El cuento del domingo

Juan Carlos Onetti
El obstáculo
Ya debían ser las diez, no había peligro. Dobló a la derecha y entró en el monte, caminando con cuidado sobre el crujir de las hojas, mientras sostenía el saco contra la espalda, los brazos cruzados en el pecho. Oscuro y frío; pero sabía el camino de memoria y la boca entreabierta le iba calentando el pecho, deslizando largas pinceladas tibias bajo la listada camisa gris.
Al lado de la tranquera, pintada de cal, se detuvo nuevamente. Allí empezaba la vereda de ladrillos cuadriculada en blanco que iba hasta la Dirección bajo una peligrosa luz de faroles. Si me ven, digo que no podía dormir. No me van a decir nada. Que salí a tomar aire. Boleó una pierna sobre el tejido, pero un pensamiento lo aquietó, montado en el alambre. ¡Qué cambiado todo! Hace diez años… No pensó más; pero vinieron rápidos los recuerdos, nítidos y familiares a fuerza de ser siempre los mismos… La mañana de verano en que lo trajeron a la escuela… El despacho del director, el hombre gordo que lo mira con cariño atrás de los lentes y lo palmea.
—Tenes cara de bueno, negrito —y riendo porque él era tan pequeño y débil—. Vos no te vas a escapar, ¿verdad?
Giró la otra pierna y quedó sentado. Y no me escapé, nomás. Pero cuando lo jubilaron y vino el alemán. Sonrió… Cuando trajeron al alemán… Se balanceó en el alambre, mirando la huida en el atardecer, el refugio de los cañaverales, los hombres inclinados encima suyo, turnándose para golpearlo.
Hijos de…
Tembló al ruido de la voz y siguió caminando rápidamente entre los árboles. Hijos de perra. Y todos eran iguales. Tropezó en un tronco y miró alrededor, abriendo los ojos. La zanja, el tronco de eucalipto, la lanza del viejo portón… No, más adelante. Siguió. El caso era recordar cuándo pusieron la vereda de ladrillos y los faroles y el alambrado. Estaba seguro de que habian hecho todo junto con el nuevo edificio de la Dirección: pero ahora le parecía ver al profesor de gimnasia mirando trabajar en la vereda. Y como el profesor había venido mucho después de inaugurado el nuevo edificio… Olió el tabaco y se paró, abrazado de espaldas a un árbol … Sí, allí estaban. Veía enrojecerse suavemente las caras junto a los cigarrillos. Silbó despacio, dos cortos y uno largo. Le contestaron y cruzó en línea recta hasta unirse con los otros que esperaban en el suelo.
—Hola, Negro.
—Salú.
—¿Recién llegas?
Barreiro estaba sentado, agarradas las manos sobre las rodillas. El Flaco fumaba estirado en el pasto, cara al cielo, plantado el cigarrillo entre los labios. Los miró distraído y después hacia las ventanas del club. Vaya a saber a qué horas se cansarán de jugar. Ya en el suelo siguió pensando con agrado en el salón del club donde se elevaban las voces entre el flotante humo azulado, en los blancos sillones de cuero y el enorme retrato encima de la chimenea. Y la vereda de ladrillos y la fila de luces colgando sobre la calle no estaban cuando hicieron la casa del director. Seguro; pero, sin embargo, seguía viendo al profesor de gimnasia, con el sombrero de paño blanco y las manos en los bolsillos, diciendo alguna cosa a los hombres que construían la vereda. Encogió los hombros y echó la gorra sobre los ojos.
—Dame un cigarrillo.
Trabajosamente, el Flaco introdujo una mano en el bolsillo del pantalón, le alargó el paquete y volvió a quedarse como antes, el pucho en un lado de la boca, los ojos entrecerrados mirando para arriba. Barreiro le alcanzó fuego:
—¿Y? ¿Esta noche, nomás?
Encendió y tragó con fuerza, calentándose a la humada áspera.
—Sí; en cuanto apaguen las luces del club salimos.
—¿Y no sería mejor cruzar la granja derecho hasta la vía?
—No, vamos por el arroyo.
El otro cruzó nuevamente las manos sobre las piernas… Cuidadosamente, el Flaco tomó el cigarrillo y lo tiró lejos. Dobló la cabeza para mirar extinguirse la brasa. Después escupió, cruzó las manos bajo la nuca y rió suavemente…
—Mirá, Negro… Si al director se le ocurriera esta noche hacerte capataz de la usina. Y vos pasando hambre por ahí…
Volvió a reírse mientras cruzaba las piernas.
—No hay cuidado… Lo van a hacer capataz al adulón de Fernández. Se lo oí al ingeniero esta tarde.
Barreiro lo miró con una sonrisa de simpatía:
—Entonces… ¿te venís con nosotros?
—Y claro… Ya me engañaron bastante.
El Flaco volvió a reírse y, sin saber por qué, el Negro tuvo ganas de pisarle la cara; pero no dijo nada y siguió fumando, observando entre la niebla del humo los cuadriláteros amarillos en la fachada del club. Sería lindo estar adentro, sentarse en un sillón con los pies sobre la mesa y pedir algo fuerte para tomar. Hacer carambolas y carambolas, sin fallar nunca, hasta cansarse. Jugar a los naipes, él y el director contra el médico y el ingeniero. Una partida de truco en que las manos se le llenarían de flores de treinta y ocho. Pero más lindo que todo eso sería empezar a golpes con los empleados, las luces y las botellas. Hijos de perra…
Entrando en su odio repentino, la risa previa del Flaco tenía algo de insulto personal. Esperó, apretando los dientes.
—¿Sabes que Forchela está mal? Dio vuelta la cabeza rápido, mirando la cara pálida y maligna del otro.
—¡Que reviente!
El Flaco volvió a reírse, ahora largamente, temblándole el pecho en sacudidas. Murmuró:
—Qué modo tenes de tratar a tu…
El Negro se incorporó de un salto, fija la mirada en la cara que iba a aplastar bajo el botín.
—¿A mi qué, dijiste?
No le importaba que lo dijeran; no le importaba decirlo él mismo. Pero sabía que el Flaco se burlaba a sus espaldas y lo sentía movido por un despecho amargo
—Vamos, vamos… No se van a pelear ahora —intervíno Barreiro, temeroso de que la disputa hiciera fracasar la fuga—. Yo estuve de tarde en el hospital. Forchela está en un delirio.
Mordió el cigarrillo con rabia v clavó los ojos en las ventanas. Hasta las doce no se irían. Si el enfermero lo dejara entrar…
Barreiro estiró los brazos, bostezando. Luego se acostó.
—¿Por qué no te das una vuelta por el hospital?
El otro subrayó roncamente:
—Claro. Hay que despedirse de los amigos.
El Negro caminó unos pasos, vacilando, tratando de adivinar el pensamiento de los otros. Dijo con fuerza:
—¿Yo? Y a mi qué me importa… —Se puso el saco, agregando entre dientes—: Lo que si voy a dar una vuelta. Total, hasta las doce…
Todavía esperó algo; un movimiento, una frase de protesta y desconfianza que le sirviera para afirmarse en sí mismo. Comprender por qué estaba ahora débil e inquieto. Pero no lo ayudaron o tuvo que irse otra vez entre los árboles, mirando con el ceño apretado las quietas hojas que de trecho en trecho lustraba suavemente algún farol colado entre las ramas.
Hacia diez años. Todo estaba cambiado y el profesor de gimnasia gastaba plácidamente la mañana luminosa charlando con los albañiles. Detrás de los vidrios brillaban simpáticos, los ojos del director, mientras le golpea un hombro. “No te vas a escapar…”.
Sacudió la cabeza para sumergirla en otros pensamientos. Dentro de dos horas andarían corriendo por la tierra húmeda, resbalando entre los tubos forrados de las cañas. Buenos Aires. Pensó en la ciudad y quedó desconcertado, rascando la superficie áspera de la tranquera.
Porque detrás del nombre estaban el bajo de Floret, los diarios vendidos en la plaza, la esquina del Banco Español, el primer cigarrillo y el primer hurto en el almacén. Estaba la infancia, ni triste ni alegre, pero con una fisonomía inconfundible de vida distinta, extraña, que no podía entenderse del todo ahora. Pero también estaba el Buenos Aires que habían hecho los relatos de los muchachos y los empleados, las fotografías de los pesados diarios de los domingos. Las canchas de fútbol, la música de los salones de tiro al blanco en Leandro Alem.
Pensativo, pedaleaba en el alambre y una vibración se corría rápida en las sombras. No podía juntar las imágenes, comprender que la ciudad contenía ambas cosas. A veces, Buenos Aires era la gente rodeando el toldo rojo que ponían los sábados de tarde en San José de Flores; otras, una calle flanqueada de carteles a todo color y luces movedizas por donde pasaba la gente riendo y charlando en voz alta. Y siempre había, junto a la puerta cordial de la casa de tiro al blanco, un marinero rubio y borracho, con una rosa prisionera entre los dientes.
Lo sacudió un ruido de pasos, y Barreiro, ya junto a él, no le dio tiempo para asustarse.
—Mirá, Negro.
Hablaba rápido, el cigarrillo en la boca, los puños clavados en la cintura, traduciendo oscuramente algo de resolución y desafío.
—Te aviso que si vos te quedas, nosotros nos vamos a ir, igual.
—Claro que nos vamos. Los tres. ¿A qué viene eso?
Barreiro balanceó la cabeza y dejó de mirarlo.
—No, por nada. Te decía, no más. Que igual nos vamos.
El Negro encogió los hombros. Se atragantó con un montón de palabras y un odio feroz- incomprensible. Mientras Barreiro se asomaba por encima de la tranquera para mirar al club, él respiró con ansia, entornando los ojos.
