - gritó Rosetka -. ¡Papá, buenas noches! - Y le mandó un beso.
-Vete, hijita y diviértete tanto como yo solía divertirme en mis tiempos - susurró el padre apoyándose en el marco de la ventana y vio cómo los jugadores de billar corrían hacia las ventanas de la taberna y miraban quién se iba y quién llegaba.
En la cocina la madre echó el abrigo de falso visón sobre los hombros de Rosetka.
-Mamá, déme un billete de cincuenta, deprisa - dijo Rosetka.
La madre abrió un aparador desconchado y suspiró:
-¡Ay, Dios mío!
Después el vestido de satén salió a la galería.
La madre apoyaba un brazo en el pasamanos, y el otro en la cadera dolorida. Y miraba cómo bajaba por la escalera de caracol hacia el patio el abrigo blanco de falso visón y los tacones de vidrio eran como arpegios de un mundo mejor.
Rosetka salió hacia el patio, se paró sobre la cloaca, saludó a su madre con la mano y le sonrió cariñosamente. La madre asintió con la cabeza y cerró los ojos.
Una de las viejecillas dijo con malicia:
-Va a llover, las cloacas apestan.
Bohumil Hrabal.(Brno, 1914-Praga, 1997) Escritor checo cuya obra se caracteriza por su visión satírica de la realidad y el relieve que confiere a sus aspectos absurdos. Considerado uno de los más grandes autores del siglo XX en su lengua por su facilidad narrativa y el uso alternativo del humor y la tragedia en un mismo plano, adquirió popularidad con sus novelas Curso de danza para adultos y alumnos adelantados (1964), Trenes rigurosamente vigilados (1965) y Yo que serví al rey de Inglaterra (1971). Su adhesión al Manifiesto de las dos mil palabras (1968) provocó la prohibición temporal de sus publicaciones en el país. La novela autobiográfica Bodas en casa (1990) confirmó el lugar de privilegio que ocupa entre los escritores centroeuropeos.
Bohumil Hrabal cursó en Praga estudios de derecho, que hubo de interrumpir a causa de la ocupación nazi. Trabajó como empleado ferroviario durante la guerra y en diversos oficios a su término: tramoyista, cartero, metalúrgico. A partir de 1962 se dedicó por entero a la literatura. Después de la invasión soviética de 1968 no pudo continuar publicando legalmente sus novelas, parte de las cuales aparecieron en samizdat (publicaciones al margen de la ley) o en el extranjero.
Ya a finales de la década de 1940 había comenzado a escribir poesía, así como relatos cortos, aunque éstos no verían la luz, transformados, hasta decenios más tarde. Sus primeras obras en verso muestran todavía las influencias del "poetismo", pero será la tradición surrealista (checa y francesa) la que marcará con mayor claridad su producción narrativa posterior, con el gusto por la yuxtaposición de elementos discordantes, la pasión por el "collage" y la construcción de las metáforas.
En 1956 publicó Conversaciones con la gente, pero fue Una perla en el fondo la que alcanzó un gran éxito, seguida de Los palabristas (1964) y el extenso "monólogo-collage" Curso de danza para adultos y alumnos adelantados (1964). Tales obras son una confusa reunión de pequeñas historias y anécdotas de irrefrenable comicidad, sostenidas por un lenguaje rico y compacto que alcanza el nivel de joya de la lengua hablada. Desde el principio destacó por la originalidad de sus textos, situados entre la literatura oral y la vanguardista, con manifiestos antecedentes en la tradición picaresca de J. Hasek, un gran despliegue de humor y asociaciones surrealistas; el resultado fue una producción radicalmente subversiva.
De estructura más clásica es Trenes rigurosamente vigilados (1965), acerca de cómo el intento de superar sus problemas sexuales conduce al joven Milos al heroísmo en la resistencia antinazi; llevada al cine por Jiøí Menzel, el filme obtuvo un Oscar en 1966. Con esta obra se enfrentó a la forma cerrada y más amplia de la novela, mientras que en Anuncio una casa donde ya no quiero vivir (1965), Hrabal toma una vez más del "collage" el principio de la contraposición de planos narrativos diversos y regresa al período oscuro del estalinismo, iluminándolo con relámpagos de metáforas surrealistas, con gran melancolía política pero al mismo tiempo con enorme confianza en el hombre, auténtico protagonista de toda su obra.
Tras la invasión soviética de 1968, que le supuso más de siete años de silencio editorial forzado, dos libros retirados de la venta y una publicación incompleta y cronológicamente desfasada de sus obras, Hrabal elaboró formas narrativas de inspiración más amplia, como la trilogía ambientada en Nymburk que tiene como protagonistas a los padres del escritor (sobre todo a la madre) y al propio Hrabal, y que integran las novelas La tonsura (1976), La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo (1978) y Los millones de Arlequín (1981). El tema que pasa a ocupar el primer plano es la actitud del hombre frente a la muerte y a la historia.
Le siguieron las tres novelas que representan la cumbre de su producción. Nezný barbar (Bárbara ternura, 1973), publicado sólo en el extranjero, relata las aventuras picarescas e inverosímiles del dibujante V. Boudník y sus amigos E. Bondy y Bohumil Hrabal en la Praga de los años cincuenta y sesenta. En Yo que he servido al rey de Inglaterra (1982), describe la ascensión y caída de un joven aprendiz de camarero en contacto con la historia. Y Una soledad demasiado ruidosa (1976), publicada también sólo fuera de Checoslovaquia, es el amargo monólogo de un trabajador de un almacén de reciclaje de papel frente a un mundo que cambia de manera inexplicable, violenta y poética; esta "renuntiatio mundi" de un no-intelectual "instruido en contra de su voluntad" ante la progresiva desaparición de su propio mundo cultural es sin duda una de las obras maestras del autor.
La producción de Bohumil Hrabal, dispersa y fragmentada, aunque traducida a numerosas lenguas del mundo, es enorme en extensión, de modo que aún prosigue el trabajo de edición de sus obras completas. De entre sus restantes títulos sobresale la trilogía de recuerdos Bodas en casa (1986-1987), que consta de una primera parte de título homónimo y una segunda y tercera tituladas Vita nuova y Solares. La obra recoge la trayectoria personal e intelectual del autor, narrada por su esposa Eliska y por otras personas que tuvieron algún papel en su vida, así como por el propio Hrabal. En la primera parte la narradora, joven aún, llega sola y sin recursos a la Praga de la inmediata posguerra. Ha perdido a su familia, deportada. Allí conoce a Bohumil Hrabal, que acabará convirtiéndose en su marido; es un abogado que jamás ejerció como tal y que se dedica a escribir unos textos impublicables en aquella época. Hrabal aún tiene tiempo de mostrar a Eliska la Praga viva y tradicional que está a punto de desaparecer, arrollada por el terror, la burocracia y el aburrido uniformismo estalinista.
Tras esta introducción, lírica y nostálgica, Vita nuova recoge una serie de episodios inconexos, reunidos en una especie de collage narrativo. El tiempo avanza y retrocede: recuerdos de infancia, deshielo tras la muerte de Stalin, tertulias y conversaciones con los amigos y descripciones detalladas de ambientes y personas, incluido el propio autor. Pese a la relativa apertura política, Hrabal no ha conseguido ser aceptado como escritor; ha desempeñado diversos empleos y Eliska trabaja como camarera. Por fin, consigue publicar un libro, pero en cuanto aparece es objeto de prohibición y su autor incluido en la lista negra.
La última parte de la trilogía, Solares, también está estructurada en collages, y centra la narración en la década de 1960. Con casi cincuenta años, Hrabal consigue publicar un volumen de cuentos que tiene gran éxito. Comienzan los reconocimientos, los premios, las salidas al extranjero. Pero no faltan las amarguras: enfermedades, temor a la muerte, separación de amigos, la invasión de Checoslovaquia en 1968 y la nueva inclusión del autor en la lista negra de la disidencia, disipadas ya las efímeras esperanzas de la primavera de Praga. Pese a las coacciones, sigue escribiendo, y una prueba de su irreductible voluntad de perseverar es precisamente este libro, redactado en los últimos pero no menos duros años del régimen comunista, que el autor vivió en condiciones especialmente penosas. Quizá por eso, a modo de mecanismo compensador, confiere relieve en la obra a sus recuerdos más alegres.
Semblanza biográfica:biografiasyvidas.com.Texto:El cuento del día. Foto:archivo