—Cuándo se irán esos…
Barreiro se ajustó el cinto y se alejó sin ruido metiéndose lento en la oscuridad.
El Negro miró hasta el fin la rava blanca del cuello que se iba deslizando bajo los árboles. Pasó las piernas por encima del alambre y siguió andando en la noche.
Se detuvo, indeciso, aspirando el vago olor a desinfectante. Como un esqueleto de museo, la pérgola del pabellón A. Pensó que tendría que cruzar la gran sala v que los muchachos aún no dormidos lo verían pasar. Vergüenza de que supieran que había venido a esas horas a preguntar por Forchela. Las miradas de burla y los chistes groseros iban a enlazarle las piernas. Se apoyó en las maderas donde se enredaban los rosales. Una flor, la última, escondía los pétalos amarillentos contra el blanco listón. Ya que iban a reírse, que fuera él el primero. Cruzaría la sala con una sonrisa cínica, alta la rosa en la mano.
La arrancó y subió los tres escalones. En el “hall”, el enfermero leía sentado en un banco, mientras chupaba el mate con un ronquido;
—Hola, Negro. ¿Qué hacés a estas horas?
—Nada… Me mandaron a ver si estaban guardadas las herramientas y se me ocurrió…
El enfermero se sacó los lentes y lo miró un rato, deteniéndose en la mano que apretaba la gorra v la flor. Pero, a pesar de la invitación abierta que había en la cara del muchacho, no se rió. Tal vez no supiera. Dejó el diario y se levantó con aire cansado.
—¿Te dijeron de Forchela? Si querés verlo… Dificulto que pase la noche.
Lo siguió entre las filas de camas, sin ver nada, colgando ahora la cara en una expresión idiota y escondiendo maquinalmente la rosa en el bolsillo del pantalón. De entre las mantas grises de las camas saltaron palabras hacia él; pero todas caían sin tocarlo, como vencidas en el aire por falta de peso.
Solo en la salita, al pie de la cama, trató de luchar contra el sopor que lo envolvía. Se apoyó en los barrotes y sonrió a la cabeza de la almohada. El otro arregló las cobijas, tomó el pulso al enfermo y se incorporó diciendo:
—Si no tenes qué hacer, quédate un rato. Yo estoy preparando un remedio en la farmacia.
El Negro movió la cabeza asintiendo; pero no entendía nada, mirando aterrorizado la cara flaca y enrojecida que Forchela movía acompasadamente, ayudándose a respirar. Quedaba algo del muchacho en el pelo claro, en los dientes donde hacía una raya la luz, acaso en la frente redonda. Pero el resto era de la cara de un hombre viejo, de un hombre repugnantemente avejentado por el vicio.
Miraba fijamente, hipnotizado por un extraño miedo, temeroso de hablar y de moverse, espantado ante la idea de que el otro fuera a despertar, a sonreírle con la boca encendida y marchita, a mirarlo también con sus ojos de vidrio.
Hizo un esfuerzo y logró apartarse de la cama, dando unos silenciosos pasos por el suelo embaldosado. Inútilmente buscó algo en qué detenerse en la limpia pared de azulejos. Junto a la ventana entreabierta, el aire de la noche le sirvió para aferrarse a la idea de la fuga. Antes de la mañana estarían cruzando frente a las caballerizas, a dos cuadras del camino. Al amanecer, en la esquina del almacén… Pero en seguida se dio vuelta, temeroso de ofrecer la espalda, seguro de que si llegaba a descuidarse el moribundo iba a sonreírse, a levantar la cabeza, los párpados, las flacas manos crispadas. Cosas frías y terribles porque la muerte había entrado ya en su cuerpo y cualquier movimiento podría derramarla en el cuarto.
Se acercó a la cama y descolgó el cartón. Nombre: Pedro Panon. Argentino. Diagnóstico. No entendía las extrañas palabras trazadas en letra redonda ni la zigzagueante línea negra que mostraba la fiebre. Entonces suspiró, juntando las cejas, tranquilizado en la cobardía de poder jugar a que estaba absorto en la indecisa línea quebrada, analizando cuidadosamente el estado del enfermo. Nada más que un momento; porque en seguida intuyó un significado nuevo y angustioso en el nombre escrito en el cartón. El nombre que designaba al cuerpo inmóvil en la cama y que, sin embargo, ya no era Pedro Panon ni nadie. Volvió a colgar el cuadro, lleno el pecho de una inquietud implacable, moviendo los ojos como un animal en peligro. Suspiró y se fue acercando a la cabeza.
Sí; era necesario tener el valor de caminar hasta que la cabeza quedara debajo de sus ojos y mirarla atentamente, con fría curiosidad. Asi, fuerte en su misterio, la cara le estaba haciendo una invisible mueca de llamado en la pieza silenciosa. Había que ir y ver.
Tomó confianza al reconocerlo con mayor nitidez; la frente y también los ojos. Hasta llegó a sonreírle e insinuar una caricia con la mano. Pero de pronto sintió que era preferible no ver nada de la cara del muchacho en aquella a la que la sábana cercenaba el mentón. Era monstruoso comprobar que los rasgos que aún resistían a la enfermedad, los que seguían siendo de su amigo, estaban unidos en este rostro a rasgos extraños y repugnantes. Y ya nunca podrían separarse, fundidos para siempre unos con otros en el calor de la fiebre. Reculó para irse; entonces la cara de viejo de la almohada se movió apenas hacía los lados, paralizándolo. Lo oía respirar más ligero por la nariz temblorosa, mientras que dos líneas de saliva se estiraban en las esquinas de la boca. Ahora ya no podía irse. Encogió el cuerpo hasta sentarse en la silla de hierro, juntas las manos sobre el vientre, y quedó mirando quietamente el flaco perfil, echada hacia adelante la rapada cabeza.
—¿Qué tal? ¿Sigue tranquilo? Vengo en seguida.
Se borró de la puerta la túnica blanca del enfermero. Acomodó el cuerpo en la silla, otra vez solo con la cara angulosa en la almohada, comprendiendo de golpe que era inútil seguir luchando, que estaba preso en la salita del moribundo, que no se iría aquella noche ni nunca. Barreiro y el Flaco resbalarían en la noche hacia los pajonales del río, alcanzarían los potreros antes del amanecer y el sol los iba a encontrar lejos, caminando velozmente por la carretera. Y a la noche entrarían en la ciudad del marinero borracho, pasearían por la calle de luces saltarinas. Él no podía irse; tenía que asistir hasta el final el rito misterioso de la muerte.
Se irguió, mirando siempre la roja nariz del enfermo, la baba de la boca torcida. Mordió lentamente el insulto más sucio y un pensamiento le barrió la cara como una sombra de sonrisa. La imagen de los otros, libres, corriendo encorvados por el campo anochecido, le quemaba tenaz en el pecho.
—A mí no me van…
En el “hall” se cruzó con el enfermero. Murmuró algo y saltó los escalones. Empezó a trotar por el camino de tierra, mirando fijo las ventanas del club todavía amarillas de luz.
Seguía mirando la cabeza cuando ya la luz de la mañana extendía en los vidrios azulosos paños. Estaba más pálida y el aire salía y entraba pausadamente, sin molestarla, con un tenue silbido. También se había hecho más pesada y ahora se hundía hasta las orejas en el hueco de la tela, como si la nuca hubiera empleado la noche en un tenaz trabajo de excavación. Y la enfermedad en retirada le iba mostrando nuevamente la cara familiar del muchacho, a la que la luz intensa de la mañana concluía de limpiar las manchas de la fiebre.
—Buenos días. ¿Cómo sigue el enfermo?
El traje gris y los lentes de oro del director. Era extraño que no hubiera oído el automóvil. Atrás, un montón de caras de empleados. Alguien apagó la luz ya inútil. El enfermero, un momento en la puerta. Entre las nubes del sueño, ya casi insoportable, los vio rodear la cama e inclinarse, mientras hablaban en voz baja. Por la ventana entraba una línea de aire que hacía estremecer el cartón de la quebrada línea negra y un ruido de pasos veloces. Entró el médico, abrochándose la túnica, orillándole en el pelo gruesas gotas de agua. Tomó un rato entre los dedos la flaca muñeca caída sobre la colcha. Luego levantó un párpado de la cabeza, que seguía emblanqueciendo. No recordaba si el médico había dicho “es triste” o “está listo” al director, que se acariciaba la boca con dos dedos, inclinada la cabeza sobre el pecho. La levantó y se dirigió a él, poniéndole una mano en el hombro.
—Quiero darte las gracias; te has portado como un hombre. Hace una hora los encontramos, entre las cañas del río.
Hizo una pausa. El Negro aprovechó para gozar con la idea de la paliza que se habrían llevado los otros y las que los esperaban, durante unas cuantas noches, en la celda del pabellón correccional.
—Además, ha sido muy noble tu actitud al no querer acostarte para cuidar a tu pobre compañero. Yo he impuesto aquí una disciplina de hierro porque era necesario. Pero también sé premiar a los que se lo merecen. Acabo de hablar con el ingeniero. El puesto de capataz en la usina es tuyo. Empezarás a trabajar el lunes. Y ahora es necesario que te vayas a dormir, que buena falta te hace.
El Negro dijo “gracias” y sonrió confuso. Los empleados no sabían si destinar sus caras endurecidas de importancia al cuerpo de la cama, a la fuga que habían impedido o a la generosidad del director. Se fue pensando que éste hablaba como el cura, y, ya en la puerta, saludó al día con un rabioso:
—¡Qué hijo de perra!
¡Qué hijo de perra! murmuró sin saber por quién, mientras se levantaba apretándose los ríñones doloridos. Los otros iban más adelante mezclándose por momentos con la noche que caía rápida. Sobre el cielo ennegrecido, los cuerpos, prolongados en las herramientas de trabajo, hacían extraños dibujos retintos. El guardián vigilaba la fila en regreso, recorriéndola a caballo, alzando el grueso rebenque que colgaba de la muñeca.
El Negro volvió a agacharse entre las ruedas buscando el por qué del tractor descompuesto. Las manos engrasadas tanteaban el frío del hierro. Me parece… Ya es de noche y no tenemos farol. Volvió a verse, camino del cementerio, medio cuerpo endurecido por el peso del ataúd. Ni que estuviera relleno de plomo. Todo el dia sin dormir. Al recuerdo, volvió a clavársele la punzada en los ríñones. Movió las caderas y, trabajosamente, aflojó una tuerca con la pinza. Y después los discursos, de pie en el frío, muerto de cansancio, idiotizado de sueño. El brazo se alargó, regresando con el cortafrío. Hizo palanca, empujando con todas las fuerzas. Inútil. Entonces cerró los ojos, desolado, inmóvil en cuatro patas junto a la cuchilla de acero de la máquina. Y lo peor no era el cansancio ni el sueño, sino aquella sorda angustia que se revolvía lenta en su pecho desde ayer. Aquello que lo ahogaba sin un momento de tregua y que le era imposible conocer.
El aliento cálido del caballo le acarició la nuca y la voz recia cayó como un chorro.
—¿Y a vos qué te pasa? ¿Todavía no pudiste arreglar eso?
Contestó sin moverse:
—No sé. Sin luz…
Oyó que el otro desmontaba. Sólo entonces abrió los ojos y se incorporó.
—Me parece que no es la tuerca. Habrá que sacar la cuchilla.
El otro se acuclilló, doblando la cabeza para ver mejor. El Negro lanzó los ojos soñolientos hacia el fondo del paisaje, donde los camaradas no eran ya más que una nube negra y larga. Luego miró hacia abajo. Fue entonces que se aquietó la terca angustia en el pecho y una paz enorme entró violentamente en su alma. Ahora todo estaba claro y sencillo; y aunque ni a sí mismo hubiera podido explicar la causa de su repentina dicha, sabía por fin qué era necesario hacer. Como si alguien, invisible en el quieto anochecer helado, le derramara la verdad en los oídos.
El hombre rezongó entre los negros radios de las ruedas. Le acercó la mano en que se balanceaba como una muestra el rebenque coronado en plata.
—¿Tenés un fósforo?
Fue una simple alegría la que lo afirmó en las piernas, apelotonándole los músculos del brazo.
—Si. Tome.
El cortafrío brilló en un rápido viaje circular y golpeó en la cabeza doblada del hombre, junto a la curva oscura de la patilla. No hubo necesidad de más porque el cuerpo se aquietó bajo la máquina, ovillado como para que el calor se le fuera despacio, avaramente. Abrió la mano y la herramienta desapareció en el suelo. Se restregó lentamente contra la tela del pantalón el dorso de la mano que algo acababa de salpicar. Levantó la cabeza al cielo dilatado y entonces la noche se precipitó incontenible en el paisaje, vibrando misteriosa en los astros, en los perros lejanos y en el ruido de clavijas de los charcos.
Venía la noche. Rápidamente se apartó del tractor y fue a su encuentro. Corrió en línea recta, ágil y alegre, seguro de que la angustia quedaba allí, enfriándose sobre la negra tierra roturada. La gran noche incomprensible y secreta venía veloz en su busca y se deslizaba bajo su cuerpo incansable. Zambulló entre los hilos del alambrado y siguió corriendo. Saltó la zanja con un fragmentado espejo en el fondo y continuó su carrera. Ahora los pies golpeaban locamente en el pasto humedecido, atrayendo vertiginosamente el ombú junto al pozo. Corrió unos metros en arco y tomó a la derecha, arrastrando la larga sombra de luna que acababa de nacerle. El cansancio le sacudía feroz el pecho, abriéndole los labios entre los dientes apretados; pero siguió corriendo, corriendo, apilando minutos y metros, como si aquella felicidad salvaje que se le había aparecido bruscamente lo llevara veloz de la mano, hendiendo la noche de hielo. Entró en el maizal a la carrera: tropezó en seguida, perdiéndose, boca abajo en la sombra.
Giró con los brazos en cruz. Un ardiente dolor en la mejilla lo hizo despertar y abrió los ojos a una pequeña luna redonda, alta ya en el cielo. Se incorporó con cuidado y escuchó. Nada. De rodillas, sacó la cabeza y miró alrededor. Nadie. Se puso de pie y continuó caminando, un poco rengo, temblando a sus espaldas la pequeña sombra circular. Entre los alambres que bordeaban el camino lo fijó un canto de gallo, trepando entrecortado en la noche. Luego, jovialmente, tomó impulso en el alambrado y pasó la zanja. Como una pálida lengua bajo la luna, el camino se iba en la noche. Sacó la mano del bolsillo con la rosa seca y áspera; la tiró a un costado, lejos, restregándose luego los dedos entre sí para separar los restos de la flor. Después apresuró el paso y se fue por el camino, en busca de la noche próxima, que le aguardaba una espera de diez años en la calle enjoyada de luces, con el reguero de detonaciones del salón de tiro al blanco, las grandes risas de sus mujeres, el marinero rubio y tambaleante.

Juan Carlos Onetti Borges (Montevideo, 1 de julio de 1909 – Madrid, 30 de mayo de 1994). Escritor uruguayo. La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, considera que Onetti es "uno de los pocos existencialistas en lengua castellana". Mario Vargas Llosa, quien preparó un ensayo sobre Onetti, dijo en una entrevista a la agencia AFP en mayo de 2008 que "es uno de los grandes escritores modernos", y no sólo de América Latina. "No ha obtenido el reconocimiento que merece como uno de los autores más originales y personales, que introdujo sobre todo la modernidad en el mundo de la literatura narrativa". "Su mundo es un mundo más bien pesimista, cargado de negatividad, eso hace que no llegue a un público muy vasto". Con anterioridad Vargas Llosa había comentado que Onetti "es un escritor enormemente original, coherente; su mundo es un universo de un pesimismo que supera gracias a la literatura".
Hijo de Carlos Onetti y Honoria Borges, nació en Montevideo, 1 de julio de 1909, a las seis de la mañana.1 Tuvo dos hermanos, uno mayor que él, Raúl, y una hermana menor, Raquel. En 1930 se casó con su prima, María Amalia Onetti. En marzo del mismo año la pareja viajó a Buenos Aires, su nueva residencia. El 16 de junio de 1931 nació su primer hijo: Jorge Onetti Borges, también escritor, fallecido en 1998. En 1933 se separa de su mujer y un año más tarde, de regreso en Montevideo, vuelve a contraer matrimonio con otra prima, María Julia Onetti, la hermana de María Amalia.
En 1939 es nombrado secretario de redacción del semanario Marcha. Por entonces tiene interés por las artes plásticas, como se refleja en su correspondencia con su amigo Julio E. Payró y su relación estrecha con Joaquín Torres García. Desempeña este cargo hasta 1941, cuando comienza a trabajar en la agencia de noticias Reuters. Ese mismo año, conservando el empleo en Reuters, viaja nuevamente a Buenos Aires, donde permanecerá hasta 1955. Trabaja como secretario de redacción de las revistas Vea y Lea e Ímpetu. En 1945 se casa con una compañera de trabajo en Reuters, la neerlandesa Elizabeth María Pekelharing. El 26 de julio de 1949 nace su hija Isabel María (Litti).
A fines de 1955 regresó a Montevideo y comenzó a trabajar en el diario Acción; contrajo matrimonio por cuarta vez, con la joven argentina de ascendencia alemana Dorothea Muhr (Dolly).
Es encarcelado en 1974, durante la dictadura de Juan María Bordaberry, por haber sido miembro de un jurado de cuentos, y estuvo internado en un psiquiátrico. El poeta español Félix Grande, entonces director de Cuadernos Hispanoamericanos, recogió firmas para lograr la liberación de Onetti. El diplomático español Juan Ignacio Tena Ybarra director del Instituto de Cultura Hispánica logró su liberación y pudo viajar a España y en agradecimiento le dedicó su libro Dejemos hablar al viento.2 Finalmente fija su residencia en Madrid, hasta su muerte. La situación le permitirá seguir escribiendo tres novelas más (la citada Dejemos hablar al viento, Cuando entonces y Cuando ya no importe) y numerosos artículos. La preocupación por el exilio latinoamericano de entonces está muy presente en los artículos que escribe en España, donde fue bien recibido.
Cuando en 1985 la democracia regresa a Uruguay, el presidente electo, Julio María Sanguinetti, lo invita a la ceremonia de instalación del nuevo Gobierno; el escritor agradece la invitación pero decide permanecer en Madrid.
Onetti muere el 30 de mayo de 1994, en una clínica madrileña, ciudad en la que vivió 19 años, de los cuales pasó enclaustrado los últimos cinco, sin salir prácticamente de su cama. Sus restos están inhumados en el Cementerio de La Almudena, en la capital española.
La obra literaria de Onetti, fuera de su poderosa originalidad, debe mucho a dos raíces distintas. La primera es su admiración por la obra de William Faulkner. Como él, crea un mundo autónomo, cuyo centro es la inexistente ciudad de Santa María. La segunda raíz es el Existencialismo: una angustia profunda se encuentra enterrada en cada uno de sus escritos, siempre íntimos y desesperanzados. Su primera novela, El pozo, de 1939, es considerada la primera novela moderna de Sudamérica. El ciclo de Santa María empieza en 1950, cuando aparece La vida breve, que junto con El astillero y Juntacadáveres conforman una suerte de trilogía.