El cuento del domingo


Marguerite Yourcenar
La leche de la muerte
La larga hilera beige y gris de turistas se extendía por la calle principal de Ragusa; los gorros, las elegantes chaquetas bordadas que se movían con el viento a la entrada de las tiendas, iluminaban los ojos de los viajeros en busca de regalos a buen precio o de disfraces para los bailes de a bordo. Hacía tanto calor como sólo puede hacer en el Infierno. Las montañas desnudas de Herzegovina mantenían a Ragusa bajo el fuego de espejos ardientes. Philip Mild pasó al interior de una cervecería alemana donde algunas moscas gordas zumbaban en una semioscuridad sofocante. Paradójicamente, la terraza del restaurant daba sobre el Adriático que aparecía allí en plena ciudad, en el lugar más inesperado, sin que esa súbita aparición azul sirviera para otra cosa que para añadir un color de más al mosaico de la plaza del mercado. Una peste subía de un montón de desperdicios de pescado que algunas gaviotas casi insoportablemente blancas hurgaban. Ningún viento llegaba del mar. El compañero de camarote de Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía recargado en un velador de zinc, a la sombra de un parasol color fuego que de lejos parecía una naranja flotando sobre el mar.
-Cuéntame otra historia, viejo- dijo Philip dejándose caer pesadamente en una silla. -Necesito un whisky y un buen relato frente al mar… El relato más hermoso y el menos verosímil posible que me haga olvidar las mentiras patrióticas y contradictorias de algunos periódicos que acabo de comprar en el malecón. Los italianos insultan a los eslavos, los eslavos a los griegos, los alemanes a los rusos, los franceses a Alemania y casi del mismo modo a Inglaterra. Imagino que todos tienen razón. Hablemos de otra cosa. ¿Qué hiciste ayer en Scutari donde estabas tan ansioso por ir a ver no sé qué turbinas?
-Nada -dijo el ingeniero-. Aparte de echar un vistazo a unos torpes trabajos de la presa, dediqué la mayor parte de mi tiempo a buscar una torre. He escuchado a tantas ancianas servias contarme la historia de la torre de Scutari, que necesitaba localizar sus gastados ladrillos para ver si no tienen una marca blanca. Pero el tiempo, las guerras y los campesinos de los alrededores, preocupados por consolidar las paredes de sus granjas, la demolieron piedra por piedra y su memoria ya no se mantiene sino en los cuentos… A propósito, Philip, ¿eres lo suficientemente afortunado para tener lo que se llama una buena madre?
-Qué pregunta -respondió negligentemente el joven inglés-. Mi madre es hermosa, delgada, distinguida, resistente como el espejo de una vitrina. ¿Qué otra cosa te puedo decir? Cuando salimos juntos me toman por su hermano mayor.
-Eso es. Eres como todos nosotros. Cuando pienso que algunos idiotas suponen que nuestra época carece de poesía, como si no tuviera sus surrealistas, sus profetas, sus estrellas de cine y sus dictadores. Créeme, Philip, de lo que carecemos es de realidades. La seda es artificial; los alimentos detestablemente sintéticos se parecen a esa copia de alimentos con los que llenan a las momias, y las mujeres ya no toleran la tristeza ni la vejez. Sólo en las leyendas de países semibárbaros se pueden encontrar todavía esas criaturas colmadas de leche y lágrimas de las que uno estaría orgulloso de ser hijo… ¿Dónde oí hablar de aquel poeta que no podía amar a ninguna mujer porque en otra vida había conocido a Antígona? Un hombre como yo. Algunas docenas de madres y enamoradas, desde Andrómaca hasta Griselda, me han vuelto exigente frente a esas muñecas irrompibles que pasan por ser la realidad.
“Isolda como amante y, por hermana la dulce Aude… Sí, pero la que yo hubiera querido por madre es una muchacha de una leyenda albanesa, la mujer de un joven noble de por aquí.”
“Eran tres hermanos que trabajaban en construir una torre desde donde pudieran observar a los invasores turcos. Todos los días una de sus mujeres les llevaba de comer. Se habían dedicado ellos mismos al trabajo, ya porque la mano de obra fuera escasa, cara, o porque como buenos campesinos no confiaran sino en sus propios brazos. Sin embargo, cada vez que lograban llevar lo suficientemente bien el trabajo para colocar un montón de hierbas en el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña tiraban su torre como Dios hizo derrumbar Babel. Hay muchas razones para que una torre no se mantenga en pie, se puede inculpar a la torpeza de los obreros, a lo difícil del terreno o a la mala calidad del cemento que se utiliza. Pero los campesinos servios, albaneses o búlgaros no reconocen en este desastre sino una sola causa: saben que un edificio se desploma si no se ha tomado el cuidado de encerrar en su cimiento a un hombre o una mujer cuyo cuerpo llevará hasta el día del Juicio Final este pesado vestido de piedras. Así en Arta, en Grecia, hay un puente donde fue encerrada una joven -aún se ve su cabellera que sale por una fisura y cuelga sobre el agua como una planta rubia.”
“Los tres hermanos comenzaron entonces a mirarse con desconfianza. Incluso cuidaban de no proyectar su sombra sobre el muro sin terminar porque se puede, a falta de algo mejor, encerrar en una obra en construcción a esa obscura prolongación del hombre que probablemente es su alma. Aquél cuya sombra es hecha prisionera, muere como un desdichado enfermo de una pena de amor.
Durante la noche cada uno de los tres hermanos se sentaba lo más lejos posible del fuego por miedo a que alguno se aproximara silenciosamente por detrás, echara una bolsa de tela sobre su sombra y la llevara semiasfixiada como un pichón negro. Su entusiasmo en el trabajo disminuía y la angustia, que ya no la fatiga, bañaba de sudor sus rostros cafés. Por fin un día, el mayor de los hermanos reunió a su alrededor a los otros dos y les dijo:
-Hermanos, hermanos por la sangre, la leche y el bautizo, si nuestra torre permanece inconclusa los turcos se arrastrarán de nuevo por las orillas de este lago ocultos entre las cañas. Violarán a nuestras criadas, quemarán en nuestros campos la esperanza del pan futuro, crucificarán a nuestros siervos en los espantapájaros levantados en los vergeles que se transformarán así en alimento para los cuervos. Hermanos míos; los unos necesitamos de los otros y no hay razón para que el trébol pierda una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa cuyos hombros y hermosa nuca están acostumbrados a cargar bultos. No decidamos nada, hermanos, dejemos la elección al Azar, ese prestanombres de Dios. Mañana al amanecer tomaremos para enterrarla en los cimientos a aquélla de nuestras mujeres que venga a traernos de comer. No les pido sino el silencio de una noche, y no besemos con demasiadas lágrimas y suspiros a la que, después de todo, tiene dos oportunidades sobre tres de respirar todavía cuando el sol se oculte.
“Para él era fácil hablar así, pues en secreto detestaba a su joven mujer y quería deshacerse de ella para tomar en su lugar a una hermosa muchacha griega que tenía los cabellos rojos. El segundo hermano no hizo ninguna objeción porque contaba con prevenir a su mujer desde su regreso, y el único que protestó fue el más joven porque tenía la costumbre de mantener sus promesas. Conmovido por la magnanimidad de sus hermanos mayores que renunciaban en favor de la obra común a lo más querido que tenían en el mundo, terminó por dejarse convencer y prometió callarse toda la noche.
“Regresaron a las tiendas a esa hora del crepúsculo en que el fantasma de la luz muerta merodea todavía por los campos. El segundo hermano llegó a su tienda de muy mal humor y ordenó rudamente a su mujer que le ayudara a quitarse las botas. Cuando estuvo sentada frente a él, le tiró los zapatos en plena cara y gritó:
-Hace ocho días que llevo la misma camisa y llegará el domingo sin que me pueda poner algo limpio. Maldita fodonga, mañana desde el amanecer irás al lago con tu canasto de ropa y te quedarás ahí hasta la noche, entre tu jabón y tu bandeja. Si te alejas el largo de un pie, morirás.
“Y la joven mujer prometió temblando lavar durante todo el día siguiente.
“El hermano mayor regresó a su casa dispuesto a no decir nada a su esposa cuyos besos lo ahogaban y de la que ya no le gustaba su flácida belleza. Pero tenía una debilidad: hablaba en sueños. La abundante matrona albanesa no durmió esa noche pensando qué habría podido disgustar a su señor. De pronto escuchó a su marido mascullar, al jalar el cobertor:
-Ah, corazón, dulce corazón de mí mismo, pronto serás viudo… Cómo estaremos tranquilos separados de la morena por los buenos ladrillos de la torre.
“El más joven regresó a su tienda pálido y resignado como un hombre que ha encontrado en el camino a la misma Muerte, guadaña al hombro, yendo por su cosecha. Besó a su hijo que dormía en la cuna de mimbre, tomó dulcemente entre sus brazos a su joven mujer, y durante toda la noche ella lo escuchó sollozar contra su corazón. La discreta joven no le preguntó la causa de esa gran pena, porque no quería obligarlo a hacerle confidencias y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para tratar de consolarlas.
“A la mañana siguiente los tres hermanos tomaron sus picos y sus martillos y partieron con dirección a la torre. La mujer del segundo hermano preparó su canasto de ropa y fue a arrodillarse ante la mujer del hermano mayor:
-Hermana -dijo-, querida hermana, es mi día de llevar la comida a los hombres; pero mi marido me ha ordenado bajo pena de muerte lavar sus camisas y mi canasto está repleto.
-Hermana, querida hermana, dijo la mujer del mayor, llevaría con gran gusto la comida de nuestros hombres, pero un demonio se escondió esta noche dentro de uno de mis dientes. Ay, ay, ay, sólo sirvo para gritar de dolor.
“Y aplaudió sin ceremonia para llamar a la mujer del más joven:
-Mujer de nuestro hermano pequeño -dijo-, querida mujercita del más joven, lleva en nuestro lugar la comida para nuestros hombres pues el camino es largo, nuestros pies están cansados y nosotras somos menos jóvenes y menos ligeras que tú. Ve, querida, y llenaremos tu canasta de buenas viandas para que nuestros hombres te reciban con una sonrisa, mensajera que les quitará el hambre.
“Y llenaron la canasta de pescados confitados con miel y uvas de Corinto, de arroz envuelto en hojas de parra, de queso de cabra y pasteles de almendra salada. La joven mujer puso tiernamente a su hijo en los brazos de sus nueras y se fue por el camino sola, con su fardo sobre la cabeza y su destino alrededor del cuello, como una medalla bendita e invisible para todos, sobre la que el mismo Dios hubiera escrito a qué clase de muerte estaba destinada y a qué lugar en su cielo.
“Cuando los tres hombres la vieron a lo lejos, pequeña silueta aún indistinta, corrieron hacia ella; los dos primeros inquietos por el buen éxito de su estratagema y el más joven rogando a Dios. El mayor lanzó una maldición al descubrir que no era su matrona y el segundo agradeció al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el más joven se arrodilló, rodeando con sus brazos la cadera de su joven mujer, y sollozando le pidió perdón. Enseguida se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó tener piedad. En fin, se levantó e hizo brillar al sol el acero de su puñal. Un martillazo en la nuca lo derrumbó, jadeante, al borde del camino. La joven, asustada, había dejado caer su canasta y la comida llegó hasta los hocicos de los perros. Cuando por fin comprendió de qué se trataba, levantó las manos al cielo:
-Hermanos a los que nunca he faltado, hermanos por la sortija de matrimonio y la bendición del padre, no me hagan morir. Mejor avisen a mi padre, que es jefe de clan en la montaña; él les procurará mil sirvientes que ustedes podrán sacrificar. No me maten, amo tanto la vida. No coloquen entre mi amado y yo la frialdad de la piedra.
Bruscamente enmudeció al darse cuenta de que su joven marido, tirado al borde del camino, no movía los párpados y que sus cabellos negros estaban sucios de sangre y pedazos de cerebro. Entonces, sin gritos y sin lágrimas, se dejó conducir por los dos hermanos hasta el hueco abierto en la muralla redonda de la torre. Ya que ella iba a la muerte por su propio pie, podía ahorrarse el llanto. Pero en el momento en que ponían el primer ladrillo sobre sus pies, calzados con sandalias rojas, recordó a su hijo que tenía la costumbre de mordisquear sus zapatos como un cachorro juguetón. Algunas lágrimas tibias rodaron por sus mejillas y vinieron a confundirse con el cemento que la cuchara extendía sobre la piedra:
-Ay, mis pies -dijo ella0-. Ya no me llevarán hasta la cima de la colina para que mi amado me vea más pronto. Ya no conocerán la frescura del agua corriente; sólo los ángeles los lavarán en la mañana de la Resurrección.
“La pila de ladrillos y de piedras se levantó hasta sus rodillas cubiertas por un faldón amarillo. Erguida, en el fondo de su tumba parecía una virgen parada detrás de su altar.
-Adiós, queridas rodillas -dijo la joven mujer-. Ya no mecerán a mi niño; sentada bajo el vergel que a la vez da sombra y alimento, ya no les daré frutas.
“El muro se elevó un poco más arriba y la joven continuó:
-Adiós, queridas manos que cuelgan a lo largo de mi cuerpo, manos que ya no harán la comida, manos que ya no tejerán la lana, manos que ya no estrecharán el cuerpo de mi amado. Adiós, cadera mía y tú, mi vientre, que ya no conocerás ni el parto ni el amor. Niños que yo hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve el tiempo de dar a mi hijo único. Ustedes me acompañarán en esta prisión que me sirve de tumba donde permaneceré de pie, sin sueño, hasta el día del Juicio Final.
“El muro llegaba ya al pecho. En ese momento un escalofrío recorrió el torso de la mujer y sus ojos suplicantes tuvieron una mirada parecida al gesto de dos manos tendidas.
-Cuñados -dijo ella-, por consideración no para mí sino para su hermano muerto, piensen en mi hijo y no lo dejen morir de hambre. No encierren mi pecho, hermanos, que mis dos senos queden accesibles bajo mi blusa bordada y que todos los días me traigan a mi hijo al amanecer, al mediodía y con el crepúsculo. Mientras me queden algunas gotas de vida, resbalarán hasta la punta de mis dos tetas para alimentar al niño que yo traje al mundo. El día que no tenga más leche beberá mi alma. Háganlo, malos hermanos, y si así lo hacen mi querido marido y yo no les haremos ningún reproche el día en que nos encontremos frente a Dios.
“Asustados, los hermanos consintieron en satisfacer este último deseo y dejaron un espacio de dos ladrillos a la altura de los senos. Entonces, la joven mujer murmuró:
-Hermanos queridos, coloquen sus ladrillos delante de mi boca porque los besos de los muertos atemorizan a los vivos, pero dejen una ranura delante de mis ojos para que pueda ver si mi leche le sirve a mi hijo.
“Lo hicieron como ella lo había dicho y dejaron una ranura horizontal a la altura de los ojos. Con el crepúsculo, a la hora en que su madre tenía costumbre de amamantarlo, llevaron al niño por el camino polvoriento bordeado de arbustos bajos que servían de alimento a las cabras. La emparedada saludó la llegada del bebé con gritos de alegría y bendiciones para los dos hermanos. Chorros de leche corrieron de sus senos duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma substancia de su corazón, quedó dormido contra su pecho, cantó con una voz que amortiguaba el muro de ladrillos. En el momento en que su bebé se separó del pecho, ordenó que se le regresara al campamento para dormir; toda la noche la dulce canción se escuchó bajo las estrellas y entonada a la distancia esta melodía bastaba para no dejarle llorar. A la mañana siguiente ya no cantaba, fue con voz débil que preguntó cómo había pasado la noche Vania. Al otro día se calló, pero respiraba todavía pues sus senos, animados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente en su encierro. Días más tarde su respiración fue a hacerle compañía a su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de manantial y el niño, dormido en el hueco de su pecho, escuchaba todavía su corazón. Después, este corazón tan bien conciliado con la vida espació sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua; por la ranura se veían ahora dos pupilas vidriosas que ya no miraban al cielo. A su vez, estas pupilas se licuaron y dejaron el lugar a dos órbitas vacías sólo habitadas por la Muerte, mas el joven pecho permanecía intacto y durante dos años, con la aurora, al mediodía y con el crepúsculo, la milagrosa abundancia continuó hasta que el niño, más grande, se alejó por sí mismo del pecho.
“Entonces solamente las tetas agotadas se desmoronaron y no hubo en el reborde de ladrillos sino un puñado de cenizas blancas. Durante algunos siglos las madres conmovidas vinieron a seguir con el dedo las huellas dejadas por la leche maravillosa. Después, la misma torre desapareció y el peso de las bóvedas dejó de aplastar ese ligero esqueleto de mujer. En fin, los mismos huesos frágiles se dispersaron y ya no queda aquí sino un viejo francés, asado por este calor del demonio, que repite al primer llegado esta historia digna de inspirar a los poetas tantas lágrimas como la de Andrómaca.
“En ese momento una gitana cubierta con una espantosa y dorada sarna se aproximó a la mesa en que estaban acodados los dos hombres. Llevaba en sus brazos a un niño que tenía los ojos cubiertos con un vendaje hecho de andrajos. Dobló la espalda con el insolente servilismo característico de las razas miserables o imperiales, y sus faldones amarillentos barrieron la tierra. El ingeniero la alejó rudamente sin preocuparse por su voz que subía del tono de la súplica al de la maldición. El Inglés la volvió a llamar para darle un dinar
¿Qué te pasa, viejo soñador? -dijo con impaciencia-. Sus senos y sus collares bien valen los de tu heroína albanesa. Y el niño que la acompaña está ciego.
-Yo conozco a esa mujer, respondió Joseph Boutrin. Un médico de Ragusa me contó su historia. Hace meses que aplica a su hijo emplastos que le inflaman los ojos y apiadan a los pasantes. Todavía ve, más pronto será lo que ella desea: un ciego. Esa mujer tendrá entonces su comida segura para toda la vida, porque el cuidado de un enfermo es una profesión lucrativa. Hay de madres a madres.
Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour nació en Bruselas (Bélgica). Su madre, Fernande de Cartier de Marchienne,2 que provenía de una familia aristocrática belga, murió a los diez días de su nacimiento por complicaciones en el parto, y la niña fue educada por su padre, Michel-René Cleenewerck de Crayencour, que provenía de una familia aristocrática francesa, en la casa de la abuela paterna, en el norte de Francia, Mont Noir, cerca de la frontera con Bélgica. Yourcenar leía a Racine y a Aristófanes a la edad de ocho años. Su padre le enseñó latín a los 10 y griego clásico a los 12.
A partir de 1919 abandona su apellido real y empieza a firmar como Marguerite Yourcenar, siendo éste un anagrama de Crayencour. Su primera novela, Alexis, fue publicada en 1929. En 1939, para que pudiera escapar de los problemas bélicos, su mejor amiga en ese momento, una traductora norteamericana llamada Grace Frick a la que había conocido en París en 1937, la invita a Estados Unidos, donde dará clases de Literatura comparada en la ciudad de Nueva York. Yourcenar era bisexual,3 ella y Frick se harán amantes y seguirán juntas hasta la muerte de ésta en 1979 a consecuencia de un cáncer de mama.4
Tradujo al francés Las olas de Virginia Woolf, en 1937, Lo que Maisie sabía de Henry James, en 1947, y obras de Yukio Mishima.
En 1947 obtuvo la nacionalidad norteamericana. En 1951 publica en París su muy documentada novela histórica Mémoires d'Hadrien (en español Memorias de Adriano), en la que estuvo trabajando a lo largo de una década. La novela fue un éxito inmediato y tuvo una gran acogida por parte de la crítica. Su presentación fue el motivo para volver a Francia después de doce años de ausencia.
En Memorias de Adriano, Yourcenar recrea la vida y muerte de una de las figuras más importantes del mundo antiguo, el emperador romano Adriano. La obra está escrita a modo de larga carta del emperador a su nieto adoptivo y futuro sucesor, Marco Aurelio. Adriano le explica su pasado, describiendo sus triunfos, su amor por Antinoo y su filosofía. Memorias de Adriano fue una novela pionera que ha servido de influencia en la posterior novelística histórica y se ha convertido en una obra maestra moderna.
En 1965 publica su obra "Opus Nigrum"-La obra en negro-, que lleva como protagonista al médico, filósofo y alquimista Zenón, de ambiente en la Europa del siglo XVI. Marguerite marca la transición entre la Edad Media y el Renacimiento. Zenón es un sabio con "La rabia del saber" que se ve expuesto a los prejuicios, dogmas religiosos y supersticiones fuertemente arraigados en el pensamiento Europeo de aquel siglo.
Otra de sus obras más aclamadas es "Fuegos", escrita en 1935, y que alterna relatos basados en mitos clásicos con algunos fragmentos sobre la pasión amorosa, he aquí unos cuantos fragmentos extraídos de este libro:
-"Espero que este libro no sea leído jamás". -"Soledad...yo no creo como ellos creen, no vivio como ellos viven,no amo como ellos aman...Moriré como ellos mueren". -"No hay nada que temer. He tocado fondo. No puedo caer más bajo que tu corazón". -"¿Adónde huir? Tú llenas el mundo. No puedo huir más que en ti". -"Soporto tus defectos. Uno se resigna a los defectos de Dios. Soporto tu ausencia. Uno se resigna a la ausencia de Dios".
Ganadora de los premios Femina y Erasmus, en 1980 fue la primera mujer elegida miembro de número de la Academia francesa, aunque desde 1970 ya pertenecía a la Academia belga. Una de las más respetadas escritoras en lengua francesa, tras el éxito de Memorias de Adriano, siguió publicando novela, ensayo, poesía y tres volúmenes de memorias.
Existe una anécdota ya bien conocida del encuentro de esta autora con el célebre escritor Jorge Luis Borges. En 1986, seis días antes de la muerte de Borges, estos dos autores se encontraron en Ginebra, donde Marguerite le preguntó:"Borges,¿cuándo saldrás del laberinto". Él le respondió:"Cuando hayan salido todos".
Lápida de Marguerite Yourcenar
Yourcenar vivió la mayor parte de su vida en su casa Petite Plaisance, en Mount Desert Island, en el estado de Maine, y sus restos descansan en la misma isla junto a los de la compañera de toda su vida Grace Frick,5 en una sencilla tumba en el Brookside Cemetery de Somesville[2].6 La casa de ambas es ahora un museo dedicado a su memoria, abierto al público durante los veranos.
Legó sus archivos personales y literarios a la Harvard University de Cambridge. En su Houghton Library pueden ser consultados libremente miles de cartas, fotografías y manuscritos (cf. Marguerite Yourcenar additional papers: Guide), excepto algunos documentos, que quedarán liberados en 2057. En Bruselas, su ciudad natal, existe también, desde 1989, el CIDMY: Centre International de Documentation Marguerite Yourcenar, que atesora numerosos fondos gráficos y escritos y ofrece información puntual sobre actividades y publicaciones relacionadas con la afamada autora.
Semblanza biográfica:Wikipedia. Texto: El cuento del día.Foto:sinjania.es