Juan Carlos Onetti recibió numerosos premios a lo largo de su vida, entre los que destacan el Premio Nacional de Literatura de Uruguay (lo recibe en 1962 por el bienio 1959/1960), el Premio Cervantes (1980), el Gran Premio Nacional de Literatura de Uruguay 1985, el Premio de la Unión Latina de Literatura 1990 y el Gran Premio Rodó a la labor intelectual, de la Intendencia Municipal de Montevideo (1991).
En 1972 fue elegido como el mejor narrador uruguayo de los últimos 50 años en una encuesta realizada por el semanario Marcha, en la que participaron escritores de distintas generaciones.
En 1980 fue propuesto por el Pen Club Latinoamericano como postulante al Premio Nobel de Literatura. Ese mismo año Onetti recibía el Premio Cervantes, máximo premio de la lengua española, siendo totalmente ignorado por las autoridades uruguayas. En esa oportunidad el ministro de Cultura del gobierno dictatorial de ese momento en Uruguay, el Dr. Daniel Darracq, dijo desconocer la obra de Onetti, aunque sí había oído hablar de él.
Onetti a menudo se refirió a las dificultades editoriales que padeció en sus comienzos, y al peso de los emigrados de la guerra civil española en el mundo editor bonaerense y mexicano. Varias de sus novelas aparecieron en Buenos Aires (Sudamericana) o Montevideo (Arca). En su exilio español, el apoyo de la agente literaria de Barcelona, Carmen Balcells, facilitó la difusión masiva de su obra.
La primera edición completa de su obra, en tres tomos, dirigida por Hortensia Campanella, concluyó en 2009: Barcelona, Galaxia Gutenberg ISBN 978-84-8109-536-4.
La primera obra que publicó fue el cuento Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo el 1 de enero de 1933 en La Prensa (Argentina). Luego, en 1935 y 1936, en La Nación de Buenos Aires aparecen otros dos cuentos El obstáculo y El posible Baldi. De aquella época son el relato Los niños en el bosque y la novela Tiempo de abrazar, que no serán publicados hasta 1974.
En 1939 ve la luz su primera novela El pozo (Montevideo: Signo, 1939), obra con la que, según Vargas Llosa, se inicia la novela moderna en Latinoamérica.3 En esos años publica artículos y cuentos policiales con los seudónimos de Periquito el Aguador, Grucho Marx y Pierre Regy.
La novela Tierra de nadie (Buenos Aires: Losada, 1941), obtiene el segundo puesto en el concurso Ricardo Güiraldes. Ese mismo año La Nación publica Un sueño realizado, considerado su primer cuento importante.
En los años siguientes verán la luz la novela Para esta noche (Bs. As.: Poseidón, 1943) y una serie de cuentos, publicados en el diario La Nación, entre los que se destaca La casa en la arena (1949), por ser el que da comienzo al mundo de su ciudad de Santa María, que desarrollará en la novela La vida breve (Bs. As.: Sudamericana, 1950). Precisamente en esa ciudad mítica transcurrirá la acción de la gran mayoría de sus nuevas novelas y cuentos.
En 1951 publica la colección Un sueño realizado y otros cuentos (Montevideo: Número).
En 1959 publica Una tumba sin nombre (Montevideo: Marcha) que, en 1967, cambia de nombre por el de Para una tumba sin nombre (Montevideo: Arca).
Le sigue La cara de la desgracia (Montevideo: Alfa, 1961).
El Astillero se publica en 1961 (Bs. As.: Cía. Gral Fabril Edit.).
Los cuentos de El infierno tan temido (Montevideo: Asir) aparecen en 1962, y al año siguiente los de Tan triste como ella; La cara de la desgracia (Montevideo: Alfa).
Juntacadáveres, una de sus más importantes novelas, es editada en 1964 (Montevideo: Alfa).
En 1965 publica Jacob y el otro. Un sueño realizado y otros cuentos (Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental).
En 1967 Cuentos completos (Buenos Aires: Centro Editor de América Latina) y Tres novelas (La cara de la desgracia; Tan triste como ella; Jacob y el otro (Montevideo: Alfa).
La novia robada se publica en 1968 (Caracas: Monte Ávila), este mismo año también se publican Las máscaras del amor. Selección de Emir Rodríguez Monegal (Montevideo: Centro Editor de América Latina). Novelas cortas completas (Caracas: Monte Ávila). Y La novia robada y otros cuentos (Montevideo: Centro Editor de América Latina).
En 1970 Obras completas (México: Aguilar).
La muerte y la niña aparece en 1973 (Buenos Aires: Corregidor).
Tiempo de abrazar y los cuentos de 1933 a 1950 se publica en 1974 (Montevideo: Arca).
Réquiem por Faulkner en 1975 (Montevideo: Arca)
Dejemos hablar al viento se publica en 1979 (Barcelona: Bruguera).
En 1986 Cuentos secretos: Periquito El Aguador y otras máscaras (Montevideo: Marcha) y en 1987 Cuando entonces (Madrid: Mondadori).
Obra selecta en 1989 (Caracas: Biblioteca Ayacucho).
En 1993 publica la que fue su última novela, Cuando ya no importe (Madrid: Alfaguara), considerada una especie de testamento literario. Novelas. El pozo (1939). Tierra de nadie (1941). Para esta noche (1943). La vida breve (1950). Los adioses (1954). Para una tumba sin nombre (1959). El astillero (1961). Juntacadáveres (1964). La muerte y la niña (1973). Dejemos hablar al viento (1979). Cuando entonces (1987). Cuando ya no importe (1993). Colecciones de cuentos. Un sueño realizado y otros cuentos (Número. 1951). La cara de la desgracia (1960). El infierno tan temido y otros cuentos (1962). Cuentos completos (1967, 1974 y 1994). Los rostros del amor (1968). Tiempo de abrazar y cuentos de 1933 a 1950 (1974). Tan triste como ella y otros cuentos (1976). Cuentos secretos (1986). Presencia y otros cuentos (1986). Cuentos completos (Alfaguara. 2006). Obras completas, III. Cuentos, artículos y miscelánea (incluye Conversaciones, pp. 929-1232. 2009). Otros escritos.  Réquiem por Faulkner (1975), artículos. Confesiones de un lector (1995), artículos 1976-1991 (muy aumentado en Obras, III, como Un Uruguayo en España). Cartas de un joven escritor (2009), correspondencia con Julio E. Payró. Filmografía.
Per questa notte (1977), por el director italiano Carlo di Carlo, adaptación de la novela Para esta noche. El infierno tan temido (1980), del director argentino Raúl de la Torre sobre el cuento homónimo de Onetti. Ganó el Cóndor de Plata a la mejor película de 1981. El dirigible (1994), dirigida por Pablo Dotta; una periodista francesa llega a Uruguay a buscar información sobre Onetti. La suerte está echada (1989), del director argentino Pedro Stocki. Adaptación de la novela La cara de la desgracia. El astillero (2000), del director argentino David Lipszyc. Adaptación de la novela homónima. Cortázar: Apuntes para un documental, dir. Eduardo Montes-Bradley. Argentina, 2001. (Participación testimonial). Nuit de chien (2008), del director alemán Werner Schroeter, basada en la novela Para esta noche. Mal día para pescar (2009), del director uruguayo Álvaro Brechner, basada en el cuento "Jacob y el Otro". Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto:cuentosinfin.com. Foto:Archivo

El cuento del domingo



José Pablo Feinmann


Nunca robaremos un diamante en Tiffany’s



Créanme, la culpa fue del eclipse. Pensé: si el mundo se oscurece es para que yo encuentre la luz. Supongo que una frase así no habrá de enternecerlos. Está entre el teleteatro y el misticismo electrónico. Pero yo no quiero enternecerlos. Sólo quiero que no me maten. Por eso, hablo.
El eclipse, decía. Nunca había visto uno. O sí, en una vieja película con Kathy Bates, basada en un cuento de Stephen King. ¿Leyeron a Stephen King? No importa. Durante esos días la policía había limpiado las calles. 

Con el avance del nuevo siglo, Buenos Aires se transformó en una de las capitales más seguras del mundo. Ustedes lo saben, bastó con formar dos o tres escuadrones de la muerte. Liquidaron a los delincuentes, a los vagos (que eran los que se quedaban sin trabajo y se tiraban a morir en los callejones), a los borrachos, a los drogadictos, a los sidosos, a las prostitutas, a los travestis y a todos los que no se vieran dignos de habitar la renacida Atenas del Plata. Al cabo, obedecían al mandato popular. Pocos habitantes como los de Buenos Aires piden orden y seguridad con tanta convicción. Esta vez lo habían logrado. Las calles estaban limpias, el tránsito ordenado y calmo, no había niños harapientos mendigando, hostigando la buena conciencia de los ciudadanos. Todo en orden. Menos yo.
Sólo un par de semanas atrás me habían echado del diario. No les voy a decir de cuál. En verdad, es un dato que importa poco. Yo era cronista deportivo. El box fue la más temprana de mis pasiones (era el pibe bravo del barrio, era capaz de bajarles los dientes a todos y a cada uno de mis amigos o compañeros de escuela) y fue mi modo de vida y el contenido impecable de mi literatura. ¿O ustedes creen que no era sino eso, literatura, lo que yo escribía cuando narraba una pelea o cuando evocaba –en el gran estilo de un Hemingway del nuevo siglo– la gloria de Muhammad Ali en Zaire, donde le dio a Foreman una clase de boxeo y luego, también, le dio dos o tres golpes tan sublimes que lo acostaron sin retorno? Tal vez fuera un novelista frustrado. Pero era, sin apelación posible, un periodista que imponía una prosa seca, dura, tan exacta como un cross de él, ya saben de quién, de él, del único, del más grande, de Ali. Sin embargo, me echaron. Una modalidad de los tiempos. Dijeron que ya había pasado los cuarenta años, que había que abrir espacios a los más jóvenes y hasta se atrevieron a decir, injuriándome, que ya no escribía como antes, que llegaba tarde, que me iba temprano y, sobre todo, que bebía demasiado. Bebía, pero no demasiado. Canallas. Sólo querían librarse de mí. Deslizaron unos miserables dólares en mis manos indefensas y me dijeron adiós sin culpa ni compasión. Ese mismo día, no bien salí a la calle, no bien abandoné la redacción que me había cobijado durante veinte años, decidí robar el diamante.
El diamante estaba en la vidriera de Spinetto, ahí, ostensible, impúdico. Supongo que saben que Spinetto es una de las más exquisitas joyerías de esta ciudad monstruosa. Supongo que saben por qué el diamante estaba donde estaba, en la vidriera, sin nada que indicara su precio, tal vez porque no lo tenía o porque era tan elevado que hubiera sido una inelegancia exhibirlo, pues quien decide comprar un diamante así no se preocupa por el precio, está más allá de esa circunstancia cuantificable, vulgar, se preocupa por otras cosas, o por nada, porque ya nadie se preocupa por nada, razón por la cual –supongo que saben– el diamante estaba donde estaba, a la mano, en la vidriera, ostensible, impúdico, sin que nadie temiera que alguien se aventurara a robarlo, porque ya no había ladrones en Buenos Aires, porque estaban todos muertos o casi, y porque no surgían nuevos, ya que nadie se atrevía a incurrir en un oficio tan insalubre. A menos que ocurriera algo excepcional. A menos que el día se transformara en noche y una gran sombra cómplice se adueñara de la ciudad. Por eso, créanme: la culpa fue del eclipse.
Era mediodía cuando salí de la redacción. Pude haberme sentido un hombre libre, pero no: me sentía una perfecta basura, un desecho social. Compré un diario, entré en un bar, pedí un café y empecé a leer. No leí mucho, no fue necesario. La gran noticia estaba en la primera plana y era la que yo necesitaba. Adivinaron, el eclipse. Sería a las cuatro de la tarde y duraría entre cinco y seis minutos. Una eternidad. No les digo que volví a creer en Dios porque les mentiría: nunca creí en Dios, y raro que uno crea otra vez en algo que nunca creyó. Sin embargo, cuando leí eso, lo del eclipse, casi me da por creer en El, en el de arriba. O casi me da por creer que por fin el maldito había decidido darme una buena mano. La ecuación eclipse-diamante estalló en mi cabeza. Todo estaba claro: a las cuatro menos cinco estaría frente a Spinetto; a las cuatro, en pleno eclipse, rompería la vidriera, agarraría el diamante y me perdería entre las intempestivas sombras de la ciudad.
Almorcé unos tallarines al roquefort y bebí algo de vino. No mucho, los acontecimientos reclamaban lucidez. A las tres y media pasé frente a la vidriera y lo miré. Al diamante, digo. Era grande, sugería y provocaba. Parecía decirme: “Si me llevás, soy tuyo. Tu pasaporte a la felicidad. La puerta generosa de todos tus sueños”. Seguí de largo. Entré en un bar, pedí un café cargado y me puse a mirar por la ventana. Vean, no soy un paisajista. Les puedo narrar brillantemente un cross de Ali, un amague de Roberto Durán, una exquisitez de Sugar Ray Leonard. Pero no un paisaje. El cielo se tiñó de colores extravagantes. Parecía el fin del mundo, o el principio. Algo así. ¿Ustedes lo vieron, no? Cosa rara un eclipse. La luna se le atreve al sol, se le planta enfrente y lo compromete en un clinch bello y terrible. Ahora, la ciudad era una mancha súbita que se comía todo, lo confundía todo, lo permitía –me dije– todo. Crucé la calle, le di una apocalíptica patada a la vidriera, que se partió en pedazos, agarré el diamante y empecé a correr. (Desestimé, según habrán notado, usar un ladrillo, una piedra o una baldosa. Quise hacerlo yo. Quise ser yo el que abriera ese hueco estrepitoso en mi futuro.) Fue fácil. Si uno tiene a la Naturaleza, a Dios, al Cosmos de su parte, sería infame no robarse un diamante. No patear una vidriera, no tirarse a la pileta sin averiguar si abajo hay agua o está, como siempre estuvo, el cemento áspero de la derrota.
Curiosamente o no, las cosas se complicaron. Sonó una sirena. Se oyeron unos silbatos. Unas luces horadaron las sombras y yo me dije carajo, ni con el Universo y el buen Dios de mi lado puedo evitarme problemas. Porque sí, porque era un problema que dos policías, iluminándose con linternas y atronando con silbatos, estuvieran corriendo tras mis talones con el propósito –comprensible, lo reconozco– de arrestarme. Fui hábil. Entré en un callejón y corrí hasta el final, dispuesto a saltar la pared medianera y escabullirme por la otra calle. La sombra voraz del buen Dios seguía cubriéndolo todo. Hubo algo que no tuve en cuenta. El mucho alcohol y el exceso de nicotina de mi vida desordenada y bohemia frustraron mi exitoso deslizamiento hacia la pared medianera. Me dije: “Estos canas me alcanzan antes que pueda trepar. Me alcanzan y me revientan a tiros”. Me dije: “Tengo que entregarme”. Pero ahí, justamente ahí, fui más hábil que nunca. Escuchen, descubrí a un vago durmiendo contra la pared del callejón. Un pobre tipo. Un desecho humano. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás y la boca obscenamente abierta. A sus pies, yacía una botella de ginebra barata, abominable, la cifra de su degradación infinita. Me dije: “Si no me salvo, ése soy yo dentro de tres o cuatro meses. Un cadáver viviente”. Saqué el diamante (lo había guardado en el bolsillo trasero de mi pantalón), me arrojé sobre el vago, abrí aún más su bocaza pestilente y con mi mano derecha –con violencia, con crueldad– hundí en ella el diamante. El vago tosió sordamente. Pero sólo eso. No consiguió expulsar el diamante, que quedó ahí, en esa boca obscena, seguro, aguardando que yo, su poseedor, su legítimo dueño (si uno se ha robado algo con osadía y talento es, sin más, su dueño, su legítimo dueño, su propietario inalienable) regresara a buscarlo.
Salí del callejón y enfrenté a los dos policías. No eran de ningún escuadrón, no tenían ese brazalete amarillo y rojo. Pude verles la cara y ellos pudieron ver la mía por un motivo simple y, supongo, maravilloso: el eclipse había concluido. Uno era cetrino y tenía una gran nariz de la que surgían unos pelos gruesos y, diría, repugnantes. El otro tenía unos dientes largos, como de rata, y se mordisqueaba el labio inferior. Me dijeron por qué corrías idiota, te vamos a reventar a patadas, rompiste la vidriera de Spinetto y te llevaste un diamante, hablá infeliz o te venís con nosotros y te picaneamos hasta el próximo eclipse, o sea desde aquí a treinta años. No quiero incomodarlos con mi vanidad, no quiero pecar de inmodesto, pero estuve brillante. Les dije que había roto la vidriera porque el eclipse me había aterrorizado, porque quería meterme en alguna parte, porque no pude encontrar la puerta y entonces pateé la vidriera para poder entrar y cobijarme de la ira del Señor, ¿o ustedes no creen en la ira del Señor? El de la nariz peluda dijo que no, que no creía en la ira del Señor, que todo el mundo sabía, hasta los tarados como vos, dijo, que la oscuridad era por el eclipse y no por la ira del Señor. Dije que yo no sabía nada del eclipse, que leía poco los diarios, que andaba distraído, buscando trabajo y cuando vi que todo se ponía oscuro me quise morir, me asusté como el día en que vine al mundo y me metí de cabeza en el primer lugar que encontré, la vidriera de Spinetto, como ustedes saben, les dije, y también les dije que no lo había hecho para robar ningún diamante, porque ninguno había robado, y si ustedes creen que me robé alguno pueden revisarme nomás, no hay drama, no van a encontrar nada, juro que no tengo ningún diamante y si el diamante no está donde estaba se lo llevó otro porque yo no. Me preguntaron por qué había huido y (esto fue muy fácil) les dije que fue el miedo, me asusté tanto al romper la vidriera que salí como un tiro, creí que todo estallaba, que se acababa el mundo, porque si uno busca una puerta y se encuentra con una vidriera algo anda mal, ¿no? Pese a mi imaginación, pese a mi elocuencia, pese a mis dotes actorales y a mi serenidad ante el peligro, me esposaron, me metieron en el patrullero y me llevaron a la División Norte, que no sólo era la más cercana, sino la peor. Ahí te picanean antes de preguntarte el nombre. El de los largos dientes, esa rata escalofriante dijo: “Ahora vas a conocer la ira del Señor”. Tuve miedo.
Se metieron conmigo en una celda pequeña, blindada, construida –con la minuciosa sabiduría de la maldad– para el horror y el sufrimiento. Me dijeron no grités porque nadie te va a oír. “¿Por qué voy a gritar?”, dije. “Si soy inocente.” “No hay inocentes”, dijo la rata escalofriante. “Danos el diamante”, dijo el de la nariz peluda. Elevé mis brazos, me expuse ante ellos como un Cristo santo y puro: “Revísenme”, dije. Me revisaron. Supongo que no necesito decirlo: no encontraron nada. Supongo que lo saben y lo recuerdan: el diamante reposaba en las cavidades de la boca putrefacta del vago del callejón. Se miraron con cierta perplejidad. Y ahí, precisamente ahí, se escucharon los gritos que habrían de salvarme.