El cuento del domingo

Adolfo Bioy Casares
En memoria de Paulina

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Para explicarme ese parecido argumenté que yo era un apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anoté en mi cuaderno: Todo poema es un borrador de la Poesía y en cada cosa hay una prefiguración de Dios. Pensé también: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Veía (y aún hoy veo) la identificación con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser, como el refugio en donde me libraría de mis defectos naturales, de la torpeza, de la negligencia, de la vanidad.

La vida fue una dulce costumbre que nos llevó a esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y perdido, por mí, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas veces nosotros imaginábamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para trabajar, para viajar y para querernos. Lo imaginábamos con tanta vividez que nos persuadíamos de que ya vivíamos juntos.

Hablar de nuestro casamiento no nos inducía a tratarnos como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y seguía habiendo entre nosotros una pudorosa amistad de niños. No me atrevía a encarnar el papel de enamorado y a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería, con qué amor atónito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfección .

A Paulina le agradaba que yo recibiera amigos. Preparaba todo, atendía a los invitados, y, secretamente, jugaba a ser dueña de casa. Confieso que esas reuniones no me alegraban. La que ofrecimos para que Julio Montero conociera a escritores no fue una excepción.

La víspera, Montero me había visitado por primera vez. Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo. Un rato después de la visita yo había olvidado esa cara hirsuta y casi negra. En lo que se refiere al cuento que me leyó -Montero me había encarecido que le dijera con toda sinceridad si el impacto de su amargura resultaba demasiado fuerte-, acaso fuera notable porque revelaba un vago propósito de imitar a escritores positivamente diversos. La idea central era que si una determinada melodía surge de una relación entre el violín y los movimientos del violinista, de una determinada relación entre movimiento y materia surgía el alma de cada persona. El héroe del cuento fabricaba una máquina para producir almas (una suerte de bastidor, con maderas y piolines). Después el héroe moría. Velaban y enterraban el cadáver; pero él estaba secretamente vivo en el bastidor. Hacia el último párrafo, el bastidor aparecía, junto a un estereoscopio y un trípode con una piedra de galena, en el cuarto donde había muerto una señorita.

Cuando logré apartarlo de los problemas de su argumento, Montero manifestó una extraña ambición por conocer a escritores.

-Vuelva mañana por la tarde -le dije-. Le presentaré a algunos.

Se describió a sí mismo como un salvaje y aceptó la invitación. Quizá movido por el agrado de verlo partir, bajé con él hasta la puerta de calle. Cuando salimos del ascensor, Montero descubrió el jardín que hay en el patio. A veces, en la tenue luz de la tarde, viéndolo a través del portón de vidrio que lo separa del hall, ese diminuto jardín sugiere la misteriosa imagen de un bosque en el fondo de un lago. De noche, proyectores de luz lila y de luz anaranjada lo convierten en un horrible paraíso de caramelo. Montero lo vio de noche.

-Le seré franco-me dijo, resignándose a quitar los ojos del jardín-. De cuanto he visto en la casa esto es lo más interesante.

Al otro día Paulina llegó temprano; a las cinco de la tarde ya tenía todo listo para el recibo. Le mostré una estatuita china, de piedra verde, que yo había comprado esa mañana en un anticuario. Era un caballo salvaje, con las manos en el aire y la crin levantada. El vendedor me aseguró que simbolizaba la pasión.

Paulina puso el caballito en un estante de la biblioteca y exclamó: Es hermoso como la primera pasión de una vida. Cuando le dije que se lo regalaba, impulsivamente me echó los brazos al cuello y me besó.

Tomamos el té en el antecomedor. Le conté que me habían ofrecido una beca para estudiar dos años en Londres. De pronto creímos en un inmediato casamiento, en el viaje, en nuestra vida en Inglaterra (nos parecía tan inmediata como el casamiento). Consideramos pormenores de economía doméstica; las privaciones, casi dulces, a que nos someteríamos; la distribución de horas de estudio, de paseo, de reposo y, tal vez, de trabajo; lo que haría Paulina mientras yo asistiera a los cursos; la ropa y los libros que llevaríamos. Después de un rato de proyectos, admitimos que yo tendría que renunciar a la beca. Faltaba una semana para mis exámenes, pero ya era evidente que los padres de Paulina querían postergar nuestro casamiento.

Empezaron a llegar los invitados. Yo no me sentía feliz. Cuando conversaba con una persona, sólo pensaba en pretextos para dejarla. Proponer un tema que interesara al interlocutor me parecía imposible. Si quería recordar algo, no tenía memoria o la tenía demasiado lejos. Ansioso, fútil, abatido, pasaba de un grupo a otro, deseando que la gente se fuera, que nos quedáramos solos, que llegara el momento, ay, tan breve, de acompañar a Paulina hasta su casa.

Cerca de la ventana, mi novia hablaba con Montero. Cuando la miré, levantó los ojos e inclinó hacia mí su cara perfecta. Sentí que en la ternura de Paulina había un refugio inviolable, en donde estábamos solos. ¡Cómo anhelé decirle que la quería! Tomé la firme resolución de abandonar esa misma noche mi pueril y absurda vergüenza de hablarle de amor. Si ahora pudiera (suspiré) comunicarle mi pensamiento. En su mirada palpitó una generosa, alegre y sorprendida gratitud.

Paulina me preguntó en qué poema un hombre se aleja tanto de una mujer que no la saluda cuando la encuentra en el cielo. Yo sabía que el poema era de Browning y vagamente recordaba los versos. Pasé el resto de la tarde buscándolos en la edición de Oxford. Si no me dejaban con Paulina, buscar algo para ella era preferible a conversar con otras personas, pero estaba singularmente ofuscado y me pregunté si la imposibilidad de encontrar el poema no entrañaba un presagio. Miré hacia la ventana. Luis Alberto Morgan, el pianista, debió de notar mi ansiedad, porque me dijo:

-Paulina está mostrando la casa a Montero.