Les explico: se habían desatado mil y un delitos en la caótica ciudad del eclipse, no había sido yo el único desdichado que había decidido utilizar las sombras del buen Dios para salir del tacho de basura, había delincuentes prófugos a lo largo y a lo ancho de la pulcra ciudad, de la reluciente y fanáticamente protegida Atenas del Plata. Los gritos de mi salvación me salvaron porque pedían refuerzos, porque el orden se había quebrado, porque todos los efectivos de la División Norte (la peor, la más cruel, te torturan para divertirse) eran requeridos para cacerías en las calles, porque, por primera vez en largos años, la policía estaba desbordada. “La ira del Señor”, pensé. El nariz peluda y el rata escalofriante abrieron la celda, dispuestos a salir, a obedecer los mandatos de sus jefes. El rata escalofriante me miró, me escupió, después miró al nariz peluda y dijo: “¿Y lo vamos a dejar así? ¿Sin hacerlo sufrirni un poco?” (Era su poético modo de preguntar: “¿Sin torturarlo? ¿Sin quemarlo con la picana?”) El nariz peluda me miró con odio, me dio un derechazo en la nariz, me escupió (en esto no fue original, ya lo había hecho el rata escalofriante) y dijo: “Te salvaste, hijo de puta”. Y se fueron. Nadie –puedo jurarlo– entró en una celda de la División Norte y zafó con sólo una trompada y un agravio convencional a la honorabilidad de su madre. Me embriagó una felicidad súbita y caliente. Ese día, éste, el del eclipse, era el mío.
Me limpié la sangre que corría desde mi nariz, me acomodé la corbata, me pasé una mano por el pelo y salí a la calle. Nadie me detuvo. La División Norte era un caos: gritos, órdenes, detenidos, amenazas, teléfonos, alarmas, todo perfecto para que mi salida fuera como fue, impecable, calma, como un buen ciudadano que sale de su casa para ir al cine o al supershopping. Por primera vez en mi vida, me sentí un hombre de bien. Sólo hasta que doblé la esquina. Aquí, asumí otra vez mi destino azaroso y empecé a correr hacia el callejón. Me gustan los destinos azarosos.
¿Leyeron a Hemingway? No importa. Las calles estaban tranquilas, tanto como lo estaban desde hacía diez años. La cacería había terminado. Llegué al callejón. Entré. No había nadie. No estaba mi vago. No estaba mi diamante. No estaba mi futuro. Mi futuro y mi diamante estaban enterrados en la garganta del vago y el vago había desaparecido. Desde una ventana, una mujer me preguntó qué buscaba. “Busco al vago que había aquí”, dije. “Era mi hermano”, mentí. La mujer dijo se lo llevaron, vinieron los del escuadrón y se lo llevaron, usted sabe cómo son, se lo llevaron a él y a otros dos que se habían robado unas cervezas y una pizza. “A dónde”, pregunté. “Qué sé yo”, dijo. Cerró la ventana y, en seguida, como si se hubiera arrepentido, la abrió, asomó su cabeza y, casi piadosamente, dijo: “A los que agarran aquí se los llevan al Sector Punta Indio”. “Gracias”, dije. “Ojalá lo encuentre”, dijo. Y añadió: “Oiga, no es por preocuparlo, pero su hermano estaba muerto”. Sereno, sin alterarme pregunté si lo habían matado los del escuadrón. Dijo que no, que había muerto antes, que ella lo había visto, que estaba hinchado y todo morado, o como rojizo, horrible, vea. “Se pasan el día comiendo basura”, dijo. “Se habrá atragantado con algo”, dijo finalmente y cerró la ventana. Permanecí tieso durante un instante que tuvo algo de infinito, ya que mil ideas me acosaron. Mi vago estaba muerto. Se había atragantado con algo. Ese algo con que mi vago se había atragantado era mi diamante. El diamante que yo, exactamente yo, había hundido en su garganta. Conclusión: lo había asesinado. Conclusión: era, yo, exactamente yo, un asesino. Salí del callejón.
Voy a confesarles algo: la idea de haber matado al vago no logró atormentarme. Era un vago y todos sabemos que un vago no es nada, es menos que nada, es un insecto, una cucaracha. ¿Alguien se siente culpable cuando liquida a una cucaracha? Ahora tenía que ir al Sector Punta Indio, encontrarlo, meter otra vez mi mano en su boca nauseabunda, extraer el diamante y cambiar de vida, irme del país, inventarme un destino majestuoso, qué joder. Eso era todo. Miré mi reloj: las cinco de la tarde. Pensé: tengo que llegar a Punta Indio al anochecer, que las sombras de la noche me protejan para recuperar el diamante, como el eclipse me protegió para robarlo. Faltaban tres horas, tenía que hacer algo, entretenerme durante dos. Caminé un par de cuadras y entré en un supershopping. Compraría un libro, me metería en un bar y leería algunas páginas. Ya lo saben, soy un buen lector y hasta, a veces, un literato. O eso creo. Me di de narices con una sección que tenía por nombre Literatura del siglo XX. Era un montón de viejos libros, de viejos libros olvidados. Ya lo dije, soy un periodista de deportes, soy un obstinado del box. O sea, me gustan los escritores duros: Hemingway, Steinbeck, Hammett, Bukowski. Pero no. No compré nada de ninguno de ellos. Un libro pequeño llamó mi atención. La metamorfosis, de Kafka. Lo abrí y leí la primera frase: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en sucama transformado en un monstruoso insecto”. ¡Qué modo de empezar un libro! ¡Qué perfección! Ni el cross de Ali a Foreman en Zaire. Además, supongo que lo habrán adivinado, me sentí Samsa: ese día, hoy, el del eclipse, era el de mi metamorfosis, sólo que yo no habría de transformarme en un monstruoso insecto sino en un ciudadano del mundo, en un hombre honorable, es decir, en un perfecto hijo de puta de estos bellos tiempos, forrado de guita hasta reventar. Compré el libro y me metí en un snack. Lo leí en un par de horas. Al terminarlo, la noche caía sobre la ciudad y un solo pensamiento castigaba mi cabeza: ir al Sector Punta Indio, ya, sin perder un solo instante más. Pagué y me subí a un ómnibus.
Llegué cerca de las ocho de la noche. La fortuna me sonreía: la luna era escasa, débil. No sé si lo dije (creo que no): tenía una linterna. La había comprado en el supershopping. La linterna y la novela de Kafka, eso había comprado. Ahora era el turno de la linterna. Un gran cartel decía: Sector Punta Indio. Supongo que lo saben, pertenece al Primer Cuerpo de Ejército y es donde los escuadrones llevan la cosecha de cada día. No tenía miedo. Era como si estuviera recorriendo la trama de un destino irrefutable y triunfal. Me escurrí entre unos alambres y entré en el campo. La desolación era absoluta. Lejos, había una construcción de acero y cemento. Tenía un par de ventanas y una luz amarilla surgía de ellas. Lo supe en seguida: ahí estaban los tipos del escuadrón. Debería evitarlos si quería pasear mi pellejo por el ancho y cálido horizonte que me esperaba. 
Sin embargo, la tentación de verlos, de verificar que eran ellos, que sí, que ahí estaban, pudo más que cualquier cautela. Caminé hasta la construcción de acero y cemento, una caseta que era como un bunker, o como el gran ataúd de un vampiro. Miré a través de una de las ventanas. Sí, estaban ahí, tal como era previsible que estuvieran. Eran ellos: los hombres del escuadrón de la muerte, con sus brazaletes rojos y amarillos, con sus Itakas doradas. Pero la cosecha había terminado y algunos dormían. Otros jugaban a las cartas y otros comían una carne casi cruda, sangrienta hasta el espanto. Pude verlos: usaban anteojos negros (siempre usan anteojos negros, aun en medio de las sombras, si no usaran anteojos negros no serían hombres del escuadrón, serían personas, como cualquiera de nosotros, pero no, no son eso, personas, son hombres del escuadrón y usan anteojos negros), uno tenía un bigote negro, espeso, otro una gran verruga en medio de la frente, otro grandes dientes como el rata escalofriante, otro no usaba anteojos sino un parche negro en el ojo izquierdo, otro era muy pálido y muy delgado y a los otros no los vi o no quise verlos. Me alejé hacia el descampado.
Habría alrededor de diez bolsas de plástico negro. Era la cosecha roja de ese día. ¿Leyeron a Hammett? No importa. Prepárense, lo que viene no es agradable. No es, digo, agradable que un tipo se incline sobre unas bolsas de plástico negro que cobijan, cada una, un cadáver y, con minucia y frialdad, las empiece a abrir, a deslizar el cierre e iluminar la cara de esos desdichados cadáveres, buscando el único que desea encontrar. El primero tenía un perfecto orificio entre ceja y ceja y los ojos muy abiertos, como si lo hubieran sorprendido. El segundo no tenía nada, es decir, no tenía cara, era una masa informe, sanguinolenta. El tercero tenía la boca increíblemente abierta y un balazo en la garganta destrozada. El cuarto tampoco tenía nada, la impiedad de las Itakas había borrado cualquier cosa que alguna vez pudiera haber sido un rostro. El quinto era el mío. Era mi vago, mi cadáver, el cadáver que yo buscaba y donde estaban mi diamante y mi futuro. Tal como lo había dicho la mujer del callejón, se veía morado. Tenía, también, la boca enormemente abierta como el infeliz de la garganta destrozada. Insisto, sigan preparados. No creo que se asusten con estas cosas, pero el que avisa no es traidor: nada de lo que sigue es agradable. Comprendan, el diamante estaba enterrado en la garganta del vago y yo tenía que atraparlo. ¿O no estaba ahí, arriesgando mi vida, para eso? Me quité el saco, arremangué mi camisa (la manga derecha, ya que soy diestro, como Ali) y metí mi mano en la gargantadel vago. Hurgué durante un buen rato y nada. O el diamante no estaba o estaba más adentro. Con mis dos manos abrí su boca hasta hacerla sangrar y metí en ella, otra vez, mi mano. Llegué a tocar el diamante, pero no pude atraparlo. Como sea, me tranquilicé: estaba ahí. Le cerré la boca, me limpié la sangre con un pañuelo y empecé a golpearle el pecho. Suavemente, no. Fueron puñetazos feroces, tal vez desesperados; tal vez tenían la violencia y la desesperación que me provocaba –que sólo me podía provocar– la repentina, intolerable certeza de perder el diamante. 