Me encogí de hombros, oculté apenas el fastidio y simulé interesarme, de nuevo, en el libro de Browning. Oblicuamente vi a Morgan entrando en mi cuarto. Pensé: Va a llamarla. En seguida reapareció con Paulina y con Montero.

Por fin alguien se fue; después, con despreocupación y lentitud partieron otros. Llegó un momento en que sólo quedamos Paulina, yo y Montero. Entonces, como lo temí, exclamó Paulina:

-Es muy tarde. Me voy.

Montero intervino rápidamente:

-Si me permite, la acompañaré hasta su casa.

-Yo también te acompañaré -respondí.

Le hablé a Paulina, pero miré a Montero. Pretendí que los ojos le comunicaran mi desprecio y mi odio.

Al llegar abajo, advertí que Paulina no tenía el caballito chino. Le dije:

-Has olvidado mi regalo.

Subí al departamento y volví con la estatuita . Los encontré apoyados en el portón de vidrio, mirando el jardín. Tomé del brazo a Paulina y no permití que Montero se le acercara por el otro lado. En la conversación prescindí ostensiblemente de Montero.

No se ofendió. Cuando nos despedimos de Paulina, insistió en acompañarme hasta casa. En el trayecto habló de literatura, probablemente con sinceridad y con fervor. Me dije: Él es el literato; yo soy un hombre cansado, frívolamente preocupado con una mujer. Consideré la incongruencia que había entre su vigor físico y su debilidad literaria. Pensé: una caparazón lo protege; no le llega lo que siente el interlocutor. Miré con odio sus ojos despiertos, su bigote hirsuto, su pescuezo fornido.

Aquella semana casi no vi a Paulina. Estudié mucho. Después del último examen, la llamé por teléfono. Me felicitó con una insistencia que no parecía natural y dijo que al fin de la tarde iría a casa.

Dormí la siesta, me bañé lentamente y esperé a Paulina hojeando un libro sobre losFaustos de Müller y de Lessing.

Al verla, exclamé:

-Estás cambiada.

-Si -respondió-. ¡Cómo nos conocemos! No necesito hablar para que sepas lo que siento.

Nos miramos en los ojos, en un éxtasis de beatitud.

-Gracias -contesté.

Nada me conmovía tanto como la admisión, por parte de Paulina, de la entrañable conformidad de nuestras almas. Confiadamente me abandoné a ese halago. No sé cuándo me pregunté (incrédulamente) si las palabras de Paulina ocultarían otro sentido. Antes de que yo considerara esta posibilidad, Paulina emprendió una confusa explicación. Oí de pronto:

-Esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados

Me pregunté quiénes estaban enamorados. Paulina continuó.

-Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le juré que, por un tiempo, no te vería.

Yo esperaba, aún, la imposible aclaración que me tranquilizara. No sabía si Paulina hablaba en broma o en serio. No sabía qué expresión había en mi rostro. No sabía lo desgarradora que era mi congoja. Paulina agregó:

-Me voy. Julio está esperándome. No subió para no molestarnos.

-¿Quién? -pregunté.

En seguida temí -como si nada hubiera ocurrido- que Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan juntas.

Paulina contestó con naturalidad:

-Julio Montero.

La respuesta no podía sorprenderme; sin embargo, en aquella tarde horrible, nada me conmovió tanto como esas dos palabras. Por primera vez me sentí lejos de Paulina. Casi con desprecio le pregunté:

-¿Van a casarse?

No recuerdo qué me contestó. Creo que me invitó a su casamiento.

Después me encontré solo. Todo era absurdo. No había una persona más incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. ¿O me equivocaba? Si Paulina quería a ese hombre, tal vez nunca se había parecido a mí. Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto la espantosa verdad.

Estaba muy triste, pero no creo que sintiera celos. Me acosté en la cama, boca abajo. Al estirar una mano, encontré el libro que había leído un rato antes. Lo arrojé lejos de mí, con asco .

Salí a caminar. En una esquina miré una calesita. Me parecía imposible seguir viviendo esa tarde.

Durante años la recordé y como prefería los dolorosos momentos de la ruptura (porque los había pasado con Paulina) a la ulterior soledad, los recorría y los examinaba minuciosamente y volvía a vivirlos. En esta angustiada cavilación creía descubrir nuevas interpretaciones para los hechos. Así, por ejemplo, en la voz de Paulina declarándome el nombre de su amado, sorprendí una ternura que, al principio, me emocionó. Pensé que la muchacha me tenía lástima y me conmovió su bondad como antes me conmovía su amor. Luego, recapacitando, deduje que esa ternura no era para mí sino para el nombre pronunciado.

Acepté la beca, y, silenciosamente, me ocupé en los preparativos del viaje. Sin embargo, la noticia trascendió. En la última tarde me visitó Paulina.

Me sentía alejado de ella, pero cuando la vi me enamoré de nuevo. Sin que Paulina lo dijera, comprendí que su aparición era furtiva. La tomé de las manos, trémulo de agradecimiento. Paulina exclamó:

-Siempre te querré. De algún modo, siempre te querré más que a nadie.

Tal vez creyó que había cometido una traición. Sabía que yo no dudaba de su lealtad hacia Montero, pero como disgustada por haber pronunciado palabras que entrañaran -si no para mí, para un testigo imaginario- una intención desleal, agregó rápidamente:

-Es claro, lo que siento por ti no cuenta. Estoy enamorada de Julio.

Todo lo demás, dijo, no tenía importancia. El pasado era una región desierta en que ella había esperado a Montero. De nuestro amor, o amistad, no se acordó.

Después hablamos poco. Yo estaba muy resentido y fingí tener prisa. La acompañé en el ascensor. Al abrir la puerta retumbó, inmediata, la lluvia.

-Buscaré un taxímetro -dije.

Con una súbita emoción en la voz, Paulina me gritó:

-Adiós, querido.

Cruzó, corriendo, la calle y desapareció a lo lejos. Me volví, tristemente. Al levantar los ojos vi a un hombre agazapado en el jardín. El hombre se incorporó y apoyó las manos y la cara contra el portón de vidrio. Era Montero.

Rayos de luz lila y de luz anaranjada se cruzaban sobre un fondo verde, con boscajes oscuros. La cara de Montero, apretada contra el vidrio mojado, parecía blanquecina y deforme.

Pensé en acuarios, en peces en acuarios. Luego, con frívola amargura, me dije que la cara de Montero sugería otros monstruos: los peces deformados por la presión del agua, que habitan el fondo del mar.

Al otro día, a la mañana, me embarqué. Durante el viaje, casi no salí del camarote. Escribí y estudié mucho.

Quería olvidar a Paulina. En mis dos años de Inglaterra evité cuanto pudiera recordármela: desde los encuentros con argentinos hasta los pocos telegramas de Buenos Aires que publicaban los diarios. Es verdad que se me aparecía en el sueño, con una vividez tan persuasiva y tan real, que me pregunté si mi alma no contrarrestaba de noche las privaciones que yo le imponía en la vigilia. Eludí obstinadamente su recuerdo. Hacia el fin del primer año, logré excluirla de mis noches, y, casi, olvidarla.

La tarde que llegué de Europa volví a pensar en Paulina. Con aprehensión me dije que tal vez en casa los recuerdos fueran demasiado vivos. Cuando entré en mi cuarto sentí alguna emoción y me detuve respetuosamente, conmemorando el pasado y los extremos de alegría y de congoja que yo había conocido. Entonces tuve una revelación vergonzosa. No me conmovían secretos monumentos de nuestro amor, repentinamente manifestados en lo más íntimo de la memoria; me conmovía la enfática luz que entraba por la ventana, la luz de Buenos Aires.

A eso de las cuatro fui hasta la esquina y compré un kilo de café. En la panadería, el patrón me reconoció, me saludó con estruendosa cordialidad y me informó que desde hacia mucho tiempo -seis meses por lo menos- yo no lo honraba con mis compras. Después de estas amabilidades le pedí, tímido y resignado, medio kilo de pan. Me preguntó, como siempre:

-¿Tostado o blanco?

Le contesté, como siempre:

-Blanco.

Volví a casa. Era un día claro como un cristal y muy frío.

Mientras preparaba el café pensé en Paulina. Hacia el fin de la tarde solíamos tomar una taza de café negro.

Como en un sueño pasé de una afable y ecuánime indiferencia a la emoción, a la locura, que me produjo la aparición de Paulina. Al verla caí de rodillas, hundí la cara entre sus manos y lloré por primera vez todo el dolor de haberla perdido.

Su llegada ocurrió así: tres golpes resonaron en la puerta; me pregunté quién sería el intruso; pensé que por su culpa se enfriaría el café; abrí, distraídamente.

Luego -ignoro si el tiempo transcurrido fue muy largo o muy breve- Paulina me ordenó que la siguiera. Comprendí que ella estaba corrigiendo, con la persuasión de los hechos, los antiguos errores de nuestra conducta. Me parece (pero además de recaer en los mismos errores, soy infiel a esa tarde) que los corrigió con excesiva determinación . Cuando me pidió que la tomara de la mano ("¡La mano!", me dijo. "¡Ahora!") me abandoné a la dicha. Nos miramos en los ojos y, como dos ríos confluentes, nuestras almas también se unieron. Afuera, sobre el techo, contra las paredes, llovía. Interpreté esa lluvia -que era el mundo entero surgiendo, nuevamente- como una pánica expansión de nuestro amor.

La emoción no me impidió, sin embargo, descubrir que Montero había contaminado la conversación de Paulina. Por momentos, cuando ella hablaba, yo tenía la ingrata impresión de oír a mi rival. Reconocí la característica pesadez de las frases; reconocí las ingenuas y trabajosas tentativas de encontrar el término exacto; reconocí, todavía apuntando vergonzosamente, la inconfundible vulgaridad.

Con un esfuerzo pude sobreponerme. Miré el rostro, la sonrisa, los ojos. Ahí estaba Paulina, intrínseca y perfecta. Ahí no me la habían cambiado.

Entonces, mientras la contemplaba en la mercurial penumbra del espejo, rodeada por el marco de guirnaldas, de coronas y de ángeles negros, me pareció distinta. Fue como si descubriera otra versión de Paulina; como si la viera de un modo nuevo. Di gracias por la separación, que me había interrumpido el hábito de verla, pero que me la devolvía más hermosa.

Paulina dijo:

-Me voy. Julio me espera.

Advertí en su voz una extraña mezcla de menosprecio y de angustia, que me desconcertó. Pensé melancólicamente: Paulina, en otros tiempos, no hubiera traicionado a nadie. Cuando levanté la mirada, se había ido.

Tras un momento de vacilación la llamé. Volví a llamarla, bajé a la entrada, corrí por la calle. No la encontré. De vuelta, sentí frío. Me dije: "Ha refrescado. Fue un simple chaparrón". La calle estaba seca.

Cuando llegué a casa vi que eran las nueve. No tenía ganas de salir a comer; la posibilidad de encontrarme con algún conocido, me acobardaba. Preparé un poco de café. Tomé dos o tres tazas y mordí la punta de un pan.

No sabía siquiera cuándo volveríamos a vernos. Quería hablar con Paulina. Quería pedirle que me aclarara unas dudas (unas dudas que me atormentaban y que ella aclararía sin dificultad). De pronto, mi ingratitud me asustó. El destino me deparaba toda la dicha y yo no estaba contento. Esa tarde era la culminación de nuestras vidas. Paulina lo había comprendido así. Yo mismo lo había comprendido. Por eso casi no hablamos. (Hablar, hacer preguntas hubiera sido, en cierto modo, diferenciarnos.)

Me parecía imposible tener que esperar hasta el día siguiente para ver a Paulina. Con premioso alivio determiné que iría esa misma noche a casa de Montero. Desistí muy pronto; sin hablar antes con Paulina, no podía visitarlos. Resolví buscar a un amigo -Luis Alberto Morgan me pareció el más indicado- y pedirle que me contara cuanto supiera de la vida de Paulina durante mi ausencia.

Luego pensé que lo mejor era acostarme y dormir. Descansado, vería todo con más comprensión. Por otra parte, no estaba dispuesto a que me hablaran frívolamente de Paulina. Al entrar en la cama tuve la impresión de entrar en un cepo (recordé, tal vez, noches de insomnio, en que uno se queda en la cama para no reconocer que está desvelado). Apagué la luz.

No cavilaría más sobre la conducta de Paulina. Sabía demasiado poco para comprender la situación. Ya que no podía hacer un vacío en la mente y dejar de pensar, me refugiaría en el recuerdo de esa tarde.

Seguiría queriendo el rostro de Paulina aun si encontraba en sus actos algo extraño y hostil que me alejaba de ella. El rostro era el de siempre, el puro y maravilloso que me había querido antes de la abominable aparición de Montero. Me dije: Hay una fidelidad en las caras, que las almas quizá no comparten.

¿O todo era un engaño? ¿Yo estaba enamorado de una ciega proyección de mis preferencias y repulsiones? ¿Nunca había conocido a Paulina?

Elegí una imagen de esa tarde -Paulina ante la oscura y tersa profundidad del espejo- y procuré evocarla. Cuando la entreví, tuve una revelación instantánea: dudaba porque me olvidaba de Paulina. Quise consagrarme a la contemplación de su imagen. La fantasía y la memoria son facultades caprichosas: evocaba el pelo despeinado, un pliegue del vestido, la vaga penumbra circundante, pero mi amada se desvanecía.

Muchas imágenes, animadas de inevitable energía, pasaban ante mis ojos cerrados. De pronto hice un descubrimiento. Como en el borde oscuro de un abismo, en un ángulo del espejo, a la derecha de Paulina, apareció el caballito de piedra verde.

La visión, cuando se produjo, no me extrañó; sólo después de unos minutos recordé que la estatuita no estaba en casa. Yo se la había regalado a Paulina hacía dos años.

Me dije que se trataba de una superposición de recuerdos anacrónicos (el más antiguo, del caballito; el más reciente, de Paulina). La cuestión quedaba dilucidada, yo estaba tranquilo y debía dormirme. Formulé entonces una reflexión vergonzosa y, a la luz de lo que averiguaría después, patética. "Si no me duermo pronto", pensé, "mañana estaré demacrado y no le gustaré a Paulina".

Al rato advertí que mi recuerdo de la estatuita en el espejo del dormitorio no era justificable. Nunca la puse en el dormitorio. En casa, la vi únicamente en el otro cuarto (en el estante o en manos de Paulina o en las mías).

Aterrado, quise mirar de nuevo esos recuerdos. El espejo reapareció, rodeado de ángeles y de guirnaldas de madera, con Paulina en el centro y el caballito a la derecha. Yo no estaba seguro de que reflejara la habitación. Tal vez la reflejaba, pero de un modo vago y sumario. En cambio el caballito se encabritaba nítidamente en el estante de la biblioteca. La biblioteca abarcaba todo el fondo y en la oscuridad lateral rondaba un nuevo personaje, que no reconocí en el primer momento. Luego, con escaso interés, noté que ese personaje era yo.

Vi el rostro de Paulina, lo vi entero (no por partes), como proyectado hasta mí por la extrema intensidad de su hermosura y de su tristeza. Desperté llorando.

No sé desde cuándo dormía. Sé que el sueño no fue inventivo. Continuó, insensiblemente, mis imaginaciones y reprodujo con fidelidad las escenas de la tarde.

Miré el reloj. Eran las cinco. Me levantaría temprano y, aun a riesgo de enojar a Paulina, iría a su casa. Esta resolución no mitigó mi angustia.

Me levanté a las siete y media, tomé un largo baño y me vestí despacio.

Ignoraba dónde vivía Paulina. El portero me prestó la guía de teléfonos y la Guía Verde. Ninguna registraba la dirección de Montero. Busqué el nombre de Paulina; tampoco figuraba. Comprobé, asimismo, que en la antigua casa de Montero vivía otra persona. Pensé preguntar la dirección a los padres de Paulina.

No los veía desde hacía mucho tiempo (cuando me enteré del amor de Paulina por Montero, interrumpí el trato con ellos). Ahora, para disculparme, tendría que historiar mis penas. Me faltó el ánimo.

Decidí hablar con Luis Alberto Morgan. Antes de las once no podía presentarme en su casa. Vagué por las calles, sin ver nada, o atendiendo con momentánea aplicación a la forma de una moldura en una pared o al sentido de una palabra oída al azar. Recuerdo que en la plaza Independencia una mujer, con los zapatos en una mano y un libro en la otra, se paseaba descalza por el pasto húmedo.

Morgan me recibió en la cama, abocado a un enorme tazón, que sostenía con ambas manos. Entreví un líquido blancuzco y, flotando, algún pedazo de pan.

-¿Dónde vive Montero? -le pregunté.

Ya había tomado toda la leche. Ahora sacaba del fondo de la taza los pedazos de pan.

-Montero está preso -contestó.

No pude ocultar mi asombro. Morgan continuó:

-¿Cómo? ¿Lo ignoras?

Imaginó, sin duda, que yo ignoraba solamente ese detalle, pero, por gusto de hablar, refirió todo lo ocurrido. Creí perder el conocimiento: caer en un repentino precipicio; ahí también llegaba la voz ceremoniosa, implacable y nítida, que relataba hechos incomprensibles con la monstruosa y persuasiva convicción de que eran familiares.

Morgan me comunicó lo siguiente: Sospechando que Paulina me visitaría, Montero se ocultó en el jardín de casa. La vio salir, la siguió; la interpeló en la calle. Cuando se juntaron curiosos, la subió a un automóvil de alquiler. Anduvieron toda la noche por la Costanera y por los lagos y, a la madrugada, en un hotel del Tigre, la mató de un balazo. Esto no había ocurrido la noche anterior a esa mañana; había ocurrido la noche anterior a mi viaje a Europa; había ocurrido hacía dos años.

En los momentos más terribles de la vida solemos caer en una suerte de irresponsabilidad protectora y en vez de pensar en lo que nos ocurre dirigimos la atención a trivialidades. En ese momento yo le pregunté a Morgan:

-¿Te acuerdas de la última reunión, en casa, antes de mi viaje?

Morgan se acordaba. Continué:

-Cuando notaste que yo estaba preocupado y fuiste a mi dormitorio a buscar a Paulina, ¿qué hacía Montero?

-Nada -contestó Morgan, con cierta vivacidad-. Nada. Sin embargo, ahora lo recuerdo: se miraba en el espejo.

Volvía a casa. Me crucé, en la entrada, con el portero. Afectando indiferencia, le pregunté:

-¿Sabe que murió la señorita Paulina?

-¿Cómo no voy a saberlo? -respondió-. Todos los diarios hablaron del asesinato y yo acabé declarando en la policía.

El hombre me miró inquisitivamente.