Y entonces ocurrió algo maravilloso: el vago lanzó un eructo formidable y el diamante salió desde su boca buscando las estrellas. Cuando lo vi brillar en el aire, en lo alto, era una más, una estrella más, la más hermosa, lujuriosa, la más exorbitante de todas. Salté como un tigre joven y lo atrapé en el aire, porque sí, porque era mío, porque me lo había ganado, porque lo merecía. Durante un instante que, creo, estuvo fuera del tiempo, lo miré reposar en mi mano. Ahí estaba, por fin. Entonces ocurrió otro suceso maravilloso. Abominablemente maravilloso, abominablemente increíble. Entonces alguien dijo: “Dame ese diamante”. Era el vago. Estaba ahí. De pie. Respiraba. Estaba vivo. Estaba vivo y había dicho: “Dame ese diamante”. Y ahora se arrojaba sobre mí y sus manos buscaban mi garganta. Fue una pelea breve y desigual. Con el diamante en mi puño, le di el cross que Ali le diera a Foreman en Zaire. Curioso: había deseado durante años y años dar un golpe así y acababa de hacerlo. Algo hizo: ¡Crack! El vago trastabilló y cayó sobre su triste culo. Pero lo que había hecho ¡crack! no era su triste culo. Era el diamante. Abrí mi mano y lo miré: estaba pulverizado. Recordé eso que se dice de los diamantes, que son eternos. Pensé: si son eternos, esto es cualquier cosa pero no un diamante. “¿Dónde encontraste eso?”, preguntó, con decepción y fastidio, el vago. Dejé caer al suelo el polvo del diamante y le conté la verdad. Que lo había robado en la vidriera de Spinetto. El vago empezó a reír. (Le faltaban algunos dientes. Supongo que se los había quebrado yo, no con el cross, sino mientras buscaba el maldito diamante.) Empezó a reír y dijo que sólo a un idiota se le podía ocurrir que los de Spinetto habrían de poner un diamante verdadero en la vidriera. Aunque la ciudad estuviera segura, aunque la patrullaran los escuadrones de la muerte, jamás harían eso. Además –siguió diciendo mientras yo lo miraba entre el aturdimiento y un estupor cruel, lacerante–, los diamantes, los verdaderos diamantes no están en Spinetto, ni siquiera están en Buenos Aires, están en Tiffany’s. “Están en Tiffany’s”, dijo y por su modo de hablar no me pareció un vago como cualquier otro, cosa que no era, porque le pregunté y me dijo que era arquitecto, que llevaba dos años sin trabajo y lo había estragado el alcohol y se había convertido en eso que era, un vago, dijo, pero no un tarado como yo, dijo, porque él, él sí sabía que los diamantes no estaban en Spinetto sino en Tiffany’s, y que sólo era cuestión de ir hasta allí, hasta Nueva York, donde estaba Tiffany’s y robarse uno, uno de verdad y no una porquería como el que vos te robaste. Y entonces me dio una amistosa palmada en el hombro (si quieren mi impresión, creo que estaba un poco pirado) y dijo, alegremente dijo: “Dale, vamos a Nueva York. Vamos a robarnos un diamante en Tiffany’s”. Entonces los vi a ustedes. Y le dije: “Mirá, arquitecto, no creo que vaya a ser posible”.
Ustedes nos miraban con una inexpresividad helada. Estaban como están siempre: con los anteojos negros y las Itakas. Las Itakas dirigían sus miras mortales hacia nosotros, hacia mí y hacia el arquitecto. Estaba usted, el del parche negro en el ojo izquierdo. Usted, el de la gran verruga en medio de la frente. Usted, el de los grandes dientes como el rata escalofriante. Y usted, que es pálido y delgado, si me permite decirlo. Y el arquitecto los miró, los miró con soberbia, con un desdén demencial y dijo: “A mí me van a respetar, eh. Sépanlo, señores: yo soy un arquitecto, no un vago”. Fueron, claro, sus últimas palabras. Las balas lo pulverizaron tal como se pulverizara nuestro diamante. Cómo decirlo, desapareció de la realidad, nada de él quedó visible. Se lo merecía, desde luego. No se trata de ese modo a gente como ustedes. A ustedes hay que entretenerlos. Contarles historias, buenas historias. El que habla no muere. De aquí que les contara todo esto. Todo: el eclipse, el diamante, el robo, el vago en el callejón, los dos policías: el nariz peluda y el rata escalofriante, la mujer del callejón, tan buena y generosa ella, esa novela que me compré y leí, el viaje a Punta Indio, la búsqueda del diamante, el cross que le di al vago, todo, porque les conté todo, porque no dejé nada sin contarles, y yo hablaba y ustedes me miraban y yo pensaba me salvo, me salvo porque un buen narrador de historias siempre consigue que lo perdonen. ¿Leyeron Las mil y una noches? No importa. Lo que importa (lo que importa, digamos, para mí) es que ahora siguen mirándome igual que al principio, con esa inexpresividad helada, tan fea, tan agresiva, como si nada de todo cuanto les conté les hubiera interesado, o como si quisieran, no sé, matarme, reventarme como al vago, borrarme de la realidad, porque ahora, exactamente ahora, me apuntan con esas Itakas y creo, desdichadamente creo, que van a apretar el gatillo, y lo van a hacer con desprecio, o peor, con indiferencia, sí, me van a matar con indiferencia, apenas como quien pisa un insecto. ¿Leyeron a Kafka?
José Pablo Feinmann (Buenos Aires, 10 de marzo de
1943). Filósofo, docente, escritor, ensayista, guionista y conductor de radio y televisión argentino.

José Pablo Feinmann es hijo de Abraham Feinmann, un médico judío, y de Elena de Albuquerque, de religión católica. Fue criado bajo los dos cultos, aunque actualmente es ateo. Su infancia transcurrió en un hogar de clase media del barrio de Belgrano R, junto con su hermano mayor y sus padres.
Es licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, siendo profesor de la misma casa de estudios, entre 1968 y 1974.
En 1973 fundó el Centro de Estudios del Pensamiento Latinoamericano (CEPL), en el Departamento de Filosofía de la UBA (Universidad de Buenos Aires). Posteriormente trabajó como colaborador en diversos medios periodísticos.
Fue un activo militante de la Juventud Peronista (JP) en los años setenta, pero siempre se opuso al uso de la violencia con fines políticos, sobre todo al foquismo guevarista, el cual —años después del triunfo de la Revolución cubana— se volvió bastante popular dentro de algunos sectores de la izquierda peronista y marxista, como las guerrillas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Montoneros, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el Ejército Guerrillero del Pueblo y las Fuerzas Argentinas de Liberación. En 1985 abandonó el Partido Peronista. Sus estudios sobre la historia del peronismo son muy conocidos y debatidos por otros historiadores.
En 2001 recibió el premio Konex de platino en la disciplina Guion de Cine y Televisión, en 2004 el premio Konex (Diploma al Mérito) en la disciplina Ensayo Político y en 2014 otro Diploma al Mérito en la disciplina Ensayo Político y Sociológico.
En 2014, Feinmann fue distinguido como Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, declaró que iba a devolver la condecoración, porque otro de los reconocidos con esa distinción sería Marcelo Tinelli, a quien Feinmann considera un «representante de la anticultura». Ese mismo año, Feinmann recibió el Premio Democracia.
Suele escribir para el diario Página/12, sobre todo columnas de opinión y notas editoriales sobre actualidad política, literatura y cine. Entre 2008 y 2010 condujo el programa de televisión Cine contexto, el cual fue emitido por Canal 7 y desde 2010 conduce Filosofía aquí y ahora, emitido por el canal Encuentro, del Ministerio de Educación de Argentina.1 Además es conductor del ciclo radial La creación de lo posible, que se emite por Radio Continental.

Aunque él ha dicho que es un intelectual independiente de cualquier gobierno, apoya a la actual gestión kirchnerista, llegando a tener una relación de "respeto y admiración mutua" con el ex presidente Néstor Kirchner. De su primer matrimonio, tuvo dos hijas: Virginia y Verónica. Casado en segundas nupcias con la diseñadora y escenógrafa María Julia Bertotto. Novelas. 1978: Últimos días de la víctima. 1981: Ni el tiro del final. 1986: El ejército de ceniza. 1990: La astucia de la razón. 1992: El cadáver imposible. 1994: Los crímenes de Van Gogh. 2000: El mandato. 2003: La crítica de las armas. 2005: La sombra de Heidegger. 2009: Timote: secuestro y muerte del general Aramburu. 2009: Carter en New York. 2009: Carter en Vietnam. 2012: Días de Infancia.2014: Bongo. Ensayos. . 1974: El peronismo y la primacía de la política. 1975: Estudios sobre el peronismo. 1982: Filosofía y nación. 1985: El mito del eterno fracaso. 1986: La creación de lo posible. 1987: López Rega, la cara oscura de Perón. 1988: Escritos para el cine. 1998: La sangre derramada. 1999: Dos destinos sudamericanos. 2000: Pasiones de celuloide. 2002: Escritos imprudentes. 2004: La historia desbocada. 2006: Escritos imprudentes II. 2006: ¿Qué es la filosofía?. 2006: El cine por asalto. 2008: La filosofía y el barro de la historia. 2010: Peronismo: filosofía política de una persistencia argentina (tomo I).. 2011: El Flaco. Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner. 2011: Siempre nos quedará París: el cine y la condición humana. 2011: Peronismo: filosofía política de una persistencia argentina (tomo II).. 2013: Filosofía política del poder mediático. Guiones de cine. 1982: Últimos días de la víctima. 1984: En retirada. 1985: Luna caliente. 1987: Tango bar. 1988: Matar es morir un poco (en inglés Two to tango, coproducción de Argentina y Estados Unidos).. 1989: Cuerpos perdidos (Corps perdus, coproducción de Argentina y Francia).. 1990: Negra medianoche (Play murder for me, coproducción de Argentina y Estados Unidos).. 1992: Al filo de la ley. 1994: Facundo, la sombra del tigre. 1996: Eva Perón. 1999: El visitante. 1999: Ángel, la diva y yo. 2000: El amor y el espanto. 2004: Ay, Juancito. Teatro. 1998: Cuestiones con Ernesto “Che” Guevara. 2002: Sabor a Freud.

Semblanza biográfica:Wikipedia. Texto:JosePablofeinman.com Foto:Internet.

El cuento del domingo

Ana García Bergua
La maleta
Subió por el elevador del hotel seguida de un botones silencioso de uniforme azul. Al llegar al pasillo del octavo piso, el botones se adelantó, abrió la habitación 812 y colocó sobre la cama la maleta negra que creía haber empacado con un orden perfecto y recogido más tarde en la cinta del aeropuerto. Ya sola, lo primero que hizo fue lavarse las manos y disponerse a alinear por tamaño sus frascos de cremas, jabones y perfumes en el tocador.
El zíper de la maleta se atoraba ligeramente,cosa que nunca le había sucedido. No se vaya a romper, pensó, y cómo me regreso con la maleta abierta. Pero lo que siguió fue lo más grave, pues al levantar la cubierta apareció frente a sus ojos un piyama a cuadros rojos y negros que evidentemente no era suyo: ella era una mujer florida y delicada, incapaz de semejantes parquedades.
Además, estaba muy mal doblado. Lo lógico era volver a llamar al botones, pedirle que bajara la maleta, regresar con ella al aeropuerto y exigir la suya, pues evidentemente se había confundido con la de alguien más, un caballero por lo que se podía ver.
Pero ella era curiosa.
Quizá, se disculpó a sí misma, en la maleta podría encontrar alguna identificación. Mejor contactar directamente al hombre que, seguro, se habría llevado su propia maleta por equivocación y ahora descubría, atónito, el perfume Chanson Parisienne en lugar de, por ejemplo, aquella sudadera arrugada con la imagen de un gigantesco Tribilín que necesitaba muchos remiendos. Es increíble, pensó, que la gente pueda ser tan descuidada.
Y evocó el compartimento de la maleta en el que ella había guardado, primorosamente doblada y por orden de color —blanca, negra, beige y roja—, su ropa interior, protegida por una bolsa de seda. En el mismo sitio, el dueño de la maleta había lanzado como queriendo olvidarlos para siempre unos cuantos calzones de supermercado con el elástico vencido. Unas chanclas de hule que habían sido azules se perdían entre las camisas y un saco envuelto en una funda de lona con unas manchas muy sospechosas parecía suplicar que no lo sacaran de ahí jamás, para que nadie lo viera.
Ella movía la cabeza, apesadumbrada. ¡Qué contraste con el vestido gris perla que había traído para usar esa misma noche, planchado y empacado especialmente en papel de seda! Y sus zapatos, en una caja especial, protegidos para que no se mancharan. Los de aquel hombre estaban casi enlodados, metidos al aventón en una bolsa de supermercado.
No se pudo contener y siguió con la revisión. Hizo mal, pues lo que encontró le dio escalofríos. En un rincón del lado izquierdo de la maleta, malenvuelta en una camiseta sucia —que por cierto decía Dark Devil—, había una vieja Smith and Wesson 38. La levantó con la punta de los dedos y miró el cañón con espanto. Entonces sintió un resquemor: si en este momento el hombre estaba hurgando en sus pertenencias y desacomodando lo que tanta paciencia y trabajo le costó disponer, no tardaría en encontrar la Lady Beretta 21, plateada y discreta con cacha de carey—seguramente más letal que aquel armatoste oxidado—, en su elegante estuche de piel de cabra, que contenía además compartimentos para las balas, los líquidos especiales con que la limpiaba y las herramientas para remediar cualquier desperfecto. Si se atrevía a usarla, era seguro que la descompondría.
Lanzó al piso las prendas del hombre con gran disgusto. No quería llegar a los enseres de aseo personal, pero ya que estaba en eso, había que ver el fondo de las cosas, terminarse de espantar.
Y luego devolvería la maleta.
Un desodorante, una lata de espuma de afeitar maltapada con una navaja casi sin filo. Eso era todo lo que usaba aquel hombre para arreglarse. Debía ser terrible estar con él; seguramente no haría sino ver televisión, comer comida chatarra y matar por dinero. No como Arístides Medrano, alias el Cara de Niño. Arístides Medrano usaba todo tipo de colonias y afeites, incluida una crema para disimular las patas de gallo. Lo tuvo que investigar, pues debía matarlo esa noche con la Lady Beretta escondida en el bolsito de seda y cuentas de cristales de Swarovski. Con el arma de aquel hombre iba a ser imposible acabar con él; no tenía el bolsito, y en su bolsa de viaje no cabía ni de chiste.Además no traía silenciador.
El hombre de la maleta le dio lástima. Un desperdicio de carne y sangre y testosterona. Terminó de sacar cuatro pares de calcetines de distinto color, unas aspirinas sin caja, el cepillo de dientes como para tirar a la basura. La maleta del hombre quedó vacía en medio de la cama. Faltaban unas horas para la noche y no sabía qué hacer; el ruido sordo del aire acondicionado no la dejaba pensar. Suspiró y se puso a guardar las cosas del hombre con el cuidado que la caracterizaba en todo: dobló las camisetas hasta que quedaron como si se fueran a vender en una tienda. Desmanchó con jabón la lona que contenía el saco, al que planchó y cepilló en el burro que encontró en el armario. Dobló los calzones. Lavó la piyama y la secó con la pistola de pelo. Pulió la Smith and Wesson para envolverla después con cuidado en la camiseta de  Dark Devil,  a la que le rascó una manchita.
Frotó los zapatos con la franela que el hotel proporcionaba para ello. Remendó la sudadera con el paquetito de hilo y agujas que venía en una canasta en el baño.
Después de todo, era un placer estar en un establecimiento tan bueno, en el que uno se las podía arreglar aunque hubiera perdido el equipaje. Decidió con gran cuidado el acomodo ideal de todos los objetos en el microcosmos de la maleta negra, como había hecho con la suya.
Cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Se le había ido el santo al cielo doblando, guardando y planchando.
Ni siquiera pensó en el asesinato planeado con tantísimo tiempo, incluidos los documentos falsos. Era de noche y ella no tenía ropa, maleta, ni una pistola apropiada para asesinar a Arístides Medrano.
Imposible, por otra parte, devolver así la maleta. El hombre se daría cuenta de que había estado hurgando en sus cosas, podría acusarla de haberlo espiado. Cuando uno recibe una maleta ajena, simplemente constata que no le pertenece y la devuelve. ¿Sería capaz de desarreglarla de nuevo? Imposible, se dijo. Después pensó en sus pertenencias, en su propia maleta mancillada y estrujada por las manos de aquel hombre que seguramente las había aventado por aquí y por allá. Quizá se había bebido su colonia, quizá se había masturbado con sus pantaletas de seda.
Poco después tocaron a la puerta. Unos golpes rudos, desacompasados. Seguro era él. Tomó la maleta y fue a abrir. Tal como lo imaginó era alto, fuerte, la mandíbula malrasurada. Vestía una camiseta con la efigie de Sam Bigotes y cargaba su maleta con la mano izquierda.
Ella se le quedó mirando sin pestañear, él dudó un momento. Ambos dieron un paso al frente y las intercambiaron con solemnidad, un poco avergonzados de haber hurgado en la maleta del otro y haberla arreglado o desarreglado, como si hubieran intimado más de lo necesario. No dijeron nada, sólo asintieron bajando la vista y siseando las gracias. Él se alejó por el pasillo, volteó a verla furtivamente antes de meterse a su habitación.
Ella dudó antes de abrir la maleta y encontrar lo que ya imaginaba: la ropa en desorden, arrugada, un zapato por un lado y el par quién sabe dónde. El hombre había sacado todo, había desdoblado cada prenda y la había echado de nuevo en la maleta al aventón. Seguramente la había juzgado, prenda tras prenda, igual que ella a él. Faltaban unas pantaletas negras, pero la Lady Beretta estaba ahí, en su estuche, como si él no se hubiera molestado en estudiarla. Quizá la había considerado ridícula. Eso la irritó un poco. Se apresuró a doblar todo de nuevo y corrió a cumplir su encomienda.
Arístides Medrano murió esa misma noche.
Ana García Bergua nacida en México en 1960 es una narradora mexicana. Fue galardonada en el año 2013 con el Premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela "La bomba de San José" en el marco de la Feria Internacional del libro de Guadalajara.1 Realizó estudios de letras francesas y escenografía teatral en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado traducciones del francés y el inglés, y obras de novela y cuento, así como crónicas y reseñas en medios diversos, especialmente su columna "Y ahora paso a retirarme" en La Jornada Semanal. Novela. La bomba de San José. El umbral. Púrpura. Rosas negras.Isla de bobos. Cuento. El imaginador. La confianza en los extraños. Edificio. Otra oportunidad para el señor Balmand. El limbo bajo la lluvia.Ensayo.. Pie de página. Postales desde el puerto.
Semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: El cuento del día. Foto:Internet