-¿Le ocurre algo? -dijo, acercándose mucho-. ¿Quiere que lo acompañe?

Le di las gracias y me escapé hacia arriba. Tengo un vago recuerdo de haber forcejeado con una llave; de haber recogido unas cartas, del otro lado de la puerta; de estar con los ojos cerrados, tendido boca abajo, en la cama.

Después me encontré frente al espejo, pensando: "Lo cierto es que Paulina me visitó anoche. Murió sabiendo que el matrimonio con Montero había sido un equivocación -una equivocación atroz- y que nosotros éramos la verdad. Volvió desde la muerte, para completar su destino, nuestro destino". Recordé una frase que Paulina escribió, hace años, en un libro: Nuestras almas ya se reunieron. Seguí pensando: "Anoche, por fin. En el momento en que la tomé de la mano". Luego me dije: "Soy indigno de ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte".

Paulina me había perdonado. Nunca nos habíamos querido tanto. Nunca estuvimos tan cerca.

Yo me debatía en esta embriaguez de amor, victoriosa y triste, cuando me pregunté -mejor dicho, cuando mi cerebro, llevado por el simple hábito de proponer alternativas, se preguntó- si no habría otra explicación para la visita de anoche. Entonces, como una fulminación, me alcanzó la verdad.

Quisiera descubrir ahora que me equivoco de nuevo. Por desgracia, como siempre ocurre cuando surge la verdad, mi horrible explicación aclara los hechos que parecían misteriosos. Éstos, por su parte, la confirman.

Nuestro pobre amor no arrancó de la tumba a Paulina. No hubo fantasma de Paulina. Yo abracé un monstruoso fantasma de los celos de mi rival.

La clave de lo ocurrido está oculta en la visita que me hizo Paulina en la víspera de mi viaje. Montero la siguió y la esperó en el jardín. La riñó toda la noche y, porque no creyó en sus explicaciones -¿cómo ese hombre entendería la pureza de Paulina?- la mató a la madrugada.


Lo imaginé en su cárcel, cavilando sobre esa visita, representándosela con la cruel obstinación de los celos.

La imagen que entró en casa, lo que después ocurrió allí, fue una proyección de la horrenda fantasía de Montero. No lo descubrí entonces, porque estaba tan conmovido y tan feliz, que sólo tenía voluntad para obedecer a Paulina. Sin embargo, los indicios no faltaron. Por ejemplo, la lluvia. Durante la visita de la verdadera Paulina -en la víspera de mi viaje- no oí la lluvia. Montero, que estaba en el jardín, la sintió directamente sobre su cuerpo. Al imaginarnos, creyó que la habíamos oído. Por eso anoche oí llover. Después me encontré con que la calle estaba seca.

Otro indicio es la estatuita. Un solo día la tuve en casa: el día del recibo. Para Montero quedó como un símbolo del lugar. Por eso apareció anoche.

No me reconocí en el espejo, porque Montero no me imaginó claramente. Tampoco imaginó con precisión el dormitorio. Ni siquiera conoció a Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no es propio de Paulina. Además, hablaba como él.

Urdir esta fantasía es el tormento de Montero. El mío es más real. Es la convicción de que Paulina no volvió porque estuviera desengañada de su amor. Es la convicción de que nunca fui su amor. Es la convicción de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que sólo he conocido indirectamente. Es la convicción de que al tomarla de la mano -en el supuesto momento de la reunión de nuestras almas- obedecí a un ruego de Paulina que ella nunca me dirigió y que mi rival oyó muchas veces.
Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 15 de septiembre de 1914 – ibídem, 8 de marzo de 1999). Escritor argentino que frecuentó las literaturas fantástica, policial y de ciencia ficción.
Es considerado uno de los escritores más importantes de su país y de la literatura en español, habiendo recibido el Premio Internacional Alfonso Reyes y el Premio Miguel de Cervantes, ambos en 1990. Parte de su reconocimiento se debe a su amistad con Jorge Luis Borges, con quien colaboró literariamente en varias ocasiones, y que lo consideró incluso uno de los más notables escritores argentinos. Fue esposo de la escritora Silvina Ocampo.
Bioy Casares nació el 15 de septiembre de 1914 en Buenos Aires, siendo el único hijo de Adolfo Bioy Domecq y Marta Ignacia Casares Lynch, en el barrio de Recoleta, tradicionalmente habitado por familias patricias o de clase alta, y donde residiría la mayor parte de su vida. Perteneciendo a una familia acomodada, pudo dedicarse exclusivamente a la literatura y, al mismo tiempo, apartarse del medio literario de su época. Escribió su primer relato, Iris y Margarita, a los once años. Cursó parte de sus estudios secundarios en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza de la Universidad de Buenos Aires. Luego, comenzó y dejó las carreras de Derecho, Filosofía y Letras. Tras la decepción que le provocó el ámbito universitario, se retiró a una estancia —posesión de su familia— donde, cuando no recibía visitas, se dedicaba casi exclusivamente a la lectura, entregando horas y horas del día a la literatura universal. Por esas épocas, entre los veinte y los treinta años, ya manejaba con fluidez el inglés, el francés (que hablaba desde los cuatro años), el alemán y, naturalmente, el español. Entre 1929 y 1937 Bioy publicó algunos libros (Prólogo, 17 disparos contra lo porvenir, Caos, La nueva tormenta, La estatua casera, Luis Greve, muerto) que más tarde repudiaría, prohibiendo su reedición y rehusándose a comentarlos, calificando toda su obra anterior a 1940 como "horrible".
En 1932 conoce a Jorge Luis Borges en Villa Ocampo, la casa de Victoria Ocampo ubicada en las barrancas de San Isidro, donde la escritora solía recibir a figuras internacionales de la cultura y organizar reuniones culturales. Bioy cuenta que fue durante una de esas visitas que Borges y él se habían apartado del resto de la gente, por lo que Victoria se les acercó y los reprochó diciendo "no sean mier.das, atiendan al invitado", 1 lo que provocó el enojo de Borges y la retirada de ambos de la reunión. En el viaje de regreso a la ciudad quedó sellada una amistad que duraría hasta la muerte de Borges en 1986, y que dio una de las duplas más célebres de la literatura, llegando a colaborar en varios trabajos, desde colecciones de relatos (Seis problemas para don Isidro Parodi, Dos fantasías memorables, Un modelo para la muerte), pasando por guiones de cine (Los orilleros, Invasión) hasta antologías de cuentos fantásticos (Antología de la literatura fantástica, Cuentos breves y extraordinarios), publicando a menudo bajo los seudónimos de H. Bustos Domecq y Benito Suárez Lynch. Entre 1945 y 1955 dirigieron la colección "El séptimo círculo", que publicaba traducciones de las mejores novelas policiales de lengua inglesa, género del que Borges era un gran admirador. En 2006 se publicó Borges, un inmenso volumen de más de mil seiscientas páginas extraídas de los diarios de Bioy que revela con más detalles la amistad que unió a los dos escritores. Bioy ya había preparado y corregido los textos, pero no alcanzó a publicarlos.
En 1940, Bioy Casares se casa con Silvina Ocampo, hermana de Victoria, también escritora y pintora. Ese mismo año publica la novela La invención de Morel, que marca el inicio su madurez literaria. La novela contó con un prólogo de Borges, en el que comenta la ausencia de precursores del género de ciencia ficción en la literatura en español, presentando a Bioy como el iniciador de un género nuevo. La novela tuvo una gran aceptación y recibió el Primer Premio Municipal de Literatura en 1941. Por esos años publica, en colaboración con Borges y Silvina Ocampo, dos antologías: Antología de la literatura fantástica (1940) y Antología poética argentina (1941).
En 1945 aparece su segunda novela, Plan de evasión, ambientada en la colonia penitenciaria de la Isla del Diablo de la Guayana Francesa. Continúa la temática de ficción científica ya explorada en La invención de Morel, a la vez que la profundiza, ya que en el texto se alude constantemente a la Teoría de los colores de Goethe y a las ideas de William James sobre la percepción de la realidad. El mismo año publica la novela corta El perjurio de la nieve, incluida más tarde en La trama celeste (1948), su primera colección de relatos.
Al igual que Borges, Bioy fue antiperonista. Durante los años del peronismo sólo publicaría una novela en colaboración con Silvina Ocampo, Los que aman, odian (1946), y una colección de relatos, La trama celeste (1948). Por esos años también escribió un cuento en colaboración con Borges, "La fiesta del monstruo", en el que hacen una grotesca parodia de un obrero peronista que funciona como una crítica al gobierno, de la misma manera que El matadero de Esteban Echeverría era una parodia y una crítica a los seguidores y la figura de Juan Manuel de Rosas.
Habría que esperar hasta 1954 para que apareciera otra novela, El sueño de los héroes. Esta obra marca un desplazamiento en su obra, alejándose de las "fantasías razonadas" del comienzo, aunque sin abandonar las obsesiones permanentes en la vida y la obra de Bioy como son el amor, las mujeres, los juegos con el tiempo y el espacio y un característico sentido del humor. Ambientada en Buenos Aires, El sueño de los héroes narra las peripecias de Emilio Gauna por recuperar un recuerdo perdido durante una madrugada de carnaval, después de tres días de caravana con sus amigos. La búsqueda del suceso olvidado y el amor de una mujer marcan la trama de la novela. El 8 de julio de ese año nace su hija Marta, fruto de la relación de Bioy con una de sus amantes, pero que fue adoptada y criada por Silvina.
En las décadas de los 50 y 60 Bioy se dedicó especialmente al cuento (Historia prodigiosa, Guirnalda con amores, El lado de la sombra, El gran serafín) y comenzó su inclinación por la fotografía. El 15 de agosto de 1966 nació su segundo hijo, Fabián, también de una relación extramatrimonial, a quien conocería ya de adulto. En 1969 publicó Diario de la guerra del cerdo, obra que, pese a alejarse del tono fantástico de muchos de sus libros, no puede considerarse estrictamente como una novela realista. El protagonista, Isidro Vidal, es un jubilado que se reúne con sus amigos en el club de su barrio a jugar a las cartas y que de repente se ven implicados en una guerra generacional, en la que los jóvenes empiezan a perseguir y asesinar a los viejos. Escrita cuando tenía 55 años, la novela parece reflejar el temor de Bioy al paso del tiempo (tema que ya había tratado en La invención de Morel y El perjurio de la nieve) y fue adaptada al cine en 1975 por Leopoldo Torre Nilson, con el título La guerra del cerdo.
En 1972 publica dos antologías de cuentos propios, Historias de amor e Historias fantásticas, y en 1973 aparece Dormir al sol, novela en la que vuelve a tratar un argumento fantástico propio de sus comienzos pero con el tono costumbrista que había adquirido su prosa con el paso del tiempo, y la favorita del propio Bioy, según declaró 2 . Al igual que su novela anterior, Dormir al sol fue llevada al cine en 2012 por Alejandro Chomski. En 1978 publica otro libro de cuentos, El héroe de las mujeres.
El período tardío de la producción de Bioy estuvo lejos de la repercursión de obras anteriores, pero se sucedieron los reconocimientos. En 1986 aparecen Historias desaforadas y su última novela, La aventura de un fotógrafo en La Plata. De tema kafkiano, con frecuencia ha sido leída como una alegoría de los desaparecidos durante la dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1983. Es declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires y en 1990 recibe dos importantes premios en reconocimiento a toda su trayectoria: el Premio Alfonso Reyes y el Premio Cervantes, el máximo galardón de las letras castellanas. Publica ese mismo año Una muñeca rusa y más tarde la novela corta Un campeón desparejo.
Una caída que le provoca una doble fractura de cadera en 1992 pareció anticipar una serie de hechos trágicos, ya que poco después sufrió la pérdida de su esposa (el 14 de diciembre de 1993, víctima del mal de Alzheimer que la tuvo postrada durante tres años) y de su hija Marta (el 4 de enero de 1994, al ser atropellada por un colectivo). Por esa época empieza a frecuentar a su hijo Fabián, a quien reconocería oficialmente en 1998, y ve más seguido a su nieto Florencio, quien lo acompañó en sus últimos años 3 . Finalmente falleció el 8 de marzo de 1999, a los 84 años. Fue inhumado en la bóveda de su familia en el Cementerio de la Recoleta, muy cerca de la cripta familiar de los Ocampo, donde reposan los restos de su esposa y su cuñada.
El mundo imaginario de Bioy Casares consiste en fantasías y en acontecimientos inexplicables, aunque también aluda a menudo al ambiente intelectual porteño. Cultivó un estilo depurado y clásico y su literatura se caracteriza, en parte, por ofrecer una versión paródica del relato fantástico o policíaco tradicional, consistente en observar lo irreal bajo lentes humorísticas. Los elementos típicos de estas literaturas son antes cómicos que aterradores; el carácter de los personajes es incompetente, insensato. A partir de esto, el historiador de la literatura José Miguel Oviedo ha pretendido llamar a sus narraciones «comedias fantásticas».
Se ha señalado, también, que la pasión amorosa, el elemento erótico, es fundamental en la narrativa de este escritor. Es notable que también esto sea contemplado desde una perspectiva muchas veces irónica; el amor es considerado algo sublime pero fatal. La relación presenta rasgos del amor cortés, pero las amadas suelen ser tenebrosas, cabría decir superiores. Se ha querido ver en esta cuestión alguna conexión con la vida de Bioy Casares, cuyo carácter enamoradizo es de sobras conocido. He aquí lo que ha referido Octavio Paz:

El amor —en Bioy Casares— es una percepción privilegiada, la más total y lúcida, no sólo de la irrealidad del mundo, sino de la nuestra.
A pesar de que ya había publicado algunos libros, la verdadera obra de Bioy Casares comienza en 1940, el año en que se publica su más famosa novela, La invención de Morel. La obra narra la historia de un prófugo que escapa a una isla que se supone infectada por una enfermedad mortal. Al comenzar a vivir en ella, pierde todo el sentido de la realidad y se da cuenta de que en la isla viven personajes creados por una máquina inventada por Morel. Estas imágenes de personajes repiten eternamente las mismas acciones haciendo que el prófugo termine casi loco. Borges, que la ha relacionado con H. G. Wells, afirmó, en un prólogo tan famoso como la novela misma, que:

En español, son infrecuentes y aún rarisimas las obras de imaginación razonada. (...) La invención de Morel (cuyo título alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreau) traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo. He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releido; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.
Estas palabras nos llevan a otra preocupación que Bioy compartió con su amigo: el amor por el género fantástico y, especialmente, la exhumación de la trama de los relatos, por sobre lo descriptivo. (Es evidente que este hecho los llevó, a ambos, a admirar el género policial) El mismo año de la publicación de La invención de Morel, Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo publicaron una famosa Antología de la literatura fantástica. Veinticinco años después, Bioy escribió al respecto:

Los compiladores de esta antología creíamos entonces que la novela, en nuestro país y en nuestra época, adolecía de una grave debilidad en la trama, porque los autores habían olvidado lo que podríamos llamar el propósito primordial de la profesión: contar cuentos. (...) Porque requeríamos contrincantes menos ridículos, acometimos contra las novelas psicológicas, a las que imputábamos deficiencia de rigor en la construcción. (...) Como panacea recomendábamos el cuento fantástico.
Adolfo Bioy Casares es un escritor fundamental para comprender la literatura argentina del siglo XX. Es un error considerarlo únicamente un epígono de Borges; es una simplificación ver en él sólo la primacía de Borges sobre las letras del país. Bioy Casares es un autor completamente original, que influyó y fue influido por su gran amigo. Su obra debe destacarse, y debe impedirse que sea opacada por la figura de Jorge Luis Borges.

 Premios y distinciones. Entre sus premios y distinciones destacan el Gran Premio de Honor de la SADE en 1975, la membresía a la Legión de Honor francesa en 1981, su nombramiento como Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 1986,4 el Premio Cervantes y el Premio Internacional Alfonso Reyes en 1990 y el Premio Konex de Brillante en 1994.4. Obra. Novelas. La invención de Morel (1940). Plan de evasión (1945). El sueño de los héroes (1954). Diario de la guerra del cerdo (1969). Dormir al sol (1973).La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985). Novelas cortas. El perjurio de la nieve (1945). Un campeón desparejo (1993). De un mundo a otro (1998). Cuentos. La trama celeste (1948). Historia prodigiosa (1956). Guirnalda con amores (1959). El lado de la sombra (1962). El gran serafín (1967). El héroe de las mujeres (1978). Historias desaforadas (1986). Una muñeca rusa (1990). Una magia modesta (1997). Ensayos. La otra aventura (1968). Memoria sobre la pampa y los gauchos (1970). Diccionario del argentino exquisito (1971), Diccionario de palabras que no deberíamos utilizar.. De jardines ajenos: libro abierto (1997), recopilación de fraseses, poemas, y miscelánea diversa, editada en colaboración con Daniel Martino. De las cosas maravillosas (1999). Obras no reconocidas por el autor. Prólogo (1929). 17 disparos contra lo porvenir (1933). Caos (1934). La nueva tormenta o La vida múltiple de Juan Ruteno (1935). La estatua casera (1936). Luis Greve, muerto (1937).Memorias/Diarios.
A lo largo de toda su vida, Bioy llevó a cabo un vastísimo diario del que han salido las siguientes publicaciones: Memorias (1994), editado por Marcelo Pichon Riviere y Cristina Castro Cranwell. Descanso de caminantes (2001), libro póstumo, editado por Daniel Martino. Borges (2006), libro póstumo, selección del diario del autor donde aparecen referencias a Jorge Luis Borges, preparado por Bioy Casares en colaboración con Daniel Martino y editado por éste. Unos días en el Brasil (1991), en una edición de apenas 300 ejemplares fuera de comercio. En el año 2010 fue editada comercialmente por la editorial La Compañía (Buenos Aires). Cartas. En viaje (1967) (1996), cartas para Silvina Ocampo y Marta Bioy, editadas por Daniel Martino. Obras en colaboración con otros autores. Con Jorge Luis Borges. Seis problemas para don Isidro Parodi (1942). Dos fantasías memorables (1946). Un modelo para la muerte (1946). Cuentos breves y extraordinarios (1955). Libro del Cielo y del Infierno (1960). Crónicas de Bustos Domecq (1967). Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977). Guiones de cine. Los orilleros (1955). El paraíso de los creyentes (1955)- no filmada. Invasión (1969), dirección Hugo Santiago. Les autres (1971), dirección Hugo Santiago. Con Silvina Ocampo. Los que aman, odian (1946). Con Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges. Antología de la Literatura Fantástica (1940). Antología poética argentina (1941).
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto:ciudadseva.com. Foto:Gorka Lejarcegi